En la historia de la música mexicana, pocas voces han logrado tocar la fibra del alma como la de Javier Solís. Conocido como el “Rey del Bolero Ranchero”, su tono de voz aterciopelado y su capacidad para transmitir un dolor dulce lo convirtieron en una leyenda viviente. Sin embargo, detrás de los trajes de charro impecables y las ovaciones en la Plaza Garibaldi, la vida de Gabriel Siria Levario (su nombre real) estuvo marcada por el abandono, la lucha constante y un final tan abrupto como misterioso que, hasta el día de hoy, sigue generando escalofríos.

De la Carnicería a la Gloria: Un Inicio Humilde

Antes de ser el ídolo que llenaba teatros, Javier conoció la dureza de la vida. Abandonado por sus padres a los pocos meses de nacido y criado por sus tíos en el barrio de Tacubaya, creció con la necesidad como compañera. Fue recolector de botellas, lavador de autos, panadero y, notablemente, carnicero. Él mismo contaba con orgullo cómo ganaba 17 pesos al día cortando carne en la colonia Condesa, un oficio que desempeñaba mientras soñaba con cantar.

Fue precisamente en esa carnicería donde su destino cambió. Su patrón, al escucharlo cantar mientras trabajaba, vio en él un diamante en bruto y le pagó sus primeras clases de vocalización. De ahí saltó a las noches frías de Garibaldi, donde ganaba propinas cantando a los coches, hasta que su talento llegó a los oídos correctos. Pero el camino no fue fácil: al principio, la sombra de Pedro Infante era alargada y Javier lo imitaba, hasta que le dieron el consejo que cambiaría la historia: “Sé tú mismo”. Y así nació la leyenda.

La Tragedia de la Habitación 406

El 19 de abril de 1966, el mundo se detuvo. Javier Solís, en la cúspide de su carrera y con solo 34 años, falleció inesperadamente en el Hospital Santa Elena. Había ingresado días antes para una cirugía de vesícula, una intervención rutinaria para librarse de los dolores que lo atormentaban. La operación fue un éxito, y el cantante estaba listo para recibir el alta. Pero entonces, ocurrió lo impensable.

La versión más difundida —y la más trágica por su simplicidad— cuenta que, desesperado por la sed y en un descuido de la enfermera, Javier ingirió hielo o una jarra de agua de limón. Esto, estando su sistema digestivo paralizado por la anestesia y los medicamentos, provocó un desequilibrio electrolítico masivo que detuvo su corazón. “Sácame de aquí, me siento muy mal”, fueron supuestamente sus últimas palabras a su homeópata. Un suspiro largo y se fue, dejando a México huérfano de su voz.

Sombras de Conspiración: ¿Poder y Pasión?

Como suele suceder con los ídolos que parten jóvenes, la muerte de Javier Solís no se libró de las teorías de conspiración. Un rumor persistente y oscuro sugiere que su muerte no fue producto de un vaso de agua, sino de una venganza política. Se dice que Javier tuvo un romance con Irma Serrano, “La Tigresa”, quien en ese entonces era vinculada sentimentalmente con el presidente Gustavo Díaz Ordaz.

La leyenda urbana cuenta que, cegado por los celos, el mandatario habría ordenado a sus hombres propinarle una golpiza al cantante, dañando gravemente sus órganos internos, lo que eventualmente complicó su salud y llevó a su muerte. Aunque nunca se ha comprobado, esta historia añade una capa de intriga y peligro a la biografía del cantante, pintándolo como una víctima del poder y la pasión prohibida.

El Caos del Adiós y las Viudas del Rey

Si su vida fue intensa, su muerte fue un huracán. Su funeral fue un evento multitudinario y caótico; la gente, en su desesperación por despedirse, invadió el Panteón Jardín, pisoteando tumbas y obligando a la policía a intervenir. Pero el drama no terminó ahí. Tras su fallecimiento, aparecieron cuatro mujeres distintas, cada una con acta de matrimonio en mano, reclamando ser la legítima esposa de Javier Solís.

Su vida sentimental fue tan compleja como sus boleros: cinco relaciones importantes y nueve hijos. El dolor de su partida fue tal que una de sus ex parejas, Yolanda Mollinedo, se quitó la vida un año después, incapaz de soportar su ausencia.

Un Legado Inmortal

A más de medio siglo de su partida, Javier Solís sigue vivo en cada rockola y en cada fiesta mexicana. Fue el hombre que modernizó la música ranchera, el que estuvo a punto de ser el “Frank Sinatra latino” (el mismo Sinatra lo admiraba), y el que nos enseñó que se puede llorar cantando. Su vida fue breve, pero su eco es eterno. Nos queda la duda de qué más habría logrado si ese fatídico día en el hospital el destino no hubiera reclamado su voz para el coro celestial.