PARTE 2 – Se Casó con el Hombre de la Montaña al que Todos Temían. En su Noche de Bodas, el Secreto de Él lo Cambió Todo.

PARTE 2 – Se Casó con el Hombre de la Montaña al que Todos Temían. En su Noche de Bodas, el Secreto de Él lo Cambió Todo.

PARTE 2: SE CASÓ CON EL HOMBRE DE LAS MONTAÑAS AL QUE TODOS TEMÍAN. EN SU NOCHE DE BODAS, EL SECRETO DE ÉL LO CAMBIÓ TODO.

En el momento en que Caleb Mercer le susurró que el desconocido que estaba afuera de su cabaña se suponía que debía estar muerto, Eleanor comprendió que su matrimonio se había construido sobre un secreto mucho más peligroso de lo que cualquiera de los dos había imaginado.

La nieve se arremolinaba a través de la puerta abierta, llevando el aliento helado de las montañas de Colorado al interior de la pequeña cabaña.

El desconocido estaba de pie debajo de la luz parpadeante de un farol, vestido con un costoso abrigo negro y sosteniendo un bastón con punta de plata en una mano enguantada.

Detrás de él esperaban dos hombres armados.

Pero lo que más asustó a Eleanor fue el rostro de Caleb.

Aquel enorme hombre de las montañas, capaz de arrastrar troncos en medio de una tormenta de nieve y enfrentarse a un oso que se abalanzara contra él sin siquiera estremecerse, se había puesto repentinamente pálido.

“Silas Whitmore”, susurró Caleb.

El desconocido sonrió.

“Todavía te acuerdas de mí, ¿verdad, Mercer?”

Eleanor miró de uno a otro.

“¿Quién es este hombre?”

Caleb se colocó delante de ella.

“Alguien que debería haberse quedado enterrado.”

Silas soltó una risita.

“Qué manera tan desafortunada de recibir al hombre que te hizo rico.”

El corazón de Eleanor comenzó a latir con fuerza.

“¿Rico? Caleb, ¿de qué está hablando?”

Pero Caleb se negó a mirarla.

En lugar de eso, mantuvo los ojos fijos en los dos rifles que asomaban debajo de los abrigos de los desconocidos.

“Tienes que marcharte”, dijo.

Silas cruzó el umbral.

“No hasta que tu esposa se entere de lo que le ocurrió a su primer marido.”

Aquellas palabras golpearon a Eleanor como si le hubieran dado un puñetazo.

Se suponía que su primer esposo, Thomas Bennett, había muerto de fiebre casi dieciocho meses antes.

Su muerte la había dejado con préstamos sin pagar, una casa embargada y acreedores que habían aprovechado su dolor para sacar ventaja.

Había aceptado la propuesta de matrimonio de Caleb porque no tenía ningún otro lugar adonde ir.

Y ahora aquel desconocido insinuaba que Thomas había dejado algo.

Algo lo suficientemente valioso como para atraer a hombres armados hasta las montañas.

Silas sacó un documento doblado.

“Su difunto esposo tenía una participación en la mina Silver Crown, señora Mercer. Una participación bastante importante.”

Eleanor se quedó mirándolo.

“Thomas era contador.”

“Era muchas cosas.”

Silas miró de reojo a Caleb.

“Pregúntele a su nuevo esposo dónde desaparecieron los certificados de propiedad de la mina.”

Caleb apretó la mandíbula.

“Esos documentos fueron robados.”

“Una acusación interesante viniendo del hombre que los tiene en su poder.”

Eleanor se volvió lentamente hacia Caleb.

“¿Es verdad?”

Durante varios segundos terribles, él no dijo nada.

Finalmente respondió en voz baja.

“Sí.”

Eleanor sintió que el suelo se inclinaba debajo de sus pies.

“¿Tienes los documentos de mi esposo?”

“Iba a contártelo.”

“¿Cuándo?”

Caleb la miró con tanta angustia que Eleanor casi se arrepintió de haber hecho la pregunta.

“Cuando supiera que podías escuchar la verdad sin que volviera a lastimarte.”

Silas soltó una carcajada.

“Qué conmovedor. El salvaje ha desarrollado una conciencia.”

El enorme puño de Caleb se cerró.

“Lárgate.”

La sonrisa del desconocido desapareció.

