Parte 2 – El Hombre de la Montaña que Salvó a la Madre Rechazada por Tener Gemelas

Parte 2 – El Hombre de la Montaña que Salvó a la Madre Rechazada por Tener Gemelas

PARTE 2: EL HOMBRE DE LAS MONTAÑAS QUE SALVÓ A LA MADRE EXPULSADA POR HABER TENIDO GEMELAS

“No dejes que se acerquen a la puerta.”

Las palabras salieron tan bajito que Elias casi las confundió con el ruido de un tronco acomodándose en la chimenea.

Había estado sacando virutas de un pedazo de pino con su cuchillo para preparar leña menuda, porque necesitaba mantener las manos ocupadas mientras Mara dormía y las gemelas emitían aquellos sonidos débiles e inciertos desde la caja que estaba junto al fuego.

Al escuchar su susurro, la hoja del cuchillo se detuvo a medio cortar la madera.

Mara estaba despierta, pero no lo miraba.

Tenía los ojos clavados en la puerta de la cabaña, como si alguien estuviera del otro lado con la mano lista para levantar el pestillo.

El sudor le brillaba en la sien a pesar del frío.

Tenía un puño cerrado con fuerza alrededor de la cobija de lana que le cubría el pecho.

“No hay nadie afuera”, dijo Elias.

“Tú no sabes eso.”

“Sé cómo suena la nieve cuando alguien camina sobre ella con botas.”

Entonces Mara volvió la mirada hacia él.

La fiebre le había hundido las mejillas y marcado los pómulos, pero algo detrás de sus ojos había regresado con más fuerza que el resto de su cuerpo.

No era salud.

Era vigilancia.

La clase de vigilancia que conserva un animal perseguido después de aprender que el silencio puede ser más peligroso que el ruido.

“Los hombres pueden moverse sin hacer ruido cuando se lo proponen”, dijo ella.

“Yo también.”

Aquella respuesta pareció irritarla, y Elias consideró que eso era mejor señal que recibir las gracias.

Mara intentó incorporarse.

El dolor la atrapó antes de que consiguiera levantarse a la mitad, y apretó los labios cuando las heridas que estaban cicatrizando en su espalda tiraron de la piel debajo de las tiras de tela limpia que él le había colocado.

Elias dejó a un lado el pino y el cuchillo.

“Acuéstate.”

“Ya he pasado demasiado tiempo acostada.”

“Has pasado demasiado tiempo inconsciente. No es lo mismo.”

Los ojos de Mara brillaron con enojo.

Por un momento, Elias pudo ver a la mujer que quizá había sido antes de la nieve, antes del látigo, antes de aprender a despertar con miedo de las puertas.

“Das órdenes como si fueras el sheriff.”

“No me caen bien los sheriffs.”

“Entonces deja de hablar como uno.”

Elias estuvo a punto de sonreír.

Casi.

Pero, en lugar de hacerlo, tomó la taza que estaba calentándose sobre una piedra junto al fuego y se la extendió.

“Bebe.”

Mara miró la taza como si obedecer le costara algo.

Entonces una de las gemelas soltó un pequeño llanto agudo desde la caja, y todo el cuerpo de Mara cambió.

Sus hombros se tensaron.

Levantó la barbilla.

Olvidó la discusión y buscó de dónde venía el sonido.

“La de cabello más oscuro comió hace poco”, dijo Elias. “La otra se quedó dormida y no comió.”

“Las dos tienen el cabello oscuro.”

“Una tiene más.”

“Eso no es un nombre.”

“Yo no les puse nombres.”

Algo se suavizó por un instante en las comisuras de sus labios y después desapareció.

Mara aceptó la taza.

Le temblaban tanto los dedos que Elias siguió sosteniéndola hasta que ella le lanzó una mirada furiosa a su mano.

“Puedo hacerlo sola.”

“También puedes derramarlo.”

“Dije que puedo hacerlo sola.”

Él la soltó.

Mara estuvo a punto de derramar el contenido, pero consiguió sujetar la taza contra su pecho y maldijo entre dientes.

Elias apartó la mirada hacia el fuego para que pudiera recuperarse sin sentirse observada.

Entendía el orgullo mucho mejor de lo que entendía a la mayoría de las personas.

Después de beber varios tragos con cuidado, Mara preguntó:

“¿Cuánto tiempo?”

“Seis días.”

Sus ojos se abrieron de par en par.

“No.”

“Seis.”

“¿Las niñas?”

“Están vivas.”

“Ya sé que están vivas. Puedo escucharlas.”

Su voz se volvió más cortante.

“Te pregunté qué pasó con ellas.”

“Las alimentabas cuando podías. Cuando no podías, les di leche de cabra diluida con agua tibia.”

Mara frunció el ceño.

“¿Tienes una cabra?”

“No.”

Por primera vez, la confusión consiguió imponerse al miedo.

“Entonces, ¿de dónde sacaste leche de cabra?”

“El otoño pasado conseguí leche de cabra en polvo mediante un intercambio. Pensé que la usaría para hacer pan.”

“¿Les das a unas recién nacidas leche que compraste para hacer pan?”

“Les doy a las recién nacidas lo que las mantiene respirando.”

Mara cerró brevemente los ojos.

La taza descendió hasta su regazo.

“¿Y consiguieron retenerla?”

“La mayor parte del tiempo.”

“¿La mayor parte?”

Elias miró hacia la caja.

“La más pequeña protesta por todo.”

“Esa nació primero.”

Él volvió la cabeza hacia ella.

La expresión de Mara se había vuelto distante.

“También fue la primera en luchar. La partera dijo que…”

Su boca se cerró bruscamente.

No había habido ninguna partera en la nieve.

Elias esperó.

Mara se dio cuenta de que estaba esperando.

“¿Qué?”

“Te detuviste.”

“Ya había terminado de hablar.”

“Entonces terminaste.”

Aquello pareció desconcertarla más de lo que habría hecho una pregunta.

Lo estudió como si estuviera buscando la trampa escondida en su manera de contenerse.

Elias había pasado años entre hombres que hacían preguntas como una forma de reclamar que las respuestas les pertenecían.

No tenía ninguna intención de convertirse en uno de ellos.

La gemela más pequeña comenzó a quejarse otra vez.

Mara dejó la taza demasiado rápido y se movió hacia el borde del catre.

El dolor la detuvo, pero esta vez se negó a volver a acostarse.

“Tráemela.”

“Apenas puedes sentarte.”

“Tráeme a mi hija.”

Elias se levantó.

Sacó a la pequeña de la caja forrada con lana, sosteniéndole la diminuta cabeza de la manera que había aprendido por sí mismo después de varios momentos de verdadero terror.

Seis días atrás había sostenido un rifle bajo fuego enemigo con más firmeza de la que había conseguido sostener a cualquiera de aquellas niñas.

Ahora la bebé descansaba sobre su palma con una confianza que daba miedo, arrugando el rostro en señal de protesta al sentir el aire frío.

Mara observó cada uno de sus movimientos.

“Tu mano”, dijo.

“¿Qué tiene?”

