Su viuda lavó la sangre antes de llamar a la policía. Mientras el pirulí agonizaba en el piso de su propia casa con seis balas en el cuerpo, su familia no llamó a emergencias. No gritó por ayuda, no intentó salvarlo. Lavó la alfombra, tiró el sillón ensangrentado a un río, movió el cuerpo y cuando finalmente llegó la policía le mintió en la cara.
¿Qué secreto protegía esa mujer que era más importante que la justicia para su esposo muerto? 30 días después, la policía cerró el caso sin culpables, sin explicaciones, sin justicia y Televisa borró su música de la radio como si nunca hubiera existido. Su nombre era Víctor Iturbe. Lo conocías como el pirulí, el cantante de boleros que enamoró a México en los 70 y 80.
El hombre que cantaba felicidad mientras escondía secretos que lo llevaron a la tumba. El apodo vino de un accidente. Trabajaba como payaso acuático en Acapulco, haciendo shows de esquí para turistas. Un día perdió el equilibrio y se aferró desesperadamente a los esquí para no ahogarse. Había un pequeño problema, no sabía nadar.
El locutor, al ver a este joven flaquísimo, con su traje de payaso aferrado a los esquís, exclamó, “¡Miren, este parece un pirulí.” Y así, de un accidente que casi lo mata, nació el nombre que lo acompañaría hasta la tumba. Años después, un accidente de columna acabó con su carrera de payaso. Se fue a recuperar a Puerto Vallarta, cuando Vallarta era apenas un pueblo de pescadores que nadie conocía.
Una noche tomó una guitarra abandonada en el bar de su hotel. Empezó a cantar. El dueño lo escuchó y le ofreció trabajo en el acto. Lo que empezó como un pequeño espectáculo se convirtió en un fenómeno. La gente reservaba habitaciones solo para escucharlo. Las noches bohemias en el hotel Posada Vallarta se volvieron legendarias.
grabó un disco que no estaba pensado para venta comercial, solo un recuerdo para los huéspedes, pero llegó a una distribuidora y empezó a venderse. Un día iba en un taxi y escuchó su canción Confidencias de amor en la radio. Estaba en los primeros lugares. Bajó del taxi temblando y llamó a Irma. Estoy sonando en la radio.
En 1969, Felicidad de Armando Manzanero lo consagró como estrella nacional. Grabó siempre con Chamín Correa, el primer requinto de América. Se convirtió en el mayor promotor turístico de Puerto Vallarta. Pero la fama no explica el dinero. José José, el príncipe de la canción, vendió millones de discos. Murió prácticamente en la ruina.
Juan Gabriel, el más grande de todos, trabajaba sin parar para mantener su nivel de vida. Y el pirulí, avioneta privada, rancho de 21 ha hectáreas, globo aerostático, caballos de carreras, algo no cuadra. Y en México lo que no cuadra mata. El pirulí no trabajaba tanto como ellos. Hacía sus presentaciones, sí, pero pasaba largas temporadas en su rancho volando, criando caballos, viviendo como si el dinero creciera en los árboles.
¿De dónde salía? Esa pregunta se la hicieron todos. Los colegas que lo veían llegar en su avioneta, los amigos que visitaban su rancho, los periodistas que hacían cuentas. Los números nunca cuadraban y nadie preguntaba en voz alta. Porque en el México de esa época preguntar demasiado era peligroso. Había ciertas cosas que era mejor no saber.
Y lo que vas a escuchar es el crimen que el gobierno, Televisa y el narcotráfico enterraron juntos hace casi 40 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie se atreve a contar. Primero, los archivos secretos que prueban que el gobierno lo espió durante 5 años. Segundo, el documento que conecta su asesinato con el negocio de cocaína en los pasillos de Televisa.
Tercero, la mentira sobre su nacimiento que su familia mantuvo durante 80 años. Y cuarto, la conexión directa entre su ejecución y la de Paco Stanley 12 años después. El mismo patrón, la misma firma. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que más han intentado borrar. Guarda este detalle, un sillón ensangrentado flotando en un río. Lo vas a necesitar.
Pero primero la tercera revelación, porque esta historia de mentiras empezó desde el primer día de su vida. Si buscas en Wikipedia, donde nació Víctor Manuel de Anda y Turbe, te dirá que fue el 8 de mayo de 1936 en Ciudad Valles, San Luis Potosí. Si buscas en los archivos de Televisa, encontrarás lo mismo.

Si buscas en cualquier biografía oficial, en cualquier enciclopedia, en cualquier artículo periodístico de los últimos 50 años, encontrarás lo mismo. Ciudad Valles, San Luis Potosí. Mentira. En agosto de 2025, casi 40 años después de su muerte, un familiar directo reveló la verdad. Don Sergio y Turbe Laarraga, pariente cercano de El Pirulí, confesó lo que la familia había callado durante décadas.
El Pirulí no nació en Ciudad Valles, nació en la ciudad de México. ¿Por qué importa esto? Porque desde el primer día de su existencia, la vida de Víctor y Turbe estuvo construida sobre mentiras, versiones contradictorias, historias que la gente quería creer, pero que nunca fueron ciertas. Si mintieron sobre algo tan simple como el lugar donde nació, algo que debería estar en un acta de nacimiento, algo que no tiene ninguna razón para ser secreto.
¿Sobre qué más mintieron? sobre el dinero, sobre los negocios, sobre las conexiones, sobre la noche en que murió. Esta era una familia que sabía guardar secretos, que sabía mantener versiones oficiales durante décadas, que sabía callar. Y cuando el pirulí murió con seis balas en el cuerpo, esa misma familia hizo lo que siempre había hecho.
Construyó una versión y la mantuvo hasta hoy. Lo que sí es verdad es que tenía conexiones fuertes con Ciudad Valles. Su tío vivía ahí. Cuando se volvió famoso, regresaba constantemente. Llegaba en su avioneta privada. recorría a las calles en el cadilac rojo de su tío, saludando a los vecinos. Un día llevó a su padre a volar por primera vez.
