En el mundo del espectáculo, donde los egos suelen ser tan grandes como las carteleras de la Gran Vía o la calle Corrientes, pocas veces se presencia un momento de justicia poética tan absoluto como el ocurrido recientemente en los estudios de Televisión Española. Lo que comenzó como una entrevista rutinaria sobre la industria cinematográfica se transformó en una “masterclass” de dignidad, cultura y respeto, protagonizada por uno de los baluartes más grandes de la actuación latinoamericana: Guillermo Francella.
La escena parecía sacada de un guion de suspenso perfectamente estructurado. El set del programa “Conversaciones de Cine”, en el emblemático edificio de Torre España en Madrid, estaba bajo las luces de alta definición y el escrutinio de 400 personas en el público. El invitado de honor era Javier Mendoza, un productor español cuya trayectoria es tan exitosa como su fama de arrogante. Mendoza, luciendo un traje de diseñador y una confianza que rayaba en el desdén, se sintió lo suficientemente cómodo para lanzar un dardo envenenado que pretendía herir la médula del arte argentino.
“Hay que ser honestos”, soltó Mendoza ante la pregunta del conductor Roberto Álvarez sobre el cine latinoamericano. “Confunden intensidad con talento. Los actores argentinos gritan en lugar de actuar. Hay volumen, hay pasión superficial, pero falta técnica real”. No contento con eso, Mendoza remató su intervención comparando el teatro porteño con un partido de fútbol en la cancha de Boca Juniors, calificándolo de “entretenimiento de barrio” y cuestionando si realmente se podía considerar arte.
Lo que Mendoza ignoraba, en su burbuja de superioridad cultural, era que en la primera fila de la audiencia VIP, sentado discretamente con un impecable traje azul marino, se encontraba Guillermo Francella. El actor de 69 años, que se encontraba en Madrid para recibir un premio a su trayectoria, escuchó cada palabra con una calma gélida. Tras 40 años de carrera, ocho premios Martín Fierro y un Óscar en su historial, Francella sabía que el silencio en ese momento no era una opción, sino una complicidad con la ignorancia.
Con la fluidez de quien domina el escenario por naturaleza, Francella se puso de pie. El murmullo en el estudio fue instantáneo. Las cámaras, detectando la tensión eléctrica en el aire, enfocaron al hombre que, sin mediar gritos ni aspavientos, pidió permiso para subir al escenario. El conductor, al reconocer el rostro de la leyenda argentina, palideció. La transmisión en vivo, que llegaba a más de 3 millones de personas, estaba a punto de descarrilarse de la mejor manera posible.
“Mi nombre es Guillermo Francella, soy actor argentino y creo que el señor Mendoza y yo necesitamos tener una conversación”, dijo con una voz que cortó el aire como una espada de seda. Al subir al escenario, Francella no se sentó; se quedó de pie, marcando una posición de poder moral que empequeñeció inmediatamente al productor español.
Lo que siguió fue una defensa histórica de la identidad cultural. Francella no utilizó el insulto; utilizó los hechos. Con una elegancia implacable, le recordó a Mendoza que Argentina posee dos premios Óscar a Mejor Película Extranjera, compitiendo cabeza a cabeza con las potencias europeas con apenas una fracción de su presupuesto. “Usted dice que gritamos”, increpó Francella con una suavidad devastadora. “¿Es gritar lo que hizo Ricardo Darín para que Quentin Tarantino lo llamara el Al Pacino de Argentina? ¿Es gritar ganar el Goya o el premio Donostia?”.
Francella llevó la discusión al terreno del alma. Explicó que el teatro argentino no nace de los subsidios o de la comodidad de los grandes despachos de producción, sino de la “necesidad real” de un pueblo que ha usado la cultura como una herramienta de resistencia, sanación y procesamiento de traumas colectivos. “El teatro argentino tiene alma, señor Mendoza, algo que a veces falta en sus producciones sobrepulidas”, sentenció el actor bajo una ovación que duró tres minutos y que incluyó hasta a los técnicos del estudio, quienes no pudieron contener su admiración.
La repercusión de este encuentro fue sísmica. El video de la intervención de Francella superó las 50 millones de reproducciones en cuestión de días, desatando un movimiento cultural bajo el lema “Orgulloso de actuar argentino”. La presión fue tal que el propio Javier Mendoza tuvo que publicar una disculpa pública de cinco páginas en el diario El País, admitiendo que su arrogancia era fruto de la ignorancia y comprometiéndose a estudiar el cine latinoamericano antes de volver a emitir un juicio.
Pero el legado de esa noche fue más allá de una disculpa. El Ministerio de Cultura de España, en un
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