“Debajo de su cuello. Un poco más.”

“Sé dónde tiene el cuello.”

“Entonces compórtate como si lo supieras.”

Elias ajustó la posición de su mano apenas un poco y llevó a la bebé hasta ella.

Mara tomó a la niña con ambos brazos, olvidando por un instante que todavía no había recuperado sus fuerzas.

El peso de la pequeña tiró de su cuerpo, y Elias permaneció lo suficientemente cerca para sostenerlas a las dos si hacía falta, sin tocar a ninguna.

Mara bajó la mirada.

Toda la dureza de su rostro se desmoronó.

“Ay, mi pajarito”, susurró.

Los párpados de la bebé temblaron ligeramente.

Su boquita buscó a ciegas contra la cobija.

Mara se inclinó hasta que su frente casi tocó la de su hija.

Elias se volvió hacia otro lado, sintiendo de pronto que había entrado en una habitación donde no le correspondía estar.

Detrás de él, Mara preguntó:

“¿Y su hermana?”

“Está dormida.”

“Tráemela también.”

“Se te va a caer alguna.”

“No se me va a caer.”

“Podría pasar.”

“Las llevé dentro de mí durante todo un invierno y las traje al mundo mientras unos hombres esperaban afuera de una puerta para decidir si yo merecía ver el amanecer. Tráeme a mi otra hija.”

Elias se quedó inmóvil.

Mara comprendió lo que acababa de decir.

Él lo notó en el cambio de su respiración.

Cruzó hacia la caja y levantó a la segunda gemela.

Cuando la colocó junto a la primera, Mara atrajo a las dos bebés contra su pecho, acomodándolas con una precisión que nacía del instinto y del miedo, no de la práctica.

Una de las pequeñas se acurrucó en el hueco de su codo.

La otra soltó un débil sonido de protesta y después se tranquilizó debajo de la barbilla de Mara.

Durante varios minutos, en la cabaña solamente se escucharon los sonidos del fuego, el viento golpeando las uniones de los troncos y las pequeñas respiraciones húmedas de dos recién nacidas.

Entonces Mara dijo:

“Debiste habernos dejado ahí.”

Elias volvió a sentarse en la silla.

“No.”

“No sabes lo que metiste en tu casa.”

“Metí a tres personas que se estaban congelando.”

“Metiste problemas.”

“Ya he tenido problemas antes.”

“No de esta clase.”

Elias apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

“Tú no sabes qué clase de problemas he tenido.”

Mara levantó los ojos de las bebés.

“Los hombres no azotan a una mujer hasta dejarla casi muerta y después la abandonan entre la nieve por una simple discusión.”

“No.”

“Tampoco hacen que todo un pueblo la considere una mujer despreciable si no necesitan que la gente se crea algo.”

“No.”

“Y no esperan a que nazcan unas criaturas para después sacarlas al frío, a menos que esas niñas sean importantes.”

La atención de Elias se agudizó.

“¿Importantes de qué manera?”

El rostro de Mara se cerró.

Ahí estaba.

Una puerta escondida detrás de otra puerta.

Elias dejó que el silencio continuara.

Ella lo miró con una impaciencia cada vez mayor.

“¿No vas a preguntar?”

“Dijiste que habías terminado de hablar.”

“Así es.”

“Entonces te escuché.”

Mara apretó más a las gemelas contra su cuerpo.

“¿Por qué nos salvaste?”

“Porque estaban vivas.”

“Esa no puede ser toda la razón.”

“Fue suficiente.”

“Nadie hace lo que tú hiciste solamente porque eso sea suficiente.”

Elias miró el rifle que estaba junto a su silla.

“¿Quieres que me invente una razón más bonita?”

“Quiero saber qué espera un hombre a cambio antes de descubrirlo demasiado tarde.”

Entonces Elias comprendió.

No le estaba preguntando por misericordia.

Le estaba preguntando por el precio.

“Nada”, respondió.

Mara soltó una risa seca, sin una pizca de humor.

“Siempre hay algo.”

“Conmigo no.”

“Eso dicen los hombres cuando quieren que tengas paciencia antes de cobrarte.”

La mandíbula de Elias se tensó.

No por ella.

Sino por quien le había enseñado aquella frase.

“Entonces todavía no me creas.”

Mara se quedó mirándolo.

“Puedes confiar en que la puerta se asegura desde adentro”, continuó. “Puedes confiar en que mi rifle está ahí. Puedes confiar en que nadie atraviesa esa nieve sin dejar huellas. Para cualquier otra cosa, espera y compruébalo tú misma.”

La gemela más pequeña bostezó.

Mara volvió a bajar la mirada.

Cuando habló, su voz sonaba cansada.

“Thomas solía decir que un hombre que insiste demasiado en que confíes en él normalmente esconde algo en el bolsillo.”

Elias sintió que aquel nombre quedaba suspendido entre los dos.

“¿Thomas?”

“Mi esposo.”

Aquella palabra cambió el ambiente de la habitación más de lo que Elias esperaba.

Cuando la encontró, no había visto ningún anillo en su mano, aunque la piel alrededor de uno de sus dedos conservaba una línea más clara.

Lo había notado mientras limpiaba la sangre de sus muñecas y había decidido no preguntar en voz alta.

Mara reconoció algo en su expresión.

“Me quitaron el anillo.”

“¿Quiénes?”

Ella no respondió.

Elias esperó.

El fuego crujió con fuerza y lanzó chispas por la chimenea.

Afuera, el viento barría la nieve suelta del techo con susurros secos.

Mara acomodó a las gemelas un poco más arriba contra su pecho, utilizándolas casi como una armadura.

“Mi esposo se llamaba Thomas Vale”, dijo finalmente.

Elias sintió que algo frío lo atravesaba, y no tenía nada que ver con el invierno.

Vale.

Conocía aquel apellido.

Mantuvo el rostro inmóvil.

Mara lo notó de todos modos.

“Lo has escuchado antes.”

“Tal vez.”

“De donde yo vengo, eso significa que sí.”

“¿Y de dónde vienes?”

“Del valle de abajo.”

“Todo el mundo viene del valle de abajo, a menos que haya nacido en un árbol.”

Una sombra de irritación cruzó su rostro.

“Thomas tenía tierras en el paso del oeste.”

Elias dejó de respirar durante medio latido.

Tenía tierras.

Pero aquella expresión no era suficiente.

En el pueblo, los hombres hablaban de poseer tierras pensando en papeles, cercas, impuestos y promesas respaldadas con sellos.

El paso del oeste era mucho más que un terreno.

Era la ruta de transporte de mercancías más estrecha entre las montañas en casi sesenta millas a la redonda.

Quien lo controlara podía decidir qué ganado llegaba a los puntos ferroviarios de embarque durante el invierno pagando poco, qué carretas debían pagar peaje y qué colonos podían acceder al camino del norte.

Y Silas Rourke llevaba años queriendo apoderarse de él.

Elias levantó los ojos hacia Mara.

Ella encontró la respuesta en su mirada.

“Sí lo sabes.”

“Conozco el paso.”

“Conoces a Rourke.”

