El mundo del espectáculo en México ha amanecido con un nudo en la garganta. No se trata de un rumor de pasillo ni de una especulación malintencionada, sino de una realidad cruda y dolorosa que ha golpeado a una de las figuras más respetadas de la televisión: Rocío Sánchez Azuara se encuentra en estado crítico. La mujer que durante décadas ha sido sinónimo de fortaleza, carácter y empatía, hoy libra la batalla más feroz de su vida en una cama de terapia intensiva, conectada a máquinas y dependiendo de un hilo de esperanza que se mide en horas.

De la recuperación a la pesadilla

Hace apenas dos semanas, Rocío había sido dada de alta con la promesa de una recuperación lenta pero segura. Sin embargo, el destino tenía preparado un giro cruel. Alrededor del décimo día en casa, lo que parecía ser un proceso de cicatrización normal se transformó en un infierno silencioso.

Todo comenzó con un dolor localizado, distinto al malestar general postoperatorio. Rocío, con su habitual disciplina, lo reportó, pero los primeros diagnósticos apuntaron a una inflamación de rutina. Grave error. En cuestión de 48 horas, el cuadro se deterioró violentamente: la zona se enrojeció, la temperatura corporal se disparó a 39.8 grados y el cuerpo de la conductora dijo “basta”.

El relato de su colapso es estremecedor. Al intentar levantarse para ir al baño, sus piernas fallaron. No fue un simple desvanecimiento; fue el apagón de un organismo que estaba siendo devorado por una infección interna. La llamada al 911, la sirena de la ambulancia rompiendo el silencio de la mañana y la carrera contra la muerte hacia el hospital marcaron el inicio de una jornada que su familia jamás olvidará.

Seis horas de angustia en el quirófano

Al llegar a urgencias, los estudios confirmaron el peor escenario: una infección severa con múltiples focos y abscesos profundos que amenazaban con provocar una sepsis generalizada. La decisión fue unánime e inmediata: cirugía de emergencia.

Lo que se planeó como una intervención de limpieza de dos horas se convirtió en una maratón quirúrgica de casi seis horas. Los cirujanos se encontraron con un campo de batalla interno: tejidos necróticos, sangrado difícil de controlar y una infección mucho más extendida de lo que mostraban las imágenes. Hubo momentos de tensión extrema donde el equipo médico tuvo que transfundir sangre y estabilizar su presión arterial, que caía peligrosamente. Afuera, cada minuto que pasaba era una tortura psicológica para sus hijos, que esperaban noticias que no llegaban.

Terapia Intensiva: La espera interminable

Hoy, Rocío no está en una habitación normal recuperándose con flores y visitas. Está en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), un entorno frío y tecnológico donde el sonido de los monitores marca el ritmo de la vida. Se encuentra bajo sedación profunda, intubada y con soporte vital para permitir que su cuerpo dedique cada gramo de energía a combatir la bacteria que la atacó.

El término médico es claro y brutal: “pronóstico reservado”. Los especialistas han marcado un plazo de 72 horas que serán decisivas. En este lapso, se definirá si los potentes antibióticos logran frenar la infección o si el cuerpo de Rocío comienza a sufrir fallas multiorgánicas.

El dolor de una familia y el costo de la enfermedad

Mientras Rocío duerme su sueño inducido, su familia vive una vigilia permanente en la sala de espera. Sus hijos, con los ojos hinchados y la ropa de hace tres días, se aferran a cualquier señal de mejoría, por mínima que sea. Un leve descenso en los marcadores de infección se celebra como una victoria olímpica; una caída en la presión arterial se siente como un golpe físico.

Además del desgaste emocional, la sombra del costo financiero comienza a asomar. Aunque Rocío cuenta con seguro y ahorros fruto de una vida de trabajo incansable, la cuenta hospitalaria en un centro privado de alta especialidad asciende ya a varios millones de pesos. Medicamentos de última generación, honorarios de equipos multidisciplinarios y el costo diario de la UCI suman cifras vertiginosas. Colegas y amigos han comenzado a hablar discretamente de organizar apoyos si la situación se prolonga, demostrando que, en la desgracia, la solidaridad es el único bálsamo.

Un país en oración

La noticia ha desatado una ola de apoyo impresionante. Desde conductores de televisoras rivales hasta miles de seguidores en redes sociales, el mensaje es uno solo: “Fuerza, Rocío”. Sin embargo, el silencio de ciertos grupos poderosos del medio también ha sido notorio, un recordatorio de que en el espectáculo, las lealtades a veces tienen fecha de caducidad.

Pero a Rocío Sánchez Azuara eso no le importa ahora. Su lucha es interna, celular, vital. Las próximas horas dictarán si podremos volver a ver esa mirada firme en la pantalla o si el destino ha decidido escribir el capítulo final de una mujer que nunca supo rendirse. Por ahora, solo queda esperar y rezar.