“Mañana a medianoche, Mercer. Lleva los certificados a la vieja estación minera. De lo contrario, le contaré a tu esposa exactamente lo que ocurrió la noche en que murió Thomas Bennett.”

Se inclinó un poco más cerca.

“Y también me aseguraré de que el sheriff se entere.”

Después, Silas se dio la vuelta y desapareció entre la tormenta, seguido por sus acompañantes armados.

Caleb cerró la puerta.

Durante un largo momento, ninguno de los dos esposos habló.

Solamente el crepitar del fuego rompía el silencio.

Finalmente, Eleanor hizo la pregunta que más temía.

“¿Conocías a Thomas?”

Caleb cerró los ojos.

“Sí.”

“¿Antes de que muriera?”

“Sí.”

La voz de Eleanor tembló.

“¿Tuviste algo que ver con su muerte?”

Caleb abrió los ojos.

Y el dolor que había en ellos casi le rompió el corazón.

“Intenté salvarlo.”

Eleanor retrocedió.

“Cuéntamelo todo.”

Caleb se dejó caer en la silla junto a la chimenea.

A pesar de su enorme cuerpo, parecía extrañamente pequeño.

“Hace tres inviernos, Thomas llegó a estas montañas con Silas Whitmore y un ingeniero de minas llamado Daniel Price. Estaban buscando plata.”

Eleanor escuchaba sin moverse.

“La encontraron”, continuó Caleb. “Más plata de la que cualquiera de ellos esperaba. Pero Silas quería quedarse con toda la concesión minera.”

“¿Qué ocurrió?”

“Thomas descubrió que Whitmore estaba falsificando los registros de propiedad. Planeaba denunciarlo ante las autoridades territoriales.”

Caleb se frotó las manos.

“Entonces, una noche, Thomas llegó a mi cabaña sangrando por una herida de bala.”

Eleanor se llevó una mano a la boca.

“Me dijo que Silas había intentado matarlo. Me entregó una bolsa de cuero que contenía los certificados mineros originales y me suplicó que los escondiera.”

“¿Por qué no se lo dijiste al sheriff?”

“Lo intenté.”

La expresión de Caleb se oscureció.

“Pero el sheriff era primo de Whitmore.”

Eleanor recordó al sheriff que la había visitado después de la muerte de Thomas, insistiendo en que las pertenencias de su esposo habían sido confiscadas para pagar las deudas pendientes.

Ella le había creído.

Les había creído a todos.

“¿Qué le pasó a Thomas?”, susurró.

Caleb contempló las llamas.

“Desapareció antes del amanecer.”

“¿Desapareció?”

“Salí a buscar más leña. Cuando regresé, la cama estaba vacía. Había sangre en el piso y huellas que conducían hacia la barranca oriental.”

“¿Lo encontraste?”

Caleb negó con la cabeza.

“Solamente encontré su abrigo.”

Eleanor contuvo la respiración.

“Entonces, ¿cómo pudieron decirme que había muerto de fiebre?”

“No lo sé.”

El silencio que siguió fue insoportable.

Eleanor comprendió de pronto que nunca había visto el cuerpo de Thomas.

El ataúd había estado sellado.

El funeral había sido organizado por desconocidos.

Y ella había estado tan abrumada por el dolor que no se le ocurrió cuestionar nada.

“Caleb”, susurró, “¿y si Thomas nunca murió?”

Él la miró.

Por primera vez, Eleanor vio en sus ojos un miedo más profundo que cualquiera que Silas Whitmore hubiera provocado.

“Eso es precisamente lo que he estado temiendo.”

A la mañana siguiente, Eleanor despertó con el aroma del café y el pan recién hecho.

Caleb ya estaba afuera, cortando leña bajo un cielo invernal pálido.

Ella lo observó a través de la ventana.

Era un gigante de hombre, ancho de hombros y lleno de cicatrices, con el cabello oscuro cayéndole sobre la frente y las manos endurecidas por años de trabajo en la naturaleza.

Los habitantes del pueblo lo llamaban el Oso de Blackstone Ridge.

Susurraban que había matado hombres.

Advertían a las mujeres jóvenes que nunca viajaran solas cerca de sus tierras.

