Parte 1 — La Novia Que Nadie Esperaba

PARTE 1
Clara Bennett sabía lo que era pasar hambre. Conocía las noches de frío, los vestidos remendados y la humillación de ver a los acreedores tocar a la puerta de su padre.
Pero nada la había preparado para aquella mañana en que descubrió que la habían elegido como novia, no porque alguien la quisiera, sino porque una familia adinerada creía que ella era la única mujer que un vaquero poderoso jamás aceptaría.
Era una fría y amarga mañana de septiembre de 1882 cuando llegó la carta a su cabaña, que estaba a punto de venirse abajo, en las afueras de Red Creek, Montana.
Clara, de diecisiete años, estaba junto a la estufa cuando su padre, Henry Bennett, rompió el sello del sobre. En cuanto sus ojos recorrieron la página, las manos comenzaron a temblarle.
A Clara se le cayó el alma a los pies.
Su cabaña apenas había logrado resistir otro verano. El invierno se acercaba rápidamente. Las alacenas estaban casi vacías, el techo dejaba pasar el agua cuando llovía y todas las deudas de Henry estaban a punto de vencer.
Lo que estuviera escrito en aquella carta podía destruir lo poco que todavía les quedaba.
Pero, en lugar de eso, Henry bajó lentamente el papel.
“Quieren que te cases con él”, susurró.
Clara se quedó mirándolo.
“¿Que me case con quién?”
Henry tragó saliva con dificultad.
“Ethan Blackwood.”
Aquel nombre la golpeó como un trueno.
Todo el mundo en Montana conocía a Ethan Blackwood.
Era dueño del rancho ganadero más grande del territorio, con miles de acres que se extendían por enormes llanuras, cientos de caballos y más reses de las que Clara podía imaginar. Los hombres lo respetaban. Las familias adineradas querían establecer alianzas con él.
Y las mujeres querían casarse con él.
Especialmente las mujeres ricas.
Sin embargo, Ethan había rechazado a todas las novias que su familia había intentado presentarle.
Hijas de banqueros.
Hijas de comerciantes.
Mujeres vestidas con sedas costosas que llegaban respaldadas por apellidos importantes y enormes dotes.
Las había rechazado a todas.
Durante un breve e ingenuo momento, Clara se preguntó por qué un hombre como aquel podría querer casarse con ella.
Entonces Henry le contó la verdad.
Y la verdad le dolió mucho más de lo que cualquier rechazo habría podido lastimarla.
Las hermanas de Ethan habían elegido deliberadamente a Clara porque era pobre.
Estaban cansadas de ver cómo su hermano rechazaba a todas las mujeres refinadas que ellas seleccionaban. Así que esta vez habían decidido hacerle una broma cruel.
Le enviarían a alguien a quien, según ellas, ningún hombre exitoso podría querer.
Clara Bennett.
La hija de un comerciante arruinado.
Una muchacha con vestidos remendados, manos ásperas, sin herencia, sin dote y sin nada que ofrecer, excepto años de trabajo duro y las deudas abrumadoras de su padre.
Henry apenas podía mirarla a los ojos.
“Creen que apenas te vea, te mandará de regreso a casa.”
Clara sintió que el rostro le ardía.
De pronto lo comprendió todo.
No la estaban ofreciendo como novia.
La estaban utilizando como carnada.
Como una burla.
Como alguien de quien las hermanas adineradas de Ethan podrían reírse después de que él la rechazara.
Clara quiso hacer pedazos la carta.
Entonces Henry le reveló la última condición.
Si Clara aceptaba ir al Rancho Blackwood, la familia Blackwood cancelaría hasta el último dólar que Henry debía.
Clara miró alrededor de su miserable cabaña.
Los estantes vacíos.
Las grietas en las paredes.
Su padre, que parecía haber envejecido diez años en una sola temporada.
Sabía exactamente lo que significaría negarse.
“Iré.”
