La última noche del año siempre ha sido para España un ritual casi sagrado. Es ese momento de tregua donde las familias se reúnen, las uvas esperan pacientes en los platos y la televisión pública, RTVE, se erige como el escenario común donde el país entero comparte los últimos segundos antes de cambiar de calendario. Sin embargo, la pasada Nochevieja no fue una más. Lo que debía ser una transición festiva hacia el nuevo año se transformó, de forma inesperada, en el epicentro de una de las polémicas culturales y políticas más intensas de la última década. El detonante tuvo nombre propio: Shakira.

Cuando semanas antes se anunció que la estrella colombiana sería la figura central del espectáculo, el país reaccionó con una mezcla de sorpresa y entusiasmo. Una estrella global de su calibre en la televisión pública era una apuesta audaz, una declaración de intenciones. Pero nadie imaginó que su presencia desataría una tormenta de tales proporciones que llegaría incluso a las salas del Congreso de los Diputados.

Eran las 11:45 de la noche cuando las luces del plató se apagaron. Shakira apareció envuelta en un vestido plateado, sobrio pero poderoso, bajo una puesta en escena minimalista. No hubo fuegos artificiales ni coreografías multitudinarias; solo ella, la música y una cámara que no se atrevía a pestañear. Interpretó una versión adaptada de uno de sus temas más recientes, con una letra cargada de metáforas sobre la libertad, la ruptura y la reconstrucción personal. Aunque no mencionó nombres ni lanzó acusaciones directas, el mensaje caló hondo. En los hogares españoles, el silencio se hizo espeso. Algunos aplaudieron emocionados ante la honestidad de la artista; otros, en cambio, fruncieron el ceño ante lo que consideraron un contenido inapropiado para una noche de unión familiar.

La reacción fue inmediata. Antes de que terminara la actuación, las redes sociales ya eran un hervidero de opiniones enfrentadas. En plataformas como X (antes Twitter) y Facebook, la polarización fue total. Mientras unos agradecían a Shakira por recordar que “el arte también debe doler”, otros acusaban a RTVE de haberse convertido en un “altavoz ideológico” y de traicionar la identidad nacional al ceder el protagonismo de la noche más emblemática a una artista extranjera con un mensaje tan personal y divisivo.

En la sede de RTVE, el ambiente pasó de la satisfacción por los datos de audiencia a una tensión insoportable. Los teléfonos no dejaban de sonar y los correos electrónicos se contaban por cientos, alternando felicitaciones por la valentía editorial con exigencias de dimisión para los altos directivos. Javier Molina, director de contenidos de la cadena, se encontró defendiendo una apuesta que él consideraba puramente artística, pero que en el contexto español rápidamente se tiñó de política. “¿Quién aprobó el guion?”, “¿Hubo presiones externas?”, eran las preguntas que circulaban en un Consejo de Administración que buscaba culpables ante la presión mediática.

La controversia no tardó en cruzar fronteras. Medios de comunicación en Latinoamérica y Europa comenzaron a hacerse eco de la “crisis de la Nochevieja española”. En Colombia, el país natal de la cantante, se hablaba de una incomprensión cultural profunda por parte de ciertos sectores españoles. Mientras tanto, Shakira mantenía su habitual silencio, roto únicamente por una imagen en Instagram de una rosa blanca con la palabra “gracias”, un gesto que, lejos de calmar las aguas, reavivó el debate en Madrid, Barcelona y Sevilla.

El conflicto escaló hasta la arena política. En el Congreso, varios diputados exigieron la comparecencia urgente de los responsables de la corporación pública, utilizando términos como “uso indebido de fondos” y “agenda oculta”. El debate ya no era solo sobre una canción, sino sobre el modelo de televisión que España desea y sobre los límites de la libertad de expresión en espacios institucionales. Se habló de censura, de machismo y del miedo de una parte de la sociedad a verse reflejada en la vulnerabilidad y la fuerza de una mujer que narra su propia herida.

A medida que pasaban las semanas, el escándalo inicial dio paso a un análisis más sociológico. Los datos de audiencia revelaron que fue uno de los especiales de Nochevieja más vistos de la historia reciente, una verdad incómoda para quienes pedían su cancelación. Surgió además una brecha generacional evidente: para los más jóvenes, la actuación fue un acto de normalidad en un mundo globalizado; para los mayores, representó una ruptura dolorosa con la tradición de una celebración que asociaban a la estabilidad.

Incluso en el ámbito educativo, el caso Shakira se convirtió en objeto de estudio. Profesores de lengua y comunicación utilizaron la polémica para analizar cómo los símbolos culturales pueden actuar como espejos de las frustraciones de una sociedad. “Quizá el problema es que esperamos que la cultura nos tranquilice, cuando a veces su función es despertarnos”, comentaba una estudiante en una mesa redonda en Salamanca meses después.

Finalmente, en febrero, la propia Shakira se pronunció brevemente durante un evento benéfico en Miami. Con una sonrisa de cansancio, afirmó que “el arte no está para arrepentirse, sino para decir lo que a veces no sabemos decir de otra forma”. Sus palabras cerraron un capítulo para ella, pero dejaron una huella imborrable en la televisión española. RTVE, en un intento de aprendizaje, anunció posteriormente nuevos proyectos enfocados en la diversidad cultural, aunque para muchos, la sombra de aquella noche sigue planeando sobre cada decisión editorial.

Hoy, cuando se recuerda aquella actuación, ya no se habla solo de música. Se habla de un país que, por una noche, se vio obligado a mirarse al espejo y discutir qué voces está dispuesto a escuchar. España no se rompió, pero se movió. Y a veces, ese pequeño movimiento, provocado por una canción y un vestido plateado, es el primer paso para entender que la tradición y el cambio pueden convivir, aunque el proceso sea, inevitablemente, ruidoso.