PARTE 2: EL PUEBLO QUE DESAPARECIÓ

PARTE 2: EL PUEBLO QUE DESAPARECIÓ

PARTE 2: EL PUEBLO QUE DESAPARECIÓ

Mae creyó que había escuchado mal.

“¿Un pueblo?”

Gideon permaneció junto a la ventana, observando los árboles que crecían más abajo de su cabaña.

“Una parte de un pueblo.”

“Eso no es una respuesta.”

“No.”

“Entonces dame una.”

Algo en su propia voz sorprendió a Mae.

Y también la sorprendió que Gideon le hiciera caso.

Él se alejó de la ventana y se sentó frente a ella.

“Tu padre no siempre fue carpintero.”

Mae lo miró fijamente.

“Construía carretas.”

“Eso fue después.”

“Él me dijo que…”

“Te contó lo que quería que supieras.”

Aquellas palabras podrían haber sonado crueles.

Pero Gideon las pronunció con cuidado, casi como si no quisiera hacerlo.

Mae permaneció sentada con Samuel apoyado contra su hombro, mientras todo lo que creía saber sobre su infancia comenzaba a tambalearse.

“Mi padre murió cuando yo tenía catorce años.”

“Lo sé.”

“Entonces sabes que no tenía nada. Apenas pudimos pagar su funeral.”

“Para entonces, eso era verdad.”

“¿Qué pasó antes?”

Gideon pasó lentamente uno de sus pulgares llenos de cicatrices por la superficie de la mesa.

“Tu padre, Thomas Mercer, vino al oeste con otros tres hombres en 1864. Encontraron plata en las montañas, arriba de Elk River.”

Mae negó con la cabeza, incrédula.

“Mi padre odiaba las minas.”

“Aprendió a odiarlas.”

Gideon miró hacia la fotografía que todavía estaba sobre la mesa.

“Los cuatro hombres fundaron un asentamiento alrededor de la concesión minera. Mercer Crossing.”

Mae se quedó mirándolo.

“Mi apellido.”

“Tu apellido de soltera.”

Ella bajó la mirada hacia Samuel.

Durante años, Mae Mercer le había parecido el nombre de otra muchacha, una que corría descalza junto a un arroyo de Iowa y creía que los adultos cumplían sus promesas.

“¿Por qué nunca había escuchado hablar de ese lugar?”

“Porque Mercer Crossing desapareció de la mayoría de los mapas hace veinte años.”

“¿Cómo puede desaparecer un pueblo?”

“Poco a poco.”

Gideon se recargó en el respaldo de la silla.

“La plata comenzó a escasear. Los inversionistas se retiraron. Los inviernos destruyeron edificios. Un incendio acabó con la oficina donde se analizaba el mineral. Las familias se mudaron hacia el sur.”

“¿Y mi padre?”

“Se marchó.”

“¿Por qué?”

“Esa parte no la sé.”

Mae notó lo que estaba dejando sin decir.

“Pero tu hermana sí lo sabía.”

“Sí.”

“Háblame de ella.”

Gideon mantuvo los ojos fijos en el fuego.

“Se llamaba Clara.”

Su voz se suavizó al pronunciar aquel nombre.

“Era maestra. Primero enseñó en Denver. Después, en pequeños campamentos donde nadie conseguía conservar a una maestra por más de seis meses.”

“¿Por qué habría conocido a mi madre?”

“Eleanor trabajó para ella durante un invierno.”

“¿Mi madre?”

“Cocinaba en la escuela y cuidaba a los niños más pequeños mientras Clara daba clases.”

Mae intentó imaginárselo.

Su madre casi nunca hablaba de Colorado.

Siempre decía que las montañas eran hermosas, pero que vivir allí era difícil, y que prefería el cielo abierto de Iowa.

Tal vez aquella no había sido toda la verdad.

“Clara encontró documentos después del incendio de Mercer Crossing”, continuó Gideon. “Registros de agrimensura. Documentos de propiedad. Cartas.”

“¿De mi padre?”

“Algunos.”

“¿Dónde están?”

Gideon dudó.

“Escondidos.”

Mae lo miró fijamente.

“¿Sabías quién era yo desde que me viste en Misery Bend?”

“Sí.”

“¿Cuándo me reconociste?”

“Antes de la subasta.”

“¿Cuánto tiempo antes?”

“Tres semanas.”

Mae se levantó tan bruscamente que Samuel se sobresaltó.

Lo tranquilizó contra su pecho.

“¿Estuviste vigilándome durante tres semanas?”

“Hice algunas preguntas.”

“¿Sobre mí?”

“Sobre Silas.”

“¿Por qué no hablaste conmigo?”

La expresión de Gideon se cerró.

“Lo intenté.”

Mae buscó entre sus recuerdos.

Entonces recordó.

Dos semanas antes, un desconocido enorme y barbudo había estado afuera de la tienda de artículos generales y se había quitado el sombrero cuando ella pasó.

Silas la había apartado de él inmediatamente.

“Eras tú.”

“Sí.”

“Silas dijo que eras peligroso.”

Un destello de humor sin alegría apareció en los ojos de Gideon.

“Silas no estaba completamente equivocado.”

Mae no sonrió.

“Pudiste habérmelo contado.”

“No tenía ninguna prueba que me hiciera pensar que me creerías.”

“Tomaste la decisión por mí.”

El rostro de Gideon cambió.

Fue un cambio sutil.

Pero había escuchado la acusación.

Y la aceptó.

“Sí.”

Mae se sorprendió con aquella respuesta.

Ninguna excusa.

Ninguna discusión.

Solamente un sí.

Gideon se puso de pie.

“Me equivoqué.”

La rabia de Mae comenzó a disminuir.

“¿Lo admites así de fácil?”

“No.”

Gideon tomó su abrigo del gancho.

“Simplemente he tenido bastante práctica equivocándome.”

Antes de que Mae pudiera responder, abrió la puerta.

“Quédate adentro.”

Mae enderezó la espalda, incómoda ante aquella orden.

Gideon se dio cuenta y se corrigió.

“Por favor.”

“¿Por qué?”

“Por aquel disparo.”

“¿Crees que fue Silas?”

“No.”

“¿Cutter?”

“Es posible.”

Mae miró hacia la ventana.

“¿Por qué vendría hasta aquí?”

“Tal vez no lo haría.”

“¿Pero?”

Gideon se abrochó el cinturón de su pistola.

“Silas hablaba demasiado cuando bebía. Cutter escuchaba.”

“¿Sobre mi padre?”

“Tal vez.”

La posibilidad hizo que Mae sintiera un escalofrío.

Gideon salió.

Mae esperó.

Cinco minutos.

Diez.

Veinte.

Samuel se quedó dormido contra su pecho.

Finalmente, Gideon regresó llevando una pequeña bolsa de tela.

“Encontré esto amarrado a un árbol, más abajo de la loma.”

La colocó sobre la mesa.

Mae no vio sangre ni armas.

Solamente una bolsa de cuero.

Dentro había un pedazo de papel.

Gideon lo desdobló.

Había tres palabras escritas con carbón.

PREGUNTA POR HART.

Mae frunció el ceño.

“¿Quién es Hart?”

Gideon se quedó mirando el mensaje.

“Esperaba que tú lo supieras.”

La nieve los mantuvo atrapados durante tres días.

Y en aquellos tres días, Mae descubrió que Gideon Hale era terrible para conversar, excelente preparando panecillos y completamente indefenso frente a un bebé de ocho meses.

Durante la segunda mañana, Samuel consiguió agarrarle la barba a Gideon.

Gideon se quedó paralizado.

“Mae.”

Ella levantó la mirada de la falda que estaba remendando.

Samuel jaló.

“Mae.”

“¿Qué?”

“Me tiene agarrado.”

Mae se rio tan fuerte que tuvo que cubrirse la boca.

“Ábrele los deditos.”

“Ya lo intenté.”

Samuel soltó un chillido de alegría.

Gideon lo miró con absoluta seriedad.

“Eres una pequeña amenaza.”

El bebé respondió babeándole la camisa.

Mae volvió a reírse.

Después de aquello, algo comenzó a relajarse dentro de la cabaña.

No era confianza.

Todavía no.

Pero sí el comienzo de cierta comodidad entre ellos.

Gideon construyó una sillita para Samuel.

Mae reorganizó la despensa sin pedir permiso.

Durante la tercera noche, Gideon acercó el pequeño escritorio al fuego.

“Dijiste que sabes leer.”

“Un poco.”

“¿Y escribir?”

“Mi nombre.”

Colocó un lápiz junto a ella.

“Muéstrame.”

Mae se puso tensa.

“¿Para qué?”

“No tienes que hacerlo.”

Aquella respuesta hizo que decidiera sentarse.

Lenta y cuidadosamente, escribió:

Mae Walker

Las letras eran irregulares.

Gideon las observó.

Después le dio la vuelta al papel.

“¿Qué pasa?”, preguntó ella.

“Escribiste el apellido que Silas te dio.”

Mae miró el lado en blanco.

“Dijiste que debía elegir.”

“Así es.”

Él deslizó el lápiz hacia ella.

Mae lo pensó durante un largo rato.

Después escribió:

Mae Mercer

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Dos palabras.

Eso era todo.

Sin embargo, verlas escritas sobre el papel se sintió como encontrar una puerta en una pared que siempre había creído imposible de atravesar.

Samuel golpeó la mesa con la manita.

Mae sonrió.

“Mae Mercer.”

Pronunció su nombre en voz alta.

Gideon asintió una sola vez.

“Ahí estás.”

Los ojos de Mae se levantaron hacia los suyos.

Durante un momento, ninguno de los dos se movió.

Entonces Mae apartó la mirada.

No estaba preparada para aquella calidez que de repente había llenado la habitación.

Tal vez Gideon tampoco.

El clima despejó al cuarto día.

Gideon quería bajar solo al pueblo.

Mae se negó.

“Si esos documentos tienen que ver conmigo, yo también voy.”

“El camino es difícil.”

“Ya lo caminé durante una tormenta de nieve cargando a Samuel.”

Gideon consideró sus palabras.

“Tienes razón.”

Al llegar al pueblo, dejaron a Samuel al cuidado de Abigail Pierce, la hermana viuda del doctor.

Mae esperaba que le hiciera preguntas.

Pero Abigail no preguntó nada.

Simplemente besó a Samuel en la frente y le dijo a Mae:

“Regresa cuando estés lista.”

Aquella bondad estuvo a punto de hacerla llorar.

Misery Bend se veía diferente ahora.

O tal vez era Mae quien había cambiado.

La gente la observaba.

Algunos con vergüenza.

Otros con curiosidad.

Jeb Cutter no aparecía por ningún lado.

Silas había desaparecido.

Entraron a la oficina de registros del condado.

El empleado, el señor Dawes, palideció visiblemente cuando Gideon solicitó los archivos de Mercer Crossing.

“Esos documentos son muy antiguos.”

“Yo también”, respondió Gideon.

Mae lo miró de reojo.

El señor Dawes tragó saliva.

“Hubo un incendio en el juzgado.”

“Después de que esos registros fueran trasladados.”

Dawes miró a Mae.

Una expresión de reconocimiento cruzó su rostro.

“Usted es la esposa de Walker.”

Mae se escuchó responder:

“Mae Mercer.”

Gideon no dijo nada.

Pero ella vio que una comisura de su boca se movía ligeramente.

El empleado trajo una caja de madera.

Dentro había mapas, recibos de impuestos y libros de registro de propiedad con páginas viejas y quebradizas.

Durante casi una hora, Mae no comprendió prácticamente nada.

Entonces Gideon encontró la anotación.

Thomas Mercer: Lote 6, Mill Street; participación del 22 % en la concesión minera consolidada North Star.

Mae se quedó mirando.

“¿Veintidós por ciento?”

Gideon asintió.

“¿Cuánto valdría eso?”

“¿Hoy? Es difícil saberlo.”

“Entonces, ¿por qué le importaría a Silas?”

Gideon pasó otra página.

Y se detuvo.

Alguien había modificado el documento.

La tinta original se había desvanecido hasta adquirir un tono café.

Una anotación posterior aparecía escrita con tinta negra.

Traspaso registrado en 1873: Amos Hart.

Mae contuvo la respiración.

“Hart.”

Gideon miró hacia el empleado.

“¿Quién era Amos Hart?”

De repente, el señor Dawes pareció muy interesado en la manga de su camisa.

“Un inversionista.”

“¿En qué?”

“Minería.”

“¿Dónde está?”

“Muerto.”

“¿Desde cuándo?”

“Hace ocho años.”

Gideon señaló el traspaso.

“¿Quién heredó su participación?”

El empleado no respondió.

Mae se inclinó hacia adelante.

“¿Señor Dawes?”

Finalmente, él la miró.

“Su hijo.”

“¿Cómo se llama?”

“Edwin Hart.”

La habitación quedó en silencio.

Mae conocía aquel nombre.

Todos en Misery Bend lo conocían.

Edwin Hart era dueño del banco.

Del hotel.

De la mitad de la compañía de transporte de mercancías.

Y, según Silas, de la mayoría de las hipotecas del pueblo.

Mae sintió que se le erizaba la piel.

“¿Por qué alguien nos dejaría aquel mensaje?”

Gideon cerró el libro de registros en silencio.

“Tal vez porque alguien quiere que empieces a hacer preguntas.”

“O tal vez porque no quiere.”

El empleado tosió.

“Deberían marcharse.”

Gideon lo miró.

“¿Por qué?”

El rostro de Dawes estaba grisáceo.

“Porque el señor Hart estuvo aquí ayer preguntando por esa misma caja.”

Mae y Gideon intercambiaron una mirada.

“¿Cómo lo sabía?”, susurró Mae.

El empleado miró hacia la ventana principal.

“Yo no le dije que ustedes vendrían.”

“Entonces, ¿quién se lo dijo?”

Dawes bajó la voz.

“No estaba preguntando por el señor Mercer.”

El pulso de Mae se aceleró.

“Preguntó si yo tenía el registro de nacimientos.”

“¿Qué registro de nacimientos?”

“El de Mercer Crossing.”

Mae sintió que la habitación comenzaba a dar vueltas.

Gideon se acercó.

“¿Por qué?”

Dawes respiró profundamente.

“Porque alguien presentó una solicitud para corregir un acta de nacimiento antigua.”

“¿De quién?”

El empleado abrió un cajón angosto.

Sacó un sobre sellado.

En el frente había un nombre escrito.

MAE ELEANOR MERCER

Mae sintió que las manos se le helaban.

“Esa soy yo.”

El señor Dawes asintió.

“La solicitud fue presentada hace dieciocho años.”

Mae lo miró fijamente.

“¿Por quién?”

El empleado dudó.

Después pronunció el nombre.

“Clara Hale.”

Mae se volvió hacia Gideon.

Su rostro mostraba una sorpresa auténtica.

“¿Mi hermana?”

Dawes asintió.

“Ella afirmaba que Thomas Mercer no era el padre de Mae.”

El silencio pareció tragarse toda la habitación.

Mae se aferró al borde del escritorio.

Gideon habló en voz baja.

“Entonces, ¿quién decía Clara que era su padre?”

El señor Dawes rompió el sello.

Sacó una sola hoja vieja y quebradiza.

Sus ojos recorrieron el documento.

Después levantó la mirada.

“No mencionó el nombre de ningún padre.”

Mae apenas podía respirar.

“¿Qué dijo entonces?”

“Que Mae Mercer había sido registrada deliberadamente bajo un apellido familiar equivocado.”

“¿Por qué?”

El empleado le entregó el documento.

En la parte inferior, Clara Hale había escrito una última frase.

Mae la leyó.

Y de pronto comprendió por qué alguien habría pasado dieciocho años manteniendo aquella verdad enterrada.

La niña conocida como Mae Mercer es la única heredera sobreviviente de la concesión minera North Star.

Gideon se quedó mirándola.

Mae le devolvió la mirada.

Porque, según el registro de propiedad que permanecía abierto entre ellos, la concesión minera North Star no le pertenecía a Thomas Mercer.

Había pertenecido a Amos Hart.

FIN DEL CAPÍTULO 2

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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