Dos días después, un carruaje lujoso llevó a Clara a través de las puertas del Rancho Blackwood.
Solamente la enorme casa era más grande que cualquier construcción que hubiera visto en su vida.
Bajó del carruaje llevando el mejor vestido que tenía.
Por desgracia, aquel “mejor vestido” estaba hecho de tela descolorida, con costuras cuidadosamente reparadas y remiendos que Clara había intentado desesperadamente ocultar.
En el porche la esperaba Margaret Whitmore, la hermana mayor de Ethan.
Los ojos fríos de Margaret recorrieron lentamente los zapatos desgastados de Clara y después sus manos ásperas y llenas de callos, endurecidas por años de trabajo.
Entonces Margaret sonrió.
Pero no fue una sonrisa amable.
Era una sonrisa de satisfacción.
Clara lo comprendió inmediatamente.
Era exactamente lo que Margaret había esperado encontrar.
Perfecto.
La novia más pobre y sencilla que pudieran haber elegido.
Seguramente Ethan por fin rechazaría a alguien sin pensarlo dos veces.
Margaret ni siquiera permitió que Clara entrara a la sala.
“Puedes esperar en la cocina.”
Clara se tragó la humillación y la siguió en silencio.
Se había prometido soportar cualquier cosa que ocurriera por el bien de su padre.
Entonces el sonido de unos cascos golpeando el suelo resonó violentamente por todo el patio.
Afuera, varios hombres gritaban.
Un caballo resopló.
Unas botas pesadas golpearon las tablas del porche.
Clara se quedó paralizada.
La puerta principal se abrió.
Y Ethan Blackwood entró en la casa.
Era más alto de lo que ella imaginaba, de hombros anchos y piel bronceada por años de trabajo bajo el sol de las llanuras. Tenía las botas y el abrigo cubiertos de polvo, y no había nada refinado ni delicado en su apariencia.
Entonces sus ojos de un gris acerado encontraron a Clara.
La habitación pareció quedar sumida en un silencio imposible.
Su mirada recorrió el vestido descolorido.
Los remiendos.
Los zapatos desgastados.
Y después sus manos.
Clara intentó esconderlas instintivamente.
El corazón le golpeaba dolorosamente dentro del pecho.
Había llegado el momento.
El momento que Margaret había estado esperando.
El rechazo.
La humillación.
Tal vez Ethan se reiría.
Tal vez ordenaría que prepararan inmediatamente el carruaje para devolverla a casa.
Margaret permanecía cerca, apenas capaz de ocultar su impaciencia.
Ethan dio un paso hacia Clara.
Después otro.
Clara levantó la barbilla, decidida a no llorar delante de ellos.
Pero Ethan hizo algo que nadie esperaba.
Sonrió.
El rostro de Margaret se quedó rígido.
Y Ethan Blackwood miró directamente a Clara y dijo:
“Así que esta es la mujer que mis hermanas creyeron que yo sería tan tonto como para rechazar.”
Después de aquellas palabras, se hizo el silencio.
Clara se quedó mirándolo, sin saber si había entendido mal.
Margaret fue la primera en reaccionar.
“Ethan, seguramente puedes darte cuenta de que…”
“Sí, me doy cuenta.”
Su voz era tranquila.
Y aquello pareció inquietar a Margaret mucho más de lo que habría conseguido su enojo.
Ethan se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa de la cocina. Tenía el cabello oscuro, aplastado por el ala del sombrero y revuelto por el viento. De cerca, Clara notó una cicatriz blanca y delgada junto a su ceja izquierda.
Él no la miraba como lo había hecho Margaret.
No había una inspección en sus ojos.
Ni cálculos.
Simplemente la miraba.
“¿Tú eres Clara Bennett?”
“Sí.”
“¿Sabías por qué te enviaron aquí?”
Clara miró de reojo a Margaret.
La expresión de Margaret se endureció.