Aquel nombre lo golpeó como un disparo de rifle dentro de una habitación cerrada.

Su mirada se dirigió hacia la puerta antes de que pudiera impedirlo.

Mara también lo notó.

Por primera vez desde que había despertado, el miedo desapareció de su rostro y fue reemplazado por la certeza.

“Así que ese es el nombre.”

Elias se levantó, caminó hacia la chimenea y empujó un tronco ennegrecido hacia el fondo de las brasas.

El fuego no necesitaba que lo atendiera.

Pero sus manos necesitaban trabajar.

“¿Qué te hizo?”, preguntó Mara.

“No es asunto tuyo.”

“Eso dicen los hombres cuando tienen la verdad parada justo enfrente.”

“Él es un problema tuyo. Eso no significa que mis asuntos con él sean tuyos.”

“Si Silas Rourke llega a esta cabaña, tu historia con él se convierte también en un asunto mío.”

Elias se volvió.

Mara ya había recuperado las fuerzas suficientes para enfrentarlo sin temblar.

No muchas.

Pero sí las necesarias.

Sus dos hijas dormían contra su cuerpo, sin saber que el simple hecho de pronunciar un nombre dentro de una cabaña de montaña había vuelto peligroso el aire.

“¿Qué le pasó a Thomas?”, preguntó Elias.

La expresión de Mara cambió inmediatamente.

“Primero responde mi pregunta.”

“No.”

“Entonces yo tampoco respondo.”

“Eso seguramente nos mantendrá a todos a salvo.”

Los labios de Mara se tensaron.

“¿De verdad crees que guardar silencio sirve para eso?”

“Creo que las palabras viajan.”

“No atraviesan estas paredes.”

“No. Viajan a través de las personas.”

Mara miró alrededor de la cabaña.

“Yo solamente veo a una.”

“Ahora solamente ves a una.”

Elias se arrepintió de aquella frase en cuanto salió de su boca.

El rostro de Mara palideció.

Él exhaló por la nariz.

“No quise decirlo de esa manera.”

“Pero dijiste la verdad.”

“No voy a echarte afuera.”

“Quizá lo hagas cuando escuches lo demás.”

“No.”

“Tú no sabes lo demás.”

“Conozco el clima.”

Mara estuvo a punto de responderle con enojo, pero una de las bebés se movió y comenzó a buscar alimento inquieta.

Ella hizo una mueca de dolor mientras acomodaba su ropa y se volvía ligeramente.

Elias dirigió inmediatamente la mirada hacia la ventana.

Detrás de él, la tela crujió suavemente.

Cuando Mara volvió a hablar, su voz era más baja.

“Thomas murió hace ocho meses.”

Elias continuó mirando el vidrio cubierto de escarcha.

“Por la mañana estaba bien. Para la noche ya no podía retener ni el agua. Y al anochecer del día siguiente estaba delirando.”

Su voz vaciló y después se recuperó.

“Dijeron que era fiebre. Todo el mundo dice que fue fiebre cuando un hombre muere demasiado rápido.”

“¿Quién lo dijo?”

“El médico del pueblo no estaba. La doctora Ada Mercer había cabalgado hacia el norte para atender un accidente en un campamento maderero. Un hombre de Rourke llevó unos polvos medicinales.”

Los hombros de Elias se tensaron.

“Le di a Thomas lo que enviaron porque pensé…”

Mara se detuvo.

Se le cortó la respiración, y la bebé soltó un pequeño sonido contra su pecho.

“Pensé que los hombres ricos no se molestaban en envenenar a los pobres cuando simplemente podían comprarlos.”

“¿Crees que lo envenenaron?”

“Creo que Thomas sabía algo que asustaba a Rourke.”

“¿Qué cosa?”

“No quiso contármelo todo. Dijo que saber menos quizá me mantendría a salvo.”

Elias dejó escapar un sonido sin humor.

“Sí”, dijo Mara. “Yo opinaba exactamente lo mismo.”

Él volvió a mirarla con cuidado.

Mara había terminado de acomodar a la bebé bajo la cobija, junto a su pecho.

Su rostro estaba enrojecido por el agotamiento.

“¿Qué te contó Thomas?”

“Que habían cambiado los registros de las escrituras.”

Los ojos de Elias se entrecerraron.

Mara lo notó.

“Él tenía el título de propiedad original. Su padre lo había registrado antes de que Rourke se apoderara de la mitad del valle. El lindero pasa por el paso del oeste e incluye el camino por donde circulan las carretas. Rourke le ofreció comprárselo tres veces. Thomas se negó las tres.”

“¿Por qué?”

“Lo odiaba.”

“Buena razón.”

“Pero no era la única.”

Mara bajó la mirada hacia la niña que se alimentaba contra su pecho.

“Thomas decía que, si Rourke conseguía el paso, todos los ranchos pequeños al norte tendrían que pagar el peaje que se le ocurriera cobrar. Decía que un hombre que es dueño del camino termina siendo dueño de todos los que necesitan utilizarlo.”

“Parece que Thomas entendía muy bien cómo era Rourke.”

“¿Lo conocías?”

“A Thomas, no.”

Aquella diferencia quedó clara.

Mara levantó los ojos.

“Rourke vino después del funeral. Al principio no vino personalmente. Mandó unos documentos.”

“Para que los firmaras.”

“Sí.”

“¿Qué decían?”

“Que Thomas había aceptado vender antes de morir y que yo solamente tenía que confirmar la transferencia.”

“¿Lo había aceptado?”

“No.”

“¿Estás segura?”

“Dormía junto a él todas las noches.”

La rabia entró en su voz.

“Me lo habría contado si hubiera pensado vender aquello que se negó a entregar incluso cuando Rourke duplicó el precio y después volvió a duplicarlo.”

Elias asintió una vez.

“No firmaste.”

“No entonces.”

“¿Y después?”

Mara miró hacia la ventana cerrada con contraventanas.

“Dos meses después, mi embarazo comenzó a notarse.”

Elias miró a las gemelas.

“Rourke vino personalmente después de eso”, continuó. “Entró a mi cocina sin tocar. Dejó el sombrero sobre la silla de Thomas. Se sentó en el lugar donde Thomas solía sentarse.”

Su voz se había vuelto antinaturalmente tranquila.

Elias conocía aquella clase de tranquilidad.

Pertenecía a las personas que se acercaban a un dolor demasiado grande para tocarlo directamente.

“Me dijo que la tristeza me había vuelto tonta. Dijo que una viuda joven, sin un hijo varón, no tenía nada que hacer intentando conservar sola unas tierras en la montaña. Me dijo que los impuestos del paso terminarían arruinándome. Después colocó una pluma junto a mi mano.”

“Volviste a negarte.”

“Le dije que Thomas me había dejado las tierras a mí.”

“¿Qué respondió?”

Mara tragó saliva.

“Dijo que no por mucho tiempo.”

La bebé que estaba alimentándose dejó de hacerlo.

Mara la acomodó automáticamente.

“¿Sabía que estabas embarazada?”

“Todo el mundo lo sabía.”

“Pero no sabían que eran gemelas.”

