A sus 85 años, la leyenda de la música Alberto Vázquez, cuya voz conmovió a generaciones hasta las lágrimas, ahora luce con una luz completamente diferente, frágil, cansado y con una profunda tristeza en la mirada. Sus últimos días en público hicieron llorar a sus fans, pues tras esa frágil sonrisa se escondía una batalla silenciosa de la que nunca habló con nadie.

En sus 85 años, Alberto Vázquez apareció en público como nunca antes. Se le había visto frágil, delgado, con una expresión que hablaba más de cansancio que de fortaleza. Durante décadas había sido un icono un artista cuya voz poderosa llenaba teatros y cuya presencia imponente parecía desafiar al tiempo. Pero aquella tarde cuando salió acompañado por un asistente, el público quedó en silencio.

No fue un silencio de admiración, fue un silencio de preocupación profunda. Durante muchos años, Alberto había sabido ocultar el paso del tiempo detrás de su temple y su elegancia natural. Caminaba erguido. Sonreía con la confianza de quien ha vivido escenarios inmensos y ovaciones interminables. Pero esta vez cada paso que daba era un esfuerzo visible.

se apoyaba con fuerza en el brazo de la persona a su lado, como si el suelo le pesara demasiado. Su mirada antes tan viva tenía ahora un brillo apagado, como si las noches sin dormir hubieran dejado huellas que ya no podía cubrir. Los presentes no tardaron en darse cuenta del cambio.

Algunos empezaron a grabar, otros bajaron la cámara por respeto. Hubo quienes, incapaces de contener la emoción, dejaron escapar lágrimas al verlo así. Era imposible no recordar la imagen del Alberto fuerte, erguido, vestido con trajes impecables, dueño de un escenario que lo hacía eterno. La comparación con la figura que ahora caminaba lentamente les rompió el corazón.

Un susurro recorrió en el lugar. Jam, ¿qué le pasó? Nadie tenía respuestas claras. Nadie imaginaba que lo que estaban viendo era apenas la superficie de una batalla que Alberto llevaba tiempo librando en silencio. Había perdido peso. Su piel lucía más pálida y en su forma de moverse había algo que recordaba más a un anciano agotado que al artista imparable de siempre.

Pero aún así, había en él un intento de dignidad. Se arregló el saco, respiró hondo y trató de mostrar su mejor rostro ante quienes lo habían acompañado tantos años. Mientras avanzaba hacia el asiento reservado para él, su familia lo seguía de cerca con una mezcla de orgullo y dolor en el rostro. Su hija mayor se acercó