El viejo nunca había subido a un avión. Víctor lo sentó a su lado en el Cesna y juntos sobrevolaron la tierra donde creció. “Tú naciste para volar”, le dijo el padre cuando aterrizaron. Víctor nunca olvidó esas palabras. Lo persiguieron toda la vida. hasta la tumba. Pero los que nacen para volar también nacen para caer. Ahora sí, antes de explicarte cómo murió, necesitas entender algo.
El pirulí vivía como millonario y nadie podía explicar de dónde venía el dinero. Rancho de 21 ha hectáreas en Puerto Vallarta. No una casita de campo, un rancho de 21 ha hectáreas con caballerizas, con trabajadores, con todo lo que necesitas para criar caballos de carreras. avioneta privada, un cesna propio con su licencia de piloto.
Volaba cuando quería, donde quería, globo aerostático, porque la avioneta no era suficiente. Necesitaba más cielo. residencia en las Arboledas, el fraccionamiento más exclusivo de Atizapán de Zaragoza, donde vivían empresarios, políticos, gente con dinero de verdad, caballos de carreras, inversiones en agricultura, viajes constantes, ropa cara, carros del año.
Todo esto con una carrera de cantante de boleros. Un cantante de boleros. Los cantantes de boleros no vivían así. José José, el príncipe de la canción, uno de los más exitosos de la historia, tuvo problemas económicos toda su vida. Murió prácticamente en la ruina. Javier Solís, el rey del bolero ranchero, nunca acumuló una fortuna así.
Marco Antonio Muñiz, otra leyenda del bolero, vivió bien, pero nunca con ese nivel de lujo. Ningún cantante de boleros en México vivía como el pirulí. Ninguno. Los boleros no pagan mansiones. Los boleros no pagan avionetas. Los boleros no pagan ranchos de 21 ha hectáreas. ¿De dónde salía ese dinero? Esa pregunta se la hicieron todos, los periodistas, los colegas, los investigadores después de su muerte.
Y esa pregunta es la que lo mató porque alguien sabía la respuesta y esa respuesta valía seis balas. Pero para entender de dónde venía el dinero, primero tienes que entender la época. El México de los 70 y 80, un país donde el poder real no estaba en los políticos, estaba en las sombras. Y el hombre más peligroso de esas sombras era alguien al que ningún artista podía decirle que no.
Arturo Durazo Moreno, el negro Durazo, jefe de policía de la Ciudad de México entre 1976 y 1982. No llegó por méritos, llegó porque era amigo de infancia del presidente López Portillo. Jugaban juntos en las calles de la colonia Roma cuando eran niños. Cuando López Portillo llegó a la presidencia, le preguntó a su viejo amigo qué puesto quería.
Durazo pidió la policía y la obtuvo. Lo que construyó durante esos 6 años fue un imperio de corrupción que México no había visto jamás. Un sistema tan brutal, tan perfecto, que hasta los criminales profesionales quedaban asombrados. Todos los policías de la ciudad le pagaban cuotas. Cada mordida, cada soborno, cada extorsión a comerciantes, una atajada de todo subía hasta su oficina cada día, sin excepción.
El que no pagaba desaparecía. Literalmente acumuló 1000 millones de dólares con un salario oficial de menos de 1000 al mes. Haz la cuenta, es matemáticamente imposible. Y sin embargo, todos lo sabían y nadie hacía nada. construyó una mansión en Cihuatanejo que llamaban el Partenón por sus columnas de mármol importado de Italia.
Tenía discoteca privada, alberca olímpica, helipuerto. Se decía que las rejas habían pertenecido al castillo de Chapultepec. Ahí organizaba fiestas legendarias, fiestas donde el champán no paraba, donde la cocaína estaba en cada mesa, donde las estrellas más famosas de México eran obligadas a presentarse y sí, obligadas.
Luis Miguel a los 11 años ya animaba esas fiestas. Según Mario Gallego, tío de Luis Miguel, Durazo financió su primer disco y presionó a Televisa para que lo pasaran en televisión. Roberto Parazuelos contó que Durazo les regalaba ametralladoras a él y sus amigos, incluyendo a Luis Miguel, ametralladoras reales, a niños Verónica Castro, Olga Breskin.
Los rumores las vinculaban románticamente con el negro. Ningún artista rechazaba una invitación de durazo, porque los que decían que no, bueno, pregúntale a los que desaparecieron. El pirulí no fue la excepción. Cantaba en las fiestas de Durazo. Conocía a los hombres más peligrosos del país. Se codeaba con el poder real, el poder que no sale en las noticias.
Pero aquí viene lo que nadie te ha contado. Atención. Esta es la primera de las cuatro revelaciones, los archivos de la policía secreta. En 2020, el Universal reveló documentos desclasificados del Archivo General de la Nación. Estaban en la caja 329 de las galeras del palacio de Mmeneten Lecumberry. Documentos que el gobierno mantuvo sellados durante décadas.
¿Qué decían? que la DFS, la Dirección Federal de Seguridad, la policía secreta del gobierno mexicano, vigiló a el Pirulí durante 5 años, de 1970 a 1975. 5 años de espionaje, agentes infiltrados en sus conciertos, grabadoras ocultas capturando todo lo que decía, informantes reportando cada uno de sus movimientos.
La razón oficial se burlaba de los presidentes Echeverría y López Portillo en sus shows. Hacía imitaciones. Contaba chistes políticos que hacían reír al público a costa del gobierno. Los reportes detallan sus rutinas. El 12 de noviembre de 1974, agentes de la DFS fueron a un centro nocturno donde el pirulí se presentaba. Grabaron todo.
Un reporte de 1975 documenta Víctor, imitando siempre la voz del jefe del Ejecutivo Federal, dijo, “Ya le dije a Mario que tenga palencia.” “Ah, dije, “Paciencia, perdón.” Era una burla a Mario Moya Palencia, secretario de Mentes. Gobernación que quería ser presidente. Un cantante de boleros espiado por la policía secreta por contar chistes.
En serio, el aparato de inteligencia del Estado mexicano gastaba recursos, agentes, tiempo y dinero en vigilar a un artista porque hacía reír a la gente. O tal vez los chistes eran la excusa. Tal vez había algo más que querían saber, algo sobre el rancho de 21 hectáreas, sobre la avioneta privada, sobre el estilo de vida que ningún cantante de boleros podía pagar, porque aquí está el detalle que lo cambia todo.
