Parte 2 – Vendida junto con su bebé hasta que el hombre de la montaña le preguntó qué quería

PARTE 2: La vendieron junto con su bebé, hasta que el hombre de la montaña le preguntó qué era lo que ella quería
Mae intentó responder, pero las palabras se le quedaron atoradas en algún lugar del pecho.
El fuego había comenzado a secar el dobladillo de su falda, dejando en la cabaña ese olor agrio de la lana mojada.
Samuel dormía recargado en su hombro, con la boquita entreabierta y un pequeño puño escondido debajo de la barbilla, sin tener la menor idea de que su madre estaba sentada frente a un hombre que había pagado cien dólares por los dos en una calle llena de lodo.
Gideon Hale esperaba con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos llenas de cicatrices relajadas, sin cerrar los puños, como si aquel silencio le perteneciera a Mae y él no tuviera ninguna intención de arrebatárselo.
“¿Qué es lo que quiero?”, susurró finalmente.
Los ojos claros de Gideon no se apartaron de su rostro.
“Eso fue lo que te pregunté.”
Mae tragó saliva.
Aquella pregunta le daba más miedo que una orden.
Las órdenes eran cosas concretas. Podías obedecerlas, retrasarlas, buscarles la vuelta o encontrar la manera de sobrevivir a ellas.
Pero desear algo era diferente.
Desear significaba intentar alcanzar algo, y durante los tres años que había pasado con Silas, todo aquello que Mae había intentado conseguir le había sido arrebatado tarde o temprano.
En lugar de responder, bajó la mirada hacia Samuel.
Su mejilla ya estaba tibia bajo sus dedos, aunque en las pestañas todavía conservaba una ligera humedad de la nieve derretida.
“Quiero que él esté a salvo.”
Gideon miró al niño.
“Está bien.”
Mae esperó a que dijera algo más.
Siempre había algo más.
Cuando vio que no continuaba, levantó la mirada.
“¿Eso es todo lo que vas a decir?”
“Me dijiste lo primero.”
“¿Lo primero?”
“Me dijiste lo que quieres para él.”
Gideon se recargó ligeramente en su silla, que crujió bajo su peso.
“Yo te pregunté qué quieres tú.”
Mae estuvo a punto de reírse, aunque no tenía nada de gracioso.
En su lugar, soltó una pequeña exhalación amarga.
“Ya no hay mucha diferencia.”
“Debería haberla.”
Respondió en voz baja, sin lástima, y de alguna manera eso hizo que sus palabras fueran más difíciles de soportar.
Mae volvió el rostro hacia la estufa, fingiendo que examinaba la tetera de hierro.
Sentía que las lágrimas volvían a acumularse detrás de sus ojos, y las odiaba.
Silas siempre había detestado sus lágrimas cuando no servían para hacerlo sentir importante, pero las disfrutaba cuando conseguía hacerla sufrir.
Samuel se movió un poco y dejó escapar un suave quejido.
Mae lo acomodó de inmediato y envolvió mejor su cuerpecito con la manta de piel que Gideon le había dado.
Escuchó cómo el viento rozaba las ramas contra el techo de la cabaña, produciendo un rasguño seco bajo el silbido más fuerte de la lluvia helada.
“Quiero una puerta que se pueda cerrar con llave”, dijo.
La expresión de Gideon no cambió.
“Una puerta que Silas no pueda abrir simplemente porque se le ocurra que le pertenece.”
En cuanto lo dijo, Mae se dio cuenta de lo absurdo que sonaba.
Una puerta.
Después de haber sido vendida en plena calle, de caminar por la nieve de las montañas con los pies congelados y de terminar frente a un desconocido cuya reputación aterrorizaba a medio territorio, lo único que había pedido era una puerta.
“Y quiero una noche. Solo una. Una noche en la que nadie me diga dónde tengo que dormir, cuándo puedo hablar o si tengo permiso de cargar a mi propio hijo.”
Después de aquellas palabras, la cabaña pareció quedarse completamente inmóvil.
Hasta la tormenta de afuera se sintió más lejana.
Gideon se levantó.
El cuerpo de Mae reaccionó antes que su mente.
Se le tensaron los hombros, rodeó a Samuel con un brazo y con la otra mano se aferró a la manta junto a su garganta.
Gideon lo notó.
Se detuvo con una mano a medio camino de la mesa.
Apretó ligeramente la mandíbula debajo de la barba.
Después cambió de dirección y caminó hacia la pared junto a la puerta.
Había un pequeño gancho de hierro.
Mae lo había visto al entrar, pero no le había prestado atención.
Gideon tomó de allí una llave de latón que colgaba de una tira de cuero.
No se acercó más allá de la mesa.
“Con esta llave se cierra la puerta.”
Mae miró la llave que descansaba sobre la palma de su mano.
“Quédatela.”
Ella no extendió la mano.
Gideon dejó la llave sobre la mesa, entre los dos, y retrocedió.
“Puedo dormir en el cobertizo si quieres quedarte sola en la cabaña. El techo tiene goteras, pero he dormido en lugares peores.”
Mae lo miró fijamente.
“¿Por qué?”
Él frunció el ceño, como si la pregunta lo desconcertara.
“¿Por qué me darías la llave?”
“Porque pediste una puerta que pudieras cerrar con llave.”
“Pero tú te quedarías afuera.”
“Sí.”
“En tu propia casa.”
“Sí.”
Mae apretó los dedos alrededor de la manta.
“¿Y si te dejo encerrado afuera?”
“Entonces me quedaré afuera.”
La sencillez de su respuesta la desconcertó más de lo que habría hecho cualquier arranque de enojo.
Lo observó con atención, buscando una burla, una señal de impaciencia o la primera grieta en aquella actitud que quizá solo estaba fingiendo.
Silas sabía mostrarse amable cuando quería conseguir algo.
Una vez, después de vender el broche de la madre de Mae para conseguir dinero con el que jugar a las cartas, le llevó unas flores silvestres y le habló con tanta dulzura que ella casi creyó que estaba arrepentido.
A la mañana siguiente le preguntó dónde guardaba el resto de las pertenencias de su madre.
Mae volvió a mirar la llave.
“¿Qué compraste con esos cien dólares?”
El rostro de Gideon se endureció, pero no contra ella.
Miró hacia el fuego como si las llamas lo hubieran insultado.
“Nada.”
“Le entregaste oro a Silas.”
“Sí.”
“Delante de medio pueblo.”
“Sé lo que hice.”
“Él dijo que nos estaba vendiendo.”
Gideon volvió a mirarla a los ojos.
“Silas Walker puede decir que la nieve es negra si le da la gana. Eso no la convierte en negra.”
Mae sintió una extraña punzada en el pecho.
“Había hombres ofreciendo dinero por nosotros.”
“Los vi.”
“Y tú ofreciste más.”
“Sí.”
“Entonces no me digas que no compraste nada.”
Gideon pasó una vez el pulgar sobre la gruesa cicatriz que tenía en la base de la palma.
Fue el primer gesto de nerviosismo que Mae le había visto.
“Compré tiempo.”
Ella esperó.
Gideon bajó la voz.
“Cutter iba a llevarte.”
A Mae se le encogió el estómago.
Gideon continuó antes de que pudiera responder.
“Silas quería dinero. Cutter te quería a ti. Yo tenía suficiente oro para terminar con las ofertas antes de que Cutter decidiera que su orgullo valía más que el precio.”
“Pudiste haberlo detenido.”
“Eso hice.”
“Pudiste haberles dicho que un hombre no puede vender a su esposa.”
“Podría haberles gritado lo que dice la ley hasta quedarme sin voz. Cutter se habría llevado de todos modos a ti y a tu hijo fuera del pueblo si nadie lo detenía.”
Mae sabía que era verdad.
En Misery Bend, la ley se aplicaba de manera distinta dependiendo de quién tuviera las botas más cerca de la puerta.
Jeb Cutter le había roto la mandíbula a un buscador de oro en medio de una cantina y después se había sentado a beber whisky junto al alguacil.
Los hombres se reían cuando Cutter asustaba a las mujeres porque preferían que su crueldad se dirigiera contra alguien más.
Mae miró a Gideon.
“Así que me compraste antes que él.”
“Le pagué a Silas para que te soltara el tiempo suficiente para sacarte de allí.”
“Eso suena a que me compraste.”
“Entonces escogí el método equivocado.”
Apretó los labios.
“Pero no te compré a ti.”
La leña tronó dentro del fuego y una chispa chocó contra la rejilla de hierro.
Samuel se sobresaltó mientras dormía, y Mae lo tranquilizó meciéndolo lentamente.
Su cuerpo sabía cómo consolar a un niño incluso cuando sus pensamientos no encontraban dónde apoyarse.
Gideon señaló la mesa con la cabeza.
“Al amanecer engancharé los caballos que quedan a la carreta. Tú me dirás adónde quieres ir.”
Mae contuvo la respiración.
“¿Adónde?”
“A cualquier lugar al que pueda llegar la carreta.”
“¿Me llevarías de regreso a Misery Bend?”
“Si tú lo decides.”
“¿A otro pueblo?”
“Si tú lo decides.”
“¿Y si digo que quiero quedarme aquí?”
Gideon sostuvo su mirada.
“Entonces te quedas.”
“¿Por cuánto tiempo?”
“Eso lo decides tú.”
Algo parecido a la rabia surgió de repente dentro de Mae.
“No hagas eso.”
Gideon frunció el ceño.
“¿Que no haga qué?”
“No hables como si fuera tan fácil.”
Se levantó demasiado rápido, haciendo que la silla rechinara contra el piso.
Samuel se movió contra su pecho.
Mae bajó inmediatamente la voz, pero el enojo seguía allí.
“Una mujer sin dinero y con un bebé no puede simplemente escoger cualquier camino que se le antoje. Si regreso, Silas me encuentra. Si voy a otro pueblo, no tengo trabajo ni dónde dormir. Y si me quedo aquí, estaré viviendo en la casa de un hombre del que dicen que ha enterrado ladrones en las montañas.”
“La gente dice muchas cosas.”
“¿Lo hiciste?”
“¿Hice qué?”
“¿Enterraste ladrones?”
Por primera vez, una expresión casi divertida apareció en una comisura de la boca de Gideon.
Desapareció antes de convertirse en sonrisa.
“No.”
Mae entrecerró los ojos.
“¿Mataste a un oso grizzly con un cuchillo?”
“Eso es casi verdad.”
“¿Casi?”
“El cuchillo vino después del rifle.”
Mae lo observó, sin saber si estaba bromeando.
Gideon caminó hacia la estufa y levantó la tetera.
“Necesitas calentarte los pies. Hay una palangana debajo de la cama. En el baúl hay calcetines secos.”
Mae no se movió.
“Estás cambiando de tema.”
“Estoy intentando que no pierdas los dedos de los pies mientras decides si soy un asesino.”
“Yo no dije que fueras un asesino.”
“Lo estabas pensando.”
Estuvo a punto de negarlo, pero se dio cuenta de que tenía razón.
“¿Y tú puedes saber lo que estoy pensando?”
“No. Pero no dejas de mirar mis manos.”
Mae sintió que se le calentaban las mejillas.
Apartó la mirada.
Gideon vertió agua en una palangana y añadió un cucharón de agua fría que sacó de una cubeta.
Un poco de vapor comenzó a elevarse.
Dejó la palangana cerca de la cama, sacó del baúl un par de calcetines gruesos de lana cuidadosamente doblados y los colocó a su lado sin acercarse a ella.
“El agua está tibia, no caliente. Si tienes los pies entumidos, el agua muy caliente te va a lastimar.”
Mae bajó la mirada hacia sus botas arruinadas.
Ahora le dolían los dedos de los pies de una manera que casi era peor que no sentirlos.
Silas le había prometido comprarle unas botas nuevas antes de la primera nevada, pero después perdió dieciocho dólares jugando a las cartas y la acusó de estar fastidiándolo cuando volvió a preguntarle por ellas.
“¿Dónde vas a estar?”, preguntó.
“Junto a la estufa.”
“¿Mirándome?”
“No.”
Gideon giró la silla hasta dejar el respaldo hacia la cama y se sentó.
Mae lo observó durante varios segundos.
Después caminó lentamente hacia la cama.
Acostó a Samuel en el centro del colchón, manteniendo una mano sobre su barriguita mientras con la otra desataba las agujetas de sus botas.
El cuero se había endurecido por el frío.
Cuando logró quitarse la primera bota, una punzada de dolor le atravesó los dedos con tanta fuerza que soltó un jadeo.
Los hombros de Gideon se movieron como si hubiera estado a punto de darse la vuelta.
Pero no lo hizo.
Mae se quitó el calcetín mojado.
Tenía la piel pálida y arrugada, enrojecida alrededor de los dedos, aunque ninguna parte parecía peligrosamente blanca o azulada.
Metió un pie en la palangana y estuvo a punto de llorar por el doloroso hormigueo.
“Despacio”, dijo Gideon sin voltear. “Deja que se caliente poco a poco.”
Ella frunció el ceño mientras miraba su nuca.
“Dijiste que no ibas a mirar.”
“No estoy mirando.”
“Pero escuchaste.”
“Es difícil no hacerlo.”
Mae podría haberse ofendido, pero no había ninguna mala intención en su voz.
Metió el segundo pie en el agua y respiró profundamente para soportar el intenso hormigueo.
Samuel comenzó a inquietarse.
Mae extendió la mano de inmediato, pero antes de que pudiera levantarlo, el bebé abrió los ojos y se quedó mirando las vigas del techo.
Le tembló el labio inferior.
Después dejó escapar un pequeño sonido, como si estuviera haciendo una pregunta.
“Shhh”, murmuró Mae. “Mamá está aquí.”
Gideon permaneció mirando hacia la estufa.
Samuel volvió la mirada hacia el resto de la habitación.
Durante varios segundos observó la ancha espalda de Gideon con una curiosidad muy seria.
Entonces estornudó.
Los hombros de Gideon dieron un brinco.
Mae lo miró sorprendida.
Samuel volvió a estornudar, esta vez salpicándose su propia barbilla.
Mae no pudo evitarlo.
Se le escapó una carcajada.
El sonido la sorprendió más que a nadie.
Gideon giró la cabeza a medias, aunque no lo suficiente para ver sus pies descalzos.
“¿Está bien?”
“Estornudó.”
“Lo escuché.”
“Parecía que alguien acababa de disparar una pistola.”
“Me han disparado sin agarrarme tan desprevenido.”
Mae apretó los labios, pero estuvo a punto de volver a reírse.
Hacía tanto tiempo que no se reía libremente que la sensación le parecía casi indebida, como si estuviera tomando comida del plato de otra persona.
Gideon volvió a mirar hacia la estufa.
“Qué bueno que al menos uno de ustedes encuentra esto divertido.”
Samuel hizo unos ruiditos alegres.
Mae miró a su hijo.
“Por lo visto, los dos.”
Después de aquello, algo cambió en el ambiente de la habitación.
No lo suficiente como para llamarlo confianza.
Confianza era una palabra demasiado grande, demasiado valiosa como para entregarla en una sola noche.
Pero algo se aflojó dentro de ella.
Un nudo que había cargado desde aquella calle llena de lodo hasta las montañas.
Cuando sus pies dejaron de dolerle con tanta intensidad, Mae los secó y se puso los calcetines de lana de Gideon.
Le quedaban enormes, con los talones doblados a media altura de los tobillos, pero estaban secos y eran suaves.
Metió los pies debajo de la manta y volvió a cargar a Samuel.
“Ya puedes voltear.”
Gideon obedeció.
Su mirada se dirigió inmediatamente al bebé y después al rostro de Mae.
“¿Mejor?”
“Sí.”
“Comida.”
“No tengo hambre.”
“No has comido.”
“Tú no sabes eso.”
“Vi cómo Silas te dejó parada sobre aquella caja desde la tarde hasta que oscureció.”
Mae apretó los labios.
Gideon pareció darse cuenta demasiado tarde de que había sido demasiado directo.
Miró hacia la estufa.
“Hay estofado.”
“Te dije que no tengo hambre.”
“Está bien.”
No insistió.
Mae detestó cuánto alivio le produjo aquello.
Después de un momento, de todas maneras se acercó a la estufa.
El estofado olía a carne de venado, cebolla, papas y alguna hierba que no pudo identificar.
Gideon le entregó un plato hondo sin decir nada y se apartó mientras ella se sentaba a la mesa.
Mae probó una cucharada con cautela y descubrió que su cuerpo le había mentido sobre el hambre.
La segunda cucharada llegó rápidamente.
Gideon se mantuvo ocupado acomodando leña junto a la chimenea.
No intentó conversar.
El silencio debería haber resultado incómodo, pero Mae descubrió que quería protegerlo como si fuera algo que le pertenecía.
A la mitad del plato, se fijó en la cuna.
Estaba lo suficientemente cerca de la chimenea para recibir calor, pero no tanto como para quemarse.
Había sido construida con madera oscura de pino, tenía patines curvos para mecerla y una cabecera alta tallada a mano.
Era demasiado fina para haber sido comprada apresuradamente en un asentamiento minero.
Alguien había lijado la madera hasta dejarla suave y reparado una grieta en uno de los costados con una tira estrecha de pino nuevo.
Mae dejó la cuchara sobre la mesa.
La mano de Gideon se detuvo encima de un trozo de leña.
Ella se levantó y llevó a Samuel hasta la cuna.
Adentro había una manta limpia y doblada.
Nada más.
Mae recorrió con un dedo el borde de la cabecera.
Allí, medio ocultas por los años de desgaste, había dos iniciales talladas en la madera.
E.H.
Miró a Gideon.
Él se había quedado completamente inmóvil.
“¿De quién era esta cuna?”
Su rostro se cerró.
Mae conocía aquella expresión.
No era la versión de Silas, que anunciaba peligro, sino una clase diferente de puerta que se cerraba.
Gideon bajó los ojos hacia la madera que sostenía.
“Es vieja.”
“Eso no fue lo que te pregunté.”
“No.”
Mae esperó.
Gideon dejó el leño junto a la chimenea con más cuidado del necesario.
“No tienes que usarla.”
“No te pregunté si podía usarla.”
“No.”
“¿Quién es E.H.?”
Gideon apretó la mandíbula.
La respuesta no llegó.
El corazón de Mae comenzó a latir más rápido, aunque no habría podido explicar por qué.
La cuna ya estaba esperando antes de que ellos llegaran.
Eso era evidente.
La manta limpia, el costado reparado y su ubicación junto al fuego.
Nada de aquello había sido casualidad.
“Tú sabías que yo tenía un bebé”, dijo.
“Sí.”
“¿Cómo?”
Gideon levantó la mirada.
Su silencio respondió antes que sus palabras.
Mae sintió frío a pesar del fuego.
“Sabías que Silas iba a vendernos.”
“Había escuchado que pensaba hacerlo.”
“¿Dónde?”
“En el pueblo.”
“¿Cuándo?”
“Ayer.”
“¿Y preparaste esto?”
Su mirada se desvió hacia la cuna.
“Sí.”
Mae retrocedió un paso.
Samuel se movió contra su hombro.
“Fuiste a Misery Bend por nosotros.”
“Sí.”
“¿Lo sabías antes de la subasta?”
“Sabía que Silas andaba presumiendo que había encontrado una manera de pagarle su deuda a Cutter.”
“¿Y qué decidiste? ¿Que ibas a traerme aquí?”
“No.”
“Pero reparaste una cuna.”
“Para el niño.”
“Eso no es una respuesta.”
Gideon soltó lentamente el aire por la nariz.
“Pensé que existía la posibilidad de que necesitaran un lugar cálido.”
Mae lo miró fijamente.
“Tomaste esa decisión antes de siquiera hablar conmigo.”
“Preparé una cama.”
Su voz seguía siendo tranquila, pero ahora había cierta tensión debajo de sus palabras.
“No decidí tu vida.”
Aquella diferencia la golpeó, aunque no quisiera reconocerlo.
Gideon se apartó de la chimenea, aumentando la distancia entre ambos.
“Si estuvo mal reparar la cuna, la guardaré en el cobertizo.”
Mae volvió a mirar las iniciales talladas.
E.H.
Las letras habían sido grabadas cuidadosamente, con trazos poco profundos y deliberados.
No parecían la marca de un trampero sobre sus herramientas.
Tampoco un rayón tosco para indicar propiedad.
Había algo personal detrás de aquellas iniciales.
Quiso volver a preguntarle.
Pero recordó lo que se sentía cuando alguien utilizaba una pregunta como una palanca para forzar una parte de ella que prefería mantener cerrada.
“Déjala”, dijo.
Los hombros de Gideon se relajaron apenas un poco.
Mae acostó a Samuel en la cuna.
Mantuvo las manos debajo de él durante varios segundos después de que su peso descansara sobre la manta.
La cuna soltó un leve crujido de madera.
Samuel parpadeó mientras la miraba y después giró la cabeza hacia los reflejos anaranjados del fuego.
Mae empujó suavemente uno de los patines.
La cuna se meció con suavidad.
Gideon apartó la mirada.
Y aquello, más que cualquier otra cosa, despertó la curiosidad de Mae.
Volvió a la mesa y terminó su estofado en silencio.
Más tarde, Gideon sacó una colcha de repuesto del baúl y la llevó hasta un jergón que había junto a la estufa.
Mae lo observó mientras la extendía sobre el piso.
“Creí que habías dicho que dormirías afuera.”
“Dije que podía hacerlo.”
“Yo pedí una puerta cerrada con llave.”
“Así es.”
Él miró hacia la llave, que seguía intacta sobre la mesa.
Mae siguió su mirada.
El latón había adquirido un brillo casi dorado con la luz del fuego.
Volvió a acomodar a Samuel en la cuna, caminó hacia la mesa y tomó la llave.
Era más pesada de lo que esperaba.
La tira de cuero estaba suave y gastada por el uso.
Gideon esperó.
Mae caminó hacia la puerta.
Metió la llave en la cerradura y la giró.
El mecanismo produjo un fuerte chasquido metálico.
Todo su cuerpo se quedó inmóvil.
Un sonido tan pequeño.
Probó el picaporte.
La puerta no se abrió.
Algo se le atoró en la garganta.
Silas nunca le había permitido cerrar con llave la puerta de su cabaña, a menos que él estuviera adentro.
Una vez, cuando se había marchado a beber durante dos días, Mae colocó una silla debajo del picaporte después de que anocheció.
Silas regresó antes del amanecer, destrozó la silla a patadas y pasó media hora explicándole que una esposa no tenía derecho a impedirle la entrada a su marido en su propia casa.
Mae tocó la llave.
Después pasó la tira de cuero por encima de su cabeza.
La llave quedó descansando sobre su pecho.
Detrás de ella, Gideon no dijo nada.
Mae se dio la vuelta.
“Tú podrías derribar esa puerta.”
“Sí.”
“De un golpe con el hombro.”
“Probablemente.”
“Podrías quitarme la llave.”
“Probablemente.”
Ella frunció el ceño.
“Eso no me tranquiliza.”
Gideon lo pensó un momento.
“No lo haré.”
Su respuesta era casi desesperantemente sencilla.
Mae lo observó durante un largo rato.
Después caminó hacia la cama.
“Puedes dormir junto a la estufa.”
Gideon asintió una sola vez.
Era el primer permiso que ella le había dado.
Darse cuenta de aquello la puso extrañamente nerviosa.
Se sentó sobre el colchón y se quitó los calcetines prestados.
Sus pies ya estaban calientes y la piel había dejado de verse pálida.
Se cubrió con la colcha, pero mantuvo la ropa puesta debajo.
Gideon se acostó sobre el jergón.
Mae lo observó apagar una lámpara y bajar la mecha de otra.
La cabaña fue quedándose en silencio alrededor de ellos.
Afuera, el viento aumentó de intensidad.
La nieve golpeaba las ventanas en pequeñas ráfagas violentas.
En algún lugar debajo de los aleros, una tabla suelta golpeaba de manera irregular.
Mae se acostó mirando hacia la cuna.
Samuel dormía con los dos brazos levantados a los lados de la cabeza.
Escuchó la respiración de Gideon.
Era lenta y tranquila.
Se dijo a sí misma que no iba a dormirse.
Que solamente cerraría los ojos un momento.
Nada más.
Cuando volvió a darse cuenta de lo que ocurría, el fuego estaba mucho más bajo y la oscuridad llenaba la cabaña, salvo por las brasas rojizas que brillaban debajo de la ceniza.
Mae abrió los ojos de inmediato.
Durante un segundo aterrador no supo dónde estaba.
Entonces vio la cuna.
Samuel.
La llave contra su pecho.
La cabaña en las montañas.
Gideon.
Se volvió hacia la estufa.
El jergón estaba vacío.
Mae se sentó de golpe.
El corazón comenzó a golpearle el pecho.
Miró hacia la puerta.
Seguía cerrada con llave.
Y la llave continuaba alrededor de su cuello.
Escuchó un sonido tenue desde el fondo de la cabaña.
Madera moviéndose.
Mae apartó la colcha y bajó silenciosamente de la cama.
Sus pies encontraron los calcetines enormes de lana que había dejado cerca.
Se los puso sin apartar los ojos de la oscuridad.
“¿Gideon?”
Nadie respondió.
Se le secó la boca.
Caminó hacia la estufa y tomó el atizador de hierro.
“¿Gideon?”
Una sombra se levantó junto a la pared del fondo.
Mae estuvo a punto de golpearla.
“Tranquila.”
La voz de Gideon salió de la oscuridad.
Mae se quedó inmóvil con el atizador levantado.
Él avanzó hasta el débil resplandor de las brasas cargando un montón de leña partida.
“¿Qué estás haciendo?”
“El fuego se estaba apagando.”
“Pudiste haber respondido.”
“No quería despertar al niño.”
“Por poco te abro la cabeza.”
Gideon miró el atizador.
“Si vas a golpearme la cabeza con eso, vas a necesitar las dos manos.”
Mae lo miró fijamente.
Pasó un instante.
Entonces Gideon añadió:
“Pero preferiría que no lo hicieras.”
A pesar de sí misma, Mae bajó el atizador.
“Te mueves demasiado silenciosamente.”
“Es la costumbre.”
“Pues quítatela.”
Gideon levantó una ceja.
Mae se dio cuenta de lo que acababa de decir.
Él dejó la leña en el suelo.
“Lo intentaré.”
Se agachó junto a la chimenea y colocó dos trozos de madera sobre las brasas.
La luz anaranjada comenzó a iluminar lentamente su rostro.
Mae devolvió el atizador a su lugar junto a la estufa.
Mientras lo hacía, algo cerca del zócalo llamó su atención.
Una bolsa de lona.
La reconoció inmediatamente.
Tenía un costado manchado de lodo y el cordón para cerrarla estaba deshilachado.
Era la misma bolsa que Gideon había arrojado a los pies de Silas en Misery Bend.
Mae la miró fijamente.
“¿Cómo llegó eso aquí?”
Gideon siguió su mirada.
“La encontré en la carreta.”
Mae comenzó a respirar más rápido.
“Esa era de Silas.”
“Antes era mía.”
“Se la diste.”
“Sacó el oro, lo guardó en su abrigo y aventó la bolsa debajo de la carreta.”
Por supuesto que lo había hecho.
A Silas le importaba el dinero, nunca aquello que lo guardaba.
Mae se agachó.
“Déjala”, dijo Gideon.
Ella levantó bruscamente la mirada.
Él alzó una mano.
“Solo quise decir que está muy sucia.”
Mae la recogió de todos modos.
La lona estaba rígida por el lodo seco.
Algo crujió en su interior.
Sus dedos se detuvieron.
Gideon también lo escuchó.
Mae aflojó el cordón.
“Probablemente no sea nada.”
Metió la mano.
Las yemas de sus dedos tocaron un papel doblado.
Todos los músculos de su cuerpo se tensaron.
Silas escondía documentos.
Escondía recibos, notas, deudas y promesas.
Cualquier cosa que pudiera demostrar lo que había hecho después de que decidiera fingir que aquello nunca había ocurrido.
Mae sacó el papel.
Estaba doblado dos veces y completamente aplastado, como si alguien lo hubiera llevado cerca del cuerpo durante varios días.
“La lámpara”, pidió.
Gideon no hizo preguntas.
Encendió la mecha y colocó la lámpara sobre la mesa.
Mae desdobló el papel.
Por un momento, las letras se volvieron borrosas.
No porque no supiera leer.
Su padre le había enseñado utilizando una vieja Biblia y una pila de periódicos antes de que la fiebre acabara con su vida.
Silas se había burlado de ella por saber leer y escribir, pero después aprendió a aprovecharlo cuando necesitaba que alguien redactara sus cartas.
Mae parpadeó y volvió a leer.
Allí estaba su nombre.
MAE WALKER.
Sintió que el estómago se le hundía.
Gideon se colocó al otro lado de la mesa, pero no tocó el documento.
“¿Qué es?”
Mae leyó las líneas que aparecían encima de su nombre.
Transferencia.
Parcela.
Derechos.
Agua.
Reconocía la forma en que estaban redactados los documentos legales, aunque no comprendiera todos los términos.
“No lo sé.”
Su propia voz le pareció lejana.
Se obligó a seguir leyendo.
El documento describía un terreno del que nunca había escuchado hablar, una parcela estrecha situada en algún lugar al oeste de Misery Bend.
La mencionaba a ella como la persona que cedía la propiedad.
Y a Silas Walker como el beneficiario de la transferencia.
La mano de Mae comenzó a temblar.
En la parte inferior había una firma.
Su firma.
Excepto que no era suya.
Observó las letras.
Alguien había intentado imitar el trazo largo y ascendente que ella hacía al escribir la M.
También había copiado la curva que dibujaba en la W de Walker.
Pero la inclinación era incorrecta.
Demasiado deliberada.
Demasiado cuidadosa.
Su verdadera letra se inclinaba hacia adelante, como si tuviera prisa por llegar a la siguiente palabra.
Aquella firma parecía rígida sobre el papel.
“¿Qué pasa?”, preguntó Gideon.
Mae apenas podía respirar.
“Yo no firmé esto.”
El rostro de Gideon cambió.
No de manera dramática.
Simplemente, su mirada se volvió más fría.
Mae alisó el papel contra la mesa.
“Nunca había visto este documento antes de esta noche.”
“¿Qué dice?”
“Dice que le transferí unas tierras a Silas.”
“¿Qué tierras?”
“No lo sé.”
Gideon leyó el encabezado sin acercarse más de lo necesario.
“Aquí aparece una descripción.”
“Eso ya lo veo.”
El miedo de Mae se transformó en enojo.
Gideon la miró.
Ella cerró los ojos brevemente.
“Perdón.”
“No tienes por qué disculparte.”
“No sé de qué tierras se trata.”
“Entonces hay alguien que sabe algo que tú no sabes.”
Mae volvió a mirar la firma falsa.
Silas.
Tenía que haber sido él.
Muy pocas personas habían visto su letra tantas veces como para intentar imitarla.
Silas la había visto firmar libros de cuentas, cartas y recibos.
Entonces recordó algo.
Tres semanas antes, Silas había regresado a casa inusualmente contento.
Le había pedido que escribiera su nombre tres veces en un pedazo de papel.
Le dijo que quería ver cuál de las versiones se veía más bonita porque estaba pensando comprarle una peineta y mandarla grabar con su nombre.
Mae se había reído de él.
No de felicidad.
Sino porque no podía creerlo.
Pero aun así lo había hecho.
Sintió que se le helaba la sangre.
“Dios mío.”
Las manos de Gideon se cerraron alrededor del borde de la mesa.
“¿Qué?”
“Estuvo practicando.”
“¿Qué cosa?”
“Mi nombre.”
Mae se llevó los dedos a la boca.
“Me pidió que lo escribiera. Tres veces. Dijo que quería grabarlo en una peineta.”
Gideon observó la firma falsificada.
“¿Cuándo?”
“Hace unas semanas.”
“¿Y no sabías nada de estas tierras?”
“No.”
“¿Existe la posibilidad de que las hayas heredado?”
Mae negó con la cabeza, pero entonces se detuvo.
El hermano de su madre.
Su tío Thomas.
No lo veía desde que tenía dieciséis años.
Había sido dueño de unas tierras más allá de los asentamientos mineros, aunque Mae recordaba muy poco al respecto.
Le había escrito dos veces después de que ella se casó.
Silas había abierto ambas cartas antes de que ella pudiera verlas.
La segunda había desaparecido.
“Tal vez”, susurró.
La mirada de Gideon se volvió más atenta.
“¿Quién?”
“Mi tío.”
“¿Sigue vivo?”
“No lo sé.”
Reconocerlo le dejó un sabor amargo.
Silas controlaba el correo.
Silas controlaba el dinero.
Silas decidía qué vecinos podía visitar y cuánto tiempo podía quedarse.
¿Cuántas cosas más había controlado sin que ella siquiera supiera que existía algo que controlar?
Mae dobló cuidadosamente el documento.
“Quédatelo”, dijo Gideon.
Ella levantó la mirada.
“Estaba dentro de tu bolsa.”
“La bolsa era mía.”
“El papel no.”
Mae deslizó el documento por el escote de su vestido, entre la ropa interior y el corpiño.
Gideon no dijo nada.
Ella tocó el papel escondido a través de la tela.
Allí también guardaba otro secreto.
No directamente contra la piel, sino cosido dentro del forro interior del vestido, cerca de la cintura.
Su acta de matrimonio.
La había escondido meses atrás, después de que Silas intentara quemar unos documentos viejos durante uno de sus ataques de furia provocados por el alcohol.
Él se había reído cuando Mae rescató el acta y le preguntó para qué imaginaba que podía servirle.
Más tarde, mientras Silas dormía, ella la cosió dentro de su vestido.
Él nunca se enteró.
Y Mae tampoco se lo contó a Gideon en ese momento.
Todavía no.
La confianza seguía siendo demasiado costosa.
El viento golpeaba la cabaña con mayor fuerza.
Samuel gimoteó desde la cuna.
Mae fue hacia él de inmediato.
Tenía el rostro arrugado por el sueño y abría y cerraba sus pequeños puños.
Ella lo levantó y apoyó la mejilla sobre su frente.
Caliente.
A salvo.
Por el momento.
Detrás de ella, Gideon caminó hacia la ventana.
Mae se volvió.
“¿Qué pasa?”
Él levantó un dedo.
Mae escuchó.
Al principio solamente oyó la tormenta.
Entonces percibió otro sonido debajo del viento.
Débil.
Rítmico.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Cascos de caballos.
Gideon apagó la lámpara.
La oscuridad se tragó la habitación.
Mae apretó a Samuel contra su pecho.
“¿Cuántos?”
Gideon permaneció junto a la ventana, sin colocarse frente al cristal.
“Todavía no puedo distinguirlo.”
Los cascos sonaban cada vez más fuerte.
Había más de un caballo.
Mae podía sentir su pulso retumbándole en los oídos.
“Nadie sabe que estoy aquí.”
Gideon no respondió.
“Dijiste que nadie lo sabía.”
“Yo nunca dije eso.”
Mae miró su silueta.
“¿Alguien nos siguió?”
“No atravesando esa tormenta.”
“¿Entonces cómo?”
Gideon cruzó la habitación hasta un gancho cerca de la chimenea y tomó un rifle.
Mae retrocedió instintivamente antes de poder contenerse.
Él lo notó.
“Esta arma solamente apuntará hacia la puerta”, dijo.
“Sé lo que hace un rifle.”
“Sé que lo sabes.”
Revisó la recámara.
El sonido fue pequeño, pero terrible.
Mae miró hacia la puerta cerrada con llave.
La llave de latón descansaba contra su pecho.
Por primera vez, no le pareció un símbolo.
Le pareció algo desesperadamente real.
Los caballos comenzaron a detenerse afuera.
Un hombre gritó.
La tormenta deshizo sus palabras.
Mae se acercó más a la cuna, aunque Samuel ya estaba en sus brazos.
Sus ojos recorrieron la cabaña buscando un lugar donde esconderse.
Gideon lo notó.
“No tienes que hacerlo.”
“¿Qué?”
“Esconderte.”
Ella lo miró con enojo.
“¿Crees que tengo miedo de que me vean?”
“Creo que te enseñaron que esconderte era más seguro.”
Aquellas palabras dieron demasiado cerca de la verdad.
Mae apartó la mirada.
Afuera, un caballo resopló.
El cuero de una montura crujió.
Unas botas pisaron la nieve.
Gideon se colocó a varios pasos de la puerta, con el rifle apuntando hacia abajo, pero listo para utilizarlo.
“Quédate detrás de mí.”
Mae giró bruscamente la cabeza hacia él.
Su expresión cambió.
Se corrigió de inmediato.
“O no lo hagas. Tú decides.”
Incluso ahora.
Incluso con hombres afuera.
La respiración de Mae comenzó a tranquilizarse.
Se movió, no detrás de Gideon, sino hacia un costado de la pared desde donde podía ver la puerta sin quedar directamente frente a ella.
Gideon asintió de manera casi imperceptible.
Un puño golpeó la madera.
Tres golpes fuertes.
Samuel despertó llorando.
Mae comenzó a mecerlo instintivamente.
Otro golpe hizo temblar las bisagras.
“¡Abran!”
Mae sintió que se le helaba la sangre.
Silas.
Reconocía el tono de su enojo mejor que algunas oraciones.
Él volvió a gritar.
“¡Hale! ¡Sé que está ahí adentro!”
El rostro de Gideon quedó completamente inmóvil.
Mae susurró:
“¿Lo reconoces?”
“Sí.”
“¿Cómo?”
“Por la voz.”
Otro puñetazo golpeó la puerta.
Silas parecía medio enloquecido por el frío y la furia.
“¡Mae! ¿Me escuchas? ¡Abre esta maldita puerta!”
El cuerpo de Mae reaccionó antes que su mente.
Los hombros se le tensaron.
El estómago se le contrajo.
La respiración se le aceleró.
Durante tres años, aquella voz había significado que debía hacer cálculos rápidamente.
¿Qué tan borracho estaba?
¿Qué tan enojado?
¿Qué había perdido?
¿Había algún objeto cerca que pudiera aventarle?
Mae levantó una mano.
Sus dedos se cerraron alrededor de la llave.
El metal estaba caliente por el contacto con su piel.
Silas volvió a golpear.
“¡Mae!”
Gideon la miró.
No le ordenó que guardara silencio.
Tampoco respondió en su lugar.
Esperó.
Mae dio un paso hacia la puerta.
No lo suficiente como para tocarla.
Pero sí para que Silas pudiera escucharla.
“¿Qué quieres?”
Afuera se hizo el silencio.
Mae imaginó su rostro.
Primero la sorpresa.
Después la indignación.
Cuando Silas respondió, su voz había cambiado.
Sonaba más suave.
Y eso era peor.
“Mae, cariño. Abre la puerta.”
A ella se le erizó la piel.
Gideon entrecerró los ojos.
Mae respondió:
“No.”
Hubo una pausa.
Después Silas se rio.
Pero no porque le pareciera gracioso.
“No sabes lo que estás haciendo.”
“Sé que la puerta está cerrada con llave.”
“Eres mi esposa.”
“Lo recuerdo.”
“Sal de ahí.”
“No.”
Esta vez el silencio duró más.
Mae apretó la llave entre los dedos.
A su lado, Gideon permanecía inmóvil.
Silas volvió a hablar, pero toda la falsa dulzura había desaparecido.
“¿Ese animal que está ahí adentro te metió ideas en la cabeza?”
La comisura de la boca de Gideon se movió, pero no dijo nada.
Mae estuvo a punto de mirarlo.
En lugar de eso, mantuvo los ojos sobre la puerta.
“La única idea que tengo”, respondió, “es que voy a quedarme de este lado.”
Una maldición estalló desde afuera.
Samuel comenzó a llorar con más fuerza.
Mae lo meció suavemente, susurrándole entre el cabello.
Silas escuchó al bebé.
“Saca a mi hijo.”
El miedo de Mae desapareció bajo una emoción mucho más intensa.
“¿Tu hijo?”
“Me escuchaste.”
“¿El mismo que dijiste que no querías?”
Silas volvió a golpear la puerta.
“Cierra la boca.”
Aquellas palabras eran tan familiares que, por un instante, Mae volvió a sentirse dentro de la cabaña que compartían en Misery Bend, cargando a Samuel mientras Silas explotaba de rabia por haber perdido una partida de cartas.
Entonces sus dedos volvieron a tocar la llave.
No era su puerta.
No era su casa.
No eran sus órdenes.
“No”, respondió.
Afuera, Silas se quedó callado.
El corazón de Mae latía con tanta fuerza que le dolía.
Gideon habló por primera vez.
“Ya la escuchaste.”
No levantó la voz.
No lo necesitaba.
Silas estalló de furia.
“¡No te metas en esto, Hale! ¡Ya pagaste tu dinero y te divertiste! ¡Ahora entrégame a mi esposa!”
El rostro de Gideon cambió.
No fue exactamente enojo.
Fue algo más frío.
“Esos cien dólares solamente te sirvieron para librarte de Cutter.”
“¡Tú la compraste!”
“No.”
“¡Todo el pueblo lo vio!”
“Todo el pueblo te vio aceptar dinero por algo que no tenías derecho a vender.”
Silas soltó una carcajada áspera.
“¿Ahora resulta que eres abogado?”
“No.”
“¡Entonces no me vengas a hablar de derechos!”
Gideon bajó el cañón del rifle unos centímetros más, aunque apretó con más fuerza la culata.
“Si quieres discutir sobre leyes, hazlo frente a un juez.”
Silencio.
Mae lo notó inmediatamente.
Había algo extraño en aquel silencio.
A Silas solamente le gustaba hablar de la ley cuando creía que podía utilizarla como arma.
Gideon también lo percibió.
Su mirada se desvió hacia Mae.
El documento falsificado pareció quemarle la piel debajo del vestido.
Mae se acercó un poco más a la puerta.
“¿Por qué viniste, Silas?”
No hubo respuesta.
“Ayer no veías la hora de deshacerte de mí.”
La nieve raspó la madera del porche.
Uno de los caballos golpeó el suelo con una pata.
Mae casi podía escuchar a Silas pensando.
Entonces su voz atravesó la puerta, ahora más baja.
“Me robaste algo.”
Mae sintió que se le helaba la sangre.
Gideon la miró.
Ella negó con la cabeza.
“¿Qué?”
“Mis papeles.”
La bolsa.
El documento falsificado.
Mae se obligó a mantener la voz firme.
“Tú aventaste la bolsa de Gideon dentro de la carreta.”
“Eso no es asunto tuyo.”
“¿Y el papel que estaba adentro tampoco es asunto mío?”
Silencio.
La mirada de Gideon se volvió más intensa.
Mae sintió una extraña satisfacción.
Silas siempre había sido peligroso cuando sabía más que ella.
Pero por una vez, Mae sabía algo que él no imaginaba que ella sabía.
“Mae”, dijo lentamente, “entrégame ese papel.”
Ella estuvo a punto de reírse.
“¿Por qué?”
“Porque no entiendes lo que dice.”
“Entonces explícamelo.”
“No es nada.”
“Entonces no lo necesitas.”
La puerta tembló bajo un golpe tan violento que Samuel soltó un grito.
Gideon levantó el rifle.
Mae se sobresaltó, pero no retrocedió.
“Vuelve a hacer eso”, dijo Gideon con voz completamente fría, “y esta conversación va a cambiar.”
“¿Me estás amenazando?”
“Te estoy diciendo lo que pasará después.”
Silas lo insultó.
Entonces se escuchó otra voz afuera, demasiado baja para que Mae pudiera entender lo que decía.
Ella se volvió bruscamente hacia Gideon.
“Hay alguien con él.”
“Sí.”
“¿Quién?”
Gideon escuchó.
El segundo hombre volvió a hablar.
Solamente dos palabras lograron atravesar el viento.
“Deja de gritar.”
A Mae se le revolvió el estómago.
También conocía aquella voz.
Jeb Cutter.
Antes de que pudiera decir nada, la expresión de Gideon se lo confirmó.
Silas había venido acompañado del hombre que había intentado comprarla.
Mae retrocedió un paso.
Gideon lo notó, pero no dijo nada.
Afuera, la voz de Jeb seguía siendo baja y desagradable.
“Dile para qué viniste. Tarde o temprano se va a enterar.”
“Cierra la boca”, espetó Silas.
Jeb soltó una carcajada.
Mae ya había escuchado aquella risa en el pueblo.
Los hombres solían apartarse de su camino al oírla.
“¿Qué quiere decir?”, gritó Mae.
Silas respondió inmediatamente.
“Nada.”
Jeb volvió a reírse.
Silas maldijo.
Después se escuchó claramente el forcejeo de unas botas sobre la nieve.
Gideon cambió de posición.
Mae apretó a Samuel contra su pecho.
“Silas”, dijo. “¿En qué documento falsificaste mi firma?”
Todo quedó inmóvil afuera.
La tormenta llenó el silencio.
Gideon mantuvo los ojos fijos en la puerta.
Mae podía escuchar su propia respiración.
Cuando Silas finalmente habló, su voz ya no tenía rabia ni aquella falsa ternura.
Lo único que quedaba era miedo.
“¿Dónde encontraste eso?”
Mae sintió que la verdad terminaba de encajar.
No eran sospechas.
No era un malentendido.
Era la verdad.
“Fuiste tú.”
“Mae.”
“Falsificaste mi firma.”
“No sabes de qué estás hablando.”
“Acabas de preguntarme dónde encontré el documento.”
Silas soltó un sonido de frustración.
Jeb se rio entre dientes.
“Buen trabajo, Walker.”
“¡Cállate!”
Mae se acercó a la puerta.
La llave presionaba bajo sus dedos.
“¿Qué tierras?”
Silas no respondió.
“¿Qué tierras, Silas?”
“Abre esta puerta y hablaremos.”
“No.”
“No tienes opción.”
Por primera vez, aquellas palabras sonaron más débiles que antes.
Mae miró alrededor de la cabaña de Gideon.
El fuego.
La cuna.
La puerta cerrada con llave.
El hombre que sostenía un rifle y que ni una sola vez le había ordenado obedecerlo.
Después bajó la mirada hacia Samuel.
Sí tenía una opción.
Tal vez no fuera una opción segura.
Tal vez no fuera justa.
Pero seguía siendo una opción.
“Sí”, respondió. “Sí la tengo.”
Ahora podía escucharse la respiración de Silas a través de la puerta.
Jeb murmuró algo en tono divertido.
Silas lo ignoró.
“¿Crees que Hale puede quedarse contigo?”
Mae miró a Gideon.
Su mandíbula se tensó al escuchar aquellas palabras.
“Él no se está quedando conmigo.”
“Pagó por ti.”
“Pagó para alejarme de ti.”
“Es lo mismo.”
“No.”
Mae escuchó cómo su propia voz se volvía cada vez más firme.
“No, Silas. No es lo mismo.”
Una ráfaga de viento lanzó nieve contra la cabaña.
El techo crujió.
Samuel se tranquilizó contra su pecho, enredando sus pequeños dedos en el cuello de su vestido.
Afuera, Silas comenzó a caminar de un lado a otro.
Mae escuchaba sus botas aplastando la nieve endurecida.
“Siempre fuiste demasiado estúpida para darte cuenta de cuándo alguien se estaba aprovechando de ti.”
Los ojos de Gideon brillaron con enojo.
Mae levantó ligeramente una mano.
No para detenerlo.
Sino para indicarle que aquella respuesta le correspondía a ella.
Silas continuó:
“¿Crees que ese bruto de las montañas te llevó hasta allá por pura caridad cristiana? ¿Crees que los hombres entregan cien dólares a cambio de nada?”
Mae sintió que se le cerraba la garganta.
El día anterior, aquellas palabras podrían haber destruido la poca seguridad que había comenzado a sentir.
Pero ahora tocó la llave.
“Él me dijo exactamente lo que compró.”
“Ah, ¿sí?”
“Tiempo.”
Silas dejó de caminar.
Mae continuó:
“Y también me dijo que todo lo demás me pertenece a mí.”
Siguió un largo silencio.
Gideon la miró.
Algo cambió en su expresión, pero Mae no se volvió el tiempo suficiente para entender qué era.
La voz de Silas llegó más baja.
“Tú no te perteneces a ti misma.”
El viejo terror intentó apoderarse de ella.
Mae lo contuvo.
“Estás equivocado.”
“Soy tu esposo.”
“Me vendiste.”
“Eso no era legal.”
Lo absurdo de aquella respuesta la golpeó con tanta fuerza que casi se atragantó.
Detrás de Silas, Jeb soltó una carcajada.
Hasta Gideon parpadeó sorprendido.
Mae miró fijamente la puerta.
“¿Ahora sí te importa lo que es legal?”
Silas se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.
Sus siguientes palabras salieron apresuradamente.
“Precisamente por eso tienes que regresar. Legalmente eres mi esposa. Hale no tiene ningún derecho sobre ti.”
“Hale dice que no tiene ningún derecho sobre mí.”
“Está mintiendo.”
Gideon habló.
“Estoy aquí mismo, Walker.”
“No estaba hablando contigo.”
“No. Estabas intentando evitar que ella te hiciera una pregunta.”
Las botas de Silas volvieron a detenerse.
La voz de Gideon permaneció tranquila.
“¿Qué tierras?”
Afuera, Jeb Cutter volvió a reírse.
Pero esta vez no había nada de humor en su risa.
“Vamos, Silas.”
“Cutter.”
“Dile a tu esposa cuánto vale.”
Mae sintió un escalofrío en la piel.
Silas espetó:
“¡Una palabra más y te juro que…!”
“¿Que qué?”, preguntó Jeb suavemente.
Lo que fuera que ocurrió entre aquellos dos hombres afuera hizo que el silencio se volviera todavía más tenso.
Mae miró a Gideon.
Su expresión se había endurecido.
Él susurró, apenas audible:
“Aléjate de la puerta.”
Mae se movió hacia un costado sin discutir.
Un momento después, Jeb volvió a hablar.
“La tormenta está empeorando. No pienso quedarme aquí hasta el amanecer solo porque a ti se te acabó el valor.”
Silas respiró con fuerza.
Después le gritó a Mae:
“¿Quieres saber la verdad?”
Mae no respondió.
“¿Quieres saber por qué estás sentada ahí adentro fingiendo que de repente tienes derecho a elegir?”
Su corazón golpeó con fuerza.
Gideon vigilaba la puerta.
Mae tocó el documento escondido debajo de su vestido.
La voz de Silas se elevó por encima del viento.
“¡Porque tu tío muerto te dejó unas tierras!”
Mae dejó de respirar.
El nombre de su tío pareció resonar en su mente, aunque Silas no lo había pronunciado.
Volvió a recordar la carta desaparecida.
Silas abriendo el correo.
Silas pidiéndole que practicara su firma.
La transferencia falsificada.
Su mano se dirigió automáticamente hacia la costura donde escondía su acta de matrimonio.
Afuera, Silas se rio, pero su risa sonó quebrada.
“¡Y no son tierras áridas! ¡Tampoco un bosque sin valor!”
Mae dio un paso al frente antes de que Gideon pudiera detenerla.
“¿Qué tierras?”
Silas golpeó la puerta con la palma de la mano.
“Esta es tu última oportunidad. Abre.”
“No.”
“Vuelve conmigo a casa y arreglaremos esto por las buenas.”
“No.”
“Mae.”
“No.”
Aquella palabra llenó la cabaña.
Samuel se movió ligeramente.
Gideon permaneció en silencio.
La siguiente respiración de Silas se escuchó entrecortada a través de la puerta.
Cuando volvió a hablar, ya no sonaba como un esposo dándole órdenes a su mujer.
Sonaba como un hombre desesperado que estaba viendo cómo una fortuna se le escapaba de las manos.
“Escúchame bien. ¡Por ley, tu lugar está junto a tu marido, y esa parcela que te dejó tu tío controla el único acceso confiable al agua para unas concesiones mineras que valen más dinero del que has visto en toda tu vida!”
Mae se quedó mirando la puerta cerrada con llave.
Silas gritó por encima de la tormenta.
“¡Por ley me perteneces, Mae, y lo que heredaste vale muchísimo más que esos malditos cien dólares!”