PARTE 1: EL PRECIO DE LA LIBERTAD

PARTE 1: EL PRECIO DE LA LIBERTAD
LA VENDIERON JUNTO CON SU BEBÉ POR 100 DÓLARES, PERO EL HOMBRE DE LA MONTAÑA LE HIZO UNA EXIGENCIA QUE LA DEJÓ SIN PALABRAS
“Cien dólares.”
El hombre más temido de las montañas de Colorado acababa de ofrecer más dinero que un minero cruel por Mae Walker y su bebé de ocho meses. Pero antes de que terminara aquella noche, Gideon Hale le exigiría algo que ni siquiera su propio esposo le había permitido tener.
Una aguanieve helada de noviembre azotaba las calles de Misery Bend mientras Mae permanecía de pie sobre una caja de whisky volteada, sosteniendo al pequeño Samuel debajo de su chal raído.
Su esposo, Silas Walker, los estaba subastando para pagar sus deudas de juego.
Tres años antes, él le había prometido amarla y protegerla. Desde entonces, había perdido en las apuestas la carreta, la mula, el anillo de bodas y hasta el dinero que Mae había ahorrado para las medicinas de Samuel.
Y ahora estaba vendiendo a su propia familia.
“¡Cuarenta y cinco dólares!”, gritó Jeb Cutter, un minero cuya reputación aterrorizaba a todas las mujeres del pueblo.
Silas sonrió de oreja a oreja.
“¡Vendido…!”
“Cien dólares.”
Aquella voz tranquila hizo que toda la calle guardara silencio.
Gideon Hale estaba de pie detrás de la multitud, enorme bajo su abrigo de piel de búfalo, con una barba oscura que enmarcaba su rostro lleno de cicatrices. Sus ojos gris pálido parecían más fríos que la nieve de las montañas.
La gente murmuraba que había matado a un oso grizzly con un cuchillo. Otros aseguraban que tres ladrones de caballos lo habían seguido hacia las tierras salvajes y nunca habían regresado.
Gideon se acercó a la caja.
“¿El niño se queda con ella?”
Silas se rio.
“Llévatelo también. Yo no lo quiero.”
La expresión de Gideon se endureció.
Lanzó una bolsa de lona llena de monedas de oro al lodo.
Silas cayó de rodillas y comenzó a contar las monedas sin siquiera mirar a su esposa ni a su hijo.
“Baja”, le dijo Gideon a Mae.
A ella le temblaban las piernas. Cuando su bota mojada resbaló, una mano poderosa la sujetó del brazo.
Él la ayudó a recuperar el equilibrio y enseguida la soltó.
Sin amenazas.
Sin mantener el contacto más tiempo del necesario.
“Mi carreta está afuera del pueblo.”
Mae lo siguió porque no tenía ningún otro lugar adonde ir.
Cuatro horas después, la nieve había cubierto por completo el sendero de la montaña.
Mae estaba sentada junto a Gideon en su carreta ligera, temblando sin poder controlarse mientras Samuel dormía contra su pecho.
Gideon casi no había hablado.
Mae observaba sus enormes manos llenas de cicatrices e imaginaba la cabaña aislada que los esperaba.
Silas había sido cruel, pero al menos ella había aprendido sus costumbres. Sabía cuándo debía quedarse callada, cuándo esconder el dinero y cómo proteger a Samuel cuando el mal genio de su padre se volvía violento.
Pero era imposible saber lo que pensaba aquel desconocido.
De pronto, Gideon detuvo las mulas.
Mae contuvo la respiración.
Estaban completamente solos en medio de aquellas montañas desiertas.
Él metió la mano debajo del asiento de la carreta.
Mae apretó más fuerte a Samuel contra su cuerpo.
Pero Gideon sacó una gruesa cobija de piel y se la colocó sobre los hombros.
“Mantén caliente al niño.”
Después le ofreció una cantimplora.
“Agua.”
Mae bebió con cautela.
Estaba limpia y fría.
“Gracias”, susurró.
Gideon señaló con la cabeza el sendero que seguía subiendo.
“La carreta ya no puede avanzar. Tenemos que caminar la última milla.”
La nieve le llegaba a Mae hasta las pantorrillas. Sus botas dañadas se llenaron de agua helada.
Gideon guiaba a la mula mientras ella avanzaba con dificultad detrás de él, abrazando a Samuel contra su cuerpo.
A mitad de la subida, las rodillas le fallaron.
Antes de que cayera, Gideon se volvió y la sostuvo.
“¿Puedes caminar?”
Mae intentó responder, pero sus labios apenas se movieron.
Él miró a Samuel y después volvió a mirarla.
“Yo voy a cargar al niño. Tú quédate con la cobija.”
Mae se quedó paralizada.
“No. Por favor. No me lo quites.”
Gideon se detuvo inmediatamente.
“Está bien.”
Esperó hasta que ella consiguió mantenerse de pie y después le ofreció el brazo sin tocarla.
Para cuando llegaron a la cabaña, una cálida luz de fuego brillaba a través de las ventanas.
Adentro había una cama resistente, una mesa limpia y una cuna junto a la chimenea.
Mae se quedó mirando la cuna.
Gideon se quitó el abrigo.
“La comida está en la estufa. La cama es tuya. Yo dormiré aquí afuera.”
Ella lo miró sin poder creerlo.
“¿Qué quieres de mí?”
Durante un largo momento, el hombre de la montaña no dijo nada.
Después acercó una silla y habló en voz baja.
“Primero, quiero que me digas qué es lo que tú quieres.”
Mae lo miró fijamente.
En tres años de matrimonio, nadie le había hecho aquella pregunta.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Y Gideon esperó su respuesta.
Durante varios momentos, el único sonido dentro de la cabaña fue el crujido de la leña de pino en la chimenea.
Mae bajó la mirada hacia Samuel.
Tenía su pequeña mejilla apoyada contra la clavícula de su madre y la boquita ligeramente abierta mientras dormía. Un rizo húmedo se le pegaba a la frente.
¿Qué quería ella?
La pregunta era tan sencilla que parecía imposible de responder.
Había pasado años contestando preguntas completamente diferentes.
¿Qué quería Silas para cenar?
¿Cuánto dinero había perdido?
¿Quedaba suficiente harina?
¿Podía Samuel esperar otra semana para recibir sus medicinas?
¿Cómo podía evitar que Silas descubriera las monedas escondidas debajo de la tabla suelta del piso?
Desear algo se había convertido en un lujo reservado para otras personas.
“No lo sé”, respondió finalmente.
Gideon no pareció decepcionado.
“Entonces esa también es una respuesta.”
Mae se limpió un ojo con el dorso de la mano.
“Pagaste cien dólares.”
“Así es.”
“Por nosotros.”
“Por una deuda que Silas aseguraba que le daba autoridad sobre ti.”
A Mae se le hizo un nudo en la garganta.
“¿Y ahora?”
“Ahora, nada.”
Ella lo miró fijamente.
Gideon se levantó, caminó hasta un estante angosto junto a la chimenea y regresó con un papel doblado.
Lo colocó sobre la mesa.
Mae lo miró, pero no lo tocó.
“¿Qué es eso?”
“Una declaración firmada ante dos testigos: Amos Bell, el encargado del establo, y el doctor Pierce.”
Mae reconoció los nombres.
Los dos hombres habían estado entre la multitud.
Gideon continuó.
“Dice que el dinero que le entregué a Silas saldó la deuda de juego que tenía con Cutter y que Silas renunció a cualquier derecho sobre las propiedades compradas con tu dote.”
Mae parpadeó.
“¿Mi dote?”
“Tu carreta. Tu mula. Algunos artículos de la casa.”
“Ya no tenemos nada de eso.”
“Lo sé.”
“Entonces, ¿de qué sirve un papel?”
“A veces, de muy poco.”
Había un leve rastro de amargura en la voz de Gideon.
“Pero otras veces, un papel es la única arma que la gente decente puede utilizar sin empeorar las cosas.”
Mae lo observó detenidamente.
Aquello no era algo que hubiera esperado escuchar del hombre de la montaña de Misery Bend.
“¿Y qué pasa conmigo?”
“Tú no eres una propiedad.”
Mae dejó de respirar.
Él lo dijo con absoluta claridad.
Sin suavizarlo.
Sin dramatismo.
Como si fuera algo que ni siquiera admitiera discusión.
“No se te puede comprar”, continuó Gideon. “Silas no tenía ningún derecho legal a venderte. Cutter lo sabía. La mayoría de la gente del pueblo también lo sabía.”
“Entonces, ¿por qué nadie lo detuvo?”
Algo cambió en el rostro de Gideon.
No era exactamente enojo.
Era cansancio.
“Porque las multitudes se vuelven valientes después de que alguien más se atreve a dar el primer paso.”
Mae apartó la mirada.
Aquella respuesta le dolió porque sabía que era verdad.
De repente, la habitación pareció demasiado caliente. Aflojó el chal que envolvía a Samuel.
Gideon caminó hacia la puerta.
“Hay un guiso. El pan de maíz está envuelto en esa tela. Tienes agua limpia en la jarra y más cobijas en aquel baúl.”
Señaló hacia la habitación.
“El pestillo se cierra desde adentro.”
Mae lo siguió con la mirada.
“¿Adónde vas?”
“Al granero.”
“Dijiste que dormirías aquí afuera.”
“Cambié de opinión.”
“¿Por qué?”
Él apoyó una mano sobre la manija de la puerta.
“Porque me tienes miedo.”
Mae sintió que el rostro le ardía de vergüenza.
“Yo nunca dije…”
“No hace falta que lo digas.”
Abrió la puerta.
El viento arrastró nieve sobre el umbral.
Mae miró hacia la oscuridad del exterior.
“Te vas a congelar.”
“El granero tiene una estufa.”
Entonces Gideon dudó.
“Hay una cosa que sí quiero de ti.”
Todo el cuerpo de Mae se tensó.
Ahí estaba.
El precio.
El verdadero precio.
Instintivamente, acomodó a Samuel más arriba contra su pecho.
Gideon se dio cuenta.
Apretó la mandíbula, no porque estuviera enojado con ella, comprendió Mae, sino por lo que había visto en su expresión.
“¿Qué cosa?”, preguntó.
Él tomó algo de un gancho junto a la puerta.
Una pequeña llave de hierro.
La colocó sobre la mesa.
“Quiero que cierres esta puerta con llave después de que salga.”
Mae miró fijamente la llave.
“¿Y?”
“Y nada más.”
“No entiendo.”
“No necesitas mi permiso para abrirla mañana. Ni tampoco para mantenerla cerrada.”
Mae miró la llave y después a Gideon.
“¿Y si me voy?”
“Prepararé la carreta.”
“¿Y si me quedo?”
“Te quedas.”
“¿Y qué te debería a cambio?”
“Nada.”
Mae estuvo a punto de reírse, aunque no encontraba nada gracioso en aquella situación.
“Nadie paga cien dólares a cambio de nada.”
“Yo no hice eso.”
Su respuesta fue inmediata.
“Pagué porque Cutter estaba a punto de entregarle cuarenta y cinco dólares a Silas.”
Mae se quedó inmóvil.
Gideon bajó la voz.
“Sé lo que Cutter les hace a las personas que no pueden defenderse.”
El viento golpeó la puerta abierta.
“Entonces, lo que me exiges”, susurró Mae. “¿Eso es todo?”
“No.”
El corazón le dio un vuelco.
Gideon la miró directamente a los ojos.
“Hay otra cosa.”
Mae esperó.
“Mañana por la mañana, quiero que elijas.”
“¿Que elija qué?”
“Tu propio nombre.”
Ella frunció el ceño.
Él señaló el papel con la cabeza.
“Te llevaré ante el juez territorial cuando se abra el paso de la montaña. Si quieres seguir llamándote Mae Walker, puedes hacerlo. Si quieres recuperar tu apellido de soltera, puedes presentar una solicitud. Si quieres ir a un lugar donde Silas no pueda encontrarte, te ayudaré.”
Hizo una pausa.
“Pero sea cual sea el nombre que elijas, quiero escucharte decirlo porque tú misma lo decidiste.”
Mae no pudo hablar.
Algo dentro de ella se quebró, no violentamente, sino como el hielo de un río que empieza a ceder bajo la luz del sol de primavera.
Bajó la mirada antes de que él pudiera verle el rostro.
Gideon salió.
“Cierra la puerta con llave, Mae.”
Ella caminó lentamente hacia la mesa.
Sus dedos se cerraron alrededor de la llave de hierro.
Para cuando llegó a la puerta, Gideon ya caminaba hacia el granero a través de la nieve.
Mae cerró la puerta.
Giró la llave.
Y permaneció allí, con una mano apoyada sobre la madera.
Por primera vez en tres años, había una puerta cerrada con llave entre Mae y un hombre que le daba miedo.
Y era ella quien tenía la llave.
La mañana llegó azulada y silenciosa.
Mae despertó tan bruscamente que durante varios segundos no supo dónde estaba.
Samuel dormía en la cuna.
La cuna.
Mae se incorporó en la cama.
Con la luz del día podía apreciar el trabajo de carpintería: madera de pino perfectamente lisa, patas curvas que permitían mecerla y pequeñas estrellas talladas en la cabecera.
Debajo de Samuel había una colcha doblada.
Mae la tocó.
Cuadros azules.
Costuras blancas.
Y en una esquina, casi escondida debajo de la cobija de Samuel, había una pequeña letra bordada.
M.
Frunció el ceño.
Una coincidencia.
Seguramente.
Se vistió y llevó a Samuel a la habitación principal.
Gideon ya estaba despierto.
Estaba de pie junto a la estufa, friendo papas.
“Volviste a entrar”, comentó ella.
Él la miró de reojo.
“Después de que salió el sol.”
“¿Cuánto tiempo llevas despierto?”
“Lo suficiente.”
Colocó un plato de hojalata sobre la mesa.
Mae se sentó con cautela.
Samuel extendió la mano hacia la barba de Gideon.
Gideon retrocedió como si acabaran de apuntarle con una pistola cargada.
Mae estuvo a punto de sonreír.
“A los bebés les gusta jalar las cosas.”
“Eso he escuchado.”
“¿Nunca has cargado a uno?”
“No.”
Samuel volvió a estirar los brazos.
Gideon lo miró con desconfianza.
Los labios de Mae comenzaron a dibujar una sonrisa.
Por primera vez en meses, algo parecido a la risa comenzó a crecer dentro de su pecho.
Aquello la sorprendió tanto que se obligó a contenerla.
Gideon lo notó.
Pero no dijo nada.
Después del desayuno, él salió a traer leña mientras Mae exploraba la cabaña.
Había pocas pertenencias personales.
Libros.
Herramientas.
Un rifle encima de la puerta.
Un dibujo de un paisaje enmarcado.
Y junto al librero, un pequeño escritorio para escribir.
Mae se quedó mirándolo.
Había una botella de tinta junto a tres lápices bien afilados.
“¿Te gusta leer?”, preguntó cuando Gideon regresó.
“Un poco.”
“Hay doce libros.”
“Trece.”
Mae miró hacia el estante.
Él señaló.
“Uno está debajo de la pata de la mesa.”
Esta vez Mae sí se rio.
La risa escapó antes de que pudiera contenerla.
Gideon la miró.
Su rostro severo hizo algo extraño.
No llegó a ser una sonrisa.
Pero estuvo muy cerca.
Entonces Samuel comenzó a inquietarse.
Mae lo levantó de la cuna.
Al hacerlo, sus dedos se atoraron en la colcha.
La tela se movió.
Algo cayó al suelo.
Una fotografía.
Mae se agachó.
Era un viejo ferrotipo, una fotografía sobre una fina placa de metal, oscurecida por los bordes.
Una mujer joven estaba sentada muy erguida en una silla de estudio fotográfico.
A su lado aparecía un Gideon Hale más joven, inconfundible a pesar de que todavía no tenía la cicatriz ni la barba.
Mae estuvo a punto de devolvérsela.
Pero entonces vio claramente a la mujer.
Sintió que el corazón se le detenía.
Conocía aquel rostro.
No de Misery Bend.
Tampoco de Colorado.
Lo conocía por una pequeña fotografía enmarcada que su madre había guardado escondida dentro de una lata de harina durante toda la infancia de Mae.
Los mismos pómulos altos.
Los mismos ojos oscuros.
El mismo relicario de plata.
Las manos comenzaron a temblarle.
“Gideon.”
Él se volvió.
Entonces vio el ferrotipo.
Pareció que todo el color desaparecía de su rostro.
“¿Dónde encontraste eso?”
“Se cayó de la colcha.”
Gideon cruzó la habitación.
Mae alejó la fotografía de él.
“¿Quién es ella?”
Se detuvo.
“Mae.”
“¿Quién es ella?”
Su mirada pasó de la fotografía al rostro de Mae.
Por primera vez desde que lo había conocido, el hombre de la montaña parecía tener miedo.
“Ella”, dijo en voz baja, “era mi hermana.”
Mae apretó la fotografía entre los dedos.
“No.”
Gideon no respondió.
Mae le dio la vuelta.
En la parte de atrás, escritas con tinta descolorida, había cuatro palabras.
Las leyó dos veces.
Después una tercera.
Para Eleanor. Protege a Mae.
Su madre se había llamado Eleanor.
Mae levantó lentamente la mirada.
“Tú conocías a mi madre.”
Gideon miró hacia la ventana cubierta de nieve.
“No.”
Su respuesta fue casi un susurro.
“Mi hermana sí.”
Un pensamiento terrible, casi imposible de creer, atravesó la mente de Mae.
“¿Qué sabía ella sobre mí?”
Los hombros de Gideon se elevaron mientras respiraba profundamente.
“Lo suficiente como para hacerme prometer algo antes de morir.”
“¿Qué?”
Él miró a Samuel.
Después a Mae.
“Que te encontraría antes de que Silas Walker descubriera lo que tu padre había dejado.”
Afuera, en algún lugar muy abajo de la montaña, el disparo de un arma resonó a través del valle.
Gideon se acercó inmediatamente a la ventana.
Mae apenas se dio cuenta.
Seguía mirando aquellas palabras escritas con tinta descolorida.
“¿Qué dejó mi padre?”
Gideon volvió a mirarla.
Y su respuesta lo cambió todo.
“Un pueblo.”
FIN DEL CAPÍTULO 1