Clara podría haber mentido.
Podría haberle evitado la vergüenza a Margaret y ahorrarse más incomodidades.
Pero no parecía tener mucho sentido hacerlo.
“Sí.”
Los labios de Ethan se tensaron.
“¿Sabías todo?”
“Eso creo.”
“¿Que esperaban que te rechazara?”
“Sí.”
“¿Que cancelarían las deudas de tu padre si venías?”
Clara dudó.
“Sí.”
Ethan se volvió lentamente hacia su hermana.
Margaret levantó la barbilla.
“Lo haces sonar como algo desagradable. El acuerdo fue completamente correcto.”
“Correcto.”
“Necesitabas una esposa.”
“No. Tú decidiste que necesitaba una.”
“Tienes treinta y un años, Ethan.”
“Y, sin embargo, de alguna manera he conseguido sobrevivir.”
Margaret se sonrojó de rabia.
Clara bajó la mirada.
No había imaginado que presenciaría una discusión familiar apenas unos minutos después de llegar.
Entonces Ethan dijo en voz baja:
“Déjanos solos.”
Margaret se quedó mirándolo.
“Esta también es la casa de mi familia.”
“No”, respondió Ethan. “Era la casa de papá. Él me la dejó a mí. Eres bienvenida aquí porque te quiero. No hagas que me arrepienta de mantener esa diferencia.”
Algo cruzó el rostro de Margaret.
Tal vez dolor.
Pero enseguida el orgullo lo ocultó.
Se dio la vuelta y se marchó.
En cuanto desapareció, Clara sintió que la habitación se volvía más grande.
Ethan apartó una silla de la mesa.
“Siéntate.”
Clara permaneció de pie.
Él levantó una ceja.
“No te estoy dando una orden.”
“Lo sé.”
“Entonces, ¿por qué sigues de pie?”
Clara respondió antes de poder detenerse.
“Porque no sé qué va a pasar ahora.”
Algo cambió en la expresión de Ethan.
No era lástima.
Clara había aprendido a reconocer la lástima y le desagradaba casi tanto como el desprecio.
Aquello era comprensión.
“Me imagino”, dijo Ethan, “que somos dos.”
Se sentó al otro lado de la mesa de la cocina, en lugar de ocupar la cabecera.
Durante varios momentos, ninguno de los dos habló.
Una tetera silbaba suavemente sobre la estufa.
Afuera, los trabajadores del rancho se llamaban unos a otros.
Sonidos cotidianos.
Hacían que lo extraño de aquella situación fuera casi insoportable.
Finalmente, Ethan preguntó:
“¿Quieres casarte conmigo?”
Clara contuvo la respiración.
Nadie le había hecho aquella pregunta.
Su padre le había preguntado si estaba dispuesta a ir.
La carta de Margaret había descrito las condiciones.
Pero nadie le había preguntado qué quería Clara.
“No te conozco.”
“Esa no fue mi pregunta.”
Ella lo miró.
“No.”
Una extraña media sonrisa apareció en los labios de Ethan.
“Bien.”
Clara parpadeó.
“¿Bien?”
“Me preocuparía que quisieras casarte con un hombre al que acabas de conocer hace tres minutos.”
A pesar de sí misma, Clara estuvo a punto de reírse.
Ethan se recargó en su silla.
“No pienso casarme con alguien solamente porque mis hermanas la trajeron hasta mi cocina como si fuera un paquete de la tienda de artículos generales.”
Las mejillas de Clara ardieron.
“Entiendo.”
“Pero tampoco pienso mandarte de regreso a casa solamente para completar su broma.”
Una esperanza inesperada comenzó a crecer dentro de ella.
“¿Qué significa eso?”
“Significa que las deudas de tu padre serán pagadas, te cases conmigo o no.”
Clara se quedó mirándolo.
“No.”
Ethan frunció el ceño.
“¿No?”
“No puedo aceptar eso.”
