Shakira estalla y deja en evidencia al Gobierno: El crudo abandono del Chocó y la burla imperdonable de las “clases virtuales”
La tragedia que atraviesa el departamento del Chocó no es solo un desastre natural, es el reflejo de un desastre institucional que ha dejado a miles de colombianos a su suerte. Mientras en los escritorios de las altas esferas gubernamentales se diseñan planes que parecen sacados de una película de ficción, en el barro, en las zonas donde no llega el asfalto ni la señal de celular, las comunidades viven una pesadilla que hiela la sangre. Ha tenido que ser una figura de talla mundial como Shakira quien, con un mensaje cargado de sentido común y profunda indignación, exponga la gigantesca desconexión de un gobierno que propone “clases virtuales” para niños que ni siquiera tienen agua para beber o luz para iluminar sus noches.

Para entender la magnitud del abandono, hay que adentrarse en lugares que el país central parece haber borrado de su memoria. El corregimiento de Guayabalito, en el corazón del Chocó, es uno de esos sitios fantasma. Ni siquiera aparece en los registros de Google Maps. Para que la ayuda llegue hasta allí, no basta con hacer una transferencia bancaria o enviar un tuit de solidaridad; hay que subirse a una lancha, atravesar ríos traicioneros, caminar por trochas interminables y, literalmente, ponerse las botas de hule hasta las rodillas. Hasta ese rincón olvidado llegó el congresista Óscar Benavides, acompañado por la fundación BNL2, para entregar ayuda humanitaria frente a un Estado que brilla por su ausencia.
Sin embargo, en el país de las paradojas y del periodismo polarizado, la solidaridad genuina es castigada. Periodistas y figuras públicas como Vicky Dávila y Barbosa alzaron la voz para criticar severamente a Benavides por realizar esta colecta. Paradójicamente, desde la comodidad de sus espacios, estas mismas voces aplauden a rabiar cuando poderosos empresarios como la familia Guilinski donan millonarias sumas para la reconstrucción de Cali. El mensaje que envían es perturbador y clasista: si un líder social o político se ensucia las botas y lleva comida directamente a las manos de los damnificados en el Chocó, es un acto condenable que debe detenerse; pero si los grandes magnates que financian sus medios hacen lo mismo en las capitales, se convierte en el acto más puro de filantropía. Esta politización de la tragedia es una bofetada a las víctimas que, en medio de su hambre, no entienden de ideologías ni de disputas mediáticas.
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La narrativa de ciertos sectores intenta disfrazar la ineficiencia oficial agradeciendo gestiones inexistentes. Agradecen a un “nuevo gobierno”, simbolizado en la figura de políticos de saco y corbata que ven el desastre por televisión, mientras que en el terreno la realidad es de una crudeza insoportable. En el barrio Futuro 3, ubicado en la vía Guayabal, las cámaras captaron testimonios que destrozan cualquier intento de propaganda oficial. Los pobladores denuncian, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada, que no han recibido una sola ayuda tangible por parte del gobierno. Lo que sí recibieron fue una visita de censo y un regalo que roza la humillación absoluta: un par de guantes verdes.
La historia de estos guantes es, quizás, el punto más bajo de la empatía estatal. Arquitectos y funcionarios del Estado visitaron las casas destrozadas por el terremoto y los aguaceros, las marcaron como inhabitables y le entregaron guantes a los propios dueños para que ellos mismos terminaran de tumbar sus hogares. Las palabras de una mujer de la comunidad resuenan como un látigo en la conciencia de la nación: “Me dicen que la tumbe yo misma. Yo no puedo tumbarla porque casi soy inválida”. A esta mujer, con movilidad reducida y una vida de trabajo a sus espaldas, el Estado le sugirió que sus vecinos le hicieran el favor de demoler lo que quedaba de su patrimonio. Le dijeron que deshabitara la casa porque representaba un peligro inminente, pero no le ofrecieron a dónde ir. La única opción para ella y sus niños ha sido dormir en la calle, a merced de los feroces aguaceros que azotan la región.
El dolor de estas familias se agrava cuando escuchan las declaraciones desconectadas de figuras públicas que trivializan su sufrimiento. El político Lara llegó a insinuar que, como el piso es de cemento y las casas son de madera, la propia comunidad debería conseguir los aglomerados y reconstruir sus viviendas en cuestión de “dos minutos”. Esta ligereza ignora por completo la devastación económica y emocional de quienes lo han perdido todo. Una habitante de la zona, mirando los escombros de su vida, respondió con una lucidez desgarradora: “La fuerza que tenía hace 40 años no la tengo ahora. Es mentira que voy a volver a hacer esa casa. Con la plata que hice esta casa hace décadas, hoy no levanto ni una columna”. La maquinaria prometida nunca llegó; han sido los mismos vecinos, con sus manos desnudas y sus recursos agotados, quienes han estado desmantelando los escombros para evitar que una pared colapse sobre sus hijos.
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El abandono de Guayabalito y el barrio Futuro 3 es un reflejo microscópico de una crisis sistémica. El servicio de acueducto es paupérrimo, el alcantarillado simplemente no existe, la red eléctrica es un desastre y las vías de acceso son trampas de barro. Es en medio de este panorama de carencia absoluta que surge la propuesta más absurda, indignante y ridícula que se ha escuchado durante la emergencia: solucionar la falta de escuelas estableciendo un plan de choque con “clases virtuales”.
Proponer educación por internet en un territorio donde ni siquiera hay agua potable para lavarse las manos es una ofensa a la inteligencia y a la dignidad de los chocoanos. Los salones de clase en Guayabalito quedaron con las estructuras flojas, a punto de colapsar, obligando a los niños a abandonar las aulas por el riesgo mortal que representan. Cuando desde los ministerios se decreta que los niños deben ver clases virtuales, la población solo puede sentir rabia. “¿Cómo van a ver clases virtuales si aquí no hay internet ni señal?”, denuncian los líderes locales.
Esta desconexión gubernamental ha provocado el rechazo categórico de la cantante colombiana Shakira, quien utilizó su plataforma para dejar en evidencia a las autoridades. Sus palabras fueron precisas y lapidarias, calificando la medida de las clases virtuales como “ridícula”. Para la artista, la verdadera preocupación es el daño irreparable que se le está haciendo a toda una generación. “Lo que más me preocupa es que después de que pase el estado de emergencia, se queden todas esas escuelas sin reconstruir, que queden tantas personas en el olvido… Cada día que los niños no van a la escuela, es un día en que pausamos su futuro”, sentenció Shakira. Su declaración desnudó la falsedad de la política de escritorio y recordó que sin conectividad, la educación virtual en el Chocó es simplemente un mito cruel.
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Pero la tragedia no discrimina y sus tentáculos alcanzan hasta lo más profundo de la selva. En el resguardo indígena Embera Chamí, la escena se repite como un disco rayado de miseria. Escuelas totalmente destruidas, techos colapsados y niños indígenas que observan cómo su derecho a la educación queda enterrado bajo el lodo. Las comunidades indígenas, históricamente marginadas, siguen esperando las ayudas que se anuncian con bombos y platillos en los noticieros nacionales, pero que jamás atraviesan las fronteras de sus resguardos. Hasta allá tuvo que llegar la ayuda independiente de Benavides junto a autoridades locales como la mayora Aida, demostrando que en Colombia, de manera trágica y constante, solo el pueblo salva al pueblo.
El contraste entre la acción ciudadana y la negligencia estatal es abismal. Mientras más de ciento cincuenta mil viviendas esperan atención oportuna y familias enteras duermen bajo la lluvia, altos funcionarios como el ministro de vivienda andaban de parranda, ignorando los gritos de auxilio del Pacífico. Peor aún, cuando la ayuda oficial por fin decide asomarse, viene manchada de oportunismo. Las demoras en la entrega de suministros se debieron, increíblemente, al tiempo que tardaron en estampar propagandas y logotipos oficiales en cajas y balones, para asegurarse de que el hambre de la gente sirviera como campaña política.

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Frente a esta bajeza, el esfuerzo de iniciativas independientes resplandece. Entre el 13 y el 15 de agosto, la Fundación BNL2 logró gestionar, despachar y entregar 10 camiones cargados con más de 80 toneladas de ayudas reales. Lo hicieron con la urgencia que demanda la vida humana, sin detenerse a pegar calcomanías electorales, cruzando los caminos que el Estado se niega a pavimentar.
El Chocó no necesita guantes verdes para que su gente destruya lo poco que le queda. No necesita clases virtuales en zonas donde no hay energía, ni necesita que los medios de comunicación sigan protegiendo a los políticos de turno mientras atacan a quienes sí se ensucian las botas. Lo que ocurre en la Colombia profunda es una emergencia que exige empatía real, inversión inmediata y un respeto profundo por la vida. Como bien advirtió Shakira, cada día de olvido no es solo una casa que se cae, es el futuro de miles de niños que está siendo pausado por un Estado que, frente al dolor ajeno, ha decidido mirar hacia otro lado.