Emilio Azcarraga Vidaurreta colgó el teléfono en su oficina de XCW Radio y miró por la ventana hacia el Paseo de la Reforma. Acababa de recibir una llamada que lo tenía furioso. Pedro Infante, su estrella más valiosa, el galán que estaba generando millones de pesos en taquilla cinematográfica, acababa de comprar su tercer avión.
No solo eso, estaba planeando volar ese mismo fin de semana de Ciudad de México a Mérida para una función privada, piloteando el mismo la aeronave. Azcárraga marcó el número del hotel donde Infante se hospedaba. La secretaria lo pasó inmediatamente. “Pedro, necesito verte en mi oficina mañana a las 10 de la mañana”, dijo con voz cortante.“Es urgente, Infante, que conocía bien ese tono, sintió un escalofrío. Claro, don Emilio, ahí estaré.” Azcárraga no dio más explicaciones y colgó. Era 1948 y Pedro Infante estaba en la cúspide de su fama. Había protagonizado películas como nosotros los pobres, que habían roto todos los récords de taquilla en México. Las mujeres se desmayaban cuando lo veían en la calle.

Los hombres querían ser como él. Los niños tarareaban sus canciones. Era el actor más querido del país, pero también era algo más. era un piloto aviador experimentado con licencia profesional y esa pasión estaba a punto de costarle todo. La mañana siguiente, Infante llegó puntual a las oficinas de XCW en avenida Ayuntamiento. Vestía su traje impecable, pero por dentro estaba nervioso.

Sabía exactamente de qué querría hablar Azcárraga. La secretaria lo hizo pasar de inmediato. Azcárraga estaba sentado detrás de su enorme escritorio de Caoba con varios periódicos abiertos frente a él. Uno mostraba una foto de infante junto a su avión. Cesna, “Siéntate, Pedro”, dijo sin levantar la vista. Infante se sentó en silencio esperando.
Azcárraga finalmente levantó la mirada y señaló los periódicos. “Esto”, dijo con voz controlada, pero tensa. “Esto me tiene muy preocupado. Tú sabes cuánto dinero hemos invertido en tu carrera. Tienes contratos pendientes por cinco películas más. Tienes giras programadas por toda la República.Eres la imagen de tres productos comerciales importantes. Hizo una pausa dejando que las palabras pesaran. Y ahora me entero de que estás volando aviones como si fueras piloto de la Segunda Guerra Mundial. Infante respiró profundo. Don Emilio, yo tengo mi licencia. Llevo años volando. Sé lo que hago.

Azcárraga golpeó el escritorio con la palma abierta. No me importa si tienes 10 licencias. Eres un actor, Pedro. Un galán de cine. La gente paga por verte en la pantalla, no por leer en los periódicos que te estrellaste en alguna montaña. Infante sintió que la sangre le subía a la cara. Don Emilio, con todo respeto, volar no es solo un pasatiempo para mí, es parte de quién soy.

Azcárraga se reclinó en su silla estudiando a Infante con ojos fríos y calculadores. Pedro, déjame explicarte algo sobre este negocio. Tú no eres dueño de ti mismo. Tu cara, tu voz, tu imagen, todo eso pertenece al público ahora. Y yo soy quien administra esa relación entre tú y ese público. Cuando firmas contratos, cuando aceptas papeles, estás comprometiéndote a cuidar esa imagen.

Infante apretó los puños sobre sus rodillas. Entiendo eso, don Emilio, pero mi vida personal es mía. Azcárraga soltó una risa seca. Tu vida personal dejó de ser tuya cuando apareciste en la portada de tu primera revista. Cada vez que subes a un avión estás poniendo en riesgo millones de pesos, cientos de empleos y la felicidad de millones de mexicanos que te adoran.
Sacó un documento de su cajón y lo deslizó por el escritorio. Esto es un comunicado de prensa. Anuncia que Pedro Infante ha decidido retirarse de la aviación para concentrarse completamente en su carrera artística. Lo publicaremos mañana en todos los periódicos. Infante miró el papel sin tocarlo. No puedo firmar eso. Sería mentir.

Azcárraga se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un tono peligroso. Entonces, déjame ser muy claro contigo, muchacho. Si sigues volando, yo personalmente me encargaré de que no trabajes en ninguna película importante. Tengo contratos con todos los estudios principales. Una palabra mía y tu carrera se termina.

El silencio en la oficina era denso como niebla. Infante podía escuchar su propio corazón. latiendo en sus oídos. Estaba frente al hombre más poderoso del entretenimiento mexicano, un magnate que había construido