“Todavía no.”

Elias volvió hacia su silla, pero no se sentó.

Apoyó una mano contra el áspero respaldo de pino.

Mara continuó.

“Cuando la doctora Mercer me revisó, dijo que había escuchado algo extraño. No le contó a nadie lo que sospechaba. Yo tampoco. Pero en los pueblos pequeños los rumores siempre terminan saliendo. Una mujer compra el doble de tela. Alguien ve que están arreglando dos cunas. Alguien empieza a hablar.”

“Y Rourke se enteró.”

“Volvió otra vez.”

“¿Qué cambió?”

La mandíbula de Mara se endureció.

“Sus modales.”

Elias esperó.

“Dijo que podía convencer a una viuda. Pero que los niños volvían las cosas más complicadas.”

La habitación pareció encogerse alrededor del fuego.

“¿Sabía que eran niñas?”, preguntó Elias.

“No. Solamente sabía que eran dos.”

“¿Y por qué importaba eso? La propiedad pasaría a los hijos de cualquier manera.”

“Sí.”

Elias se quedó inmóvil.

Mara lo miró directamente.

“Precisamente por eso.”

La verdad comenzó a formarse pieza por pieza.

Thomas muerto.

Mara embarazada.

Una transferencia falsificada sería más fácil de defender si la viuda desaparecía.

Más difícil si existían hijos con derechos propios de herencia.

Y todavía más difícil si había dos herederas vivas y alguien podía demostrar quiénes eran.

“Las gemelas son dueñas de los derechos sobre las tierras”, dijo Elias.

“Los heredan.”

“Si tú mueres.”

“Sí.”

“¿Y si ellas mueren?”

“Rourke dice que Thomas vendió las tierras antes de morir, yo desaparezco, ningún hijo sobrevive para contradecirlo y el funcionario del registro encuentra cualquier papel por el que Rourke le haya pagado.”

Elias contempló a la bebé dormida, acurrucada junto al otro brazo de Mara.

Dos niñas recién nacidas.

No era vergüenza.

No era adulterio.

Eran documentos.

Tierras.

Un camino abierto entre las rocas.

Había hombres que habían matado por mucho menos.

“¿Qué ocurrió en el pueblo?”, preguntó.

Los ojos de Mara se volvieron inexpresivos.

“Ya sabes lo suficiente.”

“No. Sé por qué lo hicieron. No sé qué hicieron.”

“¿Saber cómo es un látigo cambia lo que provoca?”

“No.”

“Entonces déjalo así.”

Elias habría podido hacerlo.

Una parte de él quería dejarlo así.

No necesitaba los detalles para comprender el peligro.

Pero recordaba las heridas de su espalda, su distribución y la distancia que había entre cada marca.

Recordaba la sangre congelada sobre la tela desgarrada y a las bebés escondidas debajo de su brazo.

“Necesito saber quiénes van a venir”, dijo.

“No es la misma pregunta.”

“No.”

Mara lo observó durante largo rato.

Después acomodó cuidadosamente a las bebés y las colocó juntas sobre la almohada a su lado.

El movimiento le costó un gran esfuerzo.

Elias lo notó en la palidez que apareció alrededor de su boca.

“Tres semanas antes de que nacieran”, comenzó Mara, “el empleado de Rourke presentó una declaración.”

Elias guardó silencio.

“Decía que Thomas me había acusado de serle infiel antes de morir. Afirmaba que él creía que los bebés no eran suyos.”

“Era falsa.”

“Por supuesto que era falsa.”

“¿Alguien la cuestionó?”

Mara soltó una risa débil y amarga.

“¿Quién? ¿Los hombres que le debían a Rourke el dinero para las semillas? ¿El comerciante cuya mercancía llegaba en las carretas de Rourke? ¿El alguacil cuyo ayudante bebía sentado a la mesa de Rourke?”

“Pike.”

Mara se estremeció al escuchar aquel nombre.

Elias lo notó.

“Caleb Pike”, dijo ella.

“Lo conoces.”

“Me sujetó del brazo.”

El silencio llenó el espacio entre ellos.

La mano de Elias apretó tanto el respaldo de la silla que la madera crujió.

Mara continuó hablando antes de que pudiera interrumpirla.

“Me sacaron a rastras de la habitación que había rentado en una casa de huéspedes porque tenía miedo de dormir sola en la propiedad. Los hombres de Rourke dijeron que el pueblo tenía derecho a saber qué clase de mujer estaba intentando robar una propiedad utilizando el nombre del difunto Thomas.”

“¿Pike te arrastró?”

“No fue él quien comenzó.”

“Eso no fue lo que pregunté.”

“No.”

Sus ojos parecieron alejarse hacia otro lugar.

“No fue el primero en arrastrarme. Pero cuando forcejeé contra ellos en los escalones, me agarró del brazo izquierdo.”

Elias sintió que una presión antigua y familiar comenzaba a acumularse detrás de sus costillas.

“¿Qué hizo Rourke?”

“Se quedó de pie sobre la banqueta de madera, con su abrigo negro.”

La voz de Mara se volvió más baja.

“No gritó. Eso era lo peor de él. Los hombres que gritan pueden estar enojados. Los hombres que gritan pueden cometer errores. Silas Rourke hablaba como si estuviera leyendo un informe del clima.”

El fuego de la cabaña crujió.

Mara parpadeó, pero no pareció verlo.

“Le dijo a todo el mundo que Thomas había muerto deshonrado. Dijo que Thomas había descubierto que yo llevaba en el vientre a los hijos de otro hombre. Dijo que había intentado esconder mi pecado robando unas tierras que pertenecían a un comprador legítimo.”

“¿Alguien te creyó?”

“Yo hablé.”

“Eso no fue lo que pregunté.”

“No.”

Elias bajó la mirada.

El rostro de Mara se contrajo de dolor.

“Algunos ni siquiera podían mirarme a los ojos. Esa fue su manera de tenerme compasión. Los demás simplemente se quedaron mirando.”

“¿Qué ocurrió después?”

“Me pidieron que firmara.”

“Otra vez.”

“Colocaron el papel sobre un barril en la plaza. Rourke dijo que, si firmaba, podría marcharme del pueblo con suficiente dinero para comenzar de nuevo en otro lugar.”

“¿Y si no firmabas?”

“No lo dijo.”

Elias ya sabía la respuesta.

Los dedos de Mara recorrían la cobija junto a las gemelas, alisando el mismo pliegue una y otra vez.

“Rompí el papel.”

Elias la miró.

Por primera vez, apareció en su expresión algo parecido al orgullo, aunque estaba dirigido hacia aquella mujer que había sido y que ahora apenas podía creer que alguna vez hubiera existido.

“Lo rompí dos veces”, dijo. “No pude hacerlo una tercera porque Pike me tenía agarrada del brazo.”

“¿Qué dijo Rourke?”

“Dijo: ‘Entonces dejemos que el pueblo decida cuánto vales’.”

Las palabras salieron con una cadencia diferente.

Medida.

Sin emoción.

Una imitación.

Un recuerdo afilado por el odio.

Elias sintió que se le revolvía el estómago.

“Me amarraron al poste donde sujetaban los caballos.”

Él no se movió.

“El primer latigazo me tomó por sorpresa.”

Mara se quedó mirando la nada.

“¿No es una tontería? Sabía lo que iban a hacer. Había visto el látigo. Y aun así, el primero me tomó por sorpresa.”

“No tienes que…”

“Sí. Sí tengo que hacerlo.”

Elias se calló.

Los ojos de Mara encontraron los suyos.

“Querías saber quiénes van a venir.”

Él asintió una vez.

“Rourke nunca tocó el látigo. Eso es importante para los hombres como él. Dio la orden y después se hizo a un lado.”

“¿Quién lo utilizó?”

“Uno de sus hombres.”

Elias no preguntó cuál.

Había límites para lo que resultaba útil saber.

“¿Y Pike?”

“Estaba mirando.”

Su respuesta fue inmediata.

Después, tras una pausa, añadió:

“Al principio.”

Elias notó aquella diferencia.

“¿Qué significa eso?”

“Significa que dejé de ver con claridad.”

“Mara.”

“Significa que tenía sangre en los ojos porque me mordí el labio hasta atravesármelo, y estaba intentando no gritar porque, una vez que te escuchan gritar, saben exactamente dónde golpearte la siguiente vez.”

Su voz se elevó.

Una de las gemelas se movió.

Mara se detuvo inmediatamente.

Se inclinó sobre las niñas, respirando agitadamente, y colocó una mano temblorosa sobre el pecho de la más pequeña.

Elias no habló hasta que su respiración comenzó a tranquilizarse.

“¿Qué pasó después?”

“Los dolores comenzaron aquella noche.”

Él la miró.

“¿Azotaron a una mujer a la que le faltaban tres semanas para dar a luz?”

“Querían debilitarme.”

“O matarte.”

“Sí.”

La palabra cayó con una sencillez terrible.

La mano de Mara permaneció sobre la bebé.

“Me puse de parto en un cobertizo detrás de la casa de huéspedes porque nadie quería hacer enojar a Rourke por darme refugio. Alguien llevó cobijas. Alguien llevó agua.”

Cerró los ojos.

“No sé quiénes fueron. No podría describirte sus rostros aunque mi vida dependiera de ello.”

“¿Pike?”

“Te dije que no lo sé.”

“Está bien.”

“Deja de decirlo así.”

“¿Así cómo?”

“Como si me creyeras.”

Elias frunció el ceño.

Mara abrió los ojos.

Ahora estaban llenos de lágrimas y ella estaba furiosa por tenerlas.

“Todavía no soporto que los desconocidos me traten con bondad.”

Él apartó la mirada.

“Entonces intentaré tratarte con indiferencia.”

“Eso sería más sencillo.”

“Bien.”

Mara dejó escapar un sonido quebrado que quizá había sido una risa.

Se limpió una mejilla con impaciencia.

“Las niñas nacieron antes del amanecer. Las dos respiraban. Las dos eran pequeñas. Pensé…”

Apretó los labios.

“Durante un minuto pensé que eso significaba que habíamos ganado algo.”

Elias esperó.

“Pike llegó después de que salió el sol.”

La vieja presión regresó al pecho de Elias.

“Venía con dos hombres. No quiso mirar a las bebés. Dijo que había una orden para que me marchara del pueblo.”

“Acababas de dar a luz.”

“Sí.”

“¿Te echó afuera?”

“Nos subieron a una carreta.”

“¿Con este clima?”

“La tormenta todavía no había comenzado.”

“¿Y después?”

“Condujeron hacia el norte.”

“¿Hacia aquí?”

“Sí.”

Elias volvió a mirar hacia la ventana.

Conocía todos los caminos debajo de la línea de árboles, cada desviación abandonada y cada sendero utilizado por cazadores que querían evitar los puestos de peaje.

Solamente había dos razones para llevar a una mujer medio muerta hacia el norte en pleno invierno.

Esconderla.

O matarla.

“¿Hasta dónde llegó Pike?”

Mara frunció el ceño.

“No lo sé.”

“Dijiste que venía con ellos.”

“Así es.”

“¿Lo viste en la carreta?”

“Al principio.”

“¿Y cuando te abandonaron?”

“No.”

Elias se volvió bruscamente.

“¿No?”

“La última vez que recuerdo haberlo visto fue antes de cruzar el río.”

“Entonces es posible que Pike no estuviera allí al final.”

Los ojos de Mara se endurecieron.

“No intentes convertirlo en inocente solamente porque se fue antes de que comenzara a nevar.”

“No estoy haciendo eso.”

“Me sujetó del brazo.”

“Te escuché.”

“Los vio amarrarme.”

“Eso también lo escuché.”

“Entonces no intentes suavizar lo que hizo.”

“Estoy intentando averiguar quién hizo cada cosa.”

“Los hombres siempre llaman a eso justicia cuando están separando las culpas en montones que les resultan convenientes.”

Elias la miró durante largo rato.

“Estoy intentando averiguar cuál de ellos podría dudar antes de matarte.”

Aquello la detuvo.

Él continuó.

“Un hombre que se queda mirando puede convertirse en un hombre que dispara. O puede convertirse en alguien que aparta la mirada en el momento equivocado. Necesito saber qué clase de hombre es Caleb Pike.”

La expresión de Mara cambió.

Su enojo chocó contra aquella lógica práctica, y ella detestó que tuviera sentido.

“No lo sé”, dijo finalmente.

“Eso es útil.”

“Se siente completamente inútil.”

“La mayoría de las cosas útiles se sienten así.”

Mara se recargó contra la cobija doblada que la sostenía, exhausta.

Las dos gemelas habían vuelto a quedarse dormidas.

La luz del fuego se movía sobre sus pequeños rostros.

Elias se sentó.

Después de un rato, Mara preguntó:

“¿Qué te hizo Rourke a ti?”

Él contempló las brasas.

“No.”

“Ahora tú ya lo sabes todo.”

“Sé lo suficiente.”

“Me hiciste hablar.”

“No lo hice.”

“Te quedaste ahí sentado hasta que el silencio se volvió insoportable.”

“No es lo mismo.”

“Para algunas personas sí lo es.”

Elias pasó el pulgar sobre una vieja cicatriz que le cruzaba uno de los nudillos.

“Hace años trabajé como explorador para un equipo de levantamiento topográfico del territorio.”

Mara guardó silencio.

“Había una disputa por el transporte de mercancías. Rourke aseguraba que un ranchero le había robado ganado. El ranchero decía que habían llevado deliberadamente los animales hasta sus tierras para que Rourke pudiera quedarse con la propiedad como compensación por los daños.”

“¿Qué ocurrió?”

“Vi a los hombres de Rourke mover el ganado.”

La atención de Mara se agudizó.

“Testifiqué.”

Su expresión cambió lentamente.

“Contra él.”

“Sí.”

“Eso fue una tontería.”

“Sí.”

“¿Sabías que era una tontería?”

“Sí.”

“Entonces, ¿por qué lo hiciste?”

