A sus 84 años, César Costa, el elegante icono de la época dorada de la música mexicana, conmocionó al público cuando se filtraron imágenes y la información más reciente sobre su condición. Completamente alejado de los focos de atención, pasa los últimos días de su carrera y su salud sumido en una profunda tristeza.
¿Qué llevó a este hombre otrora vibrante a tal estado de decadencia? ¿Y por qué su familia intentó ocultar la verdad durante tantos años? Durante muchos años, César Costa logró mantener en privado la fragilidad que poco a poco se apoderaba de su cuerpo. Durante muchos años, mientras el público seguía recordándolo como aquel artista elegante, carismático y lleno de vida, él libraba una batalla silenciosa contra el desgaste inevitable de la edad.
A sus 84 años, su familia finalmente decidió romper el silencio y admitir lo que ya no podía esconderse más. La salud de César estaba profundamente deteriorada y cada día se convertía en un desafío que exigía paciencia, cuidado y una fuerza emocional inmensa. A su edad, incluso los pequeños gestos comenzaban a volverse difíciles. El cansancio ya no era simple fatiga, era un peso constante que lo acompañaba desde que despertaba hasta que lograba conciliar el sueño.
Las caminatas cortas se convirtieron en esfuerzos considerables. La voz, esa voz que alguna vez había enamorado a todo un país, se volvía débil en ciertos momentos y su mirada, aunque aún tierna, revelaba un agotamiento que sus fanáticos nunca habían visto. Y aún así, César trataba de sonreír de mostrarse fuerte como si una parte de él se negara a dejar de ser el hombre seguro y encantador que siempre había sido.
Durante mucho tiempo, su familia había intentado manejar la situación con discreción. No querían alarmar a nadie, no querían exponerlo a especulaciones dolorosas y, sobre todo, querían preservar la dignidad de un hombre que había dedicado su vida entera al arte y al cariño del público.
Pero el deterioro físico se hacía cada vez más visible. Los temblores ligeros en sus manos, la inestabilidad al ponerse de pie la respiración pesada después de caminar unos metros. Todo hablaba por sí solo. Era imposible ocultarlo por más tiempo. La decisión de hacer pública la situación no fue sencilla. Hubo discusiones, lágrimas y noches sin dormir.
Su familia sabía que al reconocer la gravedad de su estado, también estaban reconociendo que César se encontraba en una etapa vulnerable, en un punto de su vida donde el cuerpo ya no respondía como antes. Pero también sabían que necesitaban apoyo, comprensión y, sobre todo, respeto. No buscaban lástima, buscaban espacio emocional para acompañarlo de la forma correcta.

Cuando la noticia salió a la luz, el impacto fue inmediato. Las redes sociales se llenaron de mensajes de sorpresa, tristeza y cariño. Muchas personas, incluso las generaciones más jóvenes, expresaron su admiración por un hombre que había sido parte esencial de la historia cultural de México. Vídeos antiguos comenzaron a circular recordando su elegancia, su porte, su voz dulce y su manera única de comunicarse con su público.
Y aunque él no podía leer todo su familia, le compartía algunos mensajes, esperando que de alguna manera el amor de la gente lo alcanzara. Durante muchos días, la casa de César se convirtió en un espacio de silencios suaves y rutinas cuidadosamente organizadas. Los cuidados médicos eran constantes, revisiones, tratamientos, ejercicios asistidos y recomendaciones estrictas para evitar recaídas.
Había momentos en los que él lograba mantenerse lucido, atento, incluso conversador. En esos instantes parecía que la luz regresaba a sus ojos, como si su espíritu aún se aferrara con fuerza a los recuerdos de una vida plena. Pero también había momentos duros, momentos en los que el cansancio lo obligaba a permanecer en cama por horas en los que la confusión aparecía sin aviso o en los que su cuerpo simplemente no tenía fuerzas para más.
Su familia permanecía a su lado sosteniéndolo en cada paso, en cada respiración profunda, en cada gesto donde él buscaba apoyo. Era una lucha constante, una mezcla de amor, paciencia y dolor que solo quienes han cuidado a un ser querido en la vejez pueden comprender. Para los que lo conocían de cerca, ver a César en ese estado era un golpe emocional profundo.
