PARTE 2 — EL PRECIO DE LA MISERICORDIA

PARTE 2 — EL PRECIO DE LA MISERICORDIA

“La bebé se va con su padre.”

Las palabras de Rebecca Whitaker resonaron por toda la plaza frente al juzgado.

Por un instante, hasta los caballos dejaron de moverse, quietos entre sus arneses.

El magistrado Harlan Pike miró a la viuda embarazada como si hubiera perdido la razón.

“Usted no tiene autoridad para hacer exigencias, señora Whitaker.”

“Entonces usted tampoco tiene derecho a quitarle esa niña a su padre.”

El ayudante del sheriff, Voss, dio un paso al frente, con el rifle apoyado contra el hombro.

“Cuidado, viuda. Se está metiendo en asuntos del territorio.”

A Rebecca le latía el corazón con fuerza, pero se negó a retroceder.

“Estoy ofreciendo ochenta y cinco dólares por su contrato de trabajo. Puede aceptar mi dinero y permitir que la niña se vaya con él, o explicarle a toda esta gente por qué está tan empeñado en separar a una recién nacida de su padre.”

Un murmullo recorrió a la multitud.

Elias Boone seguía de rodillas, con sus enormes brazos rodeando a Lily.

Sus ojos oscuros no se apartaban de Rebecca.

La expresión de Pike se endureció.

“La niña necesita estar bajo la tutela de una persona responsable.”

“Entonces ponga mi nombre en los documentos.”

“Usted tiene seis meses de embarazo y vive sola.”

“Precisamente por eso sé perfectamente lo que se siente al necesitar ayuda.”

El magistrado golpeó con su mazo la barandilla de madera.

“¡Suficiente!”

Rebecca se sobresaltó.

Pero no se movió.

Pike se inclinó hacia ella.

“Ochenta y cinco dólares compran cinco años de trabajo de este hombre. No incluyen a la niña.”

Rebecca miró a la recién nacida, cuyos diminutos dedos se aferraban a la camisa sucia de Elias.

“Entonces no compraré nada.”

Se volvió hacia la multitud.

“Y espero que todos los presentes recuerden lo que ocurrió cuando un padre suplicó que le permitieran quedarse con su hija.”

Un silencio incómodo se extendió por la plaza.

Alguien cerca de la tienda de abarrotes murmuró:

“Dejen que el hombre se quede con su bebé.”

Otra voz estuvo de acuerdo.

El rostro de Pike se ensombreció.

Podía ignorar a una viuda.

Podía intimidar a un prisionero.

Pero no le resultaba tan fácil ignorar a todo un pueblo que empezaba a cuestionar su autoridad.

Finalmente, le arrebató el dinero de la mano a Rebecca.

“Está bien. La niña podrá acompañarlo bajo su supervisión.”

Rebecca soltó el aire con dificultad.

“Pero entienda algo”, continuó Pike. “Si Boone escapa, se niega a trabajar o causa problemas, el contrato quedará anulado. Su propiedad responderá por la deuda pendiente establecida en la sentencia.”

Rebecca se quedó inmóvil.

“¿Mi propiedad?”

Pike sonrió con frialdad.

“Su terreno y su casa, señora Whitaker.”

Elias levantó la cabeza de golpe.

“No.”

Su voz era grave, pero firme.

“No lo firme.”

Rebecca lo miró.

Por primera vez vio verdadero miedo en los ojos de aquel hombre de las montañas.

No miedo por él mismo.

Miedo por ella.

Pike empujó los documentos hacia adelante.

“Tome una decisión.”

Rebecca tomó la pluma.

Le temblaban los dedos mientras firmaba.

REBECCA WHITAKER.

El magistrado sonrió.

Y Elias Boone cerró los ojos como si acabara de verla caer en una trampa.

Una hora después, Rebecca estaba junto a su carreta mientras el ayudante Voss le quitaba los grilletes de los tobillos a Elias.

El hombre de las montañas se levantó lentamente.

Cuando se puso de pie en toda su estatura, sobresalía por encima de todos los que lo rodeaban.

Sus muñecas seguían encadenadas.

Lily se quejó suavemente contra su pecho.

