La mañana del 28 de agosto de 2016, el mundo de la música hispana se detuvo. En un departamento de Santa Mónica, California, se apagaba la voz de Alberto Aguilera Valadez, conocido universalmente como Juan Gabriel. El hombre que había compuesto más de 1.800 canciones y vendido 150 millones de discos moría solo en su habitación. Sin embargo, su fallecimiento no fue el final de su historia, sino el inicio de una leyenda plagada de teorías conspirativas y, sobre todo, la revelación de una vida marcada por un vacío emocional que ni la fama más deslumbrante pudo llenar.

La tragedia de Juan Gabriel no comenzó con su muerte, sino con su nacimiento. Nacido en la extrema pobreza de Parácuaro, Michoacán, fue el menor de diez hermanos. Su infancia quedó fracturada cuando su padre, tras un accidente que provocó un incendio accidental, sufrió un brote psicótico y fue internado en un hospital psiquiátrico para nunca regresar. Ante la desesperación y la falta de recursos, su madre, Victoria Valadez, tomó una decisión que perseguiría a Alberto hasta el último de sus días: a los 5 años, lo internó en la Escuela de Mejoramiento Social para Menores en Ciudad Juárez.

Durante ocho años, el pequeño Alberto vivió en ese internado. Cada domingo, veía cómo otros niños recibían visitas, dulces y abrazos de sus familias. Él, apostado en la entrada, esperaba ver aparecer a su madre, pero Victoria nunca fue a visitarlo. Ni una sola vez en casi una década. Ese niño que lloraba en el patio del orfanato es el mismo que años después compondría “Amor Eterno”, una canción que el mundo adoptó como el himno supremo a la madre, pero que en realidad nació del dolor de un hijo que jamás se sintió querido.

Fue en ese entorno de soledad donde Alberto encontró su salvación gracias a Juan Contreras, un maestro de ojalatería que vio en aquel niño triste un talento especial. Contreras le enseñó que la música podía expresar lo que las palabras callaban. A los 13 años, tras escapar del internado y buscar a su madre solo para ser rechazado nuevamente con la orden de “valerse por sí mismo”, Alberto se convirtió en un niño de la calle. Trabajó en talleres, durmió donde pudo y comenzó a cantar en bares de mala muerte como el Noa Noa, donde su voz ronca y cargada de sentimiento empezó a llamar la atención.

El camino al estrellato estuvo lleno de espinas. A los 20 años, fue encarcelado injustamente en la prisión de Lecumberri, acusado de un robo que no cometió. Fue en esa celda fría donde juró que, si salía, dedicaría su vida entera a la música. Gracias a la intervención de la cantante Enriqueta Jiménez “La Prieta Linda”, recuperó su libertad y nació artísticamente Juan Gabriel, un nombre que combinaba el de su padre desaparecido y el de su maestro salvador.

A partir de ahí, su ascenso fue meteórico. “No tengo dinero” fue el primer grito de un éxito que no conoció fronteras. Juan Gabriel revolucionó la música mexicana, rompiendo esquemas en una sociedad machista. Con sus trajes coloridos, sus movimientos delicados y su célebre frase “¿Qué es lo que se ve? Lo que se ve no se pregunta”, el Divo de Juárez se convirtió en un fenómeno cultural. Logró lo imposible: que las madres más conservadoras y los hombres más rudos lloraran y cantaran sus canciones por igual. Su arte era tan genuino que trascendía géneros y prejuicios.

Sin embargo, detrás de las luces del escenario y de hitos históricos como sus conciertos en el Palacio de Bellas Artes, Juan Gabriel seguía siendo aquel niño que buscaba amor desesperadamente. Intentó construir su propia familia con Laura Salas, teniendo hijos biológicos y adoptivos, buscando darles la protección que él no tuvo. Fundó el orfanato Semjase para rescatar a niños de la calle, un proyecto que fue su mayor orgullo hasta que la corrupción administrativa lo obligó a cerrarlo poco antes de su muerte, dejándolo sumido en una profunda depresión.

La relación con su madre nunca sanó. Aunque ya millonario le compró casas y se encargó de sus gastos, el vínculo emocional estaba roto. “Amor Eterno” fue escrita la noche que ella murió, como un último intento de reconciliación con un fantasma. Juan Gabriel pasó su vida adulta rodeado de gente pero sintiéndose profundamente solo, desconfiando de quienes se acercaban por interés y alejándose de sus amigos antes de que ellos pudieran abandonarlo a él.

Incluso su muerte estuvo rodeada de sombras. La rapidez de su cremación y la falta de una autopsia completa alimentaron teorías de que seguía vivo, escondido en algún lugar de México. Pero la realidad es más amarga: Juan Gabriel murió agotado, con un corazón que ya no pudo soportar el peso de décadas de trabajo incesante y penas acumuladas.

Hoy, su legado se ve empañado por una cruenta guerra familiar. Su testamento, que nombró a su hijo Iván Aguilera como heredero universal, desató demandas y enfrentamientos entre sus hermanos y supuestos hijos no reconocidos. Es la ironía final de su vida: el hombre que unió a millones con sus letras sobre el amor y la unión dejó a su propia familia irremediablemente dividida por la ambigüedad de su herencia.

Juan Gabriel no solo fue un cantante; fue el cronista del sentimiento latinoamericano. Su música sigue viva porque no nació del deseo de fama, sino de la necesidad de sanar. Cada nota de su voz era un grito de aquel niño de 5 años que seguía esperando en la puerta del orfanato. Aunque murió sin encontrar la paz que buscaba, su legado sigue curando las heridas de millones que, al escucharlo, sienten que no están solos en su propio dolor. El Divo de Juárez se fue, pero su alma se quedó atrapada para siempre en las canciones que nos enseñaron a llorar de amor.