Sin embargo, aquel mismo hombre aterrador había pasado su noche de bodas durmiendo en una silla porque Eleanor había tenido miedo.

Nunca le había levantado la voz.

Nunca le había exigido cariño.

Nunca había considerado que el matrimonio le daba derecho a tratarla como si fuera de su propiedad.

Y ahora comprendía que había estado cargando con un secreto terrible.

Pero todavía había una pregunta que la inquietaba.

¿Por qué había decidido casarse con ella?

Lo encontró cerca del cobertizo de leña.

“Caleb.”

Él dejó de mover el hacha.

“Necesito preguntarte algo.”

Caleb asintió.

“Cuando me propusiste matrimonio, ¿ya sabías quién era yo?”

Su silencio respondió antes que sus palabras.

“Sí.”

Eleanor sintió que se le encogía el estómago.

“¿Te casaste conmigo por la fortuna de Thomas?”

Caleb dejó caer el hacha.

“No.”

“Entonces, ¿por qué?”

Él apartó la mirada hacia las montañas cubiertas de nieve.

“Porque le hice una promesa a Thomas.”

Eleanor se quedó inmóvil.

“¿Qué promesa?”

Caleb tragó saliva.

“Antes de desaparecer, me habló de ti. Me dijo que eras amable, que te encantaban los libros y que cantabas cuando creías que nadie te estaba escuchando.”

Los ojos de Eleanor se llenaron de lágrimas.

“Dijo que si algo le ocurría, debía asegurarme de que estuvieras a salvo.”

La voz de Caleb se volvió áspera.

“Cuando me enteré de que habías perdido tu casa, fui al pueblo. Pensaba darte dinero, pero los acreedores estaban vigilando a cualquiera que se acercara a ti.”

“¿Así que me propusiste matrimonio?”

“Pensé que de esa manera tendrías un hogar que ellos no podrían quitarte.”

Eleanor se quedó mirándolo.

“Pudiste habérmelo contado.”

“Tenía miedo de que pensaras que estaba intentando comprar tu gratitud.”

Su rostro enrojeció.

“Y tenía miedo de que me rechazaras.”

“¿Por qué?”

Caleb sonrió con tristeza.

“Porque las mujeres como tú normalmente no eligen a hombres como yo.”

Eleanor dio un paso hacia él.

“¿Qué clase de hombre eres, Caleb?”

Él bajó los ojos.

“Un bruto feo y solitario de las montañas, según la mayoría de la gente.”

Ella extendió la mano y tomó la suya.

“Entonces la mayoría de la gente es tonta.”

Caleb contuvo la respiración.

Durante un momento permanecieron juntos bajo la nieve que seguía cayendo.

Y Eleanor comprendió algo que le daba todavía más miedo que Silas Whitmore.

Estaba comenzando a enamorarse de su esposo.

No porque la hubiera rescatado de la pobreza.

Tampoco porque le hubiera ofrecido un hogar.

Sino porque debajo de aquella apariencia intimidante vivía el alma más bondadosa que jamás había conocido.

Se puso de puntitas y lo besó en la mejilla.

Caleb se quedó paralizado.

El hacha se le resbaló de los dedos y cayó sobre la nieve.

“¿Eleanor?”

Ella sonrió entre lágrimas.

“Gracias por cumplir tu promesa.”

Él la miró como si acabara de entregarle las estrellas.

Aquella tarde, Caleb le mostró a Eleanor el compartimento secreto que había debajo del piso de la cabaña.

Dentro había una bolsa de cuero envuelta en tela encerada.

Los documentos eran antiguos, pero se habían conservado cuidadosamente.

Había certificados mineros, planos de agrimensura, registros financieros y cartas que llevaban la firma de Thomas Bennett.

Eleanor reconoció inmediatamente su letra.

Las manos le temblaban mientras desdoblaba la primera carta.

Estaba dirigida a ella.

Mi queridísima Eleanor, comenzaba.

Si esta carta llega a tus manos, significa que ha ocurrido algo terrible. He descubierto que Silas Whitmore está robándoles a los hombres que confiaron en él. Tengo la intención de desenmascararlo, pero temo que hará cualquier cosa para impedirlo.

Eleanor leyó las siguientes líneas con un temor cada vez mayor.

He dejado los certificados originales en manos de Caleb Mercer, el único hombre honorable que he conocido en estas montañas.