Rebecca se acercó con cuidado.

“¿Me permite cargarla mientras sube a la carreta?”

Elias la observó.

Tenía cicatrices en el rostro, quemaduras en las manos y una expresión desconfiada.

Pero cuando bajó la mirada hacia Lily, sus facciones se suavizaron.

“No le gustan los desconocidos.”

Rebecca sonrió ligeramente.

“A mí tampoco.”

Por primera vez, algo parecido a la diversión apareció en sus ojos.

Con mucha delicadeza, puso a Lily en sus brazos.

La recién nacida era increíblemente pequeña.

Tenía las mejillas pálidas, respiraba débilmente y su cuerpecito se sentía demasiado ligero debajo del chal.

La sonrisa de Rebecca desapareció.

“¿Cuándo comió por última vez?”

Elias apartó la mirada.

“Esta mañana.”

“¿Qué le dio?”

“Un poco de leche de cabra.”

Rebecca lo miró fijamente.

“¿Dónde está su madre?”

La pregunta pareció lastimarlo.

“Murió.”

A Rebecca se le encogió el corazón.

“Lo siento mucho.”

Elias no respondió.

Después de un momento, subió a la carreta.

Rebecca acomodó cuidadosamente a Lily en una canasta forrada con cobijas.

Luego tomó las riendas.

Salieron de Cinder Gulch bajo el sol de la tarde.

Durante varias millas, ninguno de los dos habló.

Finalmente, Elias rompió el silencio.

“No debió hacerlo.”

Rebecca mantuvo la vista en el camino.

“¿Hacer qué?”

“Pagar mi contrato.”

“Iban a mandarlo a las minas.”

“He sobrevivido cosas peores.”

“Su hija no habría sobrevivido.”

Elias miró hacia la canasta.

Apretó la mandíbula.

“No”, admitió en voz baja. “Ella no.”

Rebecca lo miró de reojo.

“Entonces quizá podría simplemente darme las gracias.”

Él se volvió hacia ella.

Durante un largo momento, su expresión fue imposible de descifrar.

Finalmente susurró:

“Gracias, señora Whitaker.”

Ella asintió.

“Rebecca.”

“¿Qué?”

“Me llamo Rebecca. Si va a vivir en mi propiedad, más vale que empiece a llamarme por mi nombre.”

Elias bajó la mirada hacia sus muñecas encadenadas.

“Entonces llámeme Elias.”

Llegaron a la propiedad de los Whitaker poco antes del atardecer.

La casa era pequeña, con paredes sin terminar, un porche hundido y un techo que necesitaba reparaciones.

Junto al corral había un granero construido a medias.

Más allá se extendían cuarenta acres de pastizales secos, rodeados por colinas cubiertas de pinos.

Elias observó todo sin decir una palabra.

Rebecca sintió vergüenza de pronto.

“No es gran cosa.”

Él miró la cerca torcida.

Después la puerta rota del granero.

Y finalmente los caballos agotados.

“Es tuyo”, respondió.

Rebecca tragó saliva.

“Sí.”

“Entonces vale la pena protegerlo.”

Aquellas palabras la conmovieron mucho más de lo que Elias habría podido imaginar.

Desde la muerte de Andrew, casi todos en Cinder Gulch le habían aconsejado vender la propiedad.

Algunos decían que era una tonta.

Otros la llamaban terca.

Pero nadie le había dicho que su hogar valía la pena ser protegido.

Rebecca bajó de la carreta.

“Prepararé la cena. Puede dormir en el granero mientras decidimos cómo organizarnos.”

Elias asintió.

Pero cuando intentó levantar a Lily, sus manos heridas comenzaron a temblar.

Rebecca lo notó inmediatamente.

“Déjeme ver esas manos.”

“No es nada.”

“Las vendas están completamente empapadas.”

“He tenido heridas peores.”

“Empiezo a pensar que esa es su respuesta para todo.”

Lo llevó al interior de la casa.

La cocina olía a lavanda seca y humo de leña.

Rebecca colocó a Lily en una canasta acolchada junto a la estufa y luego trajo agua tibia y paños limpios.

Elias se sentó a la mesa.