La DFS no solo espiaba opositores políticos, no solo vigilaba estudiantes y sindicalistas, la DFS protegía al narcotráfico. El cártel de Guadalajara, la primera gran organización criminal de México, operaba bajo protección directa de la DFS. Los nombres que fundaron el narco mexicano moderno trabajaban mano a mano con la policía secreta.
Rafael Caro Quintero, el pionero de la marihuana sin semilla, Ernesto Fonseca Carrillo, don Neto, Miguel Ángel Félix Gallardo, el jefe de jefes, todos pagaban cuotas millonarias a los comandantes de la DFS. Era un negocio entre socios. Los agentes de la DFS les daban credenciales oficiales del gobierno para moverse libremente.
Protegían los cargamentos que cruzaban fronteras. Servían como guardaespaldas en ranchos donde se procesaba la cocaína. La misma agencia que espiaba el pirulí por contar chistes protegía a los narcos poderosos del continente. Coincidencia. En el México de esa época no existían las coincidencias, solo conexiones que nadie quería ver.
En 1985 todo se derrumbó. La DFS fue desmantelada después de que se descubriera su participación en el secuestro, tortura y asesinato de la gente de la DEA Enrique Kiki Camarena. Camarena era un agente estadounidense que investigaba al cártel de Guadalajara. estaba demasiado cerca de la verdad. Entonces lo secuestraron.
Lo torturaron durante más de 30 horas mientras un doctor lo mantenía vivo para que siguiera sufriendo. Grabaron todo y finalmente lo mataron. Cuando Estados Unidos presionó, cuando las pruebas se acumularon, salió la verdad. Agentes de la DFS habían participado. La policía secreta de México torturando y matando a un agente estadounidense para proteger narcotraficantes.
El escándalo fue mundial. La DFS fue disuelta. Sus archivos sellados. El Pirulí fue asesinado en 1987, dos años después de que cayera la DFS. Guarda esa fecha. La cronología importa. Ahora viene la segunda revelación, la que explica el dinero, la que conecta todo. Según el libro Nación TV de Fabricio Mejía, Madrid, el pirulí había establecido un negocio en los pasillos de Televisa.
Vendía cocaína al mundo del espectáculo. El cantante romántico, el de los boleros, el que le cantaba al amor en cada presentación, distribuyendo droga entre sus colegas. Por eso el rancho de 21 ha hectáreas, por eso la avioneta privada, por eso el globo aerostático, por eso la residencia en el fraccionamiento más exclusivo de la ciudad.
Por eso el dinero que ningún cantante de boleros podía explicar. No era un cantante que se metió en el narco por accidente. Era un hombre que encontró un negocio más lucrativo que la música y usó su fama, sus contactos, su acceso a los estudios de televisión para mover mercancía entre la gente más famosa del país. Piensa en eso un momento.
Los años 80 en México. La cocaína está de moda en todo el mundo. Hollywood la consume. Las estrellas de rock la consumen y el mundo del espectáculo mexicano no es diferente. ¿Quién mejor para distribuirla que alguien que ya está adentro? Alguien que conoce a todos. alguien que tiene acceso a los camerinos, a las fiestas privadas, a los eventos exclusivos donde se reúne la élite del entretenimiento.
El pirulí era ese alguien, tenía la cobertura perfecta, un cantante querido, respetado, con imagen de hombre romántico. Nadie sospecharía de él, nadie revisaría su equipaje. Nadie cuestionaría por qué entraba y salía de Televisa a cualquier hora y tenía los contactos correctos. La DFS, que lo vigilaba, también protegía a sus proveedores, el cártel de Guadalajara que dominaba el mercado, los comandantes corruptos que aseguraban que la mercancía llegara sin problemas.
Era el intermediario perfecto, demasiado fuerte. Los hechos hablan solos. Ninguna otra explicación justifica el estilo de vida que llevaba. Los cantantes de boleros de esa época no vivían así. Pero había algo más que complicaba todo. Algo que quizás fue lo que realmente lo mató, algo más peligroso que el narco. El pirulí era un conquistador sin límites. No solo vendía droga.
Coleccionaba mujeres como otros coleccionan trofeos. Se jactaba de sus conquistas, presumía a nombres que no debía presumir. En el mundo del espectáculo mexicano, donde los egos son frágiles y los celos mortales, eso es jugar con fuego. Hay una canción suya que se volvió éxito, Verónica. Todos en la industria sabían a quién estaba dedicada.
Los rumores eran un secreto a voces. Lupita Dalesio lo confirmó años después. Verónica Castro andaba con el pirulí en ese entonces. Verónica Castro, la mujer más deseada de México en esos años, la estrella de Los ricos también lloran, la que tenía a millones de hombres enamorados. Y el pirulí presumía que era suya.
Cuántos enemigos se hizo con eso cuántos hombres poderosos se sintieron humillados. Pero hay uno que destaca sobre todos los demás. Jorge Vargas, actor de telenovelas, sobrino del legendario productor Ernesto Alonso, casado con Lupita Dalesio, una de las cantantes más exitosas y hermosas de México. Vargas no era solo un actor. En 1987 también trabajaba para la policía del Estado de México.
Tenía placa, tenía arma, tenía acceso a información privilegiada. y tenía una razón personal para odiar a el pirulí. Según versiones que circularon durante años, la tensión entre ellos llegó a un punto de quiebre cuando Víctor Yurbe intentó seducir a Lupita Dalesio, la esposa de Jorge Vargas, le habría dicho directamente, según testigos, “Déjalo, yo te trato mejor.
” Imagina eso. Un hombre llega y le dice a tu esposa en tu cara que la deje porque él es mejor partido. Y ese hombre es famoso, rico, carismático. Y tú sabes que tiene fama de conquistador, que ha tenido a decenas de mujeres, que colecciona conquistas. Aunque Lupita nunca cedió a las insinuaciones, la humillación quedó grabada para siempre.
Cada vez que Vargas y el pirulí se cruzaban en los pasillos de Televisa, la tensión era evidente. Los que los conocían sabían que era mejor no dejarlos solos en la misma habitación. La noche del 29 de noviembre de 1987, cuando el pirulí fue asesinado, Jorge Vargas fue uno de los primeros en llegar a la escena del crimen.