“¿Por qué?”
“Porque vine aquí bajo un acuerdo.”
“Un acuerdo que te obligaron a aceptar porque no tenías otra salida.”
“Pero aun así lo acepté.”
“Y yo te estoy liberando de él.”
Clara se levantó.
“Entonces, ¿debo regresar a casa?”
“No, a menos que quieras hacerlo.”
La confusión comenzaba a marearla.
Ethan pareció darse cuenta.
Señaló su silla.
“Por favor.”
Después de un momento, Clara volvió a sentarse.
“Puedes quedarte aquí como invitada hasta que pase el invierno”, dijo. “O más tiempo, si así lo deseas. Puedes trabajar si eso te hace sentir más cómoda, aunque nadie esperará que te ganes la comida. Cuando decidas qué quieres hacer, nos encargaremos de organizarlo.”
Clara examinó su rostro, buscando alguna trampa.
No encontró ninguna.
“¿Por qué?”
Ethan miró hacia la puerta por la que Margaret había desaparecido.
“Porque sé lo que se siente cuando otras personas deciden tu futuro sin preguntarte.”
Aquella respuesta se quedó grabada en Clara.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, escucharon pasos que se acercaban.
Una mujer de casi sesenta años entró llevando una canasta llena de ropa de cama.
Tenía el cabello entrecano firmemente recogido detrás de la cabeza, y sus perspicaces ojos cafés examinaron a Clara, a Ethan y a la tetera que nadie había tocado.
“Así que”, dijo, “tú eres la muchacha.”
Clara se preparó para recibir otro comentario desagradable.
La mujer dejó la canasta sobre la mesa y sonrió.
“Soy Ruth Calder, ama de llaves, cocinera cuando hace falta, enfermera cuando alguien no tiene el sentido común suficiente para evitar que el ganado le dé una patada y la única persona de esta propiedad que le dice al señor Blackwood cuando se está comportando como un idiota.”
Ethan suspiró.
“Señora Calder.”
“¿Lo ves? Justo a eso me refiero.”
Clara soltó una carcajada.
Se le escapó antes de que pudiera evitarlo.
La sonrisa de Ruth se ensanchó.
“Eso está mucho mejor.”
Ethan se levantó.
“Ruth, ¿podrías preparar la habitación del ala este?”
Ruth levantó las cejas.
“¿La habitación del ala este?”
“Sí.”
“Esa habitación no se ha utilizado desde hace…”
“Lo sé.”
El tono de Ethan cambió.
Solamente un poco.
Pero Clara lo notó.
Ruth también.
Sus miradas se encontraron.
Algo que ninguno de los dos expresó en voz alta pasó entre ellos.
Ruth asintió.
“Como usted diga.”
Aquella tarde, Clara fue acompañada al piso de arriba.
La habitación del ala este la sorprendió.
No era el dormitorio más lujoso de la casa. Clara sospechaba que aquel estaría reservado para los invitados importantes.
En cambio, aquella habitación era cálida.
Personal.
Había una cama pequeña de hierro cubierta con una colcha cosida en tonos descoloridos de azul y amarillo. Un lavabo con su soporte ocupaba una esquina. Una de las paredes estaba cubierta de estantes.
Y los estantes estaban llenos de libros.
Clara se detuvo.
Amaba los libros desde niña, aunque la pobreza había reducido su colección a solamente tres volúmenes desgastados.
Pasó cuidadosamente un dedo por los lomos.
Poesía.
Historia.
Una novela de Dickens.
Un ejemplar muy usado de Shakespeare.
“¿Te gusta leer?”
Ruth estaba de pie en la entrada.
“Siempre que puedo.”
“Entonces quizá esta habitación sea adecuada para ti.”
“¿De quién era?”
La pregunta se le escapó inocentemente.
Ruth se quedó completamente inmóvil.
Clara se volvió.
“Lo siento. No debí preguntar.”
“No.”
Ruth entró lentamente.
“Le pertenecía a la madre de Ethan.”
La mano de Clara se apartó del estante.
“Ah.”
“Murió cuando él tenía quince años.”
“No lo sabía.”
“La mayoría de la gente sabe muy poco sobre esta familia. Conocen las tierras, el ganado y el dinero. Son cosas más fáciles de comprender.”
Ruth caminó hacia la ventana.
“Ethan no ha permitido que nadie se quede aquí desde entonces.”
Clara volvió a mirar alrededor.
De repente, la habitación se sintió diferente.
No lujosa.
Sagrada.
“¿Por qué me la dio a mí?”
Ruth la observó pensativamente.
“Tendrás que preguntárselo.”
Pero Ethan se había marchado antes de la cena.
Una yegua se había lastimado cerca del pastizal del sur, y él no regresó hasta mucho después de que Clara se retirara a descansar.
A la mañana siguiente, Clara despertó antes del amanecer por costumbre.
Durante un instante de confusión olvidó dónde estaba.
Entonces vio los libros.
La colcha.
El techo limpio, sin una sola gotera.
Se vistió y bajó las escaleras.
Ruth ya estaba amasando pan.
“Te levantaste a una hora indecentemente temprana.”
“Siempre me levanto así.”
“Siéntate. ¿Café?”
“Podría ayudarla.”
“Eres una invitada.”
“No me gusta sentirme inútil.”
Ruth la observó durante un momento.
“El delantal está colgado en el gancho.”
Para la hora del desayuno, Clara ya había ayudado a preparar panecillos, pelado manzanas y reorganizado un estante de la despensa que, según Ruth, había sido “una vergüenza desde 1879”.
Ethan apareció justo cuando Clara llevaba unos platos a la mesa.
Se detuvo.
“Estás trabajando.”
“Me amenazó”, respondió Clara.
Ruth soltó un resoplido.
“Yo no hice semejante cosa.”
Los labios de Ethan se movieron ligeramente.
“Qué bueno. Ya me estaba preocupando que comenzaras a comportarte como una invitada.”
Fue la primera mañana en la que Clara sintió que algo dentro de ella comenzaba a relajarse.
Durante la semana siguiente, el Rancho Blackwood dejó de parecerle tan abrumador.
Aprendió los nombres de los trabajadores.
Samuel Pike, el capataz, tenía una barba gris y la costumbre de hablarles a los caballos como si fueran profesores universitarios.
Ben Morris, que apenas tenía diecinueve años, se sonrojaba cada vez que Clara le hacía una pregunta.
Ruth mandaba en la cocina.
¿Y Ethan?
Ethan seguía siendo difícil de comprender.
Era rico, pero trabajaba más que cualquiera.
Se levantaba antes del amanecer.
Reparaba las cercas con sus propias manos.
Comía con los trabajadores cuando las labores terminaban tarde.
Escuchaba más de lo que hablaba.
Y cada noche, sin importar lo cansado que estuviera, pasaba una hora en una oficina pequeña revisando y cuadrando los libros de contabilidad.
Fue allí donde Clara lo encontró una noche.
Había salido a buscar un libro y notó que había luz debajo de la puerta de la oficina.
Ethan estaba inclinado sobre un libro de cuentas.
Se frotó el puente de la nariz.
“Estás mirando esos números con bastante desconfianza”, comentó Clara.
Él levantó la cabeza.
“Los números merecen que uno desconfíe de ellos.”
“Mi padre solía decir que los números nunca mienten.”
“Tu padre nunca conoció a un corredor de ganado.”
Clara sonrió.
Después bajó la mirada hacia la página.
Varias cifras estaban tachadas.
“Sumaste mal esa columna.”
Ethan miró el libro.
Después la miró a ella.
“No, no la sumé mal.”
Clara señaló los números.
“Cuarenta y siete, treinta y dos, dieciocho, sesenta y uno y veintinueve.”
“Sí.”
“Eso suma ciento ochenta y siete.”
Él revisó la cuenta.
Levantó las cejas.
“Yo escribí ciento noventa y siete.”
“Así es.”
“¿Hiciste esa suma mentalmente?”
“Mi padre tenía una tienda antes de que todo empezara a salir mal.”
Ethan empujó el libro hacia ella.
“Encuentra los otros errores.”
Clara parpadeó.
“¿Supones que hay más?”
“Siempre hay más.”
Se sentó junto a él.
Una hora después habían encontrado seis diferencias.
Una era un error de suma de Ethan.
Las otras no.
Clara frunció el ceño.
“Estas anotaciones están repetidas.”
Ethan se inclinó para mirar más de cerca.
“¿Dónde?”
Ella señaló.
Un pago a una empresa de transporte de mercancías aparecía dos veces con fechas diferentes.
Después encontraron otro.
Y otro más.
Todos estaban autorizados con las mismas iniciales.
M. W.
Clara levantó la mirada.
“¿Quién es M. W.?”
El rostro de Ethan cambió.
“El esposo de mi hermana.”
“¿De Margaret?”
“Sí.”
“¿Podría tratarse de un error?”
“Tal vez.”
Pero su voz dejaba claro que no lo creía.
Clara cerró el libro de contabilidad.
“Lo siento.”
“¿Por qué?”
“Puede que te haya mostrado algo que no querías ver.”
Ethan miró hacia la ventana oscura.
Después de un largo silencio, respondió:
“A veces ver las cosas es menos peligroso que negarse a verlas.”
A la tarde siguiente, Margaret regresó.
Llegó sin avisar.
Clara estaba llevando unas camisas remendadas al piso de arriba cuando escuchó voces en la sala.
Margaret parecía furiosa.
“¿Revisaste las cuentas de William?”
“Revisé mis propias cuentas”, respondió Ethan.
“No tenías derecho a acusarlo.”
“No he acusado a nadie.”
“Enviaste un telegrama a Helena.”
Clara se detuvo en la escalera.
Debió haber seguido caminando.
Pero permaneció inmóvil.
“¿Qué se suponía que hiciera?”, preguntó Ethan. “¿Ignorar el dinero que falta?”
“Antes nunca te importaban esas cuentas.”
“Ahora sí me importan.”
Hubo una pausa.
Entonces la voz de Margaret se volvió más baja.
“Esa muchacha provocó todo esto.”
A Clara se le encogió el estómago.
“Se llama Clara.”
“Te está poniendo en nuestra contra.”
“Encontró errores de contabilidad.”
“Es la hija de un comerciante sin un centavo y apenas lleva una semana en esta casa.”
“¿Y de alguna manera eso significa que no sabe sumar?”
Margaret bajó todavía más la voz.
Clara solamente alcanzó a escuchar una parte de la siguiente frase.
“…exactamente lo que papá advirtió…”
Ethan respondió con dureza.
“No metas a papá en esto.”
Clara retrocedió.
Su talón tocó un escalón.
La madera crujió.
Abajo se hizo el silencio.
Entonces Margaret apareció al pie de la escalera.
Sus ojos encontraron inmediatamente a Clara.
Durante un momento, ninguna de las dos se movió.
Margaret subió dos escalones.
“Tú.”
Clara apretó las camisas dobladas contra su pecho.
“No estaba intentando escuchar.”
“Claro que no.”
“Margaret”, llamó Ethan.
Pero Margaret continuó.
“Crees que porque mi hermano ha sido amable contigo ya entiendes a esta familia.”
“No la entiendo.”
“No. No la entiendes.”
Algo había cambiado en la expresión de Margaret.
El desprecio seguía allí.
Pero debajo había miedo.
Miedo de verdad.
“Si tienes un poco de sentido común”, susurró Margaret, “aceptarás lo que Ethan te ofrezca y regresarás a tu casa.”
Clara se quedó mirándola.
“¿Por qué?”
Los labios de Margaret se separaron.
Pero entonces Ethan apareció en el pasillo.
“Basta.”
Margaret se volvió.
Sus miradas se encontraron.
Lo que hubiera estado a punto de decir desapareció.
Se marchó unos momentos después.
Aquella tarde, Clara encontró a Ethan ensillando su caballo.
“¿Vas a salir?”
“Al pueblo.”
“¿Por lo de las cuentas?”
Él hizo una pausa.
“Sí.”
“Margaret dijo algo extraño.”
Ethan la miró.
“¿Qué dijo?”
Clara le repitió la advertencia.
Ethan se quedó inmóvil.
“¿Qué palabras utilizó exactamente?”
“Que debería aceptar lo que tú me ofrecieras y regresar a casa.”
“¿Algo más?”
“Dijo que yo no entiendo a esta familia.”
Una sonrisa sin humor apareció en su rostro.
“Esa parte es verdad.”
Montó a caballo.
“Ethan.”
Él bajó la mirada hacia ella.
“¿Por qué me diste la habitación de tu madre?”
La pregunta pareció golpearlo con más fuerza de la que Clara había pretendido.
Durante varios segundos no dijo nada.
Finalmente respondió:
“Porque cuando mi madre no tenía ningún lugar adonde ir, alguien le ofreció refugio.”
Antes de que Clara pudiera preguntarle qué significaba aquello, Ethan se alejó a caballo.
Regresó después de medianoche.
A la mañana siguiente, ya se había marchado otra vez antes del desayuno.
Para la tarde, el cielo se había vuelto gris y la lluvia golpeaba suavemente las ventanas.
Clara buscó refugio en la habitación del ala este.
Eligió un libro del estante.
Un volumen de poemas.
Cuando lo abrió, algo cayó de entre las páginas.
Una carta.
Antigua.
Doblada dos veces.
El papel estaba amarillento.
Clara estuvo a punto de devolverla inmediatamente a su lugar.
Entonces vio lo que estaba escrito en el exterior.
Para Ethan.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
No debía leerla.
Lo sabía.
Pero debajo del nombre de Ethan había otra línea.
Si Henry Bennett llega alguna vez al Rancho Blackwood, dile que cumplí mi promesa.
Clara dejó de respirar.
El nombre de su padre.
Escrito en una carta escondida dentro de la habitación de la difunta madre de Ethan Blackwood.
Con las manos temblorosas, desdobló la hoja.
La carta contenía solamente seis líneas.
Ethan:
Hay cosas que tu padre jamás te contará.
Henry Bennett te salvó la vida cuando eras demasiado pequeño para recordarlo.
Si algún día su familia necesita la ayuda de la nuestra, debes ayudarlos.
No por una deuda.
Sino porque la verdad sobre Red Creek les pertenece a las dos familias.
Mamá.
Clara la leyó dos veces.
Después una tercera.
Afuera, un trueno retumbó sobre las colinas lejanas.
Y abajo, la puerta principal se abrió.
La voz de su padre resonó por toda la casa.
“¿Clara?”
Ella salió apresuradamente al pasillo.
Henry Bennett estaba abajo.
Empapado por la lluvia.
Pálido como un muerto.
Ethan estaba junto a él.
Ninguno de los dos hombres parecía sorprendido de ver al otro.
Y Clara comprendió, con una certeza helada, que su padre le había mentido.
No sobre la pobreza.
Tampoco sobre las deudas.
Sino sobre algo mucho más grande.
Levantó la carta.
“¿Qué pasó en Red Creek?”
El rostro de Henry se descompuso.
Ethan miró la carta y después a Henry.
Entonces dijo en voz baja:
“Creo que ha llegado el momento de que nos cuenten la verdad a los dos.”
FIN DEL CAPÍTULO 1