Cuando ella le quitó las vendas, estuvo a punto de soltar un grito.

Tenía las palmas cubiertas de quemaduras profundas.

Algunas heridas se habían abierto nuevamente debajo de los grilletes de hierro.

Otras comenzaban a mostrar señales de infección.

“¿Qué le pasó?”

Elias miró sus manos.

“Un incendio.”

“¿Dónde?”

“En mi cabaña.”

Rebecca limpió las heridas con delicadeza.

“¿Lily estaba ahí?”

Los hombros de Elias se tensaron.

“Sí.”

“¿Usted la sacó?”

Asintió.

Rebecca volvió a mirar las quemaduras.

Eran las heridas de un hombre que había metido las manos entre las llamas.

No una sola vez.

Varias veces.

“¿Sobrevivió alguien más?”

La expresión de Elias cambió.

Su voz se volvió apenas audible.

“No.”

Rebecca dejó de moverse.

Entonces comprendió.

La madre de Lily había muerto en aquel incendio.

Durante varios minutos, trabajó en silencio.

Cuando terminó, envolvió sus manos con vendas limpias de lino.

“Listo.”

Elias observó las vendas.

“No tenía que hacer eso.”

Rebecca le dedicó una sonrisa cansada.

“He notado que dice eso muy seguido.”

Él miró hacia Lily.

“Necesita leche.”

“Lo sé.”

Rebecca miró por la ventana hacia el pequeño cobertizo.

“Mi vaca ya casi no está dando leche, pero la señora Bell tiene una cabra lechera camino abajo. Mañana le pediré ayuda.”

Elias se levantó lentamente.

“Puedo trabajar esta noche.”

“Usted apenas puede cerrar las manos.”

“Le debo ochenta y cinco dólares.”

Rebecca lo miró.

“No, Elias. Usted le debe al tribunal cinco años de trabajo. Eso es lo que dicen los documentos.”

Su expresión se ensombreció.

“Y tú los firmaste.”

“Sí.”

“Entonces eres dueña de mi trabajo.”

Rebecca sostuvo su mirada.

“Pagué para sacarlo de las cadenas. No compré el derecho de tratarlo como a un animal.”

Algo cambió en su rostro.

Incredulidad.

Dolor.

Y algo peligrosamente parecido a la esperanza.

La primera semana transformó la propiedad.

A pesar de sus heridas, Elias reparó el porche, reforzó el granero y reconstruyó la cerca del norte.

Al principio trabajó despacio, pero tenía una fuerza extraordinaria.

Rebecca lo vio levantar vigas que habrían requerido a dos hombres comunes.

Sin embargo, aquellas mismas manos enormes se volvían increíblemente delicadas cada vez que Lily lloraba.

Por las noches, se sentaba junto a su canasta y tarareaba viejas canciones de las montañas.

A veces Rebecca lo escuchaba susurrarle a la niña:

“Tranquila, mi pajarito. Papá está aquí.”

Aquellos momentos le apretaban el corazón.

Había esperado encontrarse con un desconocido aterrador.

En cambio, había encontrado a un padre de luto que parecía vivir aterrorizado ante la posibilidad de perder a la única persona que le quedaba.

Una noche, Rebecca salió al porche con dos tazas de café.

Elias estaba sentado en los escalones, contemplando el atardecer.

Ella le entregó una taza.

“Ha trabajado más en seis días de lo que Andrew y yo conseguimos hacer en un mes.”

Elias la recibió.

“¿Su esposo construyó esta casa?”

“Empezamos a construirla juntos.”

“¿Qué le pasó?”

“El cólera.”

Elias bajó la mirada.

“Lo siento.”

Rebecca se sentó a su lado.

“Murió en junio. Se suponía que terminaríamos el granero antes del invierno.”

Su mano se movió instintivamente hacia su vientre.

“Nunca llegó a sentir las pataditas del bebé.”

Elias la miró.

“¿Duele?”

Ella sonrió ligeramente.

“A veces.”

Como si respondiera, el bebé se movió debajo de su mano.

Rebecca soltó una risita.

“Ahí está. Otra vez.”

Elias la observó maravillado.

Entonces Rebecca tomó su mano grande y vendada.

“Mire.”

La colocó suavemente sobre su vientre.

Un pequeño movimiento empujó contra su palma.

Elias se quedó completamente inmóvil.

Abrió mucho los ojos.

Durante varios segundos pareció incapaz de respirar.

Después retiró la mano.

“Ese pequeñito viene fuerte.”

Rebecca sonrió.

“Andrew siempre decía que nuestro hijo iba a heredar mi terquedad.”

Elias miró hacia las montañas.

“Hay cosas peores que podría heredar.”

Permanecieron sentados juntos hasta que aparecieron las estrellas.

Por primera vez desde la muerte de su esposo, Rebecca no se sintió completamente sola.

Tres días después, llegaron los problemas.

Un carruaje negro apareció por el camino poco después del mediodía.

El magistrado Pike bajó vestido con un abrigo impecable.

A su lado estaban el ayudante Voss y un hombre delgado que llevaba un portafolio de cuero.

Rebecca salió al porche.

Elias apareció desde el granero, con Lily dormida contra su hombro.

Pike sonrió.

“Señora Whitaker. Confío en que nuestro acuerdo haya sido satisfactorio.”

Rebecca cruzó los brazos.

“¿Qué quiere?”

“Simplemente inspeccionar al trabajador sujeto al contrato.”

Elias se detuvo junto a la cerca.

Los ojos de Pike se entrecerraron.

“Boone. Acérquese.”

Elias no se movió.

Rebecca dio un paso al frente.

“Tiene nombre.”

“Sé perfectamente cómo se llama, señora.”

“Entonces úselo con respeto.”

El hombre delgado abrió su portafolio.

Pike sacó un documento.

“Desafortunadamente, descubrimos una irregularidad en su contrato.”

Rebecca sintió un escalofrío.

“¿Qué irregularidad?”

“La hipoteca de su difunto esposo fue transferida al Banco Territorial de Cinder Gulch el mes pasado.”

“Eso ya lo sé.”

“Y ahora su propiedad se considera garantía del contrato de trabajo de Boone.”

Rebecca lo miró fijamente.

“Usted nunca me dijo eso.”

“Estaba claramente establecido en el acuerdo.”

“Me dijo que mi propiedad solo respondería si él escapaba o se negaba a trabajar.”

Pike sonrió.

“Y eso sigue siendo cierto.”

Se volvió hacia Elias.

“Desafortunadamente, Boone ha sido acusado de abandonar obligaciones de trabajo que ya tenía asignadas.”

Rebecca abrió la boca, incrédula.

“¡Él no ha salido de mi rancho!”

Pike hizo un gesto hacia el hombre delgado.

“Este es el señor Granger, representante de las minas de plata de Mercer Tate. Afirma que Boone estaba contratado anteriormente para completar un trabajo minero.”

Elias avanzó de golpe.

“Eso es mentira.”

El ayudante Voss levantó su rifle.

“Cuida esa boca.”

A Rebecca se le aceleró el pulso.

“Están inventando motivos para quedarse con mi propiedad.”

La sonrisa de Pike desapareció.

“Cuidado, señora Whitaker.”

Elias se colocó entre Rebecca y los hombres.

Su voz era peligrosamente tranquila.

“Déjela en paz.”

Voss soltó una carcajada.

“¿O qué, bestia?”

Las enormes manos de Elias se cerraron en puños.

Rebecca lo sujetó del brazo.

“No lo hagas.”

Él bajó la mirada hacia ella.

Rebecca negó con la cabeza.

“Eso es lo que quieren.”

Pike observó el intercambio con evidente satisfacción.

Después sacó otro documento.

“Tiene siete días para resolver la disputa pendiente sobre el contrato. De lo contrario, la propiedad será embargada.”

Rebecca sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

Siete días.

No tenía dinero.

No tenía familiares cerca.

Y su bebé nacería dentro de tres meses.

Pike se volvió para marcharse.

Pero antes de subir al carruaje, miró hacia Lily.

“Una cosa más.”

Elias se puso rígido.

“El funcionario encargado de menores huérfanos ha solicitado una nueva revisión de la custodia de la niña.”