Elias la miró.

“Porque era la verdad.”

Aquella respuesta pareció inquietarla más de lo que habría ocurrido si él hubiera dicho que lo hizo por deber.

Elias se recargó en la silla.

Los recuerdos llegaron sin pedir permiso.

Una habitación estrecha encima de una cantina.

Un testigo sudando tanto que la camisa se le pegaba al cuerpo.

Elias prometiéndole que estaría protegido hasta que llegara el alguacil territorial.

Una taza que había quedado sin vigilancia.

Un cuerpo frío al amanecer.

Rourke expresando un pesar solemne durante la audiencia.

“Había otro testigo”, dijo Elias.

Mara esperó.

“Tenía miedo. Tenía una esposa en algún lugar del este. Quería dinero para marcharse del territorio después de testificar.”

“Intentaste protegerlo.”

“Lo intenté.”

Algo en su voz hizo que Mara dejara de preguntar por un momento.

Elias se quedó mirando el fuego.

“Lo cambié de lugar dos veces. En el segundo sitio dormí afuera de su puerta. Creí que había cubierto todas las maneras de entrar.”

“¿Qué pasó?”

“Veneno.”

Mara bajó los ojos.

“Murió antes del amanecer.”

“¿Rourke?”

“Nunca pude demostrarlo.”

“Pero sabes que fue él.”

“Sí.”

“¿Y después?”

“El caso se vino abajo. Mi testimonio se convirtió en la palabra de un solo hombre. El ranchero perdió sus tierras. Para la primavera, Rourke las había comprado por medio de un tercero.”

Mara se quedó completamente inmóvil.

“Y tú subiste aquí.”

“Con el tiempo.”

“Porque tenías miedo.”

Elias levantó la mirada.

Ella no retiró sus palabras.

Él consideró mentir.

“Sí.”

La expresión de Mara no se suavizó.

Respetaba demasiado aquella respuesta como para hacerlo.

“¿Miedo de morir?”, preguntó.

“De fallarle primero a alguien más.”

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Mara bajó la mirada hacia las gemelas.

Elias deseó no haberlo dicho.

No porque fuera mentira.

Sino porque era una verdad lo suficientemente profunda como para resultar peligrosa.

Afuera, el viento cambió de dirección.

Elias lo escuchó antes que Mara.

Un ritmo lejano debajo de las ráfagas.

Se levantó tan rápido que las patas de la silla rasparon el piso.

Mara apretó a las dos bebés contra su cuerpo.

“¿Qué pasa?”

Él levantó una mano.

El sonido volvió a escucharse.

Cascos.

Un caballo.

Se acercaba por el sendero de abajo.

El rostro de Mara perdió todo el color.

“Nos encontraron.”

“Tal vez.”

“Dijiste que nadie sabía.”

“Dije que no había nadie aquí.”

Elias tomó el rifle que estaba junto a su silla y revisó que estuviera cargado.

Aquella acción familiar lo tranquilizó.

Pólvora.

Fulminante.

Cañón limpio.

Su cuerpo recordaba cosas que su mente prefería mantener enterradas.

Mara intentó ponerse de pie.

“No.”

“No voy a quedarme acostada aquí.”

“Tampoco vas a poder mantenerte de pie.”

“Dame la pistola.”

Él la miró.

“La vi debajo de tu abrigo, en el gancho.”

“Apenas puedes levantar una taza.”

“Puedo apretar un gatillo.”

“No mientras sostienes a dos bebés.”

La mandíbula de Mara se tensó.

“Entonces ponlas en un lugar seguro.”

“No hay un lugar más seguro que contigo detrás de esa pared.”

Elias cruzó hacia la parte trasera de la cabaña y arrastró una mesa pequeña hacia un costado, dejando abierto el espacio estrecho entre la cama y la leña apilada.

Odiaba lo malo que resultaba aquel escondite.

La cabaña había sido construida para resistir el clima, no un asedio.

“Agáchate ahí.”

Mara no se movió.

“Mara.”

“Si es Rourke…”

“No será Rourke en persona.”

“Pareces muy seguro.”

“Él manda a otros hombres a los lugares fríos.”

“¿Como tú?”

La pregunta lo golpeó.

Elias la miró.

Ella se dio cuenta, pero no se disculpó.

Los cascos sonaban cada vez más cerca.

Él se acercó a la ventana, colocándose a un lado del marco en lugar de ponerse delante.

A través de una abertura apenas del ancho de un pulgar en la contraventana, vio la ladera blanca, los árboles negros y la nieve suelta levantándose bajo las patas de un caballo.

El jinete llevaba un abrigo grueso y un sombrero de ala ancha muy bajo sobre la frente.

Estaba demasiado lejos para identificarlo.

Elias retiró lentamente el martillo del rifle.

Detrás de él, Mara susurró:

“Si me llevan, no dejes que se lleven a las niñas.”

Elias giró la cabeza.

Su rostro había cambiado por completo.

Ya no discutía.

No había orgullo.

Solamente una decisión.

“No se las llevarán.”

“Si consiguen pasar por encima de ti…”

“No lo conseguirán.”

“Elias.”

Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

Él se volvió completamente hacia ella.

“Si consiguen pasar por encima de ti”, dijo Mara, “no permitas que Rourke se lleve vivas a mis hijas.”

La cabaña pareció quedarse sin sonido.

La expresión de Elias se endureció.

“No.”

Los ojos de Mara brillaron con una desesperación furiosa.

“No comprendes.”

“Comprendo exactamente lo que me estás pidiendo.”

“Las van a matar.”

“Entonces mataré a cualquiera que atraviese esa puerta.”

“¿Y si no puedes?”

“Encontraré otra solución.”

“Puede que no exista ninguna.”

“Entonces la inventaré.”

“No puedes prometer eso.”

“Acabo de hacerlo.”

Los cascos se detuvieron afuera.

Mara se quedó paralizada.

Elias volvió hacia la ventana.

El jinete desmontó.

Las botas se hundieron en la nieve.

Un solo par de pisadas.

Ninguna otra.

Aquello no significaba demasiado.

Elias levantó el rifle.

Una mano enguantada golpeó la puerta.

Tres golpes medidos.

No eran golpes violentos.

Tampoco una orden.

Él no dijo nada.

Los golpes se repitieron.

Entonces una voz de mujer habló desde el otro lado de la madera.

“Elias Vance, si vuelves a apuntarme con ese rifle, voy a cobrarte cada puntada que tuve que darte la última vez.”

Mara se quedó mirando la puerta.

Elias bajó el cañón unos centímetros.

“¿Doctora Mercer?”, susurró Mara.

Afuera, la voz se volvió más fuerte.

“Sí. Y me estoy congelando. Abre esta maldita puerta.”

Elias no obedeció inmediatamente.

Cruzó hacia la ventana lateral y volvió a revisar el sendero.

Ningún movimiento.

Ningún segundo caballo.

Ninguna silueta oscura entre los árboles.

“Elias”, llamó la doctora Ada Mercer, “sé que la cautela es una de tus virtudes, pero en este momento se está volviendo bastante irritante.”

