En el complejo tablero de ajedrez que se ha convertido la vida pública de Gerard Piqué y Shakira tras su mediática ruptura, parece que el exfutbolista catalán ha decidido realizar un movimiento que, lejos de posicionarlo como el hombre “superado” que pretende ser, lo ha dejado en una situación de evidente vulnerabilidad ética y emocional. Lo que ocurrió durante la última transmisión de su charla semanal no fue solo un comentario desafortunado; fue la exposición de una dinámica que muchos consideran el reflejo de un ego herido que necesita la comparación constante para sostenerse.

Todo comenzó en un ambiente de camaradería masculina, rodeado de luces de estudio y la complicidad de sus tertulianos de la Kings League. Entre risas y anécdotas sobre fútbol y negocios, uno de los presentes lanzó una pregunta que parecía una granada sin seguro: “¿Qué anécdota nos cuentas de esos años con Shakira que los fans no sepan?”. El silencio que siguió fue breve, pero la sonrisa que dibujó Piqué anticipaba que lo que estaba por salir de su boca no tendría la elegancia que se espera de alguien que compartió más de una década con una de las artistas más influyentes del planeta.

Piqué, buscando la aprobación de su círculo, soltó una frase que ha resonado con indignación en redes sociales: “Yo tenía miedo cuando Shakira se levantaba por la mañana sin maquillaje, me pegaba un susto tremendo”. La declaración no terminó ahí. Como si necesitara validar su presente a costa de pisotear su pasado, añadió: “Eso no me pasa con Clara; a Clara no le hace falta maquillaje”. El estudio estalló en carcajadas, una reacción que fuera de esas cuatro paredes se transformó rápidamente en una ola de rechazo y “vergüenza ajena”.

Este episodio no es un hecho aislado, sino que se suma a una tendencia preocupante en las intervenciones de Piqué. Desde que se anunció la separación, el exfutbolista ha oscilado entre el silencio defensivo y las pullas indirectas. Sin embargo, atacar la apariencia física de la madre de sus hijos al despertar cruza una línea roja que la opinión pública, especialmente la femenina, no está dispuesta a perdonar. Se percibe como un golpe bajo, una burla hacia la intimidad de una mujer que ya no está a su lado para defenderse y que, irónicamente, siempre mantuvo la compostura respecto al físico de él.

Expertos en psicología de la comunicación señalan que este tipo de “humor” revela mucho más de quien lo emite que de la persona a la que va dirigido. El hecho de necesitar comparar a la pareja actual con la anterior en términos de belleza natural sugiere una necesidad de reafirmación externa. Es como si Piqué necesitara convencer al mundo —y quizás a sí mismo— de que su elección actual es superior en todos los aspectos, cayendo en la trampa de la cosificación. La felicidad real no necesita de comparativas ni de menosprecios para brillar.

Mientras tanto, la respuesta de Shakira ha sido, una vez más, el silencio absoluto. En un mundo donde la inmediatez de las redes sociales invita al contraataque, la barranquillera ha optado por la “estrategia de la altura”. No ha habido comunicados, ni indirectas en Instagram, ni reacciones airadas. Este silencio actúa como un espejo gigante en el que la actitud de Piqué se ve aún más pequeña. Mientras ella llena estadios, rompe récords y se enfoca en su resurgimiento profesional y en el bienestar de sus hijos, él parece atrapado en un bucle donde el tema “Shakira” sigue siendo su principal motor de visualizaciones, aunque sea para mal.

La indignación global no se ha hecho esperar. Miles de usuarios han señalado la falta de elegancia de un hombre que, habiendo sido parte de la élite deportiva, parece no entender el peso de sus palabras. La crítica más recurrente apunta a la huella digital que esto deja para sus hijos, Milan y Sasha. ¿Cómo procesarán en el futuro ver a su padre burlándose del aspecto natural de su madre en un programa de máxima audiencia? El maquillaje puede quitarse y ponerse, pero las palabras, una vez lanzadas al viento del internet, son permanentes.

Al final, este incidente deja una lección clara sobre la madurez emocional tras un divorcio. Mientras una de las partes utiliza el silencio y el trabajo como escudo, la otra parece recurrir al sarcasmo y la humillación sutil para mantener el control de la narrativa. Sin embargo, el público soberano ya ha dictado sentencia: en la guerra de las declaraciones, el que humilla para ganar, termina perdiendo el respeto de su audiencia. Piqué ha ganado unas risas en un estudio de televisión, pero ha perdido, una vez más, la oportunidad de cerrar una etapa con la dignidad que los años compartidos merecían.