Parte 2 — El Secreto Bajo Red Creek

PARTE 2
Henry Bennett se quedó mirando la carta que Clara sostenía en la mano como si la hubiera escrito un fantasma.
Y tal vez, pensó Clara, de cierta manera así había sido.
La lluvia golpeaba los cristales del Rancho Blackwood. Ethan cerró la puerta principal detrás de Henry y le ayudó a quitarse el abrigo.
Nadie dijo una palabra.
Finalmente, Henry susurró:
“¿Dónde encontraste eso?”
“En la habitación de la señora Blackwood.”
Henry cerró los ojos.
Clara bajó las escaleras.
“Conocías a la madre de Ethan.”
“Sí.”
“¿Cómo?”
“Clara…”
“No.”
La dureza de su propia voz la sorprendió.
Había pasado años protegiendo a su padre de las preguntas.
¿Por qué había quebrado la tienda?
¿Por qué los acreedores aparecían después de medianoche?
¿Por qué Henry se negaba a hablar de los años anteriores a la muerte de la madre de Clara?
Siempre había supuesto que aquel silencio formaba parte del dolor por su pérdida.
Ahora comenzaba a preguntarse si también había sido parte del miedo.
“Me dejaste venir aquí creyendo que estas personas eran unos desconocidos.”
Henry miró hacia Ethan.
La expresión de Ethan era igualmente reservada.
“Yo no lo sabía”, dijo Ethan.
Clara le creyó.
Y, de alguna manera, aquello hizo que los secretos de su padre resultaran todavía peores.
Ruth apareció desde la cocina.
Vio a Henry.
Después vio la carta.
El color desapareció de su rostro.
“Ah”, murmuró.
Clara se volvió hacia ella.
“¿Usted también lo sabía?”
Ruth parecía consternada.
“No todo.”
“¿Cuántas personas saben más sobre mi familia que yo misma?”
Nadie respondió.
Clara soltó una carcajada breve, aunque no había nada gracioso en aquella situación.
“Maravilloso.”
Ethan habló con suavidad.
“Clara.”
“Necesito saber la verdad.”
“La sabrás.”
Ella lo miró.
“¿De quién?”
“De todos.”
Aquella respuesta ayudó a calmar algo dentro de ella.
Se reunieron en la biblioteca.
Henry rechazó el whisky, pero aceptó una taza de café.
Le temblaban tanto las manos que Ruth terminó quitándole la taza.
Clara se sentó frente a él.
Ethan permaneció cerca de la chimenea.
Henry comenzó con una pregunta.
“¿Tu madre alguna vez te contó cómo llegamos a Red Creek?”
Clara frunció el ceño.
“Me dijo que querías abrir una tienda.”
“Eso fue después.”
Se frotó las manos.
“Antes de que nacieras, trabajaba para Blackwood Freight.”
Ethan enderezó la espalda.
“¿La empresa de mi padre?”
“Sí.”
Antes de que el rancho se volviera enormemente rentable, Thomas Blackwood había administrado un negocio de transporte de mercancías en carretas entre Helena, Red Creek y varios asentamientos mineros más al oeste.
Henry llevaba las cuentas.
Thomas Blackwood había sido un hombre ambicioso, trabajador y cada vez más imprudente.
“Había otro socio”, explicó Henry. “Silas Creed.”
La expresión de Ethan se oscureció.
“Conozco ese nombre.”
Clara lo miró.
“¿Quién era?”
“El peor enemigo de mi padre.”
Henry asintió.
“No siempre fueron enemigos.”
La sociedad se había roto por un contrato para abastecer a varios campamentos mineros.
Silas quería reducir los costos enviando las carretas por una ruta de montaña antes de que las tormentas de invierno cerraran el paso.
Thomas se negó.
Entonces, una noche de octubre, desapareció una carreta que transportaba el dinero destinado a pagar los salarios.
Tres hombres desaparecieron junto con ella.
Comenzaron a circular rumores de que Thomas había robado el dinero.
Aquella acusación estuvo a punto de arruinarlo.
“¿Y qué tienes tú que ver con eso?”, preguntó Clara.
“Encontré pruebas”, respondió Henry.
“¿Qué clase de pruebas?”
“Libros de contabilidad alterados.”
Clara pensó inmediatamente en el libro de Ethan.
Pagos duplicados.
Anotaciones falsas.
Iniciales.
Cifras que no coincidían.
Henry continuó.
“Silas llevaba meses sacando dinero de la empresa. Cuando Thomas descubrió parte de lo que estaba ocurriendo, Silas intentó hacer parecer que Thomas era el responsable.”
“¿Lograste demostrarlo?”
“No.”
“¿Por qué?”
“Porque los registros desaparecieron.”
El rostro de Henry se tensó.
“Y porque alguien intentó incendiar la oficina de transporte.”
Ruth miró hacia Ethan.
Clara lo notó.
“¿Usted sabía lo del incendio?”
Ruth respondió en voz baja.
“Todos en Red Creek lo sabían. Pero no sabían lo que ocurrió adentro.”
Henry miró a Ethan.
“Tú estabas allí.”
Ethan frunció el ceño.
“Yo era un niño.”
“Tenías cinco años.”
La habitación pareció encogerse.
Henry explicó que aquella tarde Ethan había seguido a su padre hasta el pueblo sin que nadie se diera cuenta.
Thomas lo encontró dormido dentro de una carreta que no se utilizaba, en el patio de la empresa de transporte.
Entonces comenzó el incendio.
“En medio de la confusión”, dijo Henry, “Thomas quedó atrapado dentro de la oficina. Yo te encontré afuera, cerca de las carretas.”
Los ojos de Ethan se entrecerraron.
“Mi padre me dijo que uno de sus trabajadores me había sacado de allí.”
“Fui yo.”
Se hizo un largo silencio.
Clara recordó la carta.
Henry Bennett te salvó la vida cuando eras demasiado pequeño para recordarlo.
Ethan contempló el fuego.
“Así que mamá lo sabía.”
“Me encontró después. Me suplicó que tomara a mi esposa y me fuera de Red Creek hasta que las cosas fueran más seguras.”
“¿Por qué?”
“Porque había visto a un hombre cerca de la oficina de transporte.”
“¿Silas?”
Henry negó con la cabeza.
“No.”
Clara se inclinó hacia adelante.
“¿Quién?”
“Nunca supe su nombre.”
Una respuesta decepcionante.
Sin embargo, Henry parecía sinceramente preocupado.
Describió a un hombre que llevaba un abrigo oscuro y una cadena plateada de reloj.
No eran detalles particularmente extraños.
Excepto por el anillo.
“Una piedra negra”, dijo Henry. “Tenía un pájaro tallado.”
Ethan se volvió.
“¿Un cuervo?”
“Sí.”
Ethan caminó hasta su escritorio.
Abrió un cajón.
Sacó una pequeña caja de madera.
Dentro había un anillo de sello.
Una piedra negra.
Un cuervo tallado.
Clara se puso de pie.
“¿De dónde sacaste eso?”
“Le pertenecía a mi padre.”
Henry se puso completamente pálido.
“No.”
“¿Qué?”
“No, Thomas nunca usó ese anillo.”
“Lo encontraron entre sus pertenencias después de que murió.”
Henry se levantó tan bruscamente que su silla raspó el piso.
“Entonces alguien quería que creyeras que era suyo.”
Ethan examinó el anillo.
“Mi padre murió doce años después del incendio.”
“Exactamente.”
Clara miró de uno a otro.
“¿Qué verdad sobre Red Creek les pertenece a las dos familias?”
Henry volvió a sentarse.
“Nunca llegué a descubrirla.”
Clara perdió la paciencia.
“Papá.”
“Te estoy diciendo la verdad.”
“¿Por una vez?”
Henry se estremeció.
El arrepentimiento golpeó inmediatamente a Clara.
Pero no retiró sus palabras.
Henry bajó la cabeza.
“Me merecía eso.”
Clara apartó la mirada.
El silencio regresó.
Entonces Ruth habló.
“Tal vez Elizabeth se refería a las tierras.”
Todos se volvieron hacia ella.
Ethan frunció el ceño.
“¿Qué tierras?”
Ruth dudó.
“Tu madre mencionó una vez una propiedad en las afueras de Red Creek.”
“¿Una propiedad de los Blackwood?”
“No.”
Ruth miró a Henry.
“Una propiedad de los Bennett.”
Henry se quedó mirándola.
“Yo nunca tuve tierras allí.”
“Tu esposa sí.”
Clara permaneció completamente inmóvil.
“¿Mi madre?”
Ruth asintió.
Henry parecía realmente sorprendido.
“Anna nunca me dijo nada.”
“Tal vez ella tampoco lo sabía.”
Ruth explicó que Elizabeth, la madre de Ethan, había recibido un paquete de documentos legales poco antes de morir.
Tenía la intención de ponerse en contacto con Henry.
Pero su enfermedad empeoró.
Después de su muerte, Thomas Blackwood ordenó guardar muchos de sus documentos en cajas.
Ethan nunca había abierto la mayoría de ellas.
Una hora después, todos estaban en el ático.
El polvo llenaba el aire.
Clara estornudó dos veces.
Ethan le entregó un pañuelo.
“Qué trabajo de investigación tan elegante.”
Ella le lanzó una mirada.
“Tienes polvo en el cabello.”
“Tú también.”
“Entonces los dos somos igual de elegantes.”
Henry los observó.
Por primera vez desde su llegada, algo parecido al alivio cruzó su rostro.
Revisaron seis baúles.
Nada.
Entonces Clara descubrió un escritorio estrecho arrinconado detrás de un viejo ropero.
Su cajón estaba cerrado con llave.
Ethan encontró una llave pegada debajo del escritorio.
Dentro había paquetes de cartas.
Planos de propiedades.
Notificaciones legales.
Y un sobre sellado.
Anna Bennett.
La madre de Clara.
Henry se sentó sobre un viejo baúl.
Clara abrió cuidadosamente el sobre.
La escritura que contenía identificaba a Anna Bennett como copropietaria de ochenta acres al este de Red Creek.
La otra propietaria era Elizabeth Blackwood.
“¿Por qué nuestras madres tendrían tierras juntas?”, preguntó Clara.
Henry negó con la cabeza.
“No tengo la menor idea.”
Ethan desdobló un plano.
El terreno colindaba con el lecho de un antiguo arroyo y varias concesiones mineras abandonadas.
“No hay nada allí”, dijo.
“Ahora”, respondió Henry.
Encontraron un documento más.
Una nota escrita a mano con la letra de Elizabeth.
Thomas cree que las tierras no tienen ningún valor. Silas cree lo contrario. Anna y yo acordamos mantenerlas fuera de su disputa hasta que comprendamos qué fue lo que encontraron.
Debajo había otra indicación:
Pregúntenle al doctor Mercer sobre el levantamiento topográfico.
El doctor Mercer había muerto nueve años antes.
Pero su hijo seguía viviendo en Red Creek.
A la mañana siguiente, Ethan salió hacia el pueblo a caballo con Clara y Henry.
Margaret llegó justo cuando estaban a punto de marcharse.
“¿Qué está pasando aquí?”
Ethan le entregó el anillo del cuervo.
Ella se quedó mirándolo.
“¿Dónde encontraste eso?”
“Entre las pertenencias de papá.”
“Sí, ya lo sé.”
La mirada de Ethan se volvió más intensa.
“¿Sabías que estaba allí?”
Margaret se dio cuenta de su error.
“Yo ayudé a ordenar sus cosas.”
“¿Él lo usaba?”
Dudó.
“A veces.”
Henry intervino.
“No, nunca lo usó.”
Margaret lo miró.
El reconocimiento cruzó inmediatamente su rostro.
No fue un reconocimiento vago.
Lo había identificado claramente.
“Tú.”
Henry permaneció rígido.
“¿Me recuerdas?”
Margaret dio un paso hacia atrás.
Clara volvió a ver el miedo en su rostro.
El mismo miedo que había visto en la escalera.
Ethan también lo notó.
“Margaret.”
Ella lo miró.
“Tenemos que hablar.”
“Entonces habla.”
“Aquí no.”
“¿Por qué?”
Sus ojos se dirigieron hacia Clara.
“Porque esto no tiene nada que ver con ella.”
“Todo tiene que ver con ella.”
“Tú no sabes eso.”
“Y tú tampoco.”
La compostura de Margaret se quebró.
“Ethan, por favor.”
Clara nunca había imaginado ver a Margaret Whitmore suplicando.
Ethan parecía igualmente sorprendido.
Margaret bajó la voz.
“No vayas a ver a Mercer.”
Henry se enderezó.
“¿Cómo lo supiste?”
Margaret cerró los ojos.
La respuesta era evidente.
Conocía la nota.
“Margaret”, dijo Ethan en voz baja, “¿qué has hecho?”
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
“Nada.”
Pero esta vez Clara comprendió el verdadero significado.
Nada recientemente.
Decidieron posponer el viaje.
Finalmente, Margaret aceptó hablar en la biblioteca.
Su secreto resultó ser menos grave de lo que Clara temía y más triste de lo que esperaba.
Cuando tenía dieciséis años, Margaret había encontrado los documentos de Elizabeth.
Su madre ya había muerto.
Margaret, llena de dolor y rabia, se los había mostrado a Thomas Blackwood.
Su padre había estallado de furia.
Le exigió que le entregara la escritura.
Margaret se negó.
Así que Thomas registró la casa por su cuenta.
“Me asustó”, reconoció. “Fue la primera vez que comprendí que papá no era simplemente un hombre estricto.”
Ethan se quedó mirándola.
“Nunca me lo contaste.”
“Tú lo adorabas.”
“Lo respetaba.”
“Deseabas su aprobación más que cualquier otra cosa.”
“Eso no significa que no te hubiera creído.”
“Tenías dieciocho años, Ethan. Estabas intentando convertirte en él.”
Aquellas palabras lo golpearon dolorosamente.
Clara observó cómo Ethan intentaba asimilarlas.
Margaret continuó.
Thomas nunca encontró la escritura.
Margaret la había devuelto al ático.
Pero sí encontró la correspondencia de Elizabeth con el doctor Mercer.
“Fue a Red Creek a la mañana siguiente.”
“¿Qué ocurrió?”, preguntó Clara.
“No lo sé.”
Margaret retorció los guantes entre las manos.
“Pero cuando regresó, llevaba ese anillo.”
El anillo del cuervo.
“¿Le preguntaste dónde lo había conseguido?”
“Sí.”
“¿Qué respondió?”
La voz de Margaret se volvió más baja.
“Dijo que por fin habían enterrado el pasado.”
Nadie habló.
Ethan se dio la vuelta.
Por primera vez, Clara vio algo debajo de su serenidad.
No era rabia.
Era desilusión.
La desilusión de un hombre que comenzaba a comprender que sus recuerdos de infancia quizá habían sido construidos sobre mentiras cuidadosamente organizadas.
Clara cruzó la habitación.
No lo tocó.
Pero se colocó junto a él.
Y aquello pareció ser suficiente.
Fueron a Red Creek al día siguiente.
Jonathan, el hijo del doctor Mercer, era dueño de la farmacia del pueblo.
Era un hombre nervioso, de unos cuarenta y tantos años, con unos anteojos que constantemente se le resbalaban por la nariz.
Cuando Ethan le mostró la nota de Elizabeth, Jonathan desapareció en la habitación trasera.
Regresó llevando un viejo estuche de agrimensor.
“Mi padre me dijo que nunca destruyera esto.”
Dentro había planos.
Anotaciones sobre el suelo.
Mediciones de agua.
Y una declaración firmada ante dos testigos.
Clara comenzó a leer en voz alta.
“En mayo de 1859, mientras realizábamos el levantamiento topográfico del lecho oriental del arroyo, descubrimos indicios de que la fuente de agua situada debajo de la parcela Bennett-Blackwood podría abastecer una importante cuenca artesiana…”
Se detuvo.
Ethan tomó el papel.
Agua.
No oro.
No plata.
Agua.
En Montana, el agua podía valer más que cualquiera de los dos metales.
Aquella parcela controlaba el acceso a una fuente natural de agua subterránea lo suficientemente grande para abastecer ranchos, granjas e incluso un pueblo en crecimiento.
Henry se sentó lentamente.
“Esas tierras podrían valer…”
“Una fortuna”, completó Jonathan Mercer.
El corazón de Clara comenzó a latir con fuerza.
Entonces Jonathan sacó el último documento.
“Mi padre hizo esta copia porque comenzó a sospechar.”
Era una oferta de compra.
Fechada tres meses después de la muerte de Elizabeth Blackwood.
Comprador:
William Whitmore.
El esposo de Margaret.
Clara miró a Ethan.
Su rostro se había vuelto imposible de descifrar.
“¿William lo sabía?”
Jonathan asintió.
“Vino aquí hace años haciendo preguntas.”
“¿Hace cuántos años?”
“Casi diez.”
Antes de casarse con Margaret.
Durante el viaje de regreso, Clara apenas habló.
Ethan tampoco.
Henry cabalgaba delante de ellos.
Cerca del atardecer, Ethan finalmente dijo:
“Estás pensando.”
“Tú también.”
“Eso es peligroso.”
Clara sonrió ligeramente.
Después regresaron sus pensamientos serios.
“Tal vez Margaret no lo sepa.”
“Lo sé.”
“Pareces decepcionado por eso.”
“Estoy decepcionado de haber deseado que lo supiera.”
Clara comprendió.
Si Margaret lo hubiera sabido, Ethan podría estar enojado con ella.
Pero si no lo sabía, su hermana quizá llevaba años casada con un hombre que la había cortejado, al menos en parte, para conseguir acceso a los documentos de su familia.
Aquella verdad era mucho más difícil de aceptar.
Cuando llegaron al Rancho Blackwood, el carruaje de William Whitmore estaba afuera.
Margaret los esperaba en el porche.
Tenía el rostro pálido.
William estaba junto a ella.
Era un hombre atractivo, sereno y vestido impecablemente.
Sonrió cuando Ethan bajó del caballo.
“Me enteré de que has estado investigando historias antiguas.”
Ethan le entregó las riendas a uno de los trabajadores del rancho.
La mirada de William se dirigió hacia Clara.
Durante un instante brevísimo, su expresión agradable desapareció.
No era desprecio.
Era reconocimiento.
Clara nunca lo había conocido.
Y, sin embargo, él la miró como si ya la conociera.
Después volvió a sonreír.
“Señorita Bennett.”
Clara sintió un escalofrío en la piel.
“¿Cómo sabe quién soy?”
William miró de reojo a Margaret.
“Este territorio es pequeño.”
Clara no le creyó.
Ethan tampoco.
William se acercó.
“Creo que todos deberíamos sentarnos a hablar.”
“Por una vez”, respondió Ethan, “estamos de acuerdo.”
La sonrisa de William desapareció.
Pero antes de que alguien pudiera moverse, un trabajador del rancho llegó corriendo desde el establo.
“¡Señor Blackwood!”
Ethan se volvió.
El joven sostenía un sobre.
“Esto llegó con un mensajero de Red Creek.”
Ethan lo abrió.
Leyó.
Y se quedó inmóvil.
Clara se acercó.
“¿Qué sucede?”
Él le entregó la hoja.
Solamente había una frase escrita.
Si Clara Bennett encontró los documentos de Elizabeth Blackwood, no debe confiar en la versión de Henry Bennett sobre el incendio.
Al final aparecían tres palabras.
Pregunten quién murió.
Clara miró a su padre.
Henry se había detenido a mitad del patio.
Su rostro se lo dijo todo.
Alguien había muerto aquella noche.
Alguien importante.
Y, una vez más, Henry Bennett había omitido esa parte de la historia.
FIN DEL CAPÍTULO 2