Era imposible no recordar al artista impecable, al hombre que llenaba escenarios con su presencia única. Pero también era inevitable reconocer que debajo de ese brillo siempre hubo un ser humano vulnerable con miedos e inseguridades y un cuerpo que, como el de todos, se rinde con el tiempo. Lo admirable era que incluso en su fragilidad César seguía irradiando una calma que conmovía.
No se quejaba, no se lamentaba, simplemente aceptaba su realidad con una dignidad que hacía que todos a su alrededor lo amaran aún más. Y así, mientras su familia confirmaba la verdad ante el mundo, César Costa continuaba viviendo un día a la vez, rodeado de cariño, sosteniéndose en los pequeños momentos de lucidez, que aún lo conectaban con quienes siempre han estado a su lado.
no era el final de su vida, sino una etapa diferente, delicada y profundamente humana, donde cada gesto y cada respiración se convertían en un recordatorio silencioso de todo lo que él había significado para millones de personas. Durante muchos años, César Costa convivió con un deterioro físico que avanzaba sin prisa, pero sin pausa.
Durante muchos años, su cuerpo le enviaba señales que él prefería ignorar, atribuyéndolas al paso natural del tiempo, al cansancio acumulado de tantas décadas entregadas al arte o simplemente a la nostalgia de la vejez. Pero en realidad lo que estaba ocurriendo era mucho más profundo. A sus 84 años el desgaste ya no era un simple síntoma de edad avanzada.
Era una lucha diaria contra dolores persistentes, fragilidad muscular y un agotamiento que lo acompañaba como una sombra fiel. A su edad, incluso levantarse de la cama requería un esfuerzo medido. El equilibrio que antes lo caracterizaba, ese porte elegante que lo hacía inconfundible, comenzó a desvanecerse poco a poco.
Caminaba despacio apoyándose en muebles o en la mano afectuosa de algún familiar. Había días en los que podía mantenerse en pie durante varios minutos, pero también había jornadas en las que sus piernas parecían no responderle. El cuerpo ya no obedecía con la misma coordinación y eso lo llenaba de una tristeza que intentaba ocultar detrás de una sonrisa suave.
Durante muchos meses, las visitas médicas se volvieron una parte rutinaria de su vida. Los doctores hablaban de fragilidad senil, de desgaste óseo de complicaciones musculares propias de la edad. A veces recomendaban terapias físicas, otras tratamientos para controlar los dolores crónicos. César escuchaba todo con atención, aunque en su mirada se podía leer una mezcla de resignación y lucha.

Sabía que no se trataba de un proceso reversible, pero también sabía que tenía que enfrentarlo con la serenidad que siempre lo había acompañado. En su hogar, la familia organizaba horarios estrictos, medicamentos a determinadas horas, ejercicios suaves por la mañana, masajes terapéuticos por la tarde y momentos de descanso absoluto cuando el cansancio se volvía insoportable.
Ellos hacían todo lo posible para aliviar su sufrimiento, pero la realidad era que el cuerpo de César estaba cada vez más limitado. Había días en los que podía conversar con claridad, recordar anécdotas y disfrutar de la presencia de sus seres queridos. Sin embargo, había otros días en los que apenas tenía fuerzas para pronunciar unas pocas palabras.
Durante muchas noches, la respiración de César se volvía irregular, como si su pecho necesitara hacer un esfuerzo adicional para encontrar el ritmo. La familia permanecía atenta, vigilando en silencio, temiendo cualquier cambio brusco. Había momentos en que él abría los ojos y buscaba la mano más cercana, como si ese contacto lo ayudara a enfrentar el malestar.
Y aunque no siempre decía lo que sentía su mirada, hablaba por el cansancio, vulnerabilidad, pero también una profunda necesidad de compañía. La debilidad física, sin embargo, no era lo único que lo afectaba. La pérdida de su autonomía fue un golpe emocional fuerte, un hombre que durante toda su vida se había caracterizado por ser independiente, seguro, elegante y activo.
Ahora tenía que depender de otros, incluso para las tareas más simples. No podía levantarse sin ayuda, no podía bañarse solo, no podía siquiera caminar unos pasos sin sentir que el cuerpo le temblaba. Esa pérdida de control era devastadora, pero César la enfrentaba con una dignidad que conmovía a todos a su alrededor. Había momentos en que intentaba mantenerse fuerte intentando caminar unos metros extras o esforzándose por levantarse sin ayuda.
Pero el agotamiento lo alcanzaba rápidamente, obligándolo a detenerse y aceptar la fragilidad de su cuerpo. Estos instantes solían ir acompañados de un silencio largo, casi meditativo, donde parecía estar dialogando consigo mismo tratando de encontrar paz en medio de su propia vulnerabilidad. Sin embargo, incluso en medio del deterioro, César tenía destellos de lucidez que llenaban a la familia de esperanza.
Había tardes en las que pedía escuchar alguna de sus canciones favoritas o momentos en los que se quedaba mirando fotografías antiguas con una nostalgia dulce, comentando anécdotas de cuando su cuerpo aún respondía con fuerza. En esos momentos, la familia podía ver al hombre que siempre había sido vivo en su esencia, aunque limitado físicamente.
Y así la lucha de César se desarrollaba lentamente con días buenos y días malos, con avances mínimos y retrocesos dolorosos. Su cuerpo estaba cansado, sí, pero su espíritu seguía resistiendo. Seguía encontrando formas pequeñas, casi invisibles, de permanecer presente, de aferrarse a la vida cotidiana. y al cariño de quienes lo cuidaban.
La batalla no era escandalosa ni dramática, era silenciosa, profundamente humana. Una lucha que él enfrentaba con valentía, rodeado de amor, en un hogar donde cada gesto estaba lleno de cuidado y esperanza. Durante muchos años, la familia de César Costa había sido su mayor sostén, el núcleo que lo acompañó en cada etapa de su vida, desde su juventud brillante hasta los días en que su cuerpo comenzó a debilitarse.
Pero cuando su salud entró en una fase más frágil, ellos también comenzaron a derrumbarse lentamente. A sus 84 años, la situación de César no solo implicaba cuidados médicos constantes, sino también una carga emocional que se volvía cada vez más pesada para quienes lo amaban profundamente. Era una guerra silenciosa, una mezcla de miedo, cansancio y cariño que consumía la energía de todos.
Durante muchas semanas, la casa se convirtió en un espacio permanente de vigilancia. Nadie quería dejarlo solo. Nadie podía relajarse por completo. Cada miembro de la familia tenía una responsabilidad específica. Uno se encargaba de los medicamentos, otro de acompañarlo en las terapias, otro de organizar las visitas médicas y otro simplemente de hacerle compañía para que no se sintiera aislado.
Cada detalle era importante y cualquier descuido podía complicar aún más un cuadro que ya era difícil de controlar. A su edad, cada síntoma, por pequeño que fuera, se transformaba en motivo de preocupación. Un leve mareo, una pérdida de equilibrio, una dificultad para respirar. Todo encendía alarmas inmediatas entre sus seres queridos.
El miedo se volvió un compañero constante, especialmente por las noches, cuando el silencio hacía que cada sonido, un suspiro, un movimiento, un cambio en el ritmo de la respiración resultara más inquietante. Era como vivir en una cuerda floja sin saber qué podía pasar en el siguiente minuto.
Durante muchas conversaciones familiares, las emociones se desbordaban. Había quienes lloraban en silencio, quienes intentaban mostrarse fuertes y quienes, aún queriendo evitarlo, terminaban discutiendo por la tensión acumulada. No era falta de amor, era la desesperación de no saber si estaban haciendo lo correcto. Algunos pensaban que César necesitaba más descanso, otros opinaban que debía mantenerse activo dentro de sus posibilidades, pero detrás de cada opinión había un mismo sentimiento la impotencia de no poder aliviar su deterioro físico. En más de una ocasión,
los médicos les hicieron saber que el desgaste era parte natural del proceso de envejecimiento y que lo más importante era brindarle un entorno estable y lleno de cariño, pero escuchar eso no hacía que la preocupación disminuyera. Cada uno de ellos deseaba protegerlo de todo dolor, de todo malestar, aunque sabían que eso era imposible.
La familia vivía con la sensación constante de estar luchando contra algo que no podían controlar, algo que avanzaba sin que nadie pudiera detenerlo. Durante muchos días, la presión emocional comenzó a hacerse evidente en sus rostros. Había ojeras marcadas, cansancio acumulado y una tensión que pesaba más que cualquier carga física.
Algunos se quedaban despiertos toda la noche, incapaces de conciliar el sueño por miedo a que César los necesitara. Otros perdían el apetito o sufrían dolores de cabeza causados por el estrés. Y aún así, cada mañana se levantaban con la misma determinación: estar allí para él, acompañarlo, sostenerlo, cuidarlo como él siempre los había cuidado.
La incertidumbre también afectaba la dinámica familiar. Había decisiones difíciles que nadie quería tomar como cambiar tratamientos, ajustar medicamentos o modificar rutinas que César apreciaba. A veces él mismo se frustraba sintiéndose una carga, lo cual desgarraba aún más a quienes lo amaban. Le repetían una y otra vez que no era una carga, que su presencia era lo más valioso para todos, pero su mirada en ciertos momentos dejaba ver una tristeza que ningún consuelo podía borrar por completo.
A pesar de todo, la familia encontraba pequeños refugios emocionales en los momentos de calma. Cuando César lograba descansar sin interrupciones, cuando sonreía al escuchar una canción que le gustaba cuando recordaba alguna anécdota de su juventud, eran instantes breves, casi fugaces, pero llenos de luz. Esos momentos les devolvían la fe.
Les recordaban que aún había razones para seguir adelante, que la vida seguía latiendo, aunque fuera en silencio. Y así, en medio del agotamiento y la angustia, la familia de César Costa continuó luchando no contra la enfermedad, porque sabían que había límites inevitables, sino contra el miedo, la tristeza y la desesperación.
Su misión no era curarlo, sino acompañarlo con amor, sostenerlo con paciencia y regalarle todo el cariño que uno muere como él merecía. Era una batalla emocional dura, sí, pero también profundamente humana, marcada por una unión que ni la fragilidad del tiempo podía romper. Durante muchos años, César Costa había logrado mantener cierta estabilidad dentro de su fragilidad.
Durante muchos años, su familia creyó que aunque su salud era delicada, podían controlar cada episodio con cuidados constantes y rutinas bien establecidas. Pero aquella noche, la más difícil que habían enfrentado hasta entonces, cambió por completo esa sensación de seguridad. Fue una noche pesada, inquietante y marcada por un silencio que parecía presagiar algo más profundo que un simple malestar pasajero.
A sus 84 años, esa noche comenzó como cualquier otra, medicamentos a la hora habitual, una cena ligera, un poco de música suave que solía tranquilizarlo y la compañía cercana de un familiar que se turnaba para vigilarlo. Pero poco después de acostarse, algo empezó a cambiar en su respiración. Al principio era solo un ritmo más rápido, casi imperceptible.
Luego se convirtió en una señal evidente de que su cuerpo estaba luchando por mantener la calma. Durante muchos minutos, César intentó acomodarse respirando hondo, moviendo ligeramente los hombros, buscando una posición que lo ayudara a aliviar la presión en su pecho, pero nada parecía funcionar. Su rostro comenzó a mostrar una mezcla de inquietud y agotamiento.
Aunque no decía una palabra, sus ojos revelaban un cansancio profundo, como si el mero acto de respirar fuera un desafío que exigía demasiada energía. La familia, al darse cuenta del cambio, reaccionó de inmediato. Se acercaron a su cama, encendieron una luz tenue y comenzaron a observar cada movimiento, cada gesto, cada intento de recuperar el control de su respiración. La tensión era palpable.
Nadie quería asustarlo, pero tampoco podían ocultar la preocupación que los consumía. Intentaron hablarle con suavidad, pedirle que respirara despacio, que se relajara, que los mirara. Él lo hacía, pero de manera intermitente, como si su mente estuviera atrapada entre la lucidez y la desorientación. Durante esa noche inquietante, hubo un momento que todos recordaron con un peso particular.
César, intentando incorporarse un poco, extendió su mano buscando apoyo. Uno de sus familiares la tomó de inmediato, sintiendo la piel fría, los de dedos débiles y la ligera presión que hacía casi como si pidiera ayuda. Sin palabras, ese contacto silencioso rompió emocionalmente a varios de ellos. Fue una imagen dura ver al hombre fuerte, elegante y seguro que había llenado escenarios con su presencia ahora, luchando contra una noche que parecía interminable.
La respiración se volvió irregular. Había instantes en los que parecía estabilizarse y de repente volvía a descontrolarse. Su pecho subía y bajaba con un esfuerzo evidente. Su mirada se perdía en puntos indeterminados del cuarto, como si intentara concentrarse para no dejarse vencer por el malestar.
La familia intentaba mantener la calma, pero cada segundo se volvía a una eternidad. Nadie se alejaba de su lado. El miedo a que empeorara, aunque no significara un final, era demasiado grande. Durante varias horas llamaron discretamente a los médicos para recibir instrucciones. Ajustaron su posición, le ayudaron a respirar mejor, humedecieron sus labios, mantuvieron el cuarto tranquilo, sin luces fuertes, ni ruidos que pudieran alterarlo.
Era una danza frágil entre el cuidado físico y el apoyo emocional. una coreografía silenciosa en la que todos colaboraban para evitar que el episodio se agravara. El momento más tenso de la noche llegó cuando César, con un hilo de voz, intentó decir algo que nadie pudo entender del todo. Su boca se movió lentamente como si buscara una palabra que se le escapaba.
La familia se inclinó hacia él tratando de descifrar el mensaje, pero su voz era apenas un susurro quebrado por el esfuerzo. Aún así, ese intento de comunicarse fue suficiente para que todos sintieran una mezcla de esperanza y tristeza esperanza porque todavía podía expresar algo. Tristeza porque el esfuerzo que hacía evidenciaba lo vulnerable que estaba.
A medida que avanzaban las horas, sus signos comenzaron a estabilizarse muy lentamente. Su respiración encontró un ritmo más uniforme, sus manos dejaron de temblar y su mirada recuperó un brillo tenue. No era una recuperación completa, pero sí un indicio de que la crisis estaba cediendo. La familia exhausta emocionalmente se permitió entonces soltar algunas lágrimas silenciosas, no de derrota, sino de alivio.
Aquella noche dejó una marca profunda en todos. Fue la prueba más dura de que la salud de César estaba en un punto extremadamente delicado y de que cualquier episodio podría convertirse en una batalla emocional desgarradora. Pero también fue la confirmación de algo importante. Mientras él siguiera luchando, ellos harían lo mismo.
Nadie lo dejaría solo, nadie soltaría su mano. Y aunque el futuro seguía siendo incierto esa noche, reforzó el amor, la unión y la fuerza que mantenían viva la esperanza dentro de ese hogar. Durante muchos años, el nombre de César Costa estuvo asociado a elegancia, serenidad y una presencia que parecía eterna.
Pero ahora, a sus 84 años su grandeza se medía de una manera distinta. Ya no dependía de los escenarios ni de los aplausos. Dependía de cada pequeño gesto que aún era capaz de hacer de cada respiración calmada que regalaba a su familia y de cada instante de lucidez que iluminaba los días más grises.
En medio de su fragilidad, la esperanza seguía latiendo suave, pero persistente, como una llama que se niega a apagarse. Durante muchas mañanas, cuando despertaba con un poco más de energía, la familia lo notaba de inmediato. Sus ojos se abrían con más claridad. Su voz, aunque débil, sonaba más firme y sus manos ya no temblaban tanto al intentar sujetar algo.
Eran momentos breves, a veces apenas unos minutos, pero suficientes para que todos sintieran que todavía había una conexión profunda entre él y la vida que lo rodeaba. No era una recuperación completa, pero sí un respiro emocional para quienes lo acompañaban día y noche. A su edad, cada mejora, por pequeña que fuera, era celebrada en silencio.
Una sonrisa tenue, una palabra pronunciada sin esfuerzo, un gesto que demostrara que reconocía a alguien. Todo tenía un valor inmenso. Su familia entendió que la esperanza no siempre JX en grandes señales a veces se manifiesta en detalles diminutos, casi invisibles, pero llenos de significado. Y esos detalles eran los que los impulsaban a seguir adelante con paciencia, dedicación y amor infinito.
Durante muchas tardes solían sentarse cerca de él para hablarle suavemente, contarle historias, leerle mensajes de cariño enviados por sus admiradores o reproducir alguna canción que había marcado su trayectoria. Aunque no siempre reaccionaba con claridad, había ocasiones en las que una expresión en su rostro cambiaba.
Podía ser un leve suspiro, un ligero movimiento de sus labios o una mirada más fija. Esos gestos tan sutiles, pero tan llenos de vida, eran la prueba de que dentro de él seguía existiendo una sensibilidad intacta. La familia también recibía fuerza del exterior. Las redes sociales se llenaban de oraciones, recuerdos, fotografías antiguas y palabras de aliento.
Muchos admiradores compartían anécdotas de cómo la música y la personalidad cálida de César habían marcado sus vidas, aunque él no siempre podía comprender todo lo que se decía sobre él. Sus seres queridos sabían que ese cariño colectivo construía una tía una especie de abrazo emocional que llegaba hasta el interior de la casa. No obstante, el camino continuaba siendo difícil.
Había días en que el cansancio lo dominaba por completo, en que apenas podía mantenerse despierto o reaccionar a estímulos. Esos días eran duros, especialmente para la familia que debía encontrar fuerzas, incluso cuando el desgaste emocional parecía sobrepasarlos. A veces se preguntaban cuánto más podrían resistir. Pero entonces, en medio del cansancio, surgía un pequeño gesto de César que lo cambiaba todo una mirada consciente, una palabra débil o un apretón suave de manos que parecía decir, “Sigo aquí.
” Durante las noches más tranquilas, algún miembro de la familia se quedaba junto a su cama solo para asegurarse de que su respiración se mantuviera estable. En esos momentos lo observaban con una mezcla de ternura y dolor. No era fácil ver a un ser querido luchar tanto, pero también había en ese sufrimiento una profunda demostración de amor.
Allí, en la penumbra del cuarto, entendían que la vida no siempre se mide por la fuerza del cuerpo, sino por la intensidad de los vínculos que sostenemos incluso en la fragilidad. Así, la esperanza continuaba viviendo en el hogar de César Costa. No era una esperanza ingenua ni fantasiosa. Era una esperanza realista construida día a día a través de gestos cuidados y una voluntad silenciosa que se aferraba al presente.
La familia sabía que el futuro era incierto, pero también sabía que mientras él siguiera luchando, ellos seguirían luchando a su lado. En ese hogar lleno de recuerdos, fotografías, música y silencios significativos, el amor se convertía en el motor que lo sostenía todo. Y aunque la fragilidad de César era evidente, también lo era su capacidad de inspirar a quienes lo rodeaban, su presencia, aunque delicada, seguía siendo un faro que unía a la familia, recordándoles que la vida, incluso en sus momentos más difíciles, siempre ofrece un motivo para seguir adelante.
En medio de la fragilidad que lo rodea y del cansancio que marca cada uno de sus días, César Costa sigue siendo un símbolo vivo de ternura, de dignidad y de una grandeza que no depende de escenarios ni reflectores. A sus 84 años, su lucha silenciosa recuerda algo profundo. La vida no siempre se mide por la fuerza del cuerpo, sino por la fortaleza del espíritu y la huella que dejamos en el corazón de quienes nos aman.
Cada gesto suyo, cada respiración tranquila, cada pequeño instante de lucidez es un recordatorio de que aún existe una luz suave que se niega a apagarse. Su familia continúa abrazándolo con paciencia, con fe y con un amor que no entiende de cansancio. Y fuera de ese hogar lleno de silencios significativos, miles de personas siguen enviando mensajes de cariño, recordando al hombre elegante, cálido y cercano que marcó a varias generaciones.
Esa energía colectiva, ese afecto inmenso, sigue acompañándolo día tras día como un murmullo constante que sostiene la esperanza. La historia de César no es solo la de un artista, es la de un ser humano que enfrenta el paso del tiempo con la misma honestidad con la que alguna vez enfrentó los escenarios.
Es una invitación a reflexionar sobre la vulnerabilidad la familia y la importancia de valorar cada instante, por pequeño que parezca. Si esta historia te tocó el corazón, si te invitó a mirar la vida con más sensibilidad o simplemente te recordó la importancia del amor y los cuidados, te invito a quedarte con nosotros. Suscríbete al canal, comparte este video y acompáñanos en las próximas historias donde seguimos explorando la parte más humana, frágil y luminosa de quienes han dejado huellas imborrables en nuestras vidas.
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