PARTE 2: La abandonaron entre el polvo de Wyoming sin nada más que unas tijeras… hasta que la sombra de un hombre de montaña cayó sobre ella.

PARTE 2: La abandonaron entre el polvo de Wyoming sin nada más que unas tijeras… hasta que la sombra de un hombre de montaña cayó sobre ella.

La abandonaron entre el polvo de Wyoming sin nada más que unas tijeras… hasta que la sombra de un hombre de montaña cayó sobre ella.

PARTE 2

“No, no lo está.”

Cora sintió que el aire se le escapaba de los pulmones como si la hubieran golpeado.

La rabia atravesó su agotamiento como un incendio.

“¿Cómo te atreves?”, escupió, girándose para enfrentarlo. “Tú no lo conoces. No sabes nada de…”

“No necesito saberlo”, la interrumpió el desconocido, tranquilo como una piedra. “Un hombre construye una cabaña junto al río y no deja a su mujer sentada en la tierra durante una semana. O murió en el camino, o huyó.”

Sus ojos gris pálido, del color del cielo justo antes de una tormenta de nieve, por fin se encontraron con los de ella.

“Cobb, el de la tienda, dice que huyó. Se metió un boleto de tren en el bolsillo y se fue rumbo a la costa. Tú ya lo sabes. Vi tu cara cuando ese borracho se te acercó hace rato.”

La barbilla de Cora tembló.

“Entonces, ¿qué clase de monstruo viene hasta acá solo para restregármelo en la cara? ¿Patear a una mujer muerta de hambre cuando ya está en el suelo te hace sentir más hombre?”

“No me importa hacerte sentir mal”, dijo él, sin moverse, “y tampoco me importa hacerte sentir bien. La lástima no pone carne sobre la mesa.”

Se inclinó un poco hacia ella y bajó la voz, áspera y grave.

“Todos los hombres de este pueblo te han hecho las mismas tres preguntas. ¿Dónde está tu hombre? ¿Necesitas un cuarto? ¿Qué estás dispuesta a hacer por una comida caliente? Te miran como si fueras una propiedad abandonada en un porche, esperando a que llegue un nuevo dueño.”

Sus ojos bajaron deliberadamente hacia el bolsillo donde la mano de Cora seguía aferrada a las tijeras.

“Tienes la mano agarrando algo filoso. Eso significa que todavía te queda pelea. Significa que aún no estás lista para dejar que los perros te devoren.”

Algo dentro del pecho de Cora se rompió por completo.

Entonces él metió la mano dentro de su abrigo y, durante un segundo que le detuvo el corazón, ella pensó que iba a sacar una pistola.

En lugar de eso, sacó una pequeña y pesada bolsa de cuero y la dejó caer sobre su regazo.

“Cuarenta dólares en oro”, dijo. “Suficiente para un boleto de regreso, un baño caliente y una cama de verdad.”

Las manos de Cora quedaron suspendidas sobre la bolsa, temblando.

“¿Cuál es el precio?”

“No hay ninguno.”

Se enderezó hasta alcanzar toda su enorme altura.

“Pero no te lo di para que compres un boleto de regreso.”

“Entonces, ¿para qué es?”

Su respuesta se quedaría con ella por el resto de su vida.

“Es una elección”, dijo, con la voz cortando el viento caliente como una cuchilla. “Durante veinticuatro años, le has pertenecido a alguien. A tu padre. A tu hermano. A ese cobarde de Victor. Viniste hasta acá para convertirte en la esposa de alguien, en una extensión de él, y eso casi te cuesta la vida.”

Señaló el oro.

“Puedes tomar ese dinero, subirte mañana a la diligencia rumbo al este, regresar a Ohio y encontrar a otro hombre al que pertenecer.”

Sus ojos grises no parpadearon.

“O puedes levantarte y descubrir quién eres cuando nadie viene a salvarte.”

Cora bajó la mirada hacia la bolsa.

Ya no parecía un boleto de regreso.

Parecía algo completamente distinto.

Capital.

Independencia.

Una elección que le pertenecía solo a ella.

Lentamente, sacó los dedos entumecidos del bolsillo y dejó caer las tijeras de costura sobre el polvo a sus pies.

“¿Quién eres?”, preguntó, y por primera vez en seis días su voz no tembló.

“Solo un hombre que vive allá arriba, donde el aire es limpio”, dijo él, ya dándose la vuelta. “Cuando decidas qué quieres hacer con ese oro, avísame. Si te quedas, te enseñaré a disparar algo más grande que unas tijeras de costura.”

Se alejó sin esperar respuesta, sus botas levantando polvo mientras dejaba a Cora sola en la banca.

Pero por primera vez en seis días, la banca no se sintió como una tumba.

Se sintió como una línea de salida.

Al caer la tarde, estaba dentro de la tienda de Cobb con cuatro monedas de oro sobre el mostrador, pidiendo no un boleto de diligencia, sino pantalones de hombre, un abrigo de lana, botas de suela gruesa y un rifle Winchester usado.

Cuando volvió a salir a la calle iluminada por faroles, con el cabello todavía mojado y el rifle en la mano, los mismos hombres que habían estado rondándola como lobos se bajaron de la banqueta de madera para dejarle bastante espacio.

No iba a regresar a casa.

Se dirigía hacia el norte, hacia las montañas, hacia lo desconocido, siguiendo a un hombre que no le había ofrecido nada más que la verdad y un rifle.

Pero Oak Haven todavía no había terminado con ella.

Y la montaña tampoco.

Porque en algún lugar más allá de la línea de árboles, el invierno se acercaba, listo para poner a prueba todo lo que aquel desconocido le había dado.

Y un rostro de su pasado estaba a punto de subir por ese sendero e intentar quitárselo todo.

…

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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