Eleanor levantó la mirada.

Caleb permanecía en silencio junto a la chimenea.

Ella continuó leyendo.

Si no puedo regresar, confía en él. Ha arriesgado su vida por un desconocido, y creo que haría lo mismo por ti.

La vista se le nubló.

Al final de la carta, Thomas había escrito una última frase.

Pase lo que pase, recuerda que la verdad está enterrada debajo de la tercera piedra.

Eleanor frunció el ceño.

“¿La tercera piedra?”

Caleb negó con la cabeza.

“Nunca entendí esa parte.”

Ella examinó los demás documentos.

Uno de ellos mostraba un plano detallado de la mina Silver Crown.

Cerca de una entrada abandonada aparecían dibujados tres marcadores de piedra.

El tercero estaba señalado con una pequeña cruz negra.

“Caleb”, susurró Eleanor, “creo que Thomas nos dejó indicaciones.”

Antes de que él pudiera responder, un disparo lejano resonó por el valle.

Después se escuchó otro.

Caleb se apresuró hacia la ventana.

Una columna de humo se elevaba más allá de la cresta del sur.

“La vieja estación minera”, murmuró.

El corazón de Eleanor se aceleró.

“¿Whitmore?”

“Tal vez.”

Caleb tomó su rifle.

“Quédate aquí.”

“No.”

“Eleanor…”

“Estoy cansada de que los hombres decidan lo que soy capaz de soportar.”

Él se quedó mirándola.

Ella tomó su mano.

“Si esto tiene que ver con mi esposo, mi pasado y nuestro futuro, entonces voy contigo.”

Caleb dudó.

Después asintió.

“Ponte tu abrigo más grueso.”

Llegaron a la estación minera abandonada poco antes de la puesta del sol.

El edificio estaba torcido bajo una gruesa capa de nieve, con las ventanas rotas y las paredes de madera ennegrecidas por los años.

Afuera había dos caballos amarrados.

Caleb los reconoció inmediatamente.

“Son de los hombres de Whitmore.”

Le indicó a Eleanor que permaneciera detrás de un árbol caído.

Entonces escucharon voces.

“No va a venir”, se quejó un hombre.

“Whitmore dijo que vendría.”

“¿Y si no viene?”

“Entonces nos llevamos a la mujer.”

Eleanor sintió cómo todo el cuerpo de Caleb se tensaba a su lado.

El segundo hombre se rio.

“Whitmore dice que Mercer está tan desesperado por tener esposa que entregaría una montaña de plata antes que perderla.”

El rostro de Caleb se endureció.

Eleanor le tocó el brazo.

“No lo hagas.”

Pero de pronto una tercera voz los interrumpió.

“Los dos son unos idiotas.”

Las palabras venían del interior de la estación.

La voz era débil, ronca y extrañamente familiar.

El corazón de Eleanor pareció detenerse.

Conocía aquella voz.

La había escuchado susurrar oraciones junto a su cama.

La había escuchado reír al otro lado de la mesa del desayuno.

La había escuchado prometerle que la amaría hasta la muerte.

“¿Thomas?”, murmuró.

Caleb la sujetó de la muñeca.

“Eleanor, espera.”

Pero ella ya estaba corriendo.

Entró precipitadamente por la puerta de la estación.

Un hombre estaba sentado junto a una estufa rota, con el rostro parcialmente cubierto por una bufanda de lana.

Tenía el cabello más largo.

Las mejillas hundidas.

Una cicatriz profunda le cruzaba la sien.

Pero sus ojos eran inconfundibles.

Thomas Bennett.

Su primer esposo.

Vivo.

Eleanor retrocedió tambaleándose.

“No.”

El hombre se levantó lentamente.

“Eleanor.”

Las rodillas estuvieron a punto de doblársele.

“Estás muerto.”

Thomas la miró con una expresión que ella no logró comprender.

“Tuve que dejar que lo creyeras.”

Eleanor se quedó mirándolo.

“¿Dieciocho meses? ¿Me dejaste llorar tu muerte durante dieciocho meses?”

Él dio un paso hacia ella.

“Estaba protegiéndote.”

“¿Protegiéndome?”

Su voz se quebró.

“Perdí nuestra casa. Vendí mi anillo de bodas. Les supliqué trabajo a desconocidos. ¡Pensaba que estabas enterrado bajo tierra!”

Thomas bajó la cabeza.

“Lo sé.”

“¿Lo sabías?”

Su silencio fue respuesta suficiente.

Detrás de ella, Caleb entró a la estación con el rifle levantado.

Thomas miró por encima del hombro de Eleanor.

Y algo frío cruzó su rostro.

“Mercer.”

Caleb se detuvo.

“Thomas.”

Durante varios segundos, los dos hombres se miraron fijamente.

Entonces Thomas sonrió con amargura.

“Así que te casaste con mi esposa.”

Eleanor se colocó entre ellos.

“No te atrevas a hablarle de esa manera.”

Thomas pareció sorprendido.

“Eleanor, no entiendes.”

“No”, respondió ella. “Lo entiendo perfectamente. Caleb me dio refugio cuando todos los demás me abandonaron.”

La expresión de Thomas se oscureció.

“¿Y qué te pidió a cambio?”

“Nada.”

Aquella respuesta pareció enfurecerlo.

“Los hombres como Mercer siempre quieren algo.”

Caleb habló en voz baja.

“Ya basta.”

Thomas soltó una carcajada.

“¿Todavía fingiendo ser un caballero?”

Eleanor se volvió hacia Caleb.

“¿De qué está hablando?”

Pero antes de que Caleb pudiera responder, la puerta de la estación se cerró de golpe.

Silas Whitmore salió de entre las sombras.

Llevaba un revólver.

“Maravilloso”, dijo. “Por fin ha llegado toda la familia.”

Eleanor comprendió demasiado tarde que habían caído en una trampa.

Los hombres de Whitmore le quitaron el rifle a Caleb.

Uno lo golpeó en el hombro con la culata de su arma.

Caleb se tambaleó, pero consiguió mantenerse de pie.

“¡No le hagan daño!”, gritó Eleanor.

Silas sonrió.

“Eso dependerá de qué tan dispuestos estén todos a cooperar.”

Se volvió hacia Thomas.

“¿Ya le explicaste nuestro acuerdo?”

Thomas no dijo nada.

Eleanor lo miró.

“¿Qué acuerdo?”

Silas soltó una risita.

“Su primer esposo ha estado trabajando para mí, señora Mercer.”

Aquellas palabras no tenían ningún sentido.

Se suponía que Thomas había estado escondiéndose de Silas.

Huyendo para salvar su vida.

Pero ahora estaba junto al mismo hombre al que habían acusado de intentar asesinarlo.

“Eso es imposible”, susurró Eleanor.

Silas sacó un cigarro del bolsillo.

“Su esposo era un excelente contador. Por desgracia, también era un pésimo jugador.”

El rostro de Thomas palideció.

“Me debía miles”, continuó Silas. “Cuando descubrió los yacimientos de plata, decidió resolver sus problemas económicos apoderándose de lo que pertenecía a sus socios.”

Eleanor negó con la cabeza.

“Thomas escribió que usted estaba robando.”

“Por supuesto que lo hizo.”

Silas sonrió.

“Necesitaba echarle la culpa a alguien.”

De pronto, Caleb habló.

“Está diciendo la verdad sobre las apuestas.”

Eleanor se volvió hacia él.

“¿Tú lo sabías?”

“Lo sospechaba. Thomas llevaba pagarés de deudas de juego cuando llegó a mi cabaña.”

Thomas lo fulminó con la mirada.

“No tenías derecho a leerlos.”

La voz de Caleb se endureció.

“Llegaste hasta mí sangrando y suplicando ayuda. Creí que alguien estaba intentando asesinarte.”

Silas se rio.

“Alguien lo estaba intentando. Pero no era yo.”

La habitación quedó en silencio.

Eleanor sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

“¿Entonces quién?”

Silas miró hacia Thomas.

“Díselo.”

Thomas se negó.

“¡Díselo!”, bramó Silas.

Finalmente, Thomas levantó los ojos.

“El ingeniero de minas, Daniel Price.”

Caleb se puso rígido.

“Daniel murió en la avalancha.”

Thomas negó con la cabeza.

“No. Sobrevivió.”

Eleanor recordó que Caleb había mencionado a un tercer socio.

“¿Qué le ocurrió?”