Rebecca sintió que se le helaba la sangre.

“Usted ya había aceptado que se quedara.”

“Un permiso temporal, señora Whitaker.”

Pike sonrió.

“Nada más.”

El carruaje se alejó.

Durante varios instantes, Rebecca no pudo hablar.

Entonces Elias dijo en voz baja:

“Tengo que irme.”

Ella se volvió bruscamente.

“No.”

“Si desaparezco, no podrán usarme en tu contra.”

“Dirán que escapaste y se quedarán con el rancho.”

“Entonces me entregaré a Tate.”

Rebecca se quedó mirándolo.

“¿Volverías a las cadenas?”

“Por Lily.”

Su voz se quebró.

“Y por ti.”

Rebecca sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.

“No.”

“Rebecca…”

“¡He dicho que no!”

Su voz resonó por todo el patio.

Elias guardó silencio.

Ella se acercó.

“No gasté mis últimos ochenta y cinco dólares para verte sacrificarte solo porque un magistrado corrupto nos asustó.”

Su expresión se contrajo.

“No entiendes de lo que esos hombres son capaces.”

“Entonces cuéntamelo.”

Él apartó la mirada.

Rebecca lo agarró del brazo.

“Dime por qué están tan empeñados en recuperarte.”

Durante un largo momento, Elias no dijo nada.

Finalmente susurró:

“Porque sé lo que pasó en la mina Blackstone.”

Rebecca frunció el ceño.

“¿Qué pasó?”

Elias miró hacia las montañas.

“Cuarenta y tres hombres murieron allí el invierno pasado.”

“Lo recuerdo. El túnel se derrumbó.”

“No.”

Su voz se endureció.

“Sellaron el túnel.”

Rebecca sintió que se le cortaba la respiración.

“¿Lo sellaron?”

“Desde afuera.”

Se quedó mirándolo.

Elias continuó.

“Los dueños descubrieron una veta de plata muy rica debajo de las tierras de varios colonos. Esos mineros se negaron a ayudarlos a ocultar el descubrimiento.”

Rebecca sintió náuseas.

“¿Entonces los mataron?”

Elias asintió.

“Se suponía que yo también moriría con ellos.”

“Entonces, ¿cómo sobreviviste?”

Sus ojos se llenaron de algo terrible.

“Porque mi esposa me ayudó a escapar.”

Rebecca miró hacia Lily.

“¿Y el incendio?”

Elias apretó la mandíbula.

“Nos encontraron.”

La verdad cayó sobre la propiedad como una nube de tormenta.

Su cabaña no se había incendiado por accidente.

Su esposa no había muerto en una tragedia común.

Y el magistrado no había vendido el contrato de Elias simplemente para cobrar una deuda.

Querían silenciarlo.

Aquella noche, Rebecca encontró a Elias preparando un pequeño bulto.

Estaba de pie en la puerta del granero.

“¿A dónde vas?”

Él se quedó inmóvil.

“Hay algo que necesito recuperar.”

“¿Qué cosa?”

“Pruebas.”

Rebecca entró.

“¿Dónde están?”

Elias miró hacia las montañas oscuras.

“En mi antigua cabaña.”

Ella se quedó mirándolo.

“¿La que se incendió?”

“Sí.”

“¿Por qué no me lo dijiste antes?”

“Porque no quería traer este peligro hasta tu casa.”

Rebecca soltó una risa amarga.

“Ya está aquí.”

Elias bajó la cabeza.

“Lo sé.”

Ella se acercó.

“Entonces iremos juntos.”

“No.”

“Elias…”

“Estás esperando un bebé.”

“Y tú también tienes una bebé.”

Él miró hacia la casa, donde Lily dormía.

Rebecca suavizó la voz.

“No te estoy pidiendo que me protejas de la verdad. Te estoy pidiendo que confíes en mí para compartirla.”

Elias la observó durante un largo rato.

Después metió la mano dentro de su abrigo.

Sacó un pequeño relicario de plata.

Dentro había el retrato de una hermosa joven de cabello oscuro.

“Mi esposa”, susurró.

Rebecca observó el retrato.

“Era muy bonita.”

“Se llamaba Hannah.”

Tragó saliva.

“Murió sosteniendo la puerta cerrada para que yo pudiera sacar a Lily por la ventana trasera.”

Los ojos de Rebecca se llenaron de lágrimas.

Elias cerró el relicario.

“La escuché gritar.”

Su voz se quebró.

“Intenté regresar.”

Rebecca le tocó suavemente el brazo.

“Salvaste a tu hija.”

“No pude salvar a su madre.”

Por primera vez, aquel enorme hombre de las montañas comenzó a llorar.

No a gritos.

Ni haciendo una escena.

Solo lágrimas silenciosas que resbalaban por un rostro que había soportado demasiado.

Rebecca se acercó y lo rodeó con sus brazos.

Al principio, él permaneció rígido.

Después sus hombros se desplomaron.

Apoyó la frente contra la de ella.

Y durante un breve instante, ninguno de los dos era una viuda ni un prisionero.

Eran simplemente dos personas heridas que se sostenían mutuamente.

Antes del amanecer, cabalgaron hacia las montañas.

Rebecca dejó a Lily con la señora Bell, la vecina anciana que había estado ayudándola a alimentarla.

Elias llevaba un rifle y un pequeño farol.

Llegaron a las ruinas de su cabaña poco después de la salida del sol.

Solo la chimenea de piedra seguía en pie.

Las vigas ennegrecidas estaban esparcidas por el claro.

Rebecca observó a Elias bajar del caballo.

Su expresión se volvió imposible de descifrar.

“Aquí fue donde murió Hannah”, susurró.

Rebecca se acercó con cuidado.

“¿Dónde están las pruebas?”

Elias caminó hacia la chimenea.

Se arrodilló junto al hogar y retiró tres piedras sueltas.

Detrás había una caja estrecha de metal.

La sacó.

Dentro había registros mineros, declaraciones firmadas y un pequeño diario de cuero.

Rebecca abrió el diario.

Sus ojos se agrandaron.

“Estos son registros de pagos.”

Elias asintió.

“Nombres. Fechas. Órdenes.”

Pasó otra página.

Entonces se detuvo.

Un nombre aparecía repetidamente.

HARLAN PIKE.

Junto a él había cantidades enormes de dinero.

Rebecca levantó la mirada.

“Él estaba involucrado.”

“Él organizó toda la operación.”

Ella siguió leyendo.

Entonces perdió el color del rostro.

Otro nombre aparecía cerca del final de la página.

ANDREW WHITAKER.

Su esposo.

Las manos de Rebecca comenzaron a temblar.

“No.”

Elias se volvió de golpe.

“¿Qué pasa?”

Ella le mostró la página.

“Mi esposo.”

Elias se quedó mirando.

Durante varios segundos no dijo nada.

Entonces su expresión cambió.

“Rebecca…”

Ella retrocedió.

“¿Por qué aparece aquí el nombre de Andrew?”

Elias volvió a mirar el diario.

Su rostro estaba pálido.

“Porque tu esposo fue uno de los hombres que descubrieron la plata.”

Rebecca negó con la cabeza.

“No. Andrew era carpintero.”

“Trabajó en los soportes de madera de la mina antes de que ustedes se establecieran aquí.”

“Nunca me lo dijo.”

Elias miró hacia la cabaña quemada.

“Entonces quizá estaba intentando protegerte.”

Los pensamientos de Rebecca comenzaron a correr sin control.

La repentina enfermedad de Andrew.

Los visitantes extraños que llegaron a su propiedad antes de su muerte.

La hipoteca transferida inmediatamente después.

Y la determinación del magistrado de quedarse con sus tierras.

Su voz tembló.

“Elias… ¿Andrew de verdad murió de cólera?”

Él no respondió.

Entonces una rama crujió detrás de ellos.

Elias se volvió de golpe.

Una docena de jinetes armados apareció entre los árboles.

En el centro estaba el ayudante Voss.

Y junto a él, el magistrado Pike.

Pike sonrió.

“Vaya, señora Whitaker. Nos ha ahorrado muchísimas molestias.”

Rebecca apretó el diario contra su pecho.

Elias se colocó delante de ella.

“Corre”, susurró.

Pero no había a dónde correr.

Los jinetes rodearon el claro.

Voss levantó su rifle Winchester.

“Baja el rifle, Boone.”

Elias bajó lentamente su arma.

Pike desmontó.

Sus ojos se dirigieron hacia la caja de metal.

“Ahí está.”

Rebecca sujetó el diario con más fuerza.

“Usted asesinó a esos mineros.”

Pike suspiró.

“Qué lamentable malentendido.”

“¡Usted mató a Hannah Boone!”

Su expresión se endureció.

“Cuidado, viuda.”

Rebecca dio un paso al frente.

“¿Y mi esposo? ¿También mató a Andrew?”

Por primera vez, Pike pareció verdaderamente sorprendido.

Después sonrió.

“¿Andrew Whitaker?”

Soltó una risa suave.

“Ah, señora Whitaker. Su esposo no tenía que morir.”

Rebecca se quedó paralizada.

“¿Qué?”

Pike dio otro paso.

“Se suponía que tenía que entregar algo.”

Elias perdió el color del rostro.

“No diga una palabra más.”

Pero Pike lo ignoró.

“Algo que su esposo escondió antes de convertirse en un inconveniente.”

Rebecca sintió moverse al bebé dentro de su vientre.

Le temblaban las manos.

“¿Qué escondió?”

Pike miró directamente su vientre.

Entonces dijo algo que le heló la sangre.

“No qué, señora Whitaker.”

Sonrió.

“A quién.”

Rebecca se quedó mirándolo.

Antes de que pudiera hablar, un disparo resonó por todo el claro.

Elias se tambaleó.

La sangre comenzó a extenderse por su hombro.

Rebecca gritó su nombre.

Él cayó sobre una rodilla, pero siguió protegiéndola con su enorme cuerpo.

Voss preparó su rifle para disparar otra vez.

Pike se acercó.

“Ahora, Rebecca, le sugiero que me escuche con mucha atención.”

Metió la mano en su abrigo y sacó un documento doblado.

Llevaba la firma de Andrew Whitaker.

Y debajo aparecía un segundo nombre.

HANNAH BOONE.

El corazón de Rebecca pareció detenerse.

Pike sonrió.

“Su esposo y la esposa de Elias estaban guardando un secreto juntos.”

Elias levantó la mirada, con los ojos llenos de horror.

“No…”

Pike desplegó la última página.

“¿Y la niña que compró en el juzgado?”

Rebecca lo miró fijamente.

“¿Lily?”

Pike asintió lentamente.

Entonces pronunció las palabras que destrozaron todo lo que ella creía saber.

“Lily Boone no es hija de Elias.”

Rebecca se volvió hacia el hombre de las montañas, que seguía herido.

Su expresión era de absoluta devastación.

Pike sonrió.

“Es hija de Andrew Whitaker.”

Rebecca retrocedió tambaleándose.

El nombre de su esposo muerto.

La recién nacida.

La cabaña incendiada.

Y el hombre por quien había arriesgado todo para salvarlo.

De pronto, nada tenía sentido.

Elias intentó ponerse de pie.

“Rebecca, por favor. Déjame explicarte.”

Pero antes de que pudiera decir otra palabra, Pike levantó su revólver.

Y desde los árboles detrás de ellos resonó la voz de una mujer.

“Baja esa pistola, Harlan.”

Todos se quedaron inmóviles.

Una figura delgada salió al claro, sosteniendo un rifle.

Llevaba el cabello oscuro recogido debajo de un pañuelo azul descolorido.

Elias se quedó mirándola.

Entreabrió los labios.

“¿Hannah?”

La mujer lo miró directamente.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

“Perdóname, Elias.”

Rebecca apenas podía respirar.

La mujer del relicario de plata.

La mujer que Elias creía que había muerto quemada.

Estaba viva.

Y estaba apuntando su rifle contra el magistrado Pike.

Entonces Hannah se volvió hacia Rebecca.

“No le creas lo que te dijo sobre Lily.”

Su voz tembló.

“Porque la verdadera razón por la que quieren llevarse a esa bebé es mucho peor.”

…

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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