Durante décadas, la Epopeya de Gilgamesh ha sido tratada como una curiosidad literaria, un “cuento de hadas” de la antigua Mesopotamia que los estudiantes leen por obligación. Pero para Andrew George, el erudito vivo que más profundamente ha mirado al abismo de estas tablillas de arcilla, el texto ha dejado de ser una reliquia para convertirse en una amenaza. Tras años de silencio y estudio obsesivo, George ha lanzado una advertencia que resuena con la fuerza de un trueno antiguo: Gilgamesh no es una historia sobre el pasado heroico; es un “sistema de presión”, un mecanismo diseñado para desestabilizar todo lo que creemos saber sobre Dios, la muerte y nuestro propósito en la Tierra.
La Mentira del Origen Divino: Somos “Mano de Obra”
Lo que Andrew George ha encontrado al unir los miles de fragmentos dispersos por el mundo es una visión de la humanidad que hiela la sangre. A diferencia del Génesis bíblico, donde el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios y dotado de un propósito sagrado, Gilgamesh presenta un vacío aterrador. No hay “soplo de vida” divino. La humanidad simplemente “aparece” en el texto.’

Según las traducciones más precisas y oscuras, los dioses mesopotámicos no nos crearon por amor. Nos crearon por pereza. Los dioses estaban cansados de trabajar, de cavar canales y cultivar la tierra. La humanidad fue diseñada como una herramienta biológica, una clase trabajadora desechable cuyo único propósito era mantener el estilo de vida de los dioses. No somos sus hijos; somos sus empleados domésticos. Y como cualquier empleado molesto, somos prescindibles.
El Diluvio no fue Castigo, fue “Control de Plagas”
Quizás la revelación más impactante que golpea directamente a las tradiciones religiosas occidentales es la verdadera causa del Gran Diluvio. En la versión bíblica, Dios inunda la tierra porque la humanidad se ha vuelto malvada y pecadora; es un acto de justicia moral. Pero en las tablillas originales de Nínibe, que preceden a la Biblia por siglos, la motivación es grotescamente trivial.
Los dioses no nos ahogaron por nuestros pecados. Nos ahogaron por nuestro RUIDO. La humanidad se había multiplicado tanto y trabajaba con tanto frenesí que el estruendo no dejaba dormir a los dioses. Enlil, el dios supremo, no ordenó el diluvio para purificar el alma humana, sino para poder echarse una siesta en silencio. Fue un acto de exterminio por conveniencia, un “control de plagas” cósmico. Esta narrativa despoja a nuestro sufrimiento de cualquier significado trascendente: no sufrimos para aprender, sufrimos porque molestamos.
La Tabla 12: El Final que Nadie Quería Leer
Durante mucho tiempo, los académicos intentaron ignorar la existencia de la “Tabla 12”, un apéndice final de la epopeya que rompe con la estructura literaria. Andrew George, sin embargo, sostiene que es la clave de todo. En este capítulo final, las puertas del inframundo se abren y el amigo de Gilgamesh, Enkidu, regresa brevemente de entre los muertos.

Lo que cuenta no es bonito. No hay cielo, no hay coro de ángeles, no hay justicia para los buenos. El más allá es un lugar burocrático, polvoriento y estancado. “Los reyes y los plebeyos comparten el mismo polvo”, dice el texto. Es una visión deprimente donde la identidad se disuelve en una nada administrativa. George advierte que este final fue intencional: la epopeya te golpea con la realidad de que la muerte es absoluta y aburrida. No hay escape, ni siquiera para los héroes.
Un “Virus” Textual que Sobrevive al Tiempo
¿Por qué, entonces, una historia tan pesimista y brutal ha sobrevivido 4,000 años? Según George, esa es la genialidad macabra del texto. Gilgamesh sobrevive no porque nos consuele, sino porque nos confronta. Actúa como un virus cognitivo que se reactiva cada vez que una civilización se vuelve demasiado arrogante.
Hoy, mientras los magnates de Silicon Valley buscan la inmortalidad digital y creemos que la tecnología nos hará dioses, Gilgamesh reaparece para recordarnos nuestra fragilidad. Las tablillas nos dicen que ya hemos estado aquí antes. Ya intentamos ser inmortales. Ya construimos muros altos. Y todo terminó en polvo.
La advertencia final de Andrew George es clara: la historia no avanza hacia la perfección. El tiempo es cíclico. Y si no entendemos que somos, en esencia, criaturas frágiles a merced de fuerzas indiferentes (sean dioses antiguos o algoritmos modernos), estamos condenados a repetir el mismo final desastroso que Gilgamesh descubrió hace milenios. La piedra sobrevive; nosotros no.
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