
Alberto Olmedo nació en Rosario y creció en la pobreza, en un entorno donde el ingenio era una herramienta de supervivencia.
En 1954, con apenas 21 años, dejó su ciudad natal y se mudó a Buenos Aires con una maleta cargada de sueños y muy pocas certezas.
Los primeros años fueron duros.
Hizo trabajos ocasionales, durmió poco y luchó mucho hasta conseguir empleo como técnico en Canal 7.
Nadie imaginaba que aquel joven anónimo estaba destinado a convertirse en uno de los pilares del entretenimiento argentino.
Su primera gran oportunidad frente a cámara llegó en 1957, pero fue en 1960 cuando todo cambió.
El Capitán Piluso irrumpió en la televisión y se instaló en el corazón del público.
Con humor físico, ternura y una capacidad única para conectar con grandes y chicos, Olmedo se transformó en un ídolo nacional.
Piluso no era solo un personaje, era un refugio emocional para una sociedad que necesitaba reír.
A partir de allí, su carrera fue imparable.
Televisión, cine, teatro.
Trece programas televisivos, más de cuarenta películas y récords de taquilla en los escenarios.
Personajes como Piluso, Rucucu, Rogelio Roldán y el inolvidable Mano Santa marcaron una época.
Olmedo entendía el pulso popular como pocos.
Sabía incomodar, provocar y hacer reír al borde del abismo.

En 1981 llegó el punto más alto de su genialidad televisiva con Alberto Olmedo no toca el botón.
El programa, dirigido por Hugo Sofovich, rompió con años de censura y se convirtió en símbolo del destape argentino tras la dictadura.
El humor se volvió más adulto, más irreverente, más sexual.
Hoy, muchos de esos sketches serían duramente cuestionados, pero en su contexto representaron una catarsis colectiva.
Olmedo no era ingenuo: empujaba los límites, incluso a costa de su propia imagen.
Detrás del éxito, sin embargo, convivían los excesos.
La adicción, la imprudencia y una necesidad constante de compañía marcaron su vida privada.
Era un hombre querido, generoso y protector, pero también frágil.
La soledad lo atormentaba.
Parecía necesitar siempre a alguien cerca, como si el silencio lo enfrentara a sus propios demonios.
La noche del 4 de marzo de 1988, Mar del Plata estaba envuelta en niebla y llovizna.
El verano se despedía con un aire melancólico.
Olmedo había terminado una función exitosa de la obra Éramos tan pobres en el Teatro Tronador.
Antes de salir al escenario, lanzó una frase inquietante a sus compañeros: “Las voy a extrañar”.
En ese momento sonó a broma, pero con el tiempo se volvió escalofriante.
Esa noche cenó con Hugo Sofovich y Carlos Rottemberg.
La conversación fue breve.
Tenía planes.
Se dirigió a su departamento frente al mar, en el edificio Maral 39.
Allí lo esperaba Nancy Herrera, su pareja, quien había viajado bajo la lluvia para reencontrarse con él.
Comieron, bebieron champán y compartieron horas de intimidad.
Afuera, el amanecer se negaba a llegar.
En algún momento, Olmedo salió al balcón.
Mojado, resbaladizo, peligroso.
Según versiones posteriores, solía subirse a la baranda, incluso buscar drogas escondidas en macetas.
Una conducta temeraria, habitual en alguien que parecía no medir el riesgo.
Nancy le pidió que bajara.
En segundos, todo se descontroló.
“Me caigo, mamá, me caigo”, gritó él, aferrado a la baranda.
Ella intentó ayudarlo, desesperada, pero su peso y la superficie mojada lo hicieron imposible.
Los vecinos escucharon los gritos.
Algunos intentaron forzar puertas.
Fue inútil.
Las manos de Olmedo cedieron y su cuerpo cayó al vacío desde el undécimo piso.
Eran cerca de las siete de la mañana cuando impactó contra un cantero y luego el asfalto húmedo.
Durante segundos aún respiraba.
Murió allí, frente al mar que tantas veces había contemplado.
Estaba semidesnudo, con jeans y botas.
Cerca de su mano apareció una bolsa de plástico.
Su contenido y destino jamás fueron aclarados.
La imagen recorrió el país.
El shock fue total.
Dos días antes se había estrenado una de sus películas.
Nunca llegó a verla.
Como si la tragedia necesitara más crueldad, su madre murió ese mismo día de un infarto al enterarse de la noticia.
Meses después nacería su hijo Albertito, al que Olmedo nunca llegó a conocer.
¿Fue un accidente? ¿Una imprudencia fatal agravada por el consumo? ¿O algo más que jamás se sabrá? La causa fue cerrada rápidamente, pero las dudas persisten.
Como ocurre con las muertes prematuras, nació el mito.
Olmedo quedó congelado en el tiempo, eternamente en la cima, como Gardel.
Hoy una estatua suya mira al mar en el lugar de la tragedia.
Flores anónimas siguen apareciendo.
Alberto Olmedo, el hombre que hizo reír hasta las lágrimas, murió de la forma más cruel y absurda.
Su caída no apagó su risa.
La multiplicó en la memoria colectiva.
Y mientras alguien repita una de sus frases, mientras un teatro estalle en carcajadas, Olmedo seguirá vivo, desafiando al misterio que rodea su final.
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