En el vertiginoso mundo de las celebridades, donde los titulares suelen estar plagados de conflictos legales, divorcios mediáticos y escándalos financieros, la figura de Shakira siempre logra destacar por su capacidad de resiliencia. Sin embargo, lo que comenzó como una alarmante noticia sobre una demanda de más de 100 millones de dólares interpuesta en Miami, terminó convirtiéndose en una de las crónicas más humanas y surrealistas de su carrera. No se trataba de un ex socio resentido ni de un problema con el fisco, sino de la historia de David Kurosh Rashidian, un hombre de 80 años cuya admiración por la barranquillera cruzó la delgada línea entre la lealtad de un fan y la obsesión legal.
Todo estalló cuando los portales de noticias anunciaron que la cantante enfrentaba un proceso judicial millonario justo antes de iniciar su esperada gira mundial “Las mujeres ya no lloran”. La sorpresa fue mayúscula al descubrir que el demandante alegaba haber realizado una “inversión emocional y económica” en los inicios de la carrera de la artista, específicamente durante la época del álbum Pies Descalzos en 1997. Según el relato de David, él habría aportado fondos que nunca le fueron devueltos, una afirmación que el equipo legal de Shakira desmintió categóricamente por falta de pruebas documentales.

La reacción de Shakira ante este asedio mediático fue, como es su costumbre, una mezcla de elegancia y sarcasmo. Abordada en una playa de Miami mientras compartía un momento de descanso con sus hijos Milan y Sasha, la cantante se mostró sorprendida pero tranquila. Lejos de mostrarse a la defensiva, definió a su demandante como un “admirador secreto” que la ha seguido durante tres décadas. Con una sonrisa nostálgica, recordó incluso haberlo visto en 1996 a la salida de una firma de autógrafos en Bogotá, donde él le entregó una rosa y una carta. “Si de verdad quería llamar mi atención, lo ha conseguido, pero no de la manera correcta”, comentó la artista entre risas, añadiendo con humor que prefería ser demandada por amor que por impuestos.
A pesar de la ligereza con la que Shakira manejó la situación ante las cámaras, el caso tomó un tinte dramático cuando se revelaron detalles sobre la vida del demandante. David, un viudo residente en Florida y dueño de un pequeño taller mecánico, no buscaba realmente el dinero, sino el reconocimiento de la mujer que, a través de sus canciones, le había servido de refugio tras la pérdida de su esposa. Sus cartas, filtradas por algunos medios, revelaban una devoción profunda: “Desde que te vi descalza en la portada de tu disco, supe que tus pasos dejarían huella; yo solo quise caminar detrás de ellos”, rezaba uno de sus escritos.
El clímax de esta historia ocurrió de manera inesperada durante un evento benéfico en Miami. Contra todo pronóstico, David apareció entre el público con un enorme ramo de flores. Lo que pudo ser un momento de tensión para los cuerpos de seguridad se transformó en un acto de redención cuando Shakira, al identificarlo desde el escenario, pidió que no lo retiraran. En un gesto que ha dado la vuelta al mundo, la cantante bajó del escenario, se acercó al anciano y lo miró a los ojos. El diálogo fue breve pero devastadoramente honesto: “Entonces no hay nada que demandar, ya ganaste porque la música te llegó al corazón”, le dijo mientras lo abrazaba.
Este encuentro marcó el fin de la batalla legal y el inicio de una lección de empatía. Días después, el propio David envió una carta pública pidiendo disculpas a la artista, confesando que se había dejado llevar por la nostalgia y un mal consejo. Shakira, por su parte, cerró el capítulo con una promesa: dedicarle “Antología” en su próximo concierto en Bogotá, como un homenaje a todos aquellos que alguna vez confundieron el amor con el reclamo.
Al final del día, esta historia refuerza la imagen de una Shakira que ha aprendido a navegar las tormentas con una brújula distinta. En un universo donde los artistas se blindan tras muros de abogados y comunicados fríos, ella optó por la cercanía. Demostró que, a veces, detrás de una demanda millonaria no hay más que una profunda soledad buscando ser vista. Mientras retoma sus ensayos para la gira, la barranquillera deja claro que su mayor activo no es su fortuna, sino su capacidad de convertir el drama en arte y los conflictos en abrazos. La loba ha vuelto a demostrar que sabe cómo defender su territorio, pero que su mejor arma sigue siendo, y será siempre, su corazón.
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