¿Por qué? ¿Cómo supo tan rápido lo que había pasado? ¿Por qué un actor policía del Estado de México llegó a una casa en Atizapán antes que los investigadores oficiales? Vargas siempre tuvo una explicación. Estaba de guardia esa noche. Escuchó el reporte por radio, fue a verificar, pero las preguntas nunca dejaron de perseguirlo.
Cuando los periodistas lo acorralaban, respondía con frialdad, “A pesar de mi enemistad con Iturbe, esto no me vuelve un homicida. Técnicamente correcto. Una enemistad no es prueba de nada, pero tampoco es coincidencia que el hombre que más razones tenía para odiarlo fuera uno de los primeros en ver su cadáver. Vargas murió el 2 de noviembre de 2009 de cáncer de colon.
Nunca fue acusado formalmente, nunca fue interrogado como sospechoso, nunca enfrentó a la justicia. se llevó sus secretos a la tumba, como todos los demás. Y ahora viene el detalle que te pedí que guardaras al principio, el sillón. Días después del asesinato, en el río Moritas de Atizapán, de Milan, Zaragoza, apareció flotando un sillón ensangrentado.
Los investigadores lo recuperaron, lo examinaron con cuidado y determinaron que coincidía exactamente con el mobiliario de la sala de la familia Iturbe. Era el sillón de la casa, el sillón donde el pirulí veía televisión todas las noches, el sillón donde, según la familia, estaba sentado cuando escuchó el timbre y se levantó a abrir la puerta.
¿Por qué ese sillón terminó flotando en un río? ¿Por qué estaba cubierto de sangre si según la versión oficial el pirulí murió en la puerta de su casa, no en la sala? Esto dio pie a la teoría más perturbadora del caso. Una teoría que la familia siempre negó, pero que la evidencia física parecía respaldar. El pirulí no murió en la puerta, murió sentado en ese sillón.
Alguien cercano le habría disparado mientras veía televisión. Alguien que tenía acceso a la casa. Alguien en quien confiaba lo suficiente como para darle la espalda. Y después la escena del crimen fue completamente alterada para que pareciera un ataque de sicarios externos, para que pareciera que abrió la puerta y lo mataron desconocidos.
Piensa en eso un momento. Un hombre relajado en su sillón viendo televisión un domingo por la noche, confiado en su casa, entre los suyos, y de pronto, sin advertencia, sin posibilidad de defenderse, las balas. Quizá tú también has sentido esa vulnerabilidad, ese momento donde te das cuenta de que los lugares que creías seguros pueden dejar de serlo en un segundo, que las personas en las que confías pueden ser las más peligrosas.
¿Quién movió el cuerpo? ¿Quién tiró el sillón al río? ¿Quién lavó la alfombra antes de que llegara la policía? La respuesta está clara, la familia. Pero la pregunta más importante sigue sin respuesta. ¿Por qué? ¿Qué secreto protegían? ¿A quién encubrían? ¿Qué era tan terrible que preferían destruir la evidencia del asesinato de su esposo y padre antes que dejar que se supiera la verdad? Para entender eso tienes que conocer a Irma.
Irma Pérez Guereña, la mujer que lo amó durante 23 años, la que lavó la alfombra donde él murió. Se conocieron en 1962, cuando él todavía era un don nadie, un payaso de shows acuáticos en Acapulco, un soñador sin dinero, sin fama, sin futuro visible. Ella era una joven de familia de clase media, con estudios, con expectativas de un matrimonio respetable.
Me conquistó con su facilidad para hacerme reír, diría años después, y porque era muy romántico. Me llevaba flores a cualquier hora, me cantaba bajo la ventana. Quizá tú también conoces ese amor, el que te hace creer que todo es posible, el que te hace ignorar las señales de advertencia. Los padres de Irma no aprobaban.
¿Quién es este muchacho sin oficio ni beneficio? Pero cuando Víctor tuvo un accidente de columna en 1964 y ella lo cuidó durante semanas, los padres vieron cómo se amaban. Cambiaron de Nimoetsam opinión. Se casaron ese mismo año. Tuvieron cuatro hijos: Víctor Manuel, Lucía, Lucía Astrea y Michelle. Dos hijas llamadas Lucía.
No es error. La primera murió antes de cumplir un año. El dolor fue tan grande que cuando nació otra niña le pusieron el mismo nombre. Quizá tú también has sentido ese vacío, el que dejan los que se van demasiado pronto. Irma lo acompañó en todo, en la pobreza de los primeros años, en la fama cuando llegó, en los secretos que fueron acumulándose, en las mentiras que tuvo que aceptar.
23 años de matrimonio, 23 años de construir una vida juntos. Y cuando él murió, ella tomó una decisión que nadie ha podido explicar, destruir las pruebas. ¿Por qué? Solo hay dos posibilidades. O Irma sabía quién lo mató y lo estaba protegiendo. O Irma sabía algo que si salía a la luz destruiría a toda la familia, quizás ambas.
La familia del Pirulí eligió el silencio y ese silencio dura hasta hoy. Pero antes de entender por qué callaron, necesitas saber algo más sobre quién era realmente Víctor Yurbe. El pirulí tenía una obsesión que lo definía, el cielo. Desde joven todo lo que quería era volar. Empezó con aviones a control remoto, los compraba importados, los más caros que encontraba.
Pasaba horas haciéndolos surcar el cielo mientras sus hijos corrían detrás, pero no era suficiente, necesitaba más. Pasó a los planeadores. Esa sensación de flotar sin motor lo hacía sentir más vivo que cualquier cosa en tierra. Decía que arriba, en el silencio del cielo, podía pensar con claridad. obtuvo su licencia de piloto y compró un cesna propio.
Volaba de Puerto Vallarta a la Ciudad de México como quien toma un taxi. Y finalmente, en 1983, un globo aerostático. El siguiente nivel, dejarse llevar por el viento, sentir que no había nada entre él y el infinito. “Tú naciste para volar”, le había dicho su padre cuando era niño. Y Víctor se lo creyó como una verdad absoluta.
Cada vez que subía al cielo sentía que cumplía su destino. En todas esas aventuras lo acompañaba su mejor amigo, Manuel Santos. Se conocían desde la infancia en Guadalajara. Habían crecido juntos. Cuando Víctor era un don nadie, Manuel estaba ahí. Cuando se convirtió en estrella, Manuel seguía ahí sin pedirle nada. Eran inseparables hermanos de otra madre.
Quizá tú también has tenido un amigo así, alguien que te conoce desde antes de que fueras quien eres ahora. Alguien que nunca te pide nada porque con estar cerca le basta. Un día de 1984, durante un vuelo en Morelos, el globo chocó contra cables de alta tensión. La descarga eléctrica fue instantánea. Víctor sobrevivió.
Enrique Guzmán, que también iba a bordo, sobrevivió. Manuel Santos recibió la peor parte de la descarga. Las quemaduras fueron devastadoras. murió en los brazos de Víctor mientras esperaban una ambulancia que llegó demasiado tarde. La muerte de Manuel destruyó a Mintin, el pirulí de una manera que nadie había visto antes. Su esposa Irma lo encontró llorando durante días enteros.
No comía, no dormía, no quería ver a nadie, solo repetía, “Fue mi culpa. Fue mi culpa. Yo lo convencí de subir. La culpa lo consumía. El hombre que había escapado de la muerte tantas veces había sobrevivido de nuevo, pero esta vez alguien había pagado el precio en su lugar y ese alguien era su mejor amigo.
Quizá tú también conoces ese peso. La culpa de haber sobrevivido cuando alguien que amabas no lo hizo. La pregunta que no te deja dormir, ¿por qué yo sí y él no? Irma le hizo prometer que nunca más volaría. Y Víctor cumplió. Los últimos tres años de su vida los pasó en tierra. Renunció al cielo. Se encerró en su rancho el gilguero.
Criaba caballos, cultivaba nopal. El hombre que había nacido para volar enterró esa parte de sí mismo junto con su mejor amigo. Tr años después de prometer no volar, seis balas lo derribaron de todas formas. El cielo que tanto amaba finalmente lo reclamó, pero no de la manera que esperaba. Ahora déjame contarte cómo fue esa noche, cada detalle, porque los detalles importan.
Los detalles son los que revelan la verdad. 29 de noviembre de 1987, un domingo. Los domingos en México son sagrados. Son para la familia, para el descanso, para ir a misa, comer en casa de la abuela, ver el fútbol en la televisión. Los domingos la vida se detiene un poco, pero para los artistas los domingos son diferentes.
Los fines de semana son los días más lucrativos, casinos, centros nocturnos, fiestas privadas, bodas de gente rica. El dinero fluye los viernes, sábados y domingos. Era raro que el pirulí estuviera en casa un domingo. Muy raro. Tenía un concierto programado en el casino de Tijuana, un compromiso que había acordado semanas antes, un show que le iba a dejar buen dinero, pero se canceló a último momento.
El empresario dijo que hubo problemas logísticos. Nadie especificó cuáles eran esos problemas. Nadie explicó por qué un concierto que estaba confirmado de pronto ya no se podía hacer. ¿Cocidencia? ¿O alguien quería asegurarse de que el pirulí estuviera en casa esa noche? Esa cancelación le costó la vida. Si hubiera estado en Tijuana como debía, los sicarios habrían tocado la puerta de una casa vacía.
Habrían tenido que esperar, habrían tenido que replanear y quizás solo o quizás algo habría salido diferente. Pero no fue así. El pirulí se quedó en casa y la muerte lo encontró ahí. Durante el día, la familia salió a pasear una tarde normal de domingo. Comieron juntos en algún restaurante, pasearon por algún centro comercial, hicieron lo que hacen las familias normales los domingos.
Regresaron cuando empezaba a oscurecer. El sol de noviembre se ponía temprano. Las luces de la casa se encendieron. Todo parecía normal. Entonces Víctor recibió una llamada telefónica. El teléfono sonó en la sala. Víctor contestó. Irma estaba cerca, pero no escuchó la conversación. Solo vio el rostro de su esposo mientras hablaba.
Nadie sabe exactamente qué le dijeron. La policía intentó rastrear la llamada, pero en 1987 la tecnología no lo permitía. No había identificador de llamadas, no había registros digitales. Las llamadas desaparecían en el aire. Lo que sí documentaron los investigadores fue el comportamiento de Víctor después de colgar.
Según testimonios, fue una amenaza de muerte. Irma lo vio colgar con las manos temblando. El color había desaparecido de su rostro. ¿Qué pasó? Nada. equivocado, pero no era nada y no estaba equivocado. Horas después, mientras Víctor veía televisión en su sillón, su hija Lucy anunció que saldría al cine con su novio. “No llegues tarde”, le dijo Irma.
Lucy se despidió, besó a su padre en la frente. Él probablemente le dijo algo gracioso porque ella se rió antes de salir. Fue la última vez que lo vio con vida. Lucy se fue y olvidó las llaves. Ese olvido trivial, ese descuido de adolescente distraída, ese detalle insignificante selló el destino de su padre.
Porque cuando sonara el timbre a medianoche, Víctor pensaría que era su hija y abriría la puerta sin preguntar, sin verificar, sin sospechar. Las horas pasaron. La casa se quedó en silencio. Irma subió a acostarse. El hijo se encerró en su cuarto a estudiar. Víctor se quedó solo en la sala, las luces apagadas, excepto por el resplandor de la televisión.
No sabemos qué veía. No sabemos si pensaba en la llamada amenazante. No sabemos si había logrado convencerse de que no era nada. A medianoche sonó el timbre. Víctor miró hacia la puerta. Lucy se fue sin llaves. Recordó. Se levantó del sillón. caminó hacia la puerta, probablemente arrastrando los pies, cansado, probablemente sonriendo, preparando algún comentario gracioso para recibir a su hija, que siempre olvidaba todo. Abrió.
No era Lucy, eran tres hombres. Sin decir palabra, le dispararon. Seis balas calibre 9 mm, tipo expansivas. El tipo de bala que se abre al entrar en el cuerpo para causar máximo daño. El tipo que usan los profesionales que quieren asegurarse de que su objetivo no sobreviva. Tres tiradores sincronizados. Cada uno disparó dos veces.
Coordinación perfecta, entrenamiento militar o de sicariato. No fueron delincuentes comunes, no fue un robo. Fueron profesionales haciendo un trabajo por el que les pagaron. Las balas perforaron el tórax, el abdomen, una clavícula, la arteria femoral, el pirulí cayó al suelo de su propia casa. Al escuchar las detonaciones, Irma despertó de golpe.
Bajó corriendo las escaleras gritando el nombre de su esposo. Su hijo salió del cuarto donde estudiaba. El libro todavía abierto sobre el escritorio. El examen del día siguiente ya no importaba. Juntos llegaron a la entrada y encontraron al cantante desangrándose en el piso, los ojos abiertos, la boca intentando decir algo que ya no podía articular.
A lo lejos, a través de la puerta abierta, vieron un vehículo oscuro arrancando a toda velocidad, las luces traseras desapareciendo en la noche. Un vecino escuchó los gritos y llegó a ayudar. Intentó detener la hemorragia con lo que tenía a mano, pero ya era tarde. El pirulí había muerto. “Tú naciste para volar”, le había dicho su padre.
Esa noche Víctor y Turbe cayó del cielo para siempre. Tenía 51 años. Ahora viene la tercera revelación. Lo que pasó después es lo que convierte este caso en un misterio que nadie ha podido resolver en casi 40 años. Ya te lo dije al principio. La familia alteró la escena del crimen. Pero déjame darte los detalles que la policía documentó.
El cuerpo del pirulí fue movido del lugar donde cayó muerto. La alfombra donde había sangre se mandó a lavar esa misma noche antes de que amaneciera, antes de que llegaran los investigadores. El sillón ensangrentado desapareció de la sala. Días después apareció flotando en el río Moritas. ¿Quién hace eso? ¿Quién después de ver morir a su esposo piensa en lavar alfombras? Solo alguien que tiene algo que esconder.
Solo alguien que sabe que la verdad es más peligrosa que el silencio. Los periódicos publicaron fotos del cuerpo. El rostro del pirulí tenía un rictus de sorpresa. No esperaba a sus asesinos. ¿Cómo no los esperaba si acababa de recibir una amenaza de muerte? A menos que no fueran los mismos que lo amenazaron, a menos que los asesinos fueran personas que él conocía, personas a las que abrió la puerta confiado, personas que entraron a su casa sin levantar sospechas.
Al sepelio acudieron las estrellas más grandes de México, Raúl Velasco, Enrique Guzmán, José José, los que lo conocían desde los años de gloria. Ninguno quiso hacer comentarios. Ninguno dijo una palabra sobre lo que sabían. Ninguno señaló a nadie. El silencio del mundo del espectáculo fue ensordecedor. Raúl Velasco, que lo había presentado decenas de veces en Siempre en Domingo, el programa más importante de la televisión mexicana.
No dijo nada. Enrique Guzmán, que había estado con él en el globo cuando murió Manuel Santos, que conocía sus secretos, sus vuelos, sus aventuras, no dijo nada. José José, el príncipe de la canción, que compartía escenario con él en los grandes eventos, que sabía cómo funcionaba el negocio por dentro, no dijo nada.
Todos callaron como si hubieran recibido la misma instrucción, como si supieran que hablar era peligroso, como si alguien les hubiera dejado claro que el silencio era la única opción. ¿Quién tenía ese poder? ¿Quién podía hacer que las estrellas más grandes de México cerraran la boca al mismo tiempo? Solo alguien con conexiones en el gobierno, en Televisa, en el narcotráfico.
Los tres poderes que controlaban México en esa época. Los tres poderes que según las investigaciones estaban involucrados en la vida del Pirulí. Y aquí viene lo más perturbador de todo. Los restos del Pirulí fueron cremados en plena investigación. antes de que el caso se resolviera. Piensa en eso un momento.
El cuerpo de una víctima de asesinato es evidencia. Es lo más importante que tiene la policía para resolver el caso. Puede revelar cosas que las autopsias iniciales no encontraron. Puede ser reexaminado con nueva tecnología. Puede contradecir versiones oficiales. La evidencia no se destruye. Se preserva.
Se protege, es sagrada para cualquier investigación seria, a menos que alguien quiera que desaparezca. ¿Quién autorizó la cremación? ¿Quién decidió que era mejor convertir el cuerpo en cenizas antes de que se supiera la verdad? La familia, dicen. Irma afirmó los papeles, pero ¿quién le dijo que lo hiciera? ¿Quién la convenció de que era lo mejor? ¿Quién la presionó? Las cenizas fueron esparcidas en Puerto Vallarta, en el cinto mar que tanto amaba, en el lugar donde había encontrado su voz décadas atrás, cuando era un payaso con la espalda rota

cantando en un bar de hotel. Poético, sí, pero también conveniente. Sin cuerpo no hay segunda autopsia, no hay nuevas pruebas, no hay forma de contradecir la versión oficial. No hay manera de saber si las balas entraron por el frente o por la espalda. No hay manera de confirmar si murió en la puerta o en el sillón.
El cuerpo era la última prueba y lo convirtieron en cenizas. La Procuraduría estableció tres teorías oficiales. Primera, crimen pasional. El pirulí tenía enemigos por sus conquistas amorosas. Jorge Vargas, el esposo de Lupita Dalesio. Quizás otros maridos ofendidos que nunca se mencionaron públicamente. Quizás algún hombre poderoso cuya esposa o amante había caído en las redes del cantante.
En el México de esa época, los crímenes pasionales eran comunes y a veces convenientes para encubrir otras cosas. Segunda, deudas. El pirulí debía dinero a gente peligrosa, apostador, derrochador. Vivía por encima de sus posibilidades, incluso contando el dinero de la droga. Quizás debía a los proveedores, quizás había quedado mal con alguien que no aceptaba excusas.
Las deudas con el narco se cobran con balas. Eso lo sabe cualquiera que haya vivido en México. Tercera, ajuste de cuentas del narcotráfico. La más probable, la que todos creían pero nadie quería investigar a fondo. El pirulí sabía demasiado. Conocía a los proveedores, conocía a los clientes, conocía los pasillos por donde circulaba la mercancía, conocía nombres que nunca debería haber conocido.
Quizás quiso salirse del negocio, quizás amenazó con hablar, quizás simplemente se volvió un riesgo que era mejor eliminar. O quizás todo junto, quizás fue una combinación de celos, deudas y secretos peligrosos. Quizás fueron varias personas con diferentes motivos que se pusieron de acuerdo.
Quizás nunca sabremos la verdad completa. En diciembre de 1987, apenas un mes después del asesinato, la Procuraduría cerró el caso. Un mes, 30 días para investigar el asesinato de una de las estrellas más famosas de México. 30 días para entrevistar testigos, analizar pruebas, seguir pistas. Es un chiste. Cualquier investigación seria toma meses, años, pero esta se cerró en 30 días. Razón oficial.
Poca colaboración de la familia. La familia que lavó la alfombra, que tiró el sillón al río, que movió el cuerpo, que cremó los restos. Esa familia no quiso colaborar. ¿Te sorprende? Después del cierre del caso, la familia hizo algo que nadie esperaba. Vendieron todo, la casa donde él murió, el rancho en Puerto Vallarta, los carros, los caballos, todo lo que habían construido durante décadas y desaparecieron.
Irma y los hijos se fueron a un lugar que jamás fue revelado públicamente. Cambiaron de vida, cambiaron de ciudad. Según algunos rumores, cambiaron hasta de nombre. Nunca más dieron entrevistas, nunca más hablaron del caso. Nunca más explicaron por qué hicieron lo que hicieron esa noche. Nunca más pisaron los estudios de Televisa.
Nunca más aparecieron en público. Se esfumaron como si nunca hubieran existido. Miedo, probablemente. Después de ver lo que le hicieron a Víctor, cualquiera tendría miedo. Culpa. Quizás cargar con el peso de haber alterado la escena del crimen, de haber destruido evidencia, de haber ayudado a que los asesinos quedaran libres.
Eso destruye a cualquiera. ¿O algo más? ¿Sabían algo que los obligaba a esconderse? ¿Los habían amenazado? ¿Les habían dejado claro que si hablaban ellos serían los siguientes? Nadie lo sabe y ellos nunca lo van a contar. La casa donde murió el pirulí, la casa en las arboledas donde sonaron los seis disparos, fue demolida poco después. El terreno se vendió.
Los nuevos dueños construyeron algo diferente. Hoy es parte de un campo de golf. Gente rica jugando donde antes había sangre. Carritos eléctricos pasando por donde cayó el cuerpo. Risas y tragos donde antes hubo gritos de horror. El lugar del crimen ya no existe, como si también lo hubieran borrado.
Y la música del pirulí desapareció de la radio. Durante años. Sus canciones dejaron de sonar. Felicidad, que había sido un éxito rotundo, ya no se escuchaba. Verónica, que todos tarareaban, se volvió silencio. Sus discos dejaron de venderse. Su nombre dejó de mencionarse como si alguien hubiera dado la orden, como si existiera una lista negra, como si el sistema entero, Televisa, las estaciones de radio, los productores, hubiera decidido que el pirulí debía ser olvidado.
¿Quién tiene ese poder? ¿Quién puede borrar a una estrella de la memoria colectiva? Solo alguien que controla los medios. Solo alguien que tiene conexiones en los lugares correctos. Solo alguien a quien nadie se atreve a contradecir. El hombre que cantó Felicidad para millones fue silenciado incluso después de muerto.
Ahora la cuarta y última revelación, la que conecta todo, la que demuestra que el pirulí no fue un caso aislado, la que prueba que había un patrón. 7 de junio de 1999, casi 12 años después, Ciudad de México, mediodía, un día normal de trabajo, el sol brillando, la gente yendo y viniendo, nada fuera de lo común. Paco Stanley, el conductor más popular de la televisión mexicana, sale de los estudios de Televisa San Ángel después de terminar su programa matutino, el mismo programa que millones de mexicanos veían mientras desayunaban.
El mismo programa donde hacía reír a las familias cada mañana. Sale con su equipo. Van al restaurante El Charco de las Ranas, un lugar en periférico sur que frecuentaba. Un lugar donde todos lo conocían, donde tenía su mesa reservada, donde se sentía seguro. Se estaciona en el estacionamiento del restaurante, baja del carro, camina hacia la entrada.
Un comando armado lo está esperando. No son delincuentes comunes, son profesionales, hombres entrenados, con armas de alto calibre, con un plan. Le disparan 36 veces, 36 balas, a plena luz del día, en un lugar público, con testigos, con cámaras de seguridad. No les importó. Sabían que nadie los iba a detener.
Sabían que nadie iba a pagar por ese crimen. Stanley murió en el acto. No tuvo oportunidad. 36 balas no dejan oportunidad. Junto a él murieron su asistente y su guar. daños colaterales, testigos que no podían quedar vivos. Cuando llegó la policía, cuando revisaron el cuerpo de Paco Stanley, encontraron algo en su bolsillo, medio gramo de cocaína y un pequeño molino para pulverizarla.
El conductor, que entraba a millones de hogares mexicanos cada mañana, el que hacía reír a los niños mientras se preparaban para la escuela. El que parecía el tipo más simpático y normal de la televisión. Tenía cocaína en el bolsillo cuando lo mataron. La autopsia confirmó que había consumido esa mañana, que estaba bajo los efectos, que la droga corría por su sangre mientras conducía su programa.
El mismo programa que tú quizás veías, el mismo programa donde tu mamá, tu abuela se reían con sus chistes. Según el libro Nación TV de Fabricio Mejía, Madrid, Paco Stanley no solo consumía, también vendía. Se había quedado con el negocio que el pirulí estableció en Televisa 12 años antes.
El mismo negocio, venta de cocaína al mundo del espectáculo, el mismo lugar. Los pasillos de Televisa, los camerinos, las fiestas privadas, los eventos exclusivos, diferente década, diferente proveedor, pero el mismo sistema y el mismo final. ¿Cómo funcionaba ese negocio? ¿Cómo pasó del pirulí a Paco Stanley? Para entenderlo tienes que conocer la historia del cártel de Guadalajara.
En los años 80, el cártel de Guadalajara era el rey absoluto del narcotráfico mexicano. Félix Gallardo, Caro Quintero, don Neto. Los tres pilares de un imperio que movía toneladas de droga hacia Estados Unidos. Operaban con la protección de la DFS, la policía secreta del gobierno. Era un negocio casi ilegal.
Pagaban sus cuotas, nadie los molestaba, ganaban millones mientras el gobierno miraba hacia otro lado. El pirulí, según las investigaciones, recibía su mercancía de esta red, tenía contactos, conocía a la gente correcta, sabía cómo mover productos sin levantar sospechas, pero en 1985 todo cambió. El asesinato de la gente de la DEA, Kiki Camarena destapó la cloaca.
La presión de Estados Unidos fue brutal. La DFS fue desmantelada. Los jefes del cártel fueron perseguidos. Caro Quintero huyó a Costa Rica. Lo capturaron en 1985. Don Neto cayó el mismo año. Félix Gallardo resistió hasta 1989 cuando finalmente lo arrestaron. Con la caída de Félix Gallardo, el cártel de Guadalajara se fragmentó.
De sus cenizas nacieron los cárteles que hoy conocemos. El de Tijuana, manejado por los hermanos Arellano Félix, el de Juárez bajo Amado Carrillo Fuentes, el de Sinaloa con el Chapo Guzmán empezando su ascenso. El Pirulí fue asesinado en 1987, justo en medio de esta transición, cuando el viejo sistema estaba cayendo y el nuevo todavía no se consolidaba.
Cuando las alianzas cambiaban de la noche a la mañana, cuando nadie sabía quién estaba al mando, fue víctima de esa transición. ¿Sabía demasiado sobre el viejo sistema? ¿Alguien quería asegurarse de que no hablara? Para 1999, cuando mataron a Paco Stanley, el panorama era completamente diferente. Los nuevos cárteles estaban consolidados, las rutas estaban definidas.
Y el negocio de la cocaína en Televisa seguía funcionando, pero con nuevos proveedores. Stanley, según Fabricio Mejía, había heredado ese negocio. No sabemos exactamente cómo. Quizás conocía a las personas correctas, quizás alguien se lo ofreció, quizás simplemente ocupó el vacío que dejó el pirulí. Lo que sí sabemos es que terminó igual, el mismo patrón.
Múltiples tiradores, balas de alto calibre, ejecución coordinada, profesionales haciendo un trabajo limpio y el mismo silencio después. Pero hay un detalle escalofriante que quedó grabado en televisión nacional. Un detalle que millones de personas vieron sin entender lo que significaba. Un detalle que visto con la perspectiva del tiempo cobra un significado siniestro.
El mismo día de su muerte, apenas unas horas antes de ser asesinado, Paco Stanley le dice a Mario Bezares en vivo, “Ya págales, págales, eso es lo que tienes que hacer.” Lo dijo como si fuera un chiste, una de tantas bromas durante el programa. El público en el estudio se rió. Bezares hizo una mueca cómica.
Los televidentes en sus casas sonrieron sin darle importancia. Millones de personas lo vieron. Nadie pensó nada. No era un chiste. Estaba hablando de una deuda con el narco. Sabía que lo iban a matar. Estaba advirtiendo a su compañero de algo inevitable. Era una confesión, un grito de auxilio disfrazado de comedia.
Horas después, Paco Stanley estaba muerto en un charco de sangre y esas palabras quedaron grabadas para siempre. Ya páales. El caso de Stanley también se cerró sin justicia real. Mario Bezares fue acusado de participar en el asesinato. Lo arrestaron, lo encarcelaron. Pasó meses en prisión mientras la prensa lo destrozaba, mientras su carrera se desmoronaba, mientras su nombre quedaba manchado para siempre.
Pero las pruebas no existían o las hicieron desaparecer. Bezares fue liberado por falta de evidencia. Los verdaderos asesinos nunca fueron encontrados, nunca fueron juzgados, nunca pagaron por esas 36 balas, igual que con el pirulí. Dos artistas de Televisa, dos ejecuciones profesionales, 12 años de diferencia, el mismo patrón, tiradores múltiples, balas de alto calibre, coordinación perfecta, escape limpio, el mismo lugar, el mundo del espectáculo mexicano, los pasillos de Televisa, el mismo silencio después, casos cerrados, inculpables, familias
destruidas, memorias que se borran. coincidencia. No existen las coincidencias, no en este mundo, no en este negocio. Es un patrón, una advertencia. Si te metes en esto, así terminas. El pirulí lo aprendió en 1987. Paco Stanley lo aprendió en 1999. Es un patrón, una advertencia. Si te metes en esto, así terminas.
Víctor Iturbe murió a los 51 años. dejó preguntas que nadie ha respondido en casi 40 años. ¿Por qué su familia alteró la escena del crimen? ¿Por qué cremaron el cuerpo antes de resolver el caso? ¿Por qué su música desapareció de la radio? ¿Y por qué 12 años después otro famoso de Televisa moriría exactamente igual? La verdad murió con él esa noche de noviembre.
O tal vez la saben personas que todavía están vivas, personas que guardan silencio porque saben lo que les pasa a los que hablan. “Tú naciste para volar”, dijo su padre cuando era niño. Toda su vida persiguió ese cielo en la fama, en el dinero, en los secretos que lo elevaron por encima de los demás. Pero nadie le advirtió que los que vuelan muy alto terminan cayendo.
Y cuando cayó con seis balas en el cuerpo, su propia familia se encargó de borrar las huellas. Lavaron la sangre, tiraron el sillón, cremaron el cuerpo, desaparecieron. Esa es la historia que Televisa quiso enterrar, que el gobierno espió, que el narcotráfico silenció y que hoy finalmente has escuchado completa.
Si esta historia te tocó, compártela, suscríbete, dale like. La próxima semana, Paco Stanley, el que heredó el negocio, el que pagó el mismo precio con 36 balas. Si creías que esta historia era oscura, espera a escuchar lo que viene. Nos vemos ahí.
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