“Fue como un infierno”: María Luisa Godoy habla por primera vez sin filtros, revisita su pasado con honestidad y explica por qué decidió contar ahora lo que durante años guardó.
Durante mucho tiempo, María Luisa Godoy fue sinónimo de equilibrio, templanza y cercanía. Su imagen pública —construida en años de televisión— parecía blindada frente a los vaivenes de la vida privada. Por eso, cuando decidió describir su matrimonio como “una etapa muy difícil, casi un infierno”, el impacto fue inmediato. No por morbo, sino por la honestidad con la que eligió contar una experiencia personal sin convertirla en espectáculo.
A los 45 años, Godoy habló desde un lugar distinto: el de la reflexión madura, la distancia emocional y la necesidad de poner palabras a lo vivido para cerrar ciclos.

Por qué decidió hablar ahora
No hubo presión mediática ni necesidad de aclarar rumores. Según explicó, la decisión de hablar llegó cuando sintió que podía hacerlo sin rabia ni rencor. “Contar no es acusar”, dejó claro. Para ella, compartir su experiencia fue un acto de cuidado personal y, también, una manera de acompañar a otras personas que atraviesan situaciones similares.
El tiempo —dijo— permite entender los procesos con perspectiva. Y esa perspectiva fue clave para narrar sin herir, sin señalar y sin revivir el dolor.
“Infierno” como metáfora, no como sentencia
Al usar una palabra tan fuerte, Godoy fue cuidadosa en explicar su sentido. No se refirió a hechos específicos ni a episodios concretos, sino a un clima emocional prolongado: incomunicación, desgaste, silencios y una sensación constante de estar perdiéndose a sí misma.
“Fue una experiencia que me apagó”, reconoció. La metáfora habló del impacto emocional, no de una acusación. Un matiz importante que ella misma subrayó para evitar interpretaciones extremas.
La vida privada bajo la lupa pública
Ser una figura conocida tiene costos. Cada decisión se amplifica; cada silencio se interpreta. María Luisa explicó que, durante ese periodo, optó por proteger a su familia y su trabajo. “No todo se puede procesar en público”, dijo. El silencio fue, entonces, una estrategia de supervivencia.
Esa elección —guardar— tuvo un precio, pero también permitió transitar la etapa sin añadir ruido a un momento ya complejo.
El punto de quiebre: volver a escucharse
La confesión incluyó un aprendizaje central: reconocer a tiempo las señales internas. “Cuando el cuerpo y la emoción hablan, hay que escuchar”, afirmó. Para ella, el quiebre no fue un evento puntual, sino la suma de pequeñas renuncias personales que, con el tiempo, se vuelven insostenibles.
Nombrar lo vivido fue parte del proceso de volver a sí misma.
Reacciones del público: empatía y respeto
Tras sus palabras, la reacción fue mayoritariamente empática. Muchos agradecieron el tono responsable y la ausencia de detalles sensacionalistas. Otros destacaron la valentía de hablar sin buscar culpables, poniendo el foco en la experiencia y el aprendizaje.
Godoy respondió con gratitud y pidió algo simple: respeto. No para ella sola, sino para todas las personas involucradas en historias que no siempre tienen una sola versión.
Aprender a poner límites
Uno de los ejes más potentes de su testimonio fue el valor de los límites. “Amar no debería doler así”, dijo, marcando una diferencia clara entre dificultad y desgaste permanente. Ese aprendizaje —admitió— llegó tarde, pero llegó.
Hoy, su mensaje apunta a reconocer a tiempo cuándo una relación deja de ser un espacio de crecimiento.
El rol de la maternidad y el trabajo
Sin entrar en detalles sensibles, Godoy habló de la tensión entre sostener responsabilidades y cuidar el mundo interno. La exigencia cotidiana, explicó, puede invisibilizar el malestar. “Aprendí que pedir ayuda no es debilidad”, afirmó.
Esa reflexión resonó especialmente entre quienes equilibran vida personal y profesional bajo alta presión.
Contar sin señalar: una decisión consciente
María Luisa fue enfática en algo: no buscó reescribir el pasado ni imponer una lectura. Contó su vivencia para cerrar un capítulo, no para abrir un juicio. “Cada historia es compleja”, dijo, recordando que los procesos personales no se reducen a titulares.
Ese cuidado en el lenguaje fue, para muchos, la mayor muestra de responsabilidad.
El presente: calma y coherencia
Más allá del pasado, Godoy habló del presente con serenidad. No prometió felicidad permanente ni soluciones mágicas. Habló de coherencia, de escuchar(se) y de elegir espacios donde pueda ser ella misma sin apagarse.
La paz —señaló— no siempre llega de golpe; se construye.
Cuando la confesión se vuelve espejo
Su testimonio funcionó como espejo para muchas personas. No por los detalles, sino por el enfoque: reconocer, nombrar y aprender. Sin rencor, sin dramatismo, sin espectáculo.
En tiempos de sobreexposición, su forma de hablar fue una lección de cuidado emocional.
Cierre: decirlo para seguir
A los 45 años, María Luisa Godoy eligió decirlo. No para revivir el dolor, sino para seguir adelante con honestidad. Llamar “infierno” a una etapa fue, para ella, una manera de poner límites al pasado y abrir espacio al presente.
Porque a veces, hablar no es abrir heridas: es cerrarlas con palabras precisas y respeto.
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