En su noche de bodas, un ranchero de Wyoming encontró a su nueva esposa sollozando detrás de la puerta de la recámara, pero cuando ella por fin le confesó por qué estaba aterrada, el hombre que la había amado durante dos años se quedó sin palabras.

En su noche de bodas, un ranchero de Wyoming encontró a su nueva esposa sollozando detrás de la puerta de la recámara, pero cuando ella por fin le confesó por qué estaba aterrada, el hombre que la había amado durante dos años se quedó sin palabras.

CAPÍTULO 1: EL SECRETO DETRÁS DE LA PUERTA DEL DORMITORIO

“Daniel, no llegué sola a Wyoming.”

Aquellas palabras apenas se escucharon por encima del crepitar del fuego, pero golpearon a Daniel Mercer con la fuerza de un disparo de rifle.

Estaba de pie junto a la chimenea de la pequeña cabaña de troncos que había pasado seis meses preparando para su esposa.

Todavía sostenía entre las manos la camisa que había usado para su boda, completamente olvidada.

Al otro lado de la habitación, Emily estaba sentada debajo de una cobija de lana café, con las mejillas mojadas de lágrimas y los dedos aferrados a la tela como si fuera lo único que le impedía derrumbarse.

Durante un largo momento, Daniel no consiguió encontrar su voz.

Afuera, el viento de septiembre recorría las llanuras de Wyoming, agitando la hierba dorada y haciendo vibrar las contraventanas.

En algún lugar detrás del granero, uno de sus caballos relinchó.

Todo lo demás permanecía inmóvil.

“¿Qué quieres decir?”, preguntó finalmente.

Emily bajó la mirada.

“Quiero decir que hay alguien de quien debí haberte hablado antes de hoy.

Alguien cuya existencia lo cambia todo.”

Daniel tragó saliva.

“¿Hay otro hombre?”

Ella levantó bruscamente la cabeza.

“¡No!”

La respuesta llegó tan rápido y con tanta desesperación que Daniel estuvo a punto de acercarse a ella.

Pero recordó cómo se habían tensado sus hombros unos momentos antes, cómo el terror había cruzado su rostro cuando él intentó aproximarse.

Así que permaneció donde estaba.

“Entonces ayúdame a entender”, dijo suavemente.

“Por favor, Emily.

No sé qué es lo que te asusta, y no puedo ayudarte si no me lo cuentas.”

Ella apretó la cobija contra su boca.

“Quería que esta noche fuera diferente.

Quería ser feliz.

Pensé que si conseguía pasar la boda, si lograba estar de pie a tu lado y pronunciar nuestros votos, tal vez finalmente tendría el valor de contártelo.”

“¿Contarme qué?”

Emily cerró los ojos.

“Tengo una hija, Daniel.

Tiene seis años.

Y cree que su mamá la abandonó.”

La camisa se resbaló de las manos de Daniel.

Durante varios segundos se quedó mirando a su esposa.

Una hija.

De seis años.

Emily, la mujer a la que había amado durante casi dos años, tenía una niña de la que él jamás había escuchado hablar.

Buscó una explicación en su rostro, esperando haber entendido mal.

Pero Emily solamente comenzó a llorar con más fuerza.

“Se llama Grace”, susurró.

“Y ella es la razón por la que tenía tanto miedo esta noche.”

Daniel se dejó caer lentamente en la silla de madera junto a la chimenea.

Había imaginado mil posibles explicaciones para las lágrimas de Emily.

Tal vez se había arrepentido de casarse.

Tal vez había descubierto que la vida tranquila en un rancho no era lo que deseaba.

Tal vez una parte de su corazón todavía le pertenecía a otro hombre.

Jamás había imaginado que se tratara de una niña pequeña.

“¿Dónde está?”, preguntó.

Emily se estremeció al escuchar la pregunta.

“Está a salvo.”

“¿Dónde, Emily?”

“En Colorado.

Con una mujer llamada Margaret Bell.

Tiene una casa de huéspedes cerca del pueblo donde yo trabajaba antes.”

Daniel se pasó una mano por el rostro.

“¿Margaret sabe que te casaste?”

“Sí.”

“¿Y Grace?”

Emily negó con la cabeza.

“No.

Grace cree que estoy trabajando en el pueblo.

Piensa que regresaré por ella cuando haya ahorrado suficiente dinero para darle un hogar digno.”

Daniel miró hacia la ventana.

Un hogar digno.

Observó la cabaña, las paredes recién reparadas, las cortinas hechas a mano y la pequeña mecedora que había colocado junto a la chimenea porque Emily le había mencionado una vez que le encantaba el sonido de una mecedora moviéndose sobre un piso de madera.

Había construido aquel hogar para dos personas.

Y ahora descubría que la mujer con la que acababa de casarse llevaba meses guardando un secreto lo suficientemente grande como para llenar cada habitación.

“¿Por qué no me lo dijiste?”, preguntó.

El rostro de Emily se descompuso.

“Porque tenía miedo de que me dejaras.”

“Emily…”

“No entiendes.”

Se secó las mejillas con el borde de la cobija.

“Tienes una buena reputación en este condado.

La gente te respeta.

Confían en ti para cuidar sus caballos, su dinero y sus hijos.

Has trabajado toda tu vida para construir algo honorable.”

Lo miró con desesperación.

“Y pensé que si sabías que había tenido una hija antes de conocerte, comenzarías a verme de otra manera.

Te preguntarías qué clase de mujer soy.

Pensarías que quizá también te había mentido sobre todo lo demás.”

Daniel permaneció en silencio.

“No me avergonzaba de Grace”, continuó.

“Jamás de ella.

Me avergonzaban las decisiones que nos llevaron hasta esta situación.

Me avergonzaba no haber podido protegerla.

Y me aterraba que pensaras que era una carga.”

Respiró temblorosamente.

“Cada vez que hablabas de nuestro futuro, imaginaba que te lo contaba.

Cada vez que decías que querías tener hijos algún día, deseaba decirte que ya tenías la oportunidad de querer a una niña.

Pero entonces imaginaba cómo cambiaría tu expresión y no podía hacerlo.”

Daniel se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas.

“¿Grace tiene padre?”

Emily se quedó completamente inmóvil.

“Sí.”

Aquella sola palabra llevaba más dolor que cualquier otra cosa que hubiera dicho.

“¿Está vivo?”

“No lo sé.”

“¿No lo sabes?”

“No he tenido noticias de él desde hace años.”

Daniel esperó.

Emily contempló el fuego como si estuviera mirando algo mucho más allá de las llamas.

“Se llamaba Thomas Whitmore.

Lo conocí cuando tenía diecinueve años.

Yo trabajaba en un hotel de Cheyenne y él pasó por el pueblo con un grupo de hombres que estaban comprando ganado.

Era encantador, vestía muy bien y hablaba como si tuviera al mundo entero esperando por él.”

Una sonrisa amarga, casi imperceptible, cruzó su rostro.

“Me dijo que nunca había conocido a nadie como yo.

Decía que yo le daba ganas de convertirse en un hombre mejor.

Prometió sacarme de la vida que conocía y darme un hogar donde nunca más tendría que preocuparme por el dinero.”

Daniel ya había escuchado historias como aquella.

Pero no dijo nada.

“Yo le creí”, continuó Emily.

“Cuando le dije que estaba embarazada, me abrazó y prometió que todo estaría bien.

Dijo que se casaría conmigo.

Dijo que su familia nos aceptaría.”

Su voz comenzó a temblar.

“Después se marchó a Denver.

Dijo que tenía algunos negocios que resolver antes de regresar.

Esperé durante semanas.

Le escribí cartas.

Fui tantas veces a la oficina de telégrafos que el empleado terminó dejando de preguntarme si había recibido alguna respuesta.”

Tragó saliva con dificultad.

“Entonces llegó una carta de su padre.”

Daniel enderezó la espalda.

“¿Qué decía?”

Los dedos de Emily apretaron la cobija.

“Que Thomas se había casado con otra mujer.

Una mujer de una familia adinerada.

Su matrimonio ya había sido arreglado y su familia no permitiría que echara a perder su futuro por una muchacha de hotel que esperaba un hijo.”

Miró a Daniel.

“La carta incluía dinero.

Lo suficiente para pagar mi renta y mantenerme durante los meses siguientes.

Su padre decía que era una compensación por los problemas que yo había causado.”

Sus labios se torcieron de amargura.

“Le devolví hasta el último dólar.”

La expresión de Daniel se endureció.

“¿Y Thomas?”

“Nunca regresó.”

Un tronco crujió bruscamente dentro del fuego.

“Grace nació en primavera”, susurró Emily.

“Le puse ese nombre por mi madre.

Durante los primeros dos años conseguí salir adelante.

Trabajaba donde podía, limpiaba habitaciones, lavaba ropa y aceptaba trabajos de costura.

Pero cuando Grace enfermó de fiebre durante un invierno, perdí casi un mes de salario por quedarme a cuidarla.”

Se detuvo, intentando controlar su respiración.

“Ya no me quedaba familia.

Mi madre había muerto y mi padre falleció cuando yo era niña.

No tenía a nadie a quien acudir.

Margaret Bell recibió a Grace durante unas semanas mientras yo encontraba trabajo en un hotel más grande de Colorado Springs.”

“¿Solamente unas semanas?”

“Eso fue lo que me dije a mí misma.”

Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

“Una semana se convirtió en un mes.

Después en otro.

Margaret tenía una habitación adecuada para Grace, comida todos los días y otros niños con quienes podía jugar.

Yo podía enviar dinero.

Podía visitarla cuando tenía días libres.”

Bajó la cabeza.

“Con el tiempo, comencé a decirle a Grace que estaba trabajando lejos de casa para ahorrar lo suficiente y que pudiéramos vivir juntas.

Cada vez que la visitaba, me preguntaba cuándo iba a regresar para quedarme definitivamente.”

Su voz se quebró.

“Y cada vez le respondía que pronto.”

Daniel sintió un dolor profundo instalarse en su pecho.

“¿Cuánto tiempo lleva viviendo con Margaret?”

“Casi cuatro años.”

Daniel bajó la mirada hacia sus manos.

Cuatro años.

Una niña había pasado cuatro años esperando que su madre regresara, creyendo que el amor podía medirse por las promesas que hacían los adultos.

“¿Y nunca pensaste en contarme nada de esto?”

Emily se estremeció.

“Sí lo pensé.

Te juro que sí.

Pero entonces te conocí.”

Levantó la mirada hacia él y, por primera vez aquella noche, Daniel vio algo distinto del miedo en su expresión.

Amor.

“Fui a tu rancho para ayudar a la señora Lawson con las cuentas de primavera.

Eras paciente con todos.

Nunca les hablabas con dureza a los trabajadores, ni siquiera cuando cometían errores.

Recordabas qué vecino tenía un hijo enfermo y qué viuda necesitaba leña antes del invierno.”

Una sonrisa pequeña y triste apareció en su rostro.

“Me tratabas como si valiera la pena conocerme.

No porque fuera bonita, ni porque supiera cocinar, ni porque esperaras algo de mí.

Simplemente me escuchabas cuando hablaba.”

Daniel recordó aquellos primeros días.

Emily había llegado al rancho con un vestido azul, una maleta de cuero desgastada y un cuaderno lleno de cifras cuidadosamente anotadas.

Había corregido un error en su libro de provisiones que le habría costado casi doscientos dólares.

Cuando Daniel le dio las gracias, ella se sonrojó y respondió que solamente estaba haciendo su trabajo.

Él se había enamorado de ella poco a poco, a través de pequeños detalles.

La manera en que cantaba mientras ordenaba las facturas.

La forma en que le llevaba café al establo cuando trabajaba hasta tarde.

Cómo se quedaba en la puerta del barracón de los trabajadores, riéndose de algún chiste que ni siquiera había entendido por completo.

Le había pedido matrimonio una tranquila tarde de mayo, debajo del mismo álamo donde habían intercambiado sus votos aquella tarde.

También entonces había llorado.

Pero habían sido lágrimas de felicidad.

Al menos, eso era lo que él había creído.

“Pensé que podía comenzar de nuevo”, susurró Emily.

“Pensé que si me convertía en una buena esposa, si trabajaba duro y te amaba lo suficiente, tal vez el pasado finalmente dejaría de perseguirme.”

Daniel la observó.

“Emily, tener una hija no es algo por lo que debas ganarte el derecho a contármelo.”

“Ahora lo sé.”

“¿De verdad?”

Emily apartó la mirada.

Daniel se levantó, pero se detuvo cuando ella se puso rígida.

“Necesito un momento”, dijo.

“No porque quiera dejarte.

Sino porque necesito comprender lo que me estás contando.”

Emily asintió rápidamente.

“Claro.”

Daniel caminó hacia la ventana.

Al otro lado del cristal, el rancho se extendía bajo el inmenso cielo de septiembre.

El techo del granero brillaba tenuemente bajo la luz de la luna.

Su ganado descansaba en el pastizal inferior y el arroyo que cruzaba la pradera oriental parecía una cinta oscura entre los sauces.

Había construido aquella vida con sus propias manos.

Su padre le había dejado las tierras y una montaña de deudas cuando Daniel tenía veintiséis años.

Durante años había trabajado desde el amanecer hasta que aparecían las estrellas, reparando cercas, domando caballos y vendiendo ganado para impedir que el banco se quedara con la propiedad.

Nunca había esperado que el rancho llegara a ser rico.

Solamente quería tener suficiente para vivir cómodamente, ayudar a sus vecinos cuando lo necesitaran y quizá algún día criar hijos propios.

Le había contado todo eso a Emily.

Y ella había sonreído.

Ahora se preguntaba si lo había escuchado con el mismo miedo que llevaba aquella noche.

“¿Te casaste conmigo porque pensaste que podía mantener a Grace?”, preguntó.

El rostro de Emily palideció.

“No.”

“Dime la verdad.”

“Me casé contigo porque te amo.”

“Entonces, ¿por qué no confiaste en mí?”

Ella abrió la boca, pero no consiguió pronunciar una sola palabra.

Daniel cerró los ojos.

Esa era la pregunta que más le dolía.

No que ella tuviera una hija.

Tampoco que hubiera sufrido.

Ni siquiera que otro hombre la hubiera abandonado.

Lo que le dolía era que la mujer a la que amaba hubiera creído que su amor era demasiado frágil para soportar la verdad.

Cuando se volvió, Emily lo observaba como si estuviera esperando una sentencia.

“¿Quieres que me vaya?”, susurró.

Aquella pregunta lo dejó helado.

“¿Qué?”

“Si ya no me quieres, me marcharé.

No te pediré que mantengas a Grace.

No te pediré nada.

Buscaré trabajo en otro lugar y te enviaré los documentos si quieres anular nuestro matrimonio.”

Daniel se quedó mirándola.

“¿De verdad crees que te echaría de aquí esta misma noche?”

“No sé qué vas a hacer.”

Su sinceridad le dolió más que cualquier acusación.

“Sé lo que hace la gente cuando descubre mi pasado”, continuó.

“He escuchado los murmullos.

He visto cómo me miran las mujeres cuando se enteran de que tuve una hija sin estar casada.

He visto a hombres respetables decidir que debo ser una mentirosa en todo porque cometí un error cuando era joven.”

Apretó las manos contra su pecho.

“No soportaría que tú también me miraras de esa manera.”

Daniel cruzó la habitación y se detuvo a varios pasos de ella.

“Mírame, Emily.”

Ella levantó lentamente la cabeza.

“Estoy enojado porque no me lo contaste.

Me duele que pensaras que no podía soportar la verdad.

Y necesito tiempo para comprender por qué cargaste con todo esto tú sola cuando tenías a alguien dispuesto a estar a tu lado.”

Su voz se suavizó.

“Pero no pienso menos de ti por tener una hija.”

Los labios de Emily temblaron.

“Y no he dejado de amarte.”

Ella se cubrió el rostro y rompió a llorar.

Daniel esperó hasta que bajó las manos.

“Hay algo más”, dijo.

Emily se quedó paralizada.

“¿Todavía hay más?”

Ella asintió.

Al verla, Daniel sintió que se le encogía el estómago.

“Dímelo.”

“Me prometí que esta noche te contaría absolutamente todo.”

“Entonces hazlo.”

Emily miró la cobija que descansaba sobre su regazo.

“Grace no es la única razón por la que tenía miedo de casarme contigo.”

Daniel sintió que la habitación se volvía más fría.

“¿Qué más?”

Emily miró otra vez hacia la puerta cerrada del dormitorio.

“Thomas Whitmore no desapareció sin más.

Intentó encontrarme una vez, unos meses después de que nació Grace.”

“¿Por qué?”

“No lo sé.

Nunca lo vi.

Un hombre llegó a la casa de huéspedes donde vivíamos Grace y yo y comenzó a hacer preguntas sobre mí.

Dijo que representaba a la familia de Thomas.”

“¿Qué quería?”

“Volvió a ofrecerme dinero.

Más que la primera vez.

Dijo que podía aceptarlo y mudarme muy lejos, o seguir causándole problemas a una familia que no tenía ninguna intención de reconocer a mi hija.”

Daniel apretó la mandíbula.

“¿Qué hiciste?”

“Me negué.”

“¿Te amenazó?”

Emily asintió.

“Dijo que si alguna vez intentaba comunicarme otra vez con Thomas o con su familia, me arrepentiría.

Dijo que tenían amigos en todos los pueblos entre Denver y Cheyenne.

Me advirtió que una mujer como yo podía perder su trabajo, su reputación e incluso la custodia de su hija si no tenía cuidado.”

Daniel sintió que una rabia ardiente e inmediata se apoderaba de él.

“¿Por qué no acudiste al sheriff?”

“Porque no tenía pruebas.

El hombre se marchó antes de que pudiera averiguar su nombre.

Y estaba aterrorizada de que, si causaba problemas, me quitaran a Grace.”

Tragó saliva.

“Después de aquello me mudé a Colorado Springs y cambié de trabajo.

Dejé de utilizar el apellido de Thomas en mis cartas.

Intenté pasar desapercibida.

Pensé que si permanecía callada durante suficiente tiempo, terminarían olvidándose de mí.”

“¿Y lo hicieron?”

Emily lo miró.

“No lo sé.”

Daniel miró hacia la puerta.

“¿Crees que todavía te están buscando?”

“No he tenido noticias de ellos en años.”

“Eso no fue lo que te pregunté.”

Ella cerró los ojos.

“Sí.”

La respuesta salió como un susurro.

Daniel caminó hasta la pequeña mesa y sirvió un vaso de agua.

Lo colocó sobre la mesita de noche y después retrocedió para que Emily pudiera alcanzarlo sin sentirse acorralada.

“Bebe un poco de agua.”

Ella obedeció con las manos temblorosas.

“Ahora dime por qué esta noche te daba tanto miedo.”

Emily se quedó mirando el vaso.

“Porque ayer, mientras me estaba preparando para la boda, llegó una carta.”

Daniel se quedó inmóvil.

“¿De quién?”

“La entregaron aquí, en el rancho.

El sobre tenía mi nombre, pero no había dirección del remitente.”

“¿Dónde está?”

“Dentro de mi maleta.”

Daniel miró la maleta de cuero café que estaba junto al ropero.

“¿Qué decía?”

Todo el color desapareció del rostro de Emily.

“Decía que Thomas Whitmore sabía que iba a casarme.

Que sabía dónde vivía y que conocía el rancho.

La carta me advertía que, si seguía adelante con la boda, cometería un error terrible.”

Daniel sintió que se le aceleraba el pulso.

“¿Mencionaba a Grace?”

Emily asintió.

“Decía que una madre que había abandonado a su hija no tenía derecho a fingir que estaba comenzando una nueva vida respetable.

Y que si pensaba que casarme con un ranchero iba a protegerme, era todavía más tonta de lo que Thomas había dicho alguna vez.”

Daniel cerró los puños.

“¿Esas fueron exactamente las palabras?”

“Sí.”

“¿Por qué no me mostraste la carta?”

“Porque tenía miedo de que cancelaras la boda.

Temía que decidieras que casarte conmigo solamente traería problemas a tu rancho.”

“Emily, alguien amenazó a mi esposa incluso antes de que me casara con ella.

Debiste habérmelo contado.”

“Lo sé.”

Las lágrimas regresaron.

“Lo sé, Daniel.

Lo sé.”

Él se obligó a relajar los puños.

“¿La carta decía qué quería Thomas?”

“No.

Solamente decía que vendría a buscar lo que le pertenecía.”

Daniel la miró fijamente.

“¿Qué era lo que le pertenecía?”

“No lo sé.”

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.

Entonces Daniel caminó hasta la maleta, se agachó junto a ella y miró a Emily.

“¿Me permites?”

Emily asintió.

Él abrió cuidadosamente la maleta, apartando un vestido doblado y un pequeño paquete de cartas atadas con una cinta azul.

Debajo había un sobre con el nombre de Emily escrito con una letra oscura y elegante.

Daniel lo tomó.

El papel era grueso y costoso.

El sello estaba roto y los bordes tenían dobleces de tantas veces que Emily lo había abierto y cerrado.

Desdobló la carta y la leyó una vez.

Después otra.

Su expresión se ensombreció.

Al final había una firma.

Thomas Whitmore.

Debajo del nombre aparecía una línea escrita con letras más pequeñas:

Llegaré al rancho de tu esposo antes de la primera nevada.

Cuando lo haga, me entregarás lo que me pertenece o le contaré a Daniel Mercer la verdad sobre la mujer con la que se casó.

Daniel bajó la hoja.

“¿Qué verdad?”, preguntó.

Emily negó con la cabeza mientras su respiración se volvía superficial.

“No lo sé.”

“Emily, debes tener alguna idea.”

“Te juro que no.

Ni siquiera sé por qué quiere verme.

Nunca le ha importado Grace.

Jamás le ha enviado un regalo de cumpleaños ni ha preguntado si está sana.

Nunca vino cuando estuvo enferma.”

Se llevó ambas manos a las sienes.

“Pensé que quería dinero.

Creí que quizá se había enterado de que tenías un buen rancho y pensaba que podría asustarme para que le diera algo.”

Daniel volvió a leer la carta.

Aquellas palabras eran demasiado calculadas para tratarse de una amenaza cualquiera.

Miró a Emily.

“¿Hay algo más que no me hayas contado?”

Ella negó con la cabeza, pero después dudó.

“Creo que no.”

“¿Crees que no?”

“Hubo algo que Margaret me contó una vez.

Un hombre había visitado la casa de huéspedes y preguntó si Grace tenía una marca de nacimiento en el hombro.

Margaret dijo que no quiso explicar por qué necesitaba saberlo.

Así que lo echó.”

Daniel sintió un escalofrío.

“¿Grace tenía una marca de nacimiento?”

Emily asintió.

“Una pequeña marca con forma de media luna en el hombro izquierdo.

Nunca pensé que significara algo.”

“¿Se lo contaste a Thomas?”

“No.”

“¿Y Margaret?”

“No lo sé.”

Daniel dobló la carta y la dejó sobre la mesa.

Quería decirle a Emily que todo saldría bien.

Que la protegería, encontraría a Thomas Whitmore y se aseguraría de que nadie volviera a amenazar a su familia.

Pero no tenía la menor idea de a qué se estaban enfrentando.

Y cuanto más descubría, más comprendía que el secreto que Emily había guardado era mucho mayor que el simple hecho de tener una hija.

Involucraba a un hombre que la había abandonado, una familia lo suficientemente poderosa como para amenazarla a través de las fronteras estatales y a una niña cuya vida podía haberse convertido en el centro de una lucha que ella ni siquiera alcanzaba a comprender.

Daniel miró a su esposa recién casada.

“Mañana por la mañana enviaremos un telegrama a Margaret.

Nos aseguraremos de que Grace esté a salvo.

Después averiguaremos exactamente qué quiere Thomas Whitmore.”

Los ojos de Emily se abrieron con sorpresa.

“¿No vas a echarme?”

“No.”

“Pero podrías perderlo todo.”

“Tal vez.”

“Tu rancho.

Tu reputación.

Tu tranquilidad.”

Daniel respiró lentamente.

“Emily, pasé años creyendo que la única manera de sobrevivir era enfrentar todos los problemas por mi cuenta.

Aprendí a reparar cercas, domar caballos y mantener a flote un rancho que estaba a punto de quebrar.

Pero nada de eso me enseñó cómo formar una familia.”

Miró el anillo de bodas que llevaba en el dedo.

“No sé cómo hacer esto perfectamente.

Puede que cometa errores.

Puede que me enoje.

Pero no voy a castigarte por tener miedo, y tampoco voy a hacer que una niña pague por los pecados de su padre.”

Los hombros de Emily comenzaron a temblar.

“¿Por qué eres tan bueno conmigo?”

“Porque te amo.”

Ella lo miró como si aquellas palabras fueran más difíciles de creer que cualquier amenaza.

Daniel apartó una silla de la cama y se sentó.

“No tenemos que resolverlo todo esta noche.

Puedes dormir aquí.

Yo me quedaré junto al fuego.”

“No”, susurró Emily.

Daniel levantó la mirada.

“No quiero que duermas en una silla.”

“Entonces, ¿dónde quieres que duerma?”

Ella dudó.

“A mi lado.

Solamente a mi lado.

Por favor.”

Daniel observó cuidadosamente su rostro.

“¿Estás segura?”

“Sí.”

Se quitó las botas y se acostó encima de la cobija, dejando una distancia cómoda entre los dos.

Emily permaneció acurrucada de costado, observando cómo la luz del fuego se movía sobre el techo.

Durante mucho tiempo, ninguno habló.

Entonces, justo antes de quedarse dormida, Emily susurró:

“¿Daniel?”

“Estoy aquí.”

“Si Grace viene a vivir con nosotros, ¿la vas a odiar?”

Daniel volvió la cabeza.

Aquella pregunta le rompió algo por dentro.

“No, cariño.”

“No tienes que quererla inmediatamente.”

“Lo sé.”

“Ni siquiera la conoces.”

“Entonces voy a conocerla.”

Los ojos de Emily volvieron a llenarse de lágrimas, pero esta vez no escondió el rostro.

“Es una buena niña”, susurró.

“Le encantan los caballos.

Hace demasiadas preguntas.

Cree que cada pájaro tiene una personalidad diferente.

Y cuando se ríe, suena exactamente como mi madre.”

Daniel sonrió ligeramente.

“Parece alguien a quien me gustaría conocer.”

Emily extendió la mano hacia él, pero se detuvo, insegura.

Daniel le ofreció la suya con la palma hacia arriba, sin acercarse.

Después de un momento, ella colocó sus dedos entre los de él.

Durmieron de aquella manera, con una pequeña distancia entre sus cuerpos y las manos unidas sobre la cobija.

No era la noche de bodas que Daniel había imaginado.

Pero fue la primera noche en que su matrimonio se volvió sincero.

Y estaba comenzando a comprender que la sinceridad podía dar más miedo que cualquier mentira.

A la mañana siguiente amaneció bajo un cielo azul pálido.

Daniel se levantó antes del amanecer, se vistió en silencio y salió a alimentar a los caballos.

El aire olía a tierra fría y arbustos de salvia.

La escarcha comenzaba a cubrir de blanco la hierba que estaba a la sombra del granero, aunque el sol pronto terminaría derritiéndola.

Había dormido muy poco.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la última frase de aquella carta.

Me entregarás lo que me pertenece.

¿Qué podría reclamar Thomas Whitmore?

Emily ahora era su esposa.

Grace era una niña que nunca había conocido a su padre.

El rancho era la herencia de Daniel, conservada gracias a años de trabajo y sacrificios.

Nada de aquella carta tenía sentido.

Para las siete de la mañana, ya había ensillado su caballo y cabalgado hasta el pueblo para enviar un telegrama.

La casa de huéspedes de Margaret Bell estaba en Laramie, a más de un día de camino a caballo desde su rancho.

El empleado del telégrafo prometió enviar el mensaje inmediatamente.

El telegrama de Daniel era sencillo.

Emily está casada y a salvo.

Necesitamos hablar sobre Grace.

¿Alguien se ha comunicado contigo recientemente?

Responde con urgencia.

Agregó su nombre y la dirección del rancho.

Después regresó a casa.

Cuando llegó, Emily lo esperaba sentada a la mesa de la cocina, vestida con una falda azul pálido y una blusa blanca.

Tenía el cabello cuidadosamente recogido en la nuca, pero las ojeras debajo de sus ojos le revelaron que apenas había dormido.

Daniel colgó el sombrero en el perchero.

“¿Ya desayunaste?”

Ella negó con la cabeza.

“Yo tampoco.

Vamos a remediar eso.”

Preparó huevos, papas fritas y café.

Emily lo ayudó a poner la mesa y, durante unos minutos, ambos se movieron por la cocina con la cortesía cautelosa de dos desconocidos que estaban aprendiendo a compartir una habitación.

Entonces Daniel se sentó frente a ella.

“Háblame de Grace.”

Emily pareció sorprendida.

“¿Qué quieres saber?”

“Todo lo que quieras contarme.”

Ella lo pensó durante un momento.

“Le gusta ponerle canela a su avena.

No le gusta que le digan chiquita, aunque es pequeña para su edad.

Puede reconocer a los caballos por el sonido de sus pasos.”

Daniel sonrió.

“¿De verdad?”

“Dice que cada caballo tiene su propia voz.

Margaret cree que se lo imagina, pero yo la he visto reconocer a una yegua desde el otro lado de un establo.”

“Esa es una habilidad muy útil en un rancho.”

La sonrisa de Emily se desvaneció.

“Tiene un caballito de madera.

Yo se lo tallé cuando tenía dos años.

Lo lleva a todas partes.”

“¿Dónde está ahora?”

“Con ella.”

Daniel asintió.

“Qué bueno.”

Emily lo observó.

“¿Por qué no me preguntas si se parece a Thomas?”

“¿Eso cambiaría algo?”

Emily bajó la mirada.

“No.”

“Entonces no veo por qué tendría importancia.”

Ella permaneció callada durante mucho tiempo.

Finalmente dijo:

“Cuando llegué por primera vez a tu rancho, solía imaginar que traía a Grace aquí.

Me la imaginaba corriendo por la hierba, aprendiendo a montar a caballo y sentada junto a ti durante la cena.”

Daniel escuchaba.

“Lo pensaba tan seguido que empecé a sentirme culpable.

Tú nunca habías prometido aceptarla.

Ni siquiera sabías que existía.

Yo estaba planeando un futuro para ti sin darte la oportunidad de elegir.”

“Eso es verdad”, respondió Daniel.

Emily se estremeció.

“Pero”, continuó él, “prefiero conocer la verdad y tomar mi propia decisión que permitir que alguien decida por mí solamente porque cree que podría decir que no.”

Los ojos de Emily brillaron.

“Debí haber confiado en ti.”

“Sí.”

Daniel extendió la mano sobre la mesa y cubrió la de ella con la suya.

“La próxima vez, confía lo suficiente en mí como para dejar que te decepcione con sinceridad.”

Una pequeña carcajada se le escapó a Emily antes de que pudiera detenerla.

Daniel sonrió.

“Ahí estás.”

“¿Qué?”

“La mujer que se rio de mi pésimo chiste sobre la carreta descompuesta.”

“No fue un chiste pésimo.

Fue espantoso.”

“Y aun así te reíste.”

“Porque me diste lástima.”

Él levantó una ceja.

“Eso es todavía peor.”

Por primera vez desde la boda, la risa de Emily sonó completamente sincera.

Duró solamente un momento, pero Daniel quiso guardar aquel instante.

Deseaba construir un matrimonio en el que ella pudiera reírse sin tener que mirar primero hacia la puerta.

Donde pudiera hablar sin miedo a las consecuencias.

Donde una niña pequeña pudiera llegar al rancho sin sentir que tenía que disculparse por existir.

Para el mediodía, habían preparado una lista de preguntas para Margaret.

Daniel reparó una bisagra floja de la puerta principal de la cerca mientras Emily preparaba un pequeño paquete de ropa que quería enviarle a Grace.

No hablaron mucho sobre Thomas.

Ninguno de los dos quería permitir que el miedo se apoderara de todo aquel día.

Pero poco después de las tres, apareció un jinete en el camino que conducía al rancho.

Llevaba un abrigo oscuro y montaba un caballo alazán de gran tamaño.

No llevaba equipaje a la vista y mantenía una postura demasiado recta para tratarse de un viajero cansado.

Daniel estaba reparando una sección de la cerca cuando vio acercarse al hombre.

El desconocido se detuvo afuera de la entrada.

“¿Daniel Mercer?”

“Soy yo.”

El hombre desmontó.

“Mi nombre es Arthur Pike.

Traigo un mensaje para la señora Mercer.”

Daniel enderezó lentamente la espalda.

“¿Quién te envía?”

“El señor Thomas Whitmore.”

Aquel nombre cayó entre los dos como una piedra.

Daniel dejó el martillo en el suelo.

“¿Qué mensaje?”

Arthur miró de reojo hacia la casa.

“Me dieron instrucciones de entregárselo directamente a su esposa.”

“Puedes entregármelo a mí.”

“Me temo que eso no será posible.”

Daniel se apartó de la cerca.

“Entraste a mi propiedad trayendo un mensaje para mi esposa.

No vas a verla hasta que yo sepa qué estás trayendo.”

La expresión de Arthur se tensó.

“Me dijeron que usted era un hombre razonable.”

“Lo soy.”

“Entonces quizá comprenda que este es un asunto familiar privado.”

Los ojos de Daniel se entrecerraron.

“Mi esposa es mi familia.”

Arthur pareció no haber esperado aquella respuesta.

Después de un momento, metió la mano en su abrigo y sacó un sobre sellado.

“El señor Whitmore me pidió que le dijera a la señora Mercer que vendrá personalmente dentro de una semana.

Espera que ella coopere.”

“¿Que coopere con qué?”

Arthur negó con la cabeza.

“No conozco los detalles.”

“Entonces no te importará esperar mientras leo la carta.”

Daniel tomó el sobre.

Arthur dudó, pero la expresión de Daniel dejaba muy poco espacio para discutir.

La carta que había dentro era breve.

Señora Mercer:

Confío en que haya recibido mi correspondencia anterior.

Llegaré a su rancho el viernes.

Espero ver a mi hija y espero que el asunto relacionado con su futuro quede resuelto sin causar vergüenzas innecesarias.

Traiga los documentos de la niña y cualquier carta que haya recibido de mí.

No intente involucrar al sheriff ni a los tribunales.

Sería un error.

Thomas Whitmore.

Daniel la leyó dos veces.

Después miró a Arthur.

“Tu patrón afirma tener una hija.”

La expresión de Arthur no cambió.

“El señor Whitmore tiene muchas responsabilidades.”

“¿Tiene esposa?”

“Sí.”

“¿Ella sabe de Grace?”

“No sabría decirle.”

Daniel dobló la carta.

“Dile a Thomas Whitmore que, si quiere hablar con mi esposa, puede venir aquí y hablar con los dos.

No va a amenazarla ni a decidir lo que debe pasar con una niña de seis años.”

Arthur se puso rígido.

“Le aconsejo que no se gane la enemistad de la familia Whitmore.”

Daniel dio un paso hacia él.

“Y yo te aconsejo que le transmitas mi mensaje exactamente como te lo dije.”

Durante varios segundos, los dos hombres se miraron fijamente.

Entonces Arthur montó su caballo.

“El viernes, señor Mercer.”

Se alejó sin decir una palabra más.

Daniel lo observó hasta que el jinete desapareció detrás de una cresta baja.

Cuando regresó a la casa, Emily estaba de pie en la entrada.

Había visto lo suficiente como para comprender.

“Va a venir”, susurró.

“El viernes.”

Emily se llevó una mano a la boca.

“¿Y si se lleva a Grace?”

“No va a quitarte a Grace sin que demos pelea.”

“No sabes de lo que es capaz su familia.”

“No”, reconoció Daniel.

“No lo sé.”

Caminó hacia ella y se detuvo justo fuera del alcance de sus brazos.

“Pero vamos a descubrirlo.”

Emily lo miró con los ojos llenos de miedo.

“Daniel, hay algo más que no te he contado sobre las cartas.”

Él sintió que se le apretaba el pecho.

“¿Más?”

Ella asintió.

“Después de que nació Grace, Thomas me envió una carta antes de que su padre comenzara a escribirme.

La guardé porque no soportaba tirarla.

Me dijo que, si alguna vez le ocurría algo, debía mantener a Grace alejada de su familia.”

Daniel se quedó completamente inmóvil.

“¿Te explicó por qué?”

Emily negó con la cabeza.

“Dijo que su padre era capaz de hacer cosas terribles.

Dijo que el apellido Whitmore era respetado porque la gente tenía miedo de enfrentarse a ellos, no porque todos los miembros de la familia fueran buenas personas.”

Entró apresuradamente a la casa y regresó con el paquete de cartas atadas con una cinta azul.

Los dedos le temblaban mientras deshacía el nudo.

La mayoría eran cartas que ella le había escrito a Thomas y que nunca habían recibido respuesta.

Unas cuantas eran de Margaret y una era una nota breve del gerente del hotel donde había trabajado en Cheyenne.

En el fondo del paquete había un sobre delgado con la letra de Thomas.

Emily se lo entregó a Daniel.

“No he leído esto desde hace años.

Pensé que era solamente otra promesa que nunca había tenido intención de cumplir.”

Daniel lo abrió cuidadosamente.

La carta estaba fechada seis años antes, apenas unas semanas antes del nacimiento de Grace.

Emily:

Si estás leyendo esto, significa que no he conseguido regresar como te prometí.

No puedo explicártelo todo en una carta y tampoco puedo pedirte que sigas esperándome.

Mi padre se ha enterado de la existencia de la niña.

Dice que jamás debe ser reconocida como hija mía.

Ha amenazado con destruir a cualquiera que intente enfrentarse a él.

He tomado decisiones de las que me avergüenzo.

He permitido que el miedo gobierne mi vida.

Pero necesito que comprendas algo: si mi familia llega a buscar a Grace, no confíes en sus motivos.

Hay algo relacionado con su nacimiento que mi padre sabe y que yo no comprendo completamente.

Él cree que eso le da algún derecho sobre ella.

Mantenla a salvo.

Aléjala de la propiedad de los Whitmore.

Y si algún día encuentro el valor de regresar, te explicaré lo que debí haberte contado desde el principio.

Thomas.

Daniel bajó la carta.

Sintió como si la habitación se inclinara debajo de sus pies.

“¿Qué significa esto?”, preguntó.

Emily negó con la cabeza, completamente desconcertada.

“No lo sé.”

“¿Thomas te explicó alguna vez qué quería decir con eso de que había algo relacionado con el nacimiento de Grace?”

“No.”

“¿Alguien te dijo alguna vez que Grace estaba relacionada de alguna manera con el patrimonio de los Whitmore?”

“No, Daniel.

Te lo juro.”

Él se quedó mirando aquel papel antiguo, la letra escrita apresuradamente y las palabras que habían permanecido sin explicación durante seis años.

Una idea comenzó a formarse en su mente, oscura e inquietante.

Si Thomas tenía miedo de su propia familia, ¿por qué había enviado a un hombre a buscar a Emily?

Si creía que Grace estaba en peligro, ¿por qué había esperado tanto tiempo?

Y si Thomas no tenía ninguna intención de reconocer a su hija, ¿por qué de pronto había decidido que le pertenecía?

Daniel miró a Emily.

“¿Dónde están los documentos de nacimiento de Grace?”

“Los tiene Margaret.

Se los entregué cuando Grace era bebé porque tenía miedo de que alguien los robara de mi habitación.”

“¿El documento identifica a Thomas como su padre?”

Emily negó con la cabeza.

“No.

Registré a Grace con mi apellido.”

“Entonces, ¿por qué cree que tiene algún derecho sobre ella?”

Emily miró hacia la ventana.

“No lo sé.”

Daniel dobló la carta y la colocó junto a las demás.

“Mañana viajaré a Laramie.

Traeré a Grace aquí si Margaret está de acuerdo y hablaré con alguien que conozca las leyes.

Si Thomas llega el viernes, estaremos preparados.”

Emily asintió, pero su rostro seguía pálido.

“¿Daniel?”

“¿Sí?”

“¿Y si todo esto no tiene nada que ver con Grace?”

Él frunció el ceño.

“¿Con qué otra cosa podría tener que ver?”

Emily lo miró durante un largo momento.

Entonces susurró:

“¿Y si Thomas cree que, al casarme contigo, conseguí algo que él quiere?”

Daniel no supo qué responder.

Aquella noche permanecieron sentados junto al fuego, con las viejas cartas extendidas sobre la mesa entre los dos.

El rancho estaba tranquilo.

Pero, por primera vez desde que había heredado aquellas tierras, Daniel sintió como si una tormenta desconocida estuviera formándose más allá de las montañas, avanzando hacia su hogar con un propósito que todavía no podía comprender.

Extendió la mano hacia Emily.

Ella se aferró a él con fuerza.

Y ninguno de los dos notó la pequeña nota doblada que se había deslizado desde la parte posterior de la carta de Thomas y había caído debajo de la mesa.

No estaba dirigida a Emily.

Llevaba el nombre de Daniel.

Y en su interior, escritas con una letra que no era la de Thomas, había seis palabras que lo cambiarían todo:

Pregúntale a tu padre sobre el fideicomiso Whitmore.

FIN DEL CAPÍTULO 1

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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