Mara estuvo a punto de reírse de pura sorpresa.

Elias levantó la barra de seguridad y abrió la puerta solamente lo suficiente para verla.

Ada Mercer estaba de pie entre la nieve que arrastraba el viento, con escarcha sobre el ala del sombrero y una expresión de evidente fastidio.

Llevaba un abrigo oscuro de montar, cubierto de nieve sobre los hombros, y sostenía las riendas de su caballo con una mano.

Un maletín médico de cuero colgaba de la silla de montar.

Sus ojos se dirigieron primero al rifle.

“Qué encantador.”

“¿Qué estás haciendo aquí?”

“Congelándome, como ya te dije.”

“¿Quién sabe que viniste?”

“Hazte a un lado.”

“Ada.”

Su expresión cambió.

“Aquí no”, respondió.

Eso fue suficiente.

Elias salió, recorrió una vez más el sendero y los árboles con la mirada y después tomó las riendas del caballo mientras Ada retiraba su maletín.

Llevó al animal hacia el cobertizo abierto junto a la cabaña y regresó rápidamente.

Cuando cerró la puerta y colocó la barra de seguridad, Ada ya estaba arrodillada junto a Mara.

La reacción de la doctora fue pequeña, pero imposible de confundir.

“Mara.”

Los ojos de Mara se llenaron de lágrimas.

“Lo sabías”, dijo.

Ada dejó cuidadosamente el maletín médico en el piso.

“Tenía esperanzas.”

“Eso no fue lo que pregunté.”

“No.”

Los labios de Mara temblaron.

“Sabías lo que me hicieron.”

“Sabía que se te habían llevado.”

“Y no hiciste nada.”

El rostro de Ada se tensó, pero su voz permaneció firme.

“Salí a buscarte a caballo.”

Mara apartó la mirada.

“Encontré las huellas de la carreta después del río”, continuó Ada. “Después la nieve las cubrió. Pasé un día buscando hacia el norte antes de verme obligada a regresar.”

“¿Obligada?”

“Mi caballo comenzó a cojear y me quedé sin comida.”

“Yo ni siquiera tenía caballo.”

“Lo sé.”

“Tú tenías una casa.”

“Sí.”

“Yo tenía dos niñas recién nacidas.”

“Lo sé.”

Mara volvió bruscamente la mirada hacia ella.

“¿Cómo?”

Los ojos de Ada se dirigieron hacia las gemelas.

Por primera vez, su compostura profesional se quebró.

Se inclinó un poco más, con los ojos brillantes.

“¿Las dos?”

“Las dos.”

Ada exhaló profundamente.

Elias había escuchado a hombres sobrevivir a disparos sin mostrar tanto alivio.

La doctora se quitó los guantes.

“Déjame revisarlas.”

Mara apretó más la cobija alrededor de sus hijas.

Ada se detuvo inmediatamente.

“Mara.”

“No.”

“Necesito examinarlas.”

“Nadie se las va a llevar.”

“No dije que fuera a llevármelas.”

“Las vas a tocar y después me dirás que están débiles.”

“Están débiles.”

“Todavía no las has revisado.”

“Tengo ojos.”

Mara se estremeció.

La expresión de Ada se suavizó, pero no se convirtió en lástima.

“Y tú ya sobreviviste a demasiadas personas que fingen que las palabras pueden cambiar los hechos. Así que aquí está el hecho: unas gemelas recién nacidas, llevadas al frío de la montaña después de un parto prematuro, están en peligro aunque parezcan tranquilas. Déjame averiguar qué riesgos siguen presentes antes de que se vuelvan mayores.”

Mara se quedó mirándola.

Elias permaneció junto a la puerta, observando.

Finalmente, Mara aflojó la cobija.

Ada examinó a las gemelas una por una, moviéndose con manos firmes, eficientes y tan acostumbradas a su trabajo que incluso el miedo de Mara tuvo dificultades para encontrar algo de qué desconfiar.

Revisó la respiración.

El color de la piel.

Los reflejos.

La temperatura corporal.

La más pequeña protestó ruidosamente cuando la tocó, lo cual pareció complacer a la doctora.

“Esta tiene un carácter fuerte”, dijo Ada.

“Nació primero”, murmuró Mara.

“Eso me han dicho.”

Los ojos de Mara se entrecerraron.

“¿Quién te lo dijo?”

Ada levantó la mirada.

Demasiado tarde.

Elias notó el error.

“Ada.”

La doctora volvió a envolver lentamente a la bebé.

El rostro de Mara se puso rígido.

“¿Quién te lo dijo?”

Ada se sentó sobre sus talones.

“Dímelo.”

“Mara…”

“¿Quién te dijo que mi hija nació primero?”

Silencio.

La mano de Elias se apretó alrededor del rifle.

Ada miró a Mara y después a él.

“Nadie me lo dijo después del parto”, respondió. “Tú me lo contaste antes.”

Mara parpadeó.

“Cuando te examiné dos semanas antes”, continuó Ada, “una de las bebés estaba colocada más abajo. Te dije que, si se mantenían en aquella posición, probablemente sería la primera en nacer.”

Los hombros de Mara se relajaron ligeramente.

Elias estudió el rostro de Ada.

Estaba diciendo la verdad.

Pero no toda la verdad.

Reconocía perfectamente cuando alguien ocultaba algo.

Ada terminó de revisar a la segunda bebé y se volvió hacia Mara.

“Ahora tú.”

“Estoy bien.”

“Tienes un aspecto terrible.”

“Gracias.”

“Eso fue una observación médica, no social.”

“Me azotaron y me abandonaron en la nieve. Soy consciente del aspecto de mi rostro.”

Ada apretó los labios.

Elias estuvo a punto de apartar la mirada para ocultar una sonrisa.

La doctora abrió su maletín.

“Inclínate hacia adelante.”

Mara dudó.

Ada esperó.

Finalmente, Mara entregó las gemelas a Elias una por una.

Él las recibió con más confianza que antes, aunque los ojos de Ada se dirigieron hacia la manera en que las sostenía y después hacia su rostro con una expresión que decidió ignorar.

“¿Qué?”, preguntó.

“Nada.”

“Pusiste una cara.”

“No es cierto.”

“Sí lo hiciste.”

Ada desató la tela limpia que cubría la espalda de Mara.

La doctora se quedó completamente inmóvil.

Hasta el último rastro de humor desapareció de la cabaña.

Sus dedos permanecieron suspendidos encima de las heridas sin tocarlas.

“¿Quién limpió esto?”

“Yo”, respondió Elias.

“¿Con qué?”

“Agua hervida. Whisky para limpiar el cuchillo y la tela. Ungüento de pino alrededor de los bordes, no dentro de las cortadas.”

Ada lo miró de reojo.

“¿Qué?”

“Eso fue casi competente.”

“¿Casi?”

“¿Quieres que te felicite o que sea precisa?”

“Ninguna de las dos.”

“Bien.”

Examinó a Mara en silencio.

Las gemelas se movían inquietas contra el pecho de Elias.

Podía sentir su calor a través de la lana.

Dos vidas increíblemente pequeñas descansaban sobre él mientras Ada estudiaba las pruebas de lo que unos hombres le habían hecho a su madre.

Finalmente, la doctora volvió a colocar el vendaje.

“No hay una infección profunda”, dijo. “Es posible que algunas heridas dejen cicatrices bastante marcadas. La fiebre podría regresar. Necesitas comida, descanso y no montar a caballo.”

Mara le lanzó una mirada inexpresiva.

Ada suspiró.

“Lo cual significa, naturalmente, que montar a caballo es precisamente lo que vamos a necesitar.”

La atención de Elias se dirigió inmediatamente hacia ella.

“¿Qué pasó?”

Ada cerró el maletín médico.

“No.”

Aquella palabra había salido de Elias.

Ada levantó una ceja.

“Todavía no he dicho nada.”

“Tienes esa mirada.”

“¿Qué mirada?”

“La que pones antes de arruinarme el invierno.”

“Yo nunca te he arruinado ningún invierno.”

“Me sacaste una bala del muslo durante una tormenta de nieve.”

“Tú mismo te metiste en ese problema al quedarte parado donde alguien estaba disparando.”

Mara los miró alternativamente.

“¿Qué ocurrió en el pueblo?”

El rostro de Ada recuperó la seriedad.

Se levantó y caminó hasta la chimenea, acercando las manos a las llamas sin mirar a ninguno de los dos.

Elias esperó, porque Ada no retrasaba las palabras difíciles sin una razón.

“Rourke anunció que estás muerta”, dijo.

El rostro de Mara se puso blanco.

Elias habló primero.

“¿Cuándo?”

“Ayer por la mañana.”

“¿Qué dijo exactamente?”

“Que un grupo de búsqueda encontró señales de que habías entrado en la región del norte durante la tormenta. Sangre sobre la nieve. Huellas de lobos. Ningún cuerpo.”

Los dedos de Mara se cerraron alrededor de la cobija.

Ada continuó.

“Para la tarde, la historia ya había cambiado. Ahora dice que las dos bebés murieron durante el parto y que tú te marchaste delirando.”

“Primero las borró a ellas”, susurró Mara.

“Sí.”

Elias sintió que su enojo se convertía en algo todavía más frío que la rabia.

“¿Por qué anunciarlo ahora?”, preguntó.

Ada se volvió hacia él.

“Porque cree que ya pasó suficiente tiempo.”

“¿Para qué?”

“Para hacer que las tierras cambien de dueño.”

Mara levantó la cabeza.

Ada la miró.

“Presentó un aviso declarando que la propiedad de los Vale no tiene herederos legítimos sobrevivientes.”

“No puede hacer eso.”

“Puede presentar cualquier cosa.”

“Las niñas están vivas.”

“Lo estoy viendo.”

“Él sabe que nacieron.”

“Sí.”

“Lo sabe.”

Ada se acercó nuevamente y se agachó frente a ella.

“Mara, escúchame. Saber que algo es verdad y demostrarlo ante la autoridad correspondiente son dos cosas diferentes.”

Mara miró a Elias.

Él detestó que ahora comprendiera la misma lección que había aprendido años atrás.

“Rourke controla al funcionario del registro”, dijo Elias.

El silencio de Ada lo confirmó.

Mara negó con la cabeza.

“La escritura de Thomas existe.”

“¿Existe?”, preguntó Elias.

Ella se volvió furiosa hacia él.

“Sí.”

“¿En qué oficina?”

“En el registro del condado…”

Se detuvo.

Ada cerró brevemente los ojos.

Mara lo notó.

“¿Qué?”

“Mara.”

“¿Qué?”

“Hay algo más.”

La atención de Elias se agudizó.

Ada se levantó lentamente.

“Rourke ya está negociando la venta del paso del oeste.”

El rostro de Mara quedó vacío.

“¿A quién?”

“Eso no importa. Si transfiere los derechos de propiedad a través de suficientes personas, deshacer todas esas operaciones será mucho más difícil.”

“Es mío.”

“Sí.”

“De mis hijas.”

“Sí.”

“No puede venderlo.”

“No debería poder hacerlo.”

Mara se incorporó demasiado rápido y soltó un grito ahogado de dolor.

Elias se movió hacia ella, pero Mara extendió una mano para detenerlo.

“No.”

“Vas a volver a abrirte las heridas.”

“Te dije que no.”

Su cuerpo temblaba de dolor y furia.

“Entonces quédate quieta.”

“Me he quedado quieta mientras él enterraba a mi esposo, me llamaba prostituta, me golpeaba en la calle, me quitaba el anillo de bodas, mandaba a mis hijas a una tormenta y anunciaba que estábamos muertas.”

Apartó la cobija de sus piernas.

“Se acabó. No voy a seguir quedándome quieta.”

Ada se interpuso entre Mara y el piso.

“Vas a terminar dejando de respirar si esas heridas se abren y la fiebre vuelve a apoderarse de ti.”

“Entonces dime qué tengo que hacer.”

Ada no respondió inmediatamente.

Los ojos de Mara ardían de furia.

“Cabalgaste hasta aquí atravesando esa tormenta porque tienes algo más útil que consejos para descansar.”

Ada miró de reojo a Elias.

Él vio cómo tomaba una decisión.

“Hay un juez itinerante en el valle”, dijo.

Elias se quedó inmóvil.

Mara frunció el ceño.

“Escuché que lo esperaban el mes que viene.”

“Llegó antes debido a unas disputas por el transporte de mercancías.”

“¿Las disputas de Rourke?”

“Entre otras.”

La esperanza apareció tan repentinamente en el rostro de Mara que Elias casi odió a Ada por haber permitido que surgiera.

“El juez puede detener la venta”, dijo Mara.

“Puede emitir una orden para conservar la situación legal de la propiedad hasta que se investigue la herencia.”

“Entonces iremos.”

“No es tan sencillo.”

“Nada ha sido sencillo. Iremos.”

La voz de Ada se endureció.

“Rourke tiene hombres vigilando los caminos.”

“No me importa.”

“Te importará cuando le disparen a Elias y lo tiren de su caballo, y después se lleven a tus hijas.”

Mara se detuvo.

Ada casi nunca levantaba la voz.

No lo necesitaba.

Elias miró a la doctora.

“¿Cuánto tiempo se quedará el juez?”

La expresión de Ada volvió a cambiar.

Ahí estaba.

La verdadera razón por la que había atravesado la nieve hasta llegar a su puerta.

“Ada.”

Ella sostuvo su mirada.

“¿Cuánto tiempo?”

“Tres días.”

Mara se quedó mirándola.

“No”, dijo Elias tranquilamente.

Ada no apartó los ojos de él.

“Rourke ya comenzó a preparar los documentos de venta del paso de los Vale.”

Las gemelas se movieron entre los brazos de Elias.

Una manita diminuta salió de la cobija, como si intentara alcanzar algo invisible.

Ada miró a Mara y después a él.

“Y el único juez itinerante que puede detenerlo se marcha del valle dentro de tres días.”

FIN DE LA PARTE 2

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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