Thomas tragó saliva.

“Descubrió el verdadero valor de la mina. Amenazó con denunciarnos a todos.”

Silas se acercó.

“Y Thomas decidió que Daniel debía desaparecer.”

Eleanor se quedó mirando al hombre al que alguna vez había amado.

“¿Lo mataste?”

El rostro de Thomas se contrajo.

“No.”

“¡Thomas!”

“¡Yo no lo maté!”

Su voz se quebró.

“Lo abandoné en las montañas. Pensé que el frío terminaría lo que el disparo había comenzado.”

Eleanor se cubrió la boca.

El hombre que tenía delante ya no era el esposo bondadoso que recordaba.

Era un desconocido con un rostro familiar.

Caleb se acercó a ella.

Silas lo notó.

“Qué conmovedor”, se burló. “Pero nada de esto cambia la razón por la que estamos aquí.”

Apuntó su revólver hacia Caleb.

“Los certificados.”

Caleb permaneció inmóvil.

“¿Dónde están?”

“En un lugar donde jamás los encontrarás.”

Silas amartilló el revólver.

“Entonces quizá tu esposa pueda convencerte.”

Apuntó directamente hacia Eleanor.

Caleb se movió tan rápido que nadie tuvo tiempo de reaccionar.

Agarró la muñeca de Silas, torció el revólver hacia el techo y estrelló al hombre contra la pared.

El arma se disparó.

La madera del techo se astilló.

Uno de los hombres armados se lanzó hacia adelante.

Caleb lo golpeó con tanta fuerza que cayó contra la estufa.

El segundo hombre levantó su rifle.

Eleanor agarró un tronco encendido de la chimenea y se lo arrojó.

El hombre retrocedió tambaleándose y gritando mientras las chispas se esparcían sobre su abrigo.

“¡Corre!”, gritó Caleb.

Eleanor salió corriendo hacia la puerta.

Pero Thomas la agarró del brazo.

“Te vienes conmigo.”

Ella forcejeó.

“¡Suéltame!”

“Todavía podemos tenerlo todo, Eleanor. ¡La plata, la casa, la vida que merecíamos!”

Ella lo miró sin poder creerlo.

“Me dejaste enterrar un ataúd vacío.”

“¡Lo hice por nosotros!”

“No”, susurró. “Lo hiciste por ti mismo.”

Entonces le dio una bofetada.

Thomas la soltó.

Eleanor corrió hacia la nieve.

Detrás de ella se escuchó otro disparo.

Después llegó un silencio terrible.

Se volvió.

Caleb salió tambaleándose por la puerta, con una mano presionada contra el costado.

La sangre manchaba su abrigo.

“¡Caleb!”

Él intentó sonreír.

“Es solamente un rasguño.”

Pero las rodillas se le doblaron.

Eleanor lo sostuvo como pudo y bajó su enorme cuerpo hasta la nieve.

“Quédate conmigo”, le suplicó.

Su rostro se había puesto aterradoramente pálido.

“Eleanor…”

“No hables.”

Caleb buscó su mano.

“Perdóname.”

“¿Por qué?”

“Por traer todos estos problemas a tu vida.”

Las lágrimas corrían por las mejillas de Eleanor.

“Tú trajiste bondad a mi vida. Me diste paz.”

Apretó la mano de Caleb contra su corazón.

“Y me diste algo que creí que jamás volvería a tener.”

Caleb la miró.

“¿Qué?”

Ella se inclinó hacia él.

“Alguien a quien vale la pena amar.”

Sus ojos se abrieron con sorpresa.

Por un momento, el dolor pareció desaparecer de su rostro.

“Eleanor, ¿quieres decir que…?”

“Sí”, susurró. “Te amo, Caleb Mercer.”

Sus dedos temblorosos le acariciaron la mejilla.

Y por primera vez desde su boda, él la besó.

Fue un beso breve y tierno bajo la nieve que caía.

Pero contenía más amor del que Eleanor había conocido en años.

Entonces los ojos de Caleb se cerraron.

Y su mano cayó de la mejilla de Eleanor.

Eleanor gritó su nombre.

Apoyó la oreja contra su pecho.

Su corazón latía débilmente, pero todavía latía.

Se negó a perderlo.

No ahora.

No después de haber descubierto finalmente lo que se sentía al amar de verdad.

Con una fuerza nacida de la desesperación, lo arrastró hacia los caballos.

El camino de regreso a casa pareció interminable.

Para cuando llegó a la cabaña, la oscuridad se había tragado las montañas.

Consiguió llevar a Caleb hasta la cama y después cubrió su herida con lienzos limpios.

La bala le había atravesado el costado.

Pero había perdido una cantidad aterradora de sangre.

Eleanor trabajó durante toda la noche, alimentando el fuego, hirviendo agua y susurrando oraciones.

A veces Caleb se movía.

A veces pronunciaba su nombre.

Una vez, cerca del amanecer, abrió los ojos.

“¿Eleanor?”

“Estoy aquí.”

Sus labios se movieron.

“La tercera piedra.”

Ella se inclinó para escucharlo mejor.

“¿Qué?”

“La carta de Thomas. La tercera piedra.”

“Lo sé. La encontraremos cuando estés mejor.”

Caleb la agarró de la muñeca con una fuerza sorprendente.

“No. Tienes que encontrarla antes que ellos.”

“¿Por qué?”

Su respiración se volvió superficial.

“Porque la plata no es el verdadero secreto.”

Eleanor se quedó mirándolo.

“¿Qué quieres decir?”

Caleb hizo un esfuerzo por hablar.

“Daniel Price… no era solamente un ingeniero.”

“¿Quién era?”

Los ojos de Caleb se llenaron de temor.

“Era un investigador federal.”

Eleanor sintió que la habitación comenzaba a dar vueltas.

“¿Qué estaba investigando?”

“Las operaciones de Whitmore. Estaban utilizando la mina para transportar oro robado al gobierno.”

Ella negó con la cabeza.

“Entonces la fortuna de Thomas…”

“Nunca le perteneció.”

Caleb tragó saliva con dificultad.

“Los certificados son pruebas. Daniel escondió algo debajo de la tercera piedra. Algo que podría destruir a todos los hombres involucrados.”

Eleanor le apretó la mano.

“Entonces lo encontraré.”

Caleb negó con la cabeza.

“No. Hay algo más.”

Su voz se volvió apenas audible.

“Thomas no se casó contigo por casualidad.”

Eleanor se quedó completamente inmóvil.

“¿Qué?”

Caleb miró hacia la ventana.

“Tu padre trabajaba para el Departamento del Tesoro, ¿verdad?”

Eleanor se quedó mirándolo.

Su padre había muerto cuando ella tenía diecisiete años.

Había sido un empleado gubernamental tranquilo, un hombre que llevaba registros cuidadosamente y casi nunca hablaba de su trabajo.

“Sí”, susurró.

El rostro de Caleb se llenó de tristeza.

“Eleanor, tu padre descubrió el oro robado muchos años antes que cualquier otra persona.”

Una terrible sospecha comenzó a formarse en su mente.

“¿Cómo lo sabes?”

Caleb dudó.

“Porque Daniel Price me contó algo antes de la avalancha.”

“¿Qué te dijo?”

Caleb la acercó más hacia él.

“La muerte de tu padre no fue un accidente.”

Aquellas palabras la golpearon como un trueno.

Eleanor apenas podía respirar.

Entonces Caleb susurró la frase que lo cambió todo.

“Y Thomas Bennett fue el hombre al que le pagaron para asegurarse de que tu padre jamás regresara a casa.”

Afuera, un caballo relinchó repentinamente.

Se escucharon pasos crujiendo sobre la nieve.

Alguien se acercaba a la cabaña.

Eleanor se volvió lentamente hacia la puerta.

Tres golpes firmes resonaron por toda la habitación.

Entonces una voz masculina llamó desde afuera.

“Señora Mercer, mi nombre es Daniel Price.”

A Eleanor se le heló la sangre.

El ingeniero de minas que supuestamente había muerto estaba justo afuera de su puerta.

Pero lo que dijo después fue todavía más aterrador.

“No confíe en el hombre que está acostado en su cama, Eleanor.”

Se hizo un largo silencio.

Entonces Daniel volvió a hablar.

“Caleb Mercer no es su verdadero nombre.”

…

Si quieres saber qué pasó después, escribe “SÍ” y dale “Me gusta” para que podamos compartir más de la historia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles