El 8 de noviembre de 2025, en alguna oficina de la Fiscalía General de la República en la Ciudad de México, un hombre toma una decisión que llevaba más de tres décadas esperando que alguien con suficiente autoridad y suficiente voluntad se atreviera a tomar. No es una decisión menor, no es un trámite burocrático más dentro de un sistema que acumula expedientes como acumula polvo.
Es una orden de arresto contra un hombre que estuvo presente en el lugar donde murió el político más importante de la historia reciente de México. un hombre que esa noche de marzo de 1994 tenía sangre ajena en la chaqueta, residuos de pólvora en las manos y acceso al aparato de inteligencia del Estado, y que sin embargo, fue puesto en libertad pocas horas después, sin que nadie le formulara un solo cargo formal, sin que nadie le exigiera una sola explicación que tuviera que sostener ante un juez. Ese hombre se llama JorgeAntonio Sánchez Ortega. era agente del Centro de Investigación y Seguridad Nacional cuando Luis Donaldo Colosio Murrieta cayó herido de muerte en la barranca de Lomas Taurinas en Tijuana y el hecho de que haya vivido libre durante 31 años, mientras el expediente de ese asesinato acumulaba 78,000 páginas que nadie con poder real se había atrevido a leer completamente, es en sí mismo La historia más importante que el sistema político mexicano ha guardado dentro de sus paredes desde que ese sistema existe como tal. Lo que
viene a continuación es esa historia, la historia que normalmente no se dice en voz alta, la historia del hombre que quiso cambiar México desde adentro, de la maquinaria que decidió que ese cambio era inaceptable y del expediente secreto que durante tres décadas contidencia de lo que ocurrió y de quiénes lo hicieron posible.
Para entenderla completamente, hay que ir al principio, al principio de verdad, al pueblo del desierto sonorense, donde en 1950 nació el niño, que décadas después firmaría su propia sentencia al subirse a un micrófono frente a 50,000 personas y decir en voz alta lo que el sistema llevaba 65 años prohibiendo que se dijera.
Magdalena de Quino es un nombre que la mayoría de los mexicanos no asocia con nada hasta que escucha el apellido Colosio y entonces el nombre del pueblo adquiere peso retroactivo. se convierte en el lugar de origen de algo que quedó trunco, en el punto geográfico donde empezó una trayectoria que terminó en una barranca del otro lado del país ante miles de personas que no podían imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.
El desierto sonorense en los años 50 era un entorno que producía cierto tipo de carácter, no por romanticismo ni por determinismo geográfico de los que se usan para explicar todo sin explicar nada, sino porque las condiciones materiales de ese norte árido, caluroso, alejado de los centros de poder, generaban personas acostumbradas a esperar poco del gobierno y mucho del trabajo propio.
personas que sabían que las promesas que llegaban desde la Ciudad de México tardaban en cumplirse o directamente no llegaban y que esa brecha entre lo que el poder prometía y lo que el poder entregaba era una constante tan antigua como el propio sistema que gobernaba el país desde 1929 sin haber perdido una sola elección presidencial.
En ese contexto, el 10 de febrero de 1950, nació Luis Donaldo Colosio Murrieta, hijo de Luis Colosio Fernández, hombre del norte que había construido un negocio de plantas y flores con trabajo honesto, y de Juana Murrieta, mujer de esa fortaleza práctica que el norte mexicano exige de quienes lo habitan cuando las circunstancias requieren más de lo que cualquier circunstancia anterior habría pedido.

familia de clase media sonorense, no acomodada ni marginada, sino exactamente en ese punto intermedio donde la vida exige esfuerzo constante, pero no desesperación, donde el futuro se construye con disciplina y donde el valor del trabajo se aprende no como concepto abstracto, sino como evidencia cotidiana de qué se obtiene con él y qué se pierde sin él.
Los maestros que conocieron al joven Luis Donaldo en Magdalena lo recordarían décadas después cuando los buscaron los periodistas y los investigadores, porque el apellido ya era sinónimo de tragedia nacional, con una característica específica que todos mencionaban de manera independiente y que todos describían con variaciones de la misma imagen.
Era el niño que hacía preguntas genuinas. No las preguntas calculadas del alumno que quiere quedar bien ante el maestro, ni las preguntas retóricas del que ya tiene la respuesta y solo busca lucirla, sino preguntas que nacían de una curiosidad real sobre cómo funcionaba el mundo, sobre por qué las cosas eran como eran y no de otra manera, sobre qué había detrás de las explicaciones oficiales que la escuela y el sistema entregaban como certezas establecidas.
cuando en realidad eran construcciones que alguien había decidido que fueran así. Esa curiosidad no era decorativa, era el motor de todo lo que vendría después, el mismo impulso que lo llevaría a estudiar economía en el Tecnológico de Monterrey, a obtener una maestría en planeación urbana y regional en la Universidad de Pennsyvania, a formarse en el Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados en Viena, rodeado de académicos de todo el mundo que estaban pensando cómo se construía el desarrollo de manera que
llegara a quienes más lo necesitaban y no solo a quienes ya tenían suficiente para no necesitarlo. Y hubo un momento específico que no se cuenta con suficiente frecuencia porque la historia grande tiende a tragarse los momentos pequeños, aunque sean los que mejor explican la historia grande. Cuando Colosio tenía 14 años y su padre le preguntó qué quería hacer de grande y el niño respondió algo que no era ambición de poder, ni promesa de riqueza, ni siquiera proyecto de carrera.
Respondió que quería que las cosas fueran justas. Su padre guardó esa frase como la más importante que su hijo le había dicho. La recordó hasta que murió en 2010 sin haber visto el caso de su hijo cerrado con la verdad completa, con esa respuesta de 14 años resonando en el lugar del pecho donde se guardan las cosas que pesan, aunque ya no duelan de la misma manera que al principio.
Esa frase importa más de lo que parece porque define todo lo que viene después. El sistema político mexicano del siglo XX había aprendido a manejar a los ambiciosos con una eficiencia que rozaba el arte, porque los ambiciosos son predecibles en sus motivaciones y manejables en sus demandas. tienen precio negociable y entienden el idioma del intercambio en el que yo te doy esto si tú me das aquello, que es el idioma fundamental en el que opera cualquier estructura de poder, sin importar en qué país o en qué época. Lo que el sistema
no sabía cómo manejar con sus herramientas ordinarias era a alguien que genuinamente quisiera que las cosas fueran justas, porque esa persona no tenía precio en el sentido convencional, no se movía por la lógica del intercambio, no podía ser satisfecha con posición, ni con protección, ni con la promesa de que cuando llegara el momento adecuado podría hacer las cosas de otra manera.
Porque la persona que quiere que las cosas sean justas, de verdad no acepta que el momento adecuado sea más tarde y en privado, cuando puede ser ahora y en voz alta. Colosio terminó la preparatoria en Sonora, estudió en Monterrey, se fue a Estados Unidos y después a Europa. Y cuando regresó a México, empezó a trabajar en la Secretaría de Programación y Presupuesto, que era en esos años el corazón tecnocrático del gobierno, el lugar donde se concentraba el poder real de decidir cómo se distribuían los recursos del Estado y, por tanto, quién recibía qué del sistema
que administraba la vida entera del país. y coincidió con Carlos Salinas de Gortari, que en ese momento era también un funcionario joven, y con el grupo de economistas que iba a dominar la política mexicana durante las siguientes dos décadas, de maneras que en su momento se presentaron como modernización y que en retrospectiva tienen una textura considerablemente más oscura y complicada.
El Partido Revolucionario Institucional que Colosio decidió que era el espacio donde podía hacer algo real, no era simplemente un partido político, era una máquina total, un sistema de control que abarcaba gobierno, sindicatos, medios de comunicación, economía y vida cotidiana de formas que quien no las experimentó desde adentro tiene dificultad genuina para imaginar completamente.
Si querías tener influencia sobre algo que importara en México, si querías transformar en lugar de solo criticar, tenías que estar dentro de esa máquina porque estar afuera te dejaba con palabras y sin herramientas para que esas palabras produjeran consecuencias reales. Colosio tomó la decisión de entrar con conciencia plena de lo que era el sistema que estaba eligiendo, no porque fuera oportunista y no porque la ambición lo cegara a sus contradicciones, sino porque creía con la clase de convicción que no se puede sostener durante años en conversaciones
privadas si es solamente calculada, que era la única forma posible de cambiar las cosas de verdad. Si esa decisión fue correcta, es pregunta que 32 años después sigue sin respuesta, que satisfaga completamente, porque el experimento fue terminado antes de que los resultados pudieran medirse, porque la persona que iba a hacer el experimento fue eliminada antes de que el laboratorio estuviera disponible.
Lo que sí sabemos es que dentro del sistema Colosio subió de manera diferente a como suben los que entran al sistema solo para aprovecharse de él. En 1985 fue elegido diputado federal por el sexto distrito de Sonora y desde el primer día sus compañeros notaron que no era el político tradicional que llegaba a hacer discursos vacíos y cobrar sueldo y tomarse fotografías en eventos.
donde las sonrisas no llegaban a los ojos, llegaba con datos propios, se reunía con la gente que lo había elegido en sus comunidades y no solo antes de las elecciones. Viajaba a lugares donde los candidatos generalmente van a prometer y no vuelven a verificar. Su oficina siempre tenía personas esperando, trabajadores y campesinos y maestros y gente que había escuchado que ese diputado de Sonora era de los que realmente escuchaban.
Y en la cultura política del PRI de los años 80, eso era inusual hasta el punto de ser sospechoso, porque el sistema tenía expectativas muy específicas sobre el nivel de independencia de criterio que era aceptable en sus operadores. Y el nivel de Colosio excedía ese umbral con una regularidad que producía incomodidades en los niveles superiores de la jerarquía.
La solución que Colosio encontró para esa incomodidad fue volverse tan indispensablemente competente que el sistema lo necesitara más de lo que le molestaba su independencia. Estrategia que funciona hasta el punto en que la independencia sobrepasa lo que el sistema puede tolerar. Y ese punto sería sobrepasado de manera irreversible el 6 de marzo de 1994.
Pero eso viene después. En 1988 llegó el momento que definiría los 6 años siguientes de la vida de Colosio y que en retrospectiva es el primer eslabón de la cadena que termina en Tijuana. Carlos Salinas era el candidato del PRI a la presidencia y el partido necesitaba alguien que coordinara la campaña con credibilidad real en el territorio, con capacidad para generar entusiasmo, que no fuera el entusiasmo fabricado, que es visible como fabricado para cualquier ojo que preste mínima atención. Eligieron a Colosio y Colosio
aceptó porque en ese momento genuinamente creía que Salinas era el hombre que podía modernizar México, abrir la economía, reducir la corrupción y construir instituciones más sólidas que las que había heredado de décadas de un sistema que se había oxidado en su propio éxito. Después se daría cuenta del tamaño del error en esa creencia, pero en los meses de campaña creyó y esa creencia lo llevó hasta el corazón de la maquinaria más poderosa que la política mexicana había producido.
La elección de 1988 es la más controvertida de la historia moderna del país. Cuautemo Cárdenas, candidato de la oposición de izquierda e hijo del expresidente Lázaro Cárdenas, iba ganando la noche del conteo con claridad que observadores nacionales e internacionales podían verificar con sus propios ojos hasta que ocurrió lo que la historia política mexicana registra con tres palabras que lo dicen todo.
La caída del sistema. El conteo se interrumpió y cuando los resultados finales aparecieron, Salinas era el ganador. Muy poca gente en México creyó que ese resultado era limpio y 37 años después esa elección sigue siendo el fantasma en la habitación de la historia política nacional. El secreto que todos los que estaban adentro conocen y que ninguno ha contado completamente.
En los meses siguientes, Colosio fue nombrado presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, la cabeza visible del partido más poderoso de la historia de México. Y en ese cargo algo comenzó a cambiar en él, de manera que sus colaboradores más cercanos notaban, pero que él no siempre verbalizaba directamente.
empezó a ver el sistema desde adentro de verdad, no desde la perspectiva del crítico externo que puede criticar sin consecuencias ni desde el nivel medio donde se ejecutan decisiones sin tener que tomarlas, sino desde el centro mismo, donde el poder opera en toda su desnudez y donde las decisiones que cambian la vida de millones se toman en conversaciones que nadie graba y en documentos que nunca verán la luz pública.
Hay un episodio que sus colaboradores cuentan con cuidado incluso décadas después, porque hay cosas que el tiempo no termina de volver completamente seguras de decir. En una reunión de 1990, Colosio escucha a un grupo de funcionarios hablar sobre los programas sociales del gobierno, los programas que supuestamente existen para ayudar a los más pobres del país.
Y alguien en esa reunión con la candidez brutal de quien ha pasado demasiado tiempo en el poder para notar que lo que está diciendo es monstruoso, explica que los programas sociales no existen para sacar a la gente de la pobreza, sino para que la gente pobre siga votando por el partido. Colosio no dijo nada en esa reunión, pero esa noche le dijo a su esposa Diana Laura que si llegaban a donde tenían que llegar, eso tenía que cambiar.
El ese donde tenían que llegar todavía no se decía en voz alta entre ellos, pero los dos sabían de qué estaba hablando. En 1992, Colosio fue nombrado secretario de desarrollo social, el cargo donde más directamente se puede medir la distancia entre el discurso del gobierno y la realidad de las comunidades que ese discurso dice representar.
llegó a esa secretaría con intención de hacer las cosas de manera diferente, pero también llegó al frente del instrumento de control político más poderoso del gobierno salinista. El programa Pronasol, conocido popularmente como Solidaridad, era el gran proyecto de Salinas, miles de millones de pesos en obras y programas que llegaban a las comunidades más pobres del país, escuelas y pavimentación y pozos de agua y obras que hacían diferencia real en la vida de quienes la recibían, pero que llegaban de manera selectiva, según si las
comunidades votaban correctamente. Según si el delegado local del partido reportaba lealtad, según si el cacique regional tenía la alineación política adecuada con los intereses del momento. Colosio estaba administrando ese mecanismo y el hombre que desde niño quería que las cosas fueran justas estaba administrando un sistema donde la distribución de recursos que deberían llegar a los más pobres estaba condicionada por lealtad política, donde la justicia que él había querido desde los 14 años era exactamente lo que el
sistema que administraba negaba de manera sistemática y cotidiana. Lo que hizo en esa posición, además de intentar que los recursos llegaran más equitativamente dentro de los márgenes estrechos que el cargo le permitía, fue documentar en cuadernos privados la distancia entre lo que el sistema decía que hacía y lo que en realidad hacía en comunidades específicas de Chiapas, de Oaxaca, de Guerrero.
Estos cuadernos son parte de lo que las 78,000 páginas del expediente liberado, parcialmente en 2019, contienen, aunque no en su totalidad, porque hay páginas que siguen siendo inaccesibles, hay secciones clasificadas, hay información que el expediente oficial protege con argumentos de seguridad nacional que son cuestionables, pero que nadie ha tenido voluntad suficiente de cuestionar en el tribunal competente.
En 1993, Colosio llegó a una conclusión que sus colaboradores más cercanos describen como el punto de no retorno, la conclusión de que el sistema no puede reformarse gradualmente desde adentro siguiendo sus propias reglas, de que el cambio real requiere decirlo en voz alta, de que si llegaba a la presidencia lo iba a decir.
28 de noviembre de 1993, Carlos Salinas lo destapó como candidato oficial del PRI a la presidencia y en la cultura política mexicana de ese tiempo, ser destapado por el presidente saliente equivalía a ser elegido. El PRI había ganado todas las elecciones presidenciales sin excepción desde 1929 y nadie cuestionaba seriamente que esta fuera diferente.
Las felicitaciones llegaron de todo el mundo. La prensa lo reportó como hecho consumado, pero había algo que periodistas y analistas no vieron en esa ceremonia. algo en la expresión de Colosio cuando el presidente lo abrazó para la fotografía. Una tensión interna que no era la de alguien que no sabe lo que quiere, sino la de alguien que sabe exactamente lo que quiere y sabe que lo que quiere no es lo que la persona que lo abraza cree que es.
Como si Colosio supiera ya en esa habitación llena de reflectores y aplausos lo que los demás todavía no sabían, que lo que venía a continuación iba a ser una batalla no contra la oposición, sino contra el propio sistema que acababa de ungirlo. Y tenía razón. El primero de enero de 1994, el mismo día en que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, el gran proyecto modernizador de Salinas, el proyecto que supuestamente llevaría a México al primer mundo, miles de indígenas con pasamontañas negros tomaron ciudades de Chiapas. El ejército zapatista de
liberación nacional lanzó su alzamiento y el mundo vio no el México moderno que Salinas había prometido, sino lo que había en las entrañas de ese México moderno. millones de personas que no habían recibido nada de esa modernidad, que habían sido excluidas sistemáticamente hasta el punto de no tener nada que perder, que décadas de promesas incumplidas habían despojado de la esperanza que hace que las personas no tomen armas.
Para Colosio, el zapatismo no era sorpresa total. Había visto la miseria en Chiapas con sus propios ojos durante visitas previas. había leído los reportes y sabía que la situación era crítica de maneras que los informes oficiales no capturaban, porque los informes oficiales tienen tendencia a mostrar lo que quien los escribe quiere que quien los lee vea.
Pero lo que el zapatismo hizo en la narrativa de la campaña de Colosio fue darle una urgencia que ya no admitía postergación. Y ahí fue donde la cuenta regresiva empezó de verdad. Hay un episodio de esos días de enero en una comunidad de los Altos de Chiapas, a donde Colosio llegó sin aviso y sin prensa, con solo dos personas de su equipo, porque quería ver con sus propios ojos lo que estaba pasando en el territorio donde el sistema que él administraba supuestamente llevaba años haciendo llegar el desarrollo.
Lo que vio lo paralizó por momentos. Casas de cartón y madera en el frío que cala los huesos, niños descalzos en enero, una escuela sin techo, un pozo de agua que servía también de lavadero y también de baño. adultos que lo miraban con esa mezcla específica de desconfianza y esperanza y resignación, que es característica de personas que han aprendido que la esperanza que llega del gobierno generalmente las desepeona, pero que no pueden dejar de tener esperanza porque la alternativa es más oscura todavía.
Colosio se quedó tres horas en esa comunidad, habló con la gente, les preguntó qué necesitaban y qué les había llegado de los programas del gobierno. Y lo que escuchó no coincidía con los reportes que llegaban a su escritorio en la Ciudad de México. Los reportes decían que los programas estaban funcionando.
Las personas en esa comunidad le decían que los recursos los administraba el cacique local, que era delegado del PRI, y que la comunidad veía muy poco de lo que supuestamente les llegaba. Cuando volvió al vehículo, su asistente notó que Colosio estaba muy callado y que tenía los puños apretados, no de furia, sino de impotencia, que se estaba convirtiendo en otra cosa, en resolución.
Hay una frase de sus cuadernos de esos días que su colaborador más cercano leyó tiempo después y describe como la brújula de todo lo que vino después. Dice, “El poder que no transforma es corrupción disfrazada de gobierno.” Piensen en eso. El candidato del partido más poderoso de la historia de México escribiendo en un cuaderno privado que el poder que no transforma es corrupción.
Eso define al hombre que el 6 de marzo de 1994 se subió a una plataforma en el monumento a la revolución en la ciudad de México ante 50,000 personas y ante las cámaras que transmitían en vivo a todo el país y pronunció el discurso que nadie en el sistema político mexicano esperaba. 4124 palabras que él mismo redactó en su versión final, que eligió frase por frase con plena conciencia de lo que estaba diciendo y del efecto que iba a tener en quienes lo escuchaban.
El discurso comienza suavemente hablando del México que ve en sus recorridos, de la gente que conoce, de sus esperanzas para el país. Y entonces, sin aviso y sin transición, que suavise lo que viene, Colosio dice las palabras que van a hacer temblar las paredes de Los Pinos.
Veo un México con hambre y sed de justicia. La gente en el monumento aplaude. Pero en las oficinas del sistema, en los despachos de los operadores políticos que han dedicado sus vidas a mantener el equilibrio que funciona en su favor, hay silencio y Colosio continúa con algo todavía más explosivo. Firmemos nuestra independencia del gobierno.
Dice, porque un partido que no es libre frente al gobierno no puede ser el vehículo de las transformaciones que México necesita. La multitud explota en aplausos. Carlos Salinas de Gortari está viendo el discurso en televisión y quienes estaban en la habitación dicen que su expresión no expresa aplausos y Colosio no termina ahí.
Lo que viene después es la frase que sus propios colaboradores sabían que era la más peligrosa de todas y que Colosio insistió en mantener a pesar de las conversaciones donde quienes lo rodeaban intentaron convencerlo de suavizarla. Reformar el poder significa un presidencialismo sujeto estrictamente a los límites constitucionales.
El candidato del partido que había construido el presidencialismo más férreo de Latinoamérica, diciéndole a 50,000 personas y a toda la nación por televisión que ese presidencialismo necesitaba límites. No era una propuesta de campaña, era una declaración de guerra contra el sistema que lo había criado y contra el hombre que lo había ungido.
En la cultura política del PRI, el expresidente no dejaba el poder del todo cuando terminaba su mandato. Seguía siendo consultado, sus negocios y los de sus aliados seguían siendo protegidos. Nadie lo investigaba, nadie removía sus nombramientos del aparato del Estado. Ese era el acuerdo implícito del sistema, el contrato tácito que hacía que el poder se transfiriera sin que quien lo transfería lo perdiera del todo.
Salinas había construido toda su influencia futura sobre la base de tener un sucesor que le debiera la presidencia y que por tanto lo protegiera. El discurso del 6 de marzo le dijo a Salinas que Colosio no iba a jugar ese juego, que iba a ser su propio hombre y eso en la cultura del sistema no era negociable. En las horas siguientes al discurso, Salinas llamó a Colosio en una llamada privada de la que no hay registro oficial, pero que los miembros del equipo cercano de Colosio conocieron por fragmentos.
En esa llamada, según la versión que circula, entre quienes lo conocían bien, Salinas dijo que el comentario sobre el presidencialismo había sido innecesario y estaba siendo malinpretado. Y Colosio respondió que no había sido innecesario ni malinterpretado, que era exactamente lo que creía.
Y el silencio de Salinas después de esa respuesta, dicen quiénes lo conocían. Era más peligroso que cualquier respuesta verbal. Porque el silencio de Salinas significaba que estaba calculando, que estaba decidiendo. En los días siguientes empezó a circular de manera sutilísima la idea de que Colosio podría ser sustituido como candidato, que el sistema tenía mecanismos para hacer eso si el candidato se volvía un problema que no podía manejarse con las herramientas ordinarias.
Esas insinuaciones llegaron al equipo de Colosio y generaron exactamente el efecto que probablemente se buscaba. Porque si Colosio era sustituido, no solo perdía la candidatura, sino la protección que le daba ser el candidato oficial. Y en la cultura del sistema, quienes habían fallado en sus compromisos con el presidente no tenían vidas cómodas.
En ese contexto, la figura de Manuel Camacho Solís cobraba un significado diferente. Camacho había sido uno de los colaboradores más cercanos de Salinas. Había aspirado con todo a ser el candidato presidencial del PRI y cuando Salinas eligió a Colosio, en su lugar había quedado políticamente destrozado, o eso parecía.
Porque en los días del alzamiento zapatista, Salinas hizo algo que sorprendió a muchos. Nombró a Camacho, comisionado de paz para Chiapas y de repente Camacho tenía presencia mediática cotidiana. Era el hombre del gobierno negociando con los zapatistas. Y mientras Colosio recorría el país en su campaña, algunos medios empezaron a especular sobre si el verdadero candidato del PRI no sería Camacho. Esa especulación era corrosiva.
El 16 de marzo de 1994, 4 días antes del asesinato, Colosio y Camacho se reunieron en un departamento de la Ciudad de México. Colosio le ofreció la Secretaría de Gobernación en su gabinete. Camacho aceptó y a cambio dejó de hacer declaraciones ambiguas y comenzó a apoyar abiertamente a Colosio. El 22 de marzo, un día antes del asesinato, Colosio emitió un comunicado público elogiando el trabajo de Camacho en Chiapas.
Era un movimiento político calculado, pero también era un movimiento que en Los Pinos fue leído de manera muy específica. Salinas ya sabía de la reunión y la alianza Colosio Camacho le decía que el candidato que había sido ungido para ser manejable estaba construyendo una estructura de poder propia que lo haría difícil o imposible de controlar cuando llegara a la presidencia.
Había otro movimiento en esas mismas semanas. Colosio estaba evaluando remover a Ernesto Cedillo como coordinador de su campaña. Cedillo era el hombre de los tecnócratas salinistas dentro del equipo de Colosio, el que aseguraba que el candidato no se saliera demasiado del carril que el sistema había diseñado para él.
El 19 de marzo, apenas 4 días antes del asesinato, el propio Cedillo escribió una carta privada urgiendo un pacto entre Colosio y Salinas. Esa carta confirmó lo que todos estaban sintiendo. La ruptura entre Colosio y Salinas no era especulación de analistas mal informados, era real, era total. Y en el sistema político mexicano romper con el presidente en turno cuando eres el candidato presidencial no era simplemente un problema político, sino potencialmente un problema de supervivencia.
Para entender lo que ocurrió entre el 6 de marzo y el 23, hay que entrar en lo que el expediente secreto contiene sobre esas semanas, las 78,000 páginas que el Instituto Nacional de Transparencia liberó parcialmente en 2019 después de una batalla legal que llevó años y que revelan un patrón que todos los investigadores que han leído el expediente completo consideran central Para entender lo que pasó.
La seguridad de Colosio fue comprometida de manera sistemática en las semanas previas al asesinato. No es afirmación que se puede hacer ligeramente, es conclusión que emerge de documentos específicos. El 15 de enero de 1994, un hombre llamado José Larrazolo fue asesinado. Larrazolo era el hombre que iba a ser nombrado jefe de seguridad de Colosio.
El asesinato ocurrió exactamente un día antes de su nombramiento oficial. un día antes. Hay quien dice que eso es coincidencia, pero cuando se ve esa coincidencia en el contexto de los 15 homicidios vinculados directamente con el caso Coloso, que ocurrieron en los años siguientes al asesinato, la estadística se vuelve imposible de ignorar por razones matemáticas elementales.
15 personas muertas en torno a un solo caso en el plazo de pocos años. No es coincidencia, es una política de silencio. Y una política de silencio de esa escala requiere un actor con capacidad institucional para ejecutarla. El expediente secreto contiene los nombres de esas 15 personas, las fechas de sus muertes y, en algunos casos, los reportes de investigaciones que fueron abiertas y luego cerradas sin resultado satisfactorio.
Y contiene algo más que muy pocos han mencionado. El patrón de cómo y cuándo murió cada uno de esos 15 vincula sus muertes con momentos específicos de la investigación. en los que habían dado información o estaban a punto de darla. El jefe de policía de Tijuana, que investigaba el caso, asesinado 35 días después del asesinato de Colosio.
testigo que dijo haber visto algo específico en Lomas Taurinas, muertos semanas después, el intermediario que supuestamente conectaba ciertos grupos con el dispositivo de seguridad del candidato, muerto en un accidente de tráfico en un momento que los investigadores describieron como sospechosamente oportuno.
Cada muerte tenía su explicación individual, que era plausible de manera aislada, pero en patrón, en secuencia, en el contexto del caso específico que cada una rodeaba. El patrón habla por sí mismo con una claridad que no requiere interpretación elaborada. El 23 de marzo de 1994 en Tijuana, Baja California, son las 4:30 de la tarde en la colonia de Lomas Taurinas, en una barranca cerca de los límites de la ciudad, hay entre 3500 y 4,000 personas apiñadas en un espacio demasiado pequeño para esa cantidad de gente con esa cantidad de tensión
política acumulada. Hace calor, no hay suficiente seguridad. Hay 66 elementos de diferentes cuerpos que en lugar de trabajar de manera coordinada funcionan como silos separados. El grupo Tucán, el grupo Omega, la escolta personal de Colosio, los hombres del general Domiro García Reyes y nadie está hablando con nadie de manera que produce coordinación efectiva.
Nadie sabe exactamente qué sector está cubriendo quién. Es caos. Y ese caos, según los investigadores que han estudiado el caso durante décadas, parece demasiado perfecto para ser accidental. ¿Cómo llega el candidato presidencial del partido en el poder, el heredero virtual de la presidencia, a un miting en una barranca sin las condiciones de seguridad mínimas que habría tenido cualquier funcionario de nivel inferior? ¿Quién eligió lomas taurinas? ¿Quién aprobó el esquema de seguridad? ¿Quién decidió qué grupos irían y cuáles no? Lomas taurinas es el lugar más difícil
posible para proteger a alguien y el más fácil posible para hacerle daño a alguien. Una barranca estrecha y llena de gente, donde la visibilidad es mínima y donde los elementos de seguridad se pierden entre la multitud. El generales, que tenía a su cargo parte del esquema de seguridad de Colosio, tomó en las semanas previas al 23 de marzo decisiones sobre ese esquema en Tijuana que varios colaboradores de Colosio cuestionaron en su momento.
Decisiones sobre cuántos elementos ir, sobre la coordinación entre grupos, sobre cómo organizar el avance entre la multitud después del miting. y estaban las cámaras, había cámaras en lomas taurinas ese día, cámaras de televisión y cámaras privadas de los asistentes. Y durante las primeras investigaciones desaparecieron rollos de película y cassets de video.
Todos, algunos sí existen, pero hay personas que estaban filmando y que dicen haber entregado sus materiales a las autoridades y esos materiales nunca volvieron a aparecer en el expediente. ¿Qué había en esas imágenes? No lo sabemos porque no están. Y precisamente porque no están, su ausencia es parte de la respuesta. Ah, a las 5:12 minutos de la tarde, hora del Pacífico, Colosio termina su discurso.
La gente empieza a rodearlo. Colosio avanza entre la multitud saludando, tocando manos, dejándose tocar, que era lo que siempre hacía, que era conocido por acercarse a la gente sin el miedo instintivo al contacto físico que muchos políticos desarrollan como segunda naturaleza defensiva. Y en ese avance entre la multitud, un hombre joven de 23 años, obrero de maquiladora nacido en Zamora, Michoacán, llamado Mario Aburto Martínez, saca un arma y dispara dos veces.
El primer disparo impacta en la cabeza, entra por el oxipucio y sale por la cara y es el disparo que mata. El segundo impacta en el abdomen, entra por adelante. Dos disparos, dos trayectorias distintas. Y ahí está el primer problema que la investigación oficial nunca pudo resolver, de manera que satisfiera estándares mínimos de lógica forense.
Si Mario Aburto estaba detrás de Colosio cuando disparó el primer tiro, ¿cómo pudo disparar el segundo tiro al abdomen desde adelante? o aburto se movió en una fracción de segundo de manera físicamente improbable dado el caos de la situación o había dos tiradores. Los forenses que trabajaron el caso llegaron a conclusiones distintas.
Los primeros en examinar el cuerpo, horas después del asesinato, encontraron dos heridas con trayectorias que eran difícilmente explicables por un tirador único en posición fija. El primer fiscal especial, Miguel Montes García, llegó en los primeros meses a la misma conclusión que muchos expertos.
La evidencia forense apuntaba a una acción concertada, a más de un tirador. Pero el 14 de julio de 1994, Montes revirtió esa conclusión y declaró que Aburto había actuado solo. Cinco días después renunció a su cargo. ¿Qué pasó en esos días? ¿Qué presión llegó? ¿Qué documentos desaparecieron? ¿Qué le dijeron? que hizo que un fiscal que había llegado a la conclusión de acción concertada cambiara esa conclusión en cuestión de días y luego renunciara.
Nunca lo explicó públicamente. Pero en el expediente secreto hay elementos que los investigadores que lo han leído conectan con ese periodo específico de cambio de posición que no tienen explicación oficial satisfactoria. Cuando a Burto fue sometido por la multitud, gritó algo que varias personas escucharon y reportaron.
Gritó que fue el ruco y señaló hacia un hombre específico. Ese hombre se llamaba Vicente Mayoral. ¿Quién es Vicente Mayoral? Es una de las preguntas que la investigación nunca respondió completamente. Mayoral apareció en el expediente como persona presente en Lomas Taurinas y después de eso su rastro se diluyó de la manera característica de las personas a quienes el sistema tiene interés en diluir. Jorge Antonio Sánchez Ortega.
Esa noche del 23 de marzo, después del asesinato, las autoridades en Tijuana detuvieron a varios sospechosos para interrogación de las primeras horas. Entre ellos estaba Sánchez Ortega, agente del Centro de Investigación y Seguridad Nacional La Inteligencia Interior del Gobierno Mexicano. Estaba en Lomas Taurinas.
Cuando lo revisaron, encontraron en su chaqueta manchas de sangre. Las manchas fueron analizadas y el tipo sanguíneo resultó ser a negativo, el mismo tipo sanguíneo de Luis Donaldo Colosio Murrieta. Además, la prueba de rodicionato de sodio que detecta residuos de pólvora en las manos dio positivo. Había disparado un arma recientemente.
Con esa evidencia en la mano, las autoridades deberían haberlo arrestado formalmente e investigado a fondo. En cambio, fue liberado pocas horas después, sin cargos, sin explicación pública, simplemente libre. ¿Quién dio la orden de liberarlo? En esa parte de la historia aparece el nombre de un personaje que años después se convertiría en uno de los funcionarios de seguridad más poderosos y más corrompidos de la historia moderna de México.
Genaro García Luna, que en esos años era un agente joven del seisene y que según algunas versiones fue parte del operativo de encubrimiento en las horas que siguieron al asesinato. García Luna llegó a ser secretario de seguridad pública con Felipe Calderón. Fue arrestado en Texas en 2019, juzgado en Nueva York y sentenciado en 2023 a 38 años de prisión por cargos relacionados con narcotráfico para el cártel de Sinaloa.
El hombre que supuestamente ayudó a encubrir al posible segundo tirador de Colosio está en una cárcel americana cumpliendo condena por traficar drogas. Durante 31 años, mientras García Luna ascendía al poder y caía después en la justicia estadounidense, Jorge Antonio Sánchez Ortega vivió su vida libre con la sangre en la chaqueta documentada en el expediente, con el positivo de pólvora documentado en el expediente, con el expediente completo accesible para cualquier fiscal con acceso y con voluntad de actuar, y nadie actuó hasta
el 8 de noviembre de 2025. Ese día la Fiscalía General de la República ejecutó una orden de apreensón contra Sánchez Ortega. No fue una operación con cámaras ni transmisión en vivo. Fue una operación discreta de la clase que produce resultados más confiables que los operativos diseñados para la audiencia más que para la efectividad.
Cuando la noticia salió, sacudió al país. El 16 de noviembre de 2025, un juez federal dictó auto de formal prisión contra Sánchez Ortega por homicidio calificado. Fue trasladado al ceferezo del altiplano. Era la primera vez en 31 años de caso que alguien distinto a Mario Burto enfrentaba cargos formales por el asesinato de Colosio.
La investigación del asesinato es en sí misma uno de los casos de negligencia e impunidad más documentados de la historia judicial mexicana. cuatro fiscales especiales, cuatro personas distintas que supuestamente iban a llegar al fondo del asunto y ninguna pudo o quiso hacerlo de manera que produjera la verdad completa.
El primero fue Miguel Montes García, que llegó en marzo de 1994 con reputación de hombre serio. Concluyó en los primeros meses que había habido acción concertada y múltiples participantes, y el 14 de julio del mismo año dijo exactamente lo contrario, 5co días antes de renunciar sin explicación pública que satisfiera a nadie.
La segunda fue Olga Islas de González Mariscal, que organizó el expediente y llevó el caso hasta la condena de Mario Aburto a 42 años de prisión. posteriormente incrementados a 45, pero que no avanzó en determinar quién había enviado a Burto ni quién había diseñado el esquema de seguridad que permitió lo que pasó. El tercero fue el más escandaloso de todos.
Pablo Chapa Bezanilla llegó en diciembre de 1994 y su paso por la investigación es uno de los capítulos más vergonzosos de la historia judicial mexicana. Chapa Besanilla arrestó a un hombre llamado Otón Cortés Vázquez y lo presentó como el segundo tirador con evidencias, testimonios y pruebas que eran todas falsas.
evidencias fabricadas, testigos comprados, un caso construido con materiales que alguien con acceso a los recursos del Estado pudo fabricar, porque esos recursos estaban disponibles para quien quisiera usarlos en esa dirección. El 7 de agosto de 1996, Cortés fue absuelto. Había pasado casi dos años en prisión por un crimen que no cometió.
fue torturado durante su detención y murió el 14 de abril de 2020 con las secuelas físicas y psicológicas de lo que le hicieron. ¿Por qué Chapa Bezanilla hizo todo eso? Hay dos teorías que no son mutuamente excluyentes. La primera, que era incompetente y ambicioso y creyó que podía construir un caso con testigos comprados para cerrar el expediente en un sistema que premia el cierre de casos.
más que la verdad de los casos. La segunda más oscura, que fue instruido para fabricar un culpable que no fuera el verdadero culpable y así desviar la investigación de las personas que realmente estaban detrás del asesinato. Ambas pueden ser ciertas simultáneamente porque en un sistema donde la impunidad es estructura y no excepción, la incompetencia ambiciosa y la instrucción política frecuentemente producen el mismo resultado desde motivaciones diferentes.
El cuarto fiscal fue Luis Raúl González Pérez, que trabajó entre 1996 y 2000 y llegó a una paradoja lógica que tenía la virtud política de poder interpretarse de cualquier manera según la conveniencia del momento. Aburto era el autor material único, pero no descartaba que hubiera otros participantes intelectuales. Actuó solo, pero no actuó solo.
Para el año 2000, cuando el PRI perdió finalmente la presidencia con Vicente Fox, el expediente del caso Colosio era un laberinto de contradicciones, testimonios fabricados, evidencias desaparecidas y conclusiones incompatibles que parecían diseñadas para nunca conducir a ningún lugar concreto.
Y así siguió durante años, durante décadas. Hay una pieza del expediente secreto que conecta todo lo demás y que raramente se menciona con el peso que merece. El testimonio de Alfonso Durazo, el colaborador más cercano de Colosio en sus últimos meses, que años después sería secretario de seguridad pública con Andrés Manuel López Obrador.
En 1995, Durazo entregó cinco cajas con archivos privados de Colosio y una carta dirigida a Cedillo, en la que decía de manera categórica que el crimen había sido fraguado desde el poder, incluyendo los pinos. No quizás no podría ser fraguado desde el poder, incluyendo los pinos. Cedillo recibió esas cajas y nunca hizo nada con ellas.
Las razones posibles para esa inacción no son mutuamente excluyentes. Que Cedillo ya sabía todo lo que había en esas cajas y prefería no abrir un expediente cuyas consecuencias políticas serían devastadoras para un gobierno que acababa de comenzar y que dependía de la estabilidad institucional del sistema que estaba heredando. Cedillo tenía miedo de lo que desatar esa investigación le haría a su propio gobierno.
O la explicación más oscura que algunos investigadores señalan sin respaldo judicial formal, que Cedillo tenía razones propias para no querer que la investigación avanzara, porque Cedillo era el hombre que Colosio quería remover como coordinador de campaña. Porque Cedillo escribió la carta urgiendo un pacto entre Colosio y Salinas.
días antes del asesinato, porque Cedillo fue quien se benefició directamente de la muerte de Colosio, convirtiéndose de coordinador de campaña en candidato presidencial y después en presidente de la República. Es Cedillo culpable de algo. Ninguna investigación ha establecido su participación directa en el asesinato, pero su comportamiento posterior, su relación con las evidencias, su decisión de no abrir completamente la investigación, su ausencia en el funeral de Diana Laura, todo forma un patrón que 30 años después sigue generando preguntas sin respuesta
oficial satisfactoria. y el National Security Archive de la Universidad George Washington obtuvo mediante la Ley de Libertad de Información unos 65 documentos del gobierno estadounidense relacionados con el caso, documentos desclasificados de la CIA, del Departamento de Estado y del FB, que muestran que la embajada americana en México tenía dudas serias sobre la seriedad de la investigación desde el primer momento.
que los reportes diplomáticos de esas semanas describían una investigación dirigida hacia conclusiones predeterminadas, que había funcionarios del gobierno americano que creían que el caso nunca sería resuelto porque la solución implicaba nombrar actores que el sistema político mexicano no estaba dispuesto a nombrar.
Si la seía lo veía desde afuera, ¿qué veían los que estaban adentro? Diana Laura Riojas. Nació el 9 de septiembre de 1958 en Nueva Rosita, Coahuila, ciudad minera del norte de México. Estudió economía en la Universidad Anahuac en la Ciudad de México y ahí conoció a Luis Donaldo Colosio, que era su maestro. Lo que era evidente para quienes los conocieron en esos años era que entre Diana Laura y Colosio no había simplemente una relación de admiración estudiantil, sino una resonancia de algo más profundo, una forma de ver el mundo que encajaba de
manera que las personas que lo rodeaban notaban como excepcional. Se casaron en 1984. En 1985 nació Luis Donaldo Colosio Riojas, su primer hijo. Y en 1993, el año de la candidatura, llegó su segunda hija, Mariana. Y mientras ese embarazo avanzaba, Diana Laura recibió la noticia que cambiaría todo su mundo personal.
tenía cáncer de páncreas, diagnóstico devastador en cualquier circunstancia y potencialmente fatal en el contexto de un embarazo de alto riesgo. Los médicos le recomendaron iniciar quimioterapia de inmediato. Diana Laura se negó, no por temeridad, sino por decisión consciente, meditada, deliberada. dijo que primero naciera su hija.
Rechazó el tratamiento durante todo el embarazo para no poner en riesgo a Mariana. Cuando alguien que lo sabía le preguntó si no tenía miedo, respondió algo que se quedó grabado para siempre en la memoria de quienes lo escucharon. Los miedos no deben ser más grandes que el amor. Eso era Diana Laura Riojas, una mujer que cuando tenía que elegir entre dos cosas imposibles, elegía el amor.
El 23 de marzo de 1994, cuando llegó al Hospital General de Tijuana y encontró el cuerpo de su marido, no se derrumbó públicamente en el pasillo. abrazó a Colosio, se quedó unos momentos con él y después, cuando se incorporó, preguntó en voz baja, pero con una claridad que los que estaban ahí no olvidarían quién fue.
No era la pregunta de una viuda desesperada buscando consuelo. Era la pregunta de una mujer que ya sabía desde el fondo de sus entrañas que lo que acababa de pasar no había sido obra de un solo hombre trastornado con un arma. En las horas y días siguientes, Diana Laura impuso ocho condiciones para los actos del sepelio, condiciones que le dijo directamente a Carlos Salinas, entre ellas que Manuel Camacho y que José Córdoba, el secretario particular de Salinas, no se acercaran al velorio ni al funeral.
Salinas aceptó porque en ese momento Diana Laura tenía una autoridad moral que ningún presidente podía ignorar. Era la viuda, era la madre de sus hijos, era la mujer que había rechazado el tratamiento de cáncer para que su hija naciera sana. En las semanas y meses siguientes, Diana Laura dijo públicamente lo que muchos pensaban, pero pocos se atrevían a decir con nombre y apellido, que la conclusión del asesino solitario le parecía poco convincente, que estaba convencida de que la orden había venido de las más altas esferas del gobierno, que su
marido había sido traicionado por el sistema que él mismo había querido reformar. Y mientras decía todo eso, mientras luchaba por la verdad sobre la muerte de su marido, con la energía de quien sabe que el tiempo es limitado y que por tanto, cada momento debe tener peso, su cuerpo seguía deteriorándose. El cáncer que había pospuesto para que naciera Mariana estaba avanzando.
El 18 de noviembre de 1994, 8 meses después del asesinato de Colosio, Diana Laura Riojas murió. Tenía 36 años, su hija Mariana tenía menos de 2 años y su hijo Luis Donaldo tenía nueve. Ernesto Cedillo, que había ganado las elecciones presidenciales de agosto utilizando el apellido Colosio y las emociones que lo rodeaban como ingrediente de campaña, que nunca habría estado disponible para él si Colosio hubiera vivido, no fue al funeral.
No fue al funeral. El hombre que debía la presidencia al apellido del hombre que acababa de enterrar a su esposa, no fue a decirle a Dios, a la mujer que había dedicado los últimos 8 meses de su vida a buscar la justicia que Cedillo no tenía intención de buscar. Si hay un solo acto en toda esta historia que condensa la frialdad del sistema, es ese, la ausencia de Cedillo en el funeral de Diana Laura.
Lo que 1994 significó en su totalidad va más allá del asesinato de Colosio. Ese año fue una tormenta perfecta que el sistema político mexicano generó y que todavía no ha procesado completamente. El primero de enero, el alzamiento zapatista en Chiapas. El 23 de marzo, el asesinato de Colosio. El 28 de septiembre el asesinato de José Francisco Ruiz Maieu, secretario general del PRI y cuñado de Salinas, a plena luz del día en la ciudad de México.
La investigación de su caso llevó a conclusiones que sacudieron al país. El 28 de febrero de 1995. Raúl Salinas de Gortari, hermano del expresidente, fue arrestado acusado de haber ordenado ese asesinato. Raúl Salinas estuvo en prisión hasta 2005 cuando fue absuelto por un tecnicismo legal, pero durante el proceso se descubrió que tenía 114 millones de dólares en cuentas bancarias suizas.
114 millones de origen inexplicable en el hermano de un expresidente que ganaba el sueldo de un funcionario público. Y el 20 de diciembre de 1994, apenas semanas después de que Cedillo tomara posesión, ocurrió lo que se conoce como el error de diciembre. El peso mexicano se devaluó de manera catastrófica.
Pasó de 3 pes 50avos por dólar a 10 pesos en cuestión de semanas. Millones de mexicanos perdieron los ahorros de décadas en días. Millones de familias que habían comprado casas con créditos vieron sus deudas multiplicarse de manera matemáticamente imposible de pagar. El rescate internacional costó 50,000 millones de dólares y el FOBAPROA, el fondo de rescate bancario que el gobierno mexicano utilizó para salvar a los bancos, acumuló deudas que se convirtieron en deuda pública que los mexicanos siguen pagando décadas después.
Todo eso pasó en un solo año. El zapatismo, el asesinato de Colosio, el asesinato de Ruiz Maieu, el arresto de Raúl Salinas, la devaluación, el Foba proa. 1994 fue el año en que el sistema prista mostró todas sus fracturas simultáneamente, el año en que la promesa del primer mundo de Salinas se demostró falsa de una manera que ya no admitía evasión.
Y en el centro de esa tormenta, en el centro de ese año que cambió México para siempre, estaba el hombre que había querido cambiar las cosas. El hombre que el 6 de marzo dijo que veía un México con hambre y sed de justicia, el hombre que fue eliminado antes de poder intentarlo. El asesinato de Colosio fue para millones de personas la respuesta más brutal posible a la pregunta que cada ciudadano que cree que las cosas pueden mejorar se hace en algún momento.
¿Vale? ¿Vale que alguien puede cambiar las cosas desde adentro? Vale la pena creer que la honestidad en la política no es ingenuidad, sino una posibilidad real. La respuesta del sistema a esas preguntas fue brutal y directa. No vale la pena. El que intenta cambiar las cosas de verdad paga el precio. Esa respuesta explica el cinismo que se instaló en la cultura política mexicana durante las décadas siguientes.
La desilusión profunda, la sensación generalizada de que las cosas nunca van a cambiar de manera sustancial, porque los que quieren cambiarlas de manera sustancial terminan como Colosio terminó. Hay documentos en el expediente que describen los planes de Colosio para sus primeros 100 días de gobierno. Planes para descentralizar el presupuesto de los programas sociales, quitándole al centro el control que permitía usarlos como instrumento de lealtad política, planes para reformar el sistema electoral, limitando el
financiamiento del PRI con recursos del Estado. planes para limitar la facultad del presidente de nombrar directamente gobernadores en situaciones de emergencia, planes que si hubieran sido ejecutados habrían desmantelado desde adentro las bases del sistema Prista. ¿Quién tenía el motivo más fuerte para evitar que esos planes se ejecutaran? La pregunta lleva 32 años en el expediente esperando una respuesta que el sistema ha tenido mucho cuidado de que no llegue.
Los cuadernos de Colosio son otra pieza que el expediente secreto contiene y que merece atención específica. En las semanas previas al 6 de marzo, Colosio escribió en sus cuadernos personales con una frecuencia mayor que su práctica habitual. Los cuadernos registran conversaciones que tuvo, decisiones que tomó, miedos que comenzó a tener, de manera que sus colaboradores notaban en cambios de comportamiento que él no siempre verbalizaba directamente.
Hay una entrada de esos días que uno de sus colaboradores más cercanos describe como el mapa interno de lo que estaba viviendo. dice que hay fuerzas que están moviendo piezas, que lo siente aunque no puede verlo completamente, que el sistema que conoce desde adentro tiene recursos que él no tiene y que puede usar de formas que no siempre se ven desde donde está parado.
Hay otra entrada de pocos días antes del 23 de marzo que dice, “Ya sé lo que le pasa a los que van en serio, lo sé y no me detiene. Porque si me detuviera, no tendría derecho a haber dicho lo que dije. Ya sé lo que le pasa a los que van en serio.” Esas palabras escritas en un cuaderno privado por un hombre de 44 años que estaba a días de ser asesinado sugieren que Colosio no era ajeno completamente al riesgo que corría, que había calculado el precio y había decidido que lo que quería decir valía ese precio.
Esa decisión es la más extraordinaria de toda la historia. No por heroísmo en el sentido de película, sino por honestidad, en el sentido de una persona que mira de frente lo que ve y no aparta los ojos, aunque lo que ve sea aterrador. El expediente contiene esos cuadernos parcialmente porque hay páginas que fueron removidas antes de que el expediente fuera liberado en 2019, páginas cuya ausencia está documentada en el índice del expediente con una nota que dice simplemente material no disponible.
¿Qué había en esas páginas? ¿Qué nombres? ¿Qué conversaciones? ¿Qué información específica que alguien consideró suficientemente peligrosa para remover incluso del expediente del propio asesinato del hombre que las escribió? Esas páginas son la pregunta dentro de la pregunta y mientras no estén disponibles, la historia no estará completa.
Hay también en el expediente secreto una dimensión relacionada con el patrón de financiamiento que los cuatro fiscales especiales nunca pudieron o nunca quisieron seguir de manera que produjera consecuencias reales. En las 78000 páginas hay documentos que rastrean movimientos de recursos en las semanas previas al 23 de marzo. Recursos que llegaron a personas en Tijuana y que no tienen explicación en términos de actividad económica legítima de quienes los recibieron.

Recursos que en cualquier investigación seria de un crimen organizado de esta magnitud habrían sido el hilo más prometedor para tirar hacia quien financió la operación. Seguir ese hilo requería ir a lugares donde el sistema no quería ir porque los movimientos de recursos en la política mexicana de los años 90 estaban entrelados de maneras que una investigación honesta del financiamiento del asesinato de Colosio habría terminado en conversaciones sobre cómo se financiaban las propias operaciones del gobierno, del propio partido, de las
propias estructuras de poder que estaban a cargo de investigar. Era investigar la mano que firmaba los cheques de la investigación, imposible dentro del sistema que el sistema mismo había diseñado. Y la dimensión humana de las consecuencias para quienes sobrevivieron en el círculo más cercano de Colosio también merece atención.
Las personas de su equipo, que después del asesinato fueron sistemáticamente marginadas, que encontraron puertas cerradas en un sistema al que habían servido lealmente durante años, que recibieron señales de variados tipos de que su cercanía con Colosio era una marca que el sistema no iba a olvidar. Esas personas, en su mayoría optaron por el silencio, no por cobardía, sino por cálculo racional.
en un entorno donde el precio del no silencio era visible en 14 homicidios. Alfonso Durazo fue la excepción notable el que entregó las cinco cajas y escribió la carta categórica y pagó el precio en términos de posición política durante años, aunque décadas después ocupó una posición de máxima autoridad en seguridad pública, lo que tiene su propia ironía, que el tiempo produce con la paciencia que las personas frecuentemente no tienen.
A noche antes del discurso del 6 de marzo, según Diana Laura misma relató meses después de haberlo vivido y antes de morir, Colosio le dijo algo que ella guardó como el retrato más completo de quién era el hombre con quien había compartido su vida y sus convicciones. “Hay cosas que valen más que el poder,” le dijo. La dignidad es una de ellas.
Y si el sistema no puede tolerar la dignidad, entonces el sistema tiene que cambiar, aunque el cambio cueste. Y en sus cuadernos, en los días previos a ese discurso, hay una entrada que ninguno de sus colaboradores o redactores vio porque era un cuaderno privado y no un borrador de discurso que dice, “Si voy a tener el poder de cambiar este país, primero tengo que ganarme el derecho de tenerlo.
Y para ganarme ese derecho tengo que decir la verdad, no la verdad que el sistema me permite decir la verdad. Esas dos frases juntas son el retrato más completo que tenemos del hombre que fue asesinado en Lomas taurinas. No el retrato de un político calculando estrategia, sino el de una persona que había llegado a un nivel de claridad sobre qué es lo que importa, que es inusual en cualquier persona y prácticamente inexistente en personas que han llegado al nivel de poder al que Colosio había llegado.
El niño de Magdalena de Quino, que a los 14 años le dijo a su padre que quería que las cosas fueran justas, nunca dejó de ser ese niño. Siguió siendo ese niño cuando era diputado, cuando presidía el PRI, cuando administraba los programas del gobierno salinista, mientras documentaba en cuadernos que esos programas eran exactamente lo que el sistema decía que no eran.
cuando dio el discurso del 6 de marzo, cuando subió al micrófono en Lomas Taurinas el 22 de marzo para hablar con personas de un barrio humilde de la Barranca de Tijuana. Ese niño estaba ahí hasta el último momento y el sistema, que no sabe qué hacer con las personas que genuinamente quieren que las cosas sean justas, tuvo que hacer lo que los sistemas que no saben qué hacer con ese tipo de personas han hecho históricamente.
Eliminarlo. Queda el hijo. Luis Donaldo Colosio Riojas nació en 1985. Tenía 9 años cuando mataron a su padre y 10 cuando murió su madre, 9 y 10 años. La edad en que los niños necesitan a sus padres para aprender a ser personas, para aprender qué clase de mundo es el mundo y cómo funciona y qué se puede esperar de él.
Él se quedó sin los dos en el plazo de 8 meses. Su abuela paterna lo crió junto a su hermana Mariana y creció y estudió y llegó a la política. Hoy Luis Donaldo Colosio Riojas es senador de la República por Movimiento Ciudadano, con el apellido de su padre y con el peso de una historia que no eligió, pero que le pertenece de una manera que no puede ponerse ni quitarse.
En 2021 visitó lomas taurinas por primera vez de adulto. fue al lugar donde mataron a su padre y parado en esa barranca de Tijuana, les dijo a los periodistas algo que resumía todo lo que él y toda una generación de mexicanos habían cargado desde ese marzo del 94. Aquí quedó trunco algo más que una vida. Aquí quedó trunco, el país que pudo haber sido.
En enero de 2024 pidió formalmente el indulto de Mario Abto. No porque creyera en su inocencia, sino porque pensaba que si Aburto estaba libre y tenía algo que ganar, quizás hablaría, quizás diría quién lo mandó. Se le negó el indulto. Y hay una frase que el senador repite de cuando era niño y que su madre le escuchó decir, “Mamá, ¿y si le damos 10,000 pesos a Aburto para que diga quién lo mandó? Ese niño de 9 años, con la lógica simple y terrible de la infancia entendía ya lo que los fiscales adultos no lograban o no querían lograr, que había alguien
detrás, que había una orden, que había un nombre. El hombre que muchos señalan, el nombre que aparece más frecuentemente cuando se recorre el expediente completo, el hombre que tenía los motivos más claros para eliminar a alguien que iba a reformar el sistema que él había construido y del que dependía su protección futura, Carlos Salinas de Gortari.
vive en Irlanda, en un país que no tiene tratado de extradición con México para los delitos por los que podría ser investigado. Tiene más de 75 años, da entrevistas de vez en cuando, niega todo y es libre. No hay cargos contra él. No hay fiscal que haya tenido el valor o la autorización política para investigarlo formalmente por la muerte de Colosio.
Eso en sí mismo es una respuesta a la pregunta de quién tiene el poder en México. Porque cuando alguien puede estar vinculado a la eliminación del candidato presidencial del partido gobernante, puede estar asociado con la destrucción de evidencia durante tres décadas y puede vivir los últimos años de su vida en paz en Europa.
La pregunta no es solo quién dio la orden, la pregunta es, ¿qué clase de sistema permite que eso ocurra? ¿Y qué tan diferente es ese sistema hoy de lo que era entonces? Cuando Colosio dio el discurso del 6 de marzo, dijo que veía un México con hambre y sed de justicia. 32 años después, ese México todavía tiene hambre, todavía tiene sed.
El hombre que quería saciarlo fue eliminado antes de poder intentarlo. El caso que podría nombrar a sus asesinos sigue en proceso con un detenido, con un expediente de 78,000 páginas, con testigos que todavía viven, con documentos que no han sido leídos completamente por un fiscal con genuina intención de llegar al fondo, con la posibilidad apenas de que esta vez sea diferente, de que la pregunta de Diana Laura tenga respuesta, de que el niño que le preguntó a su madre si podían darle dinero a Aburto para que hablara, el niño que ahora es senador
pueda escuchar la verdad de que los mexicanos finalmente sepan quién dio la orden. El expediente secreto que la fiscalía autorizó a abrir en noviembre de 2025 no resuelve el caso, no nombra al que dio la orden, no produce la sentencia que Diana Laura pedía desde el hospital de Tijuana en esa noche de marzo de 1994, pero abre la grieta y por las grietas con tiempo y con voluntad entra la luz.
Sánchez Ortega está en el altiplano y Sánchez Ortega tiene información, información que si sale a la luz puede señalar directamente hacia los niveles que nadie ha podido tocar en 32 años. Esa posibilidad fue suficientemente real para que el sistema la protegiera durante tres décadas y sigue siendo suficientemente real para que su arresto sea el primer hecho genuinamente nuevo en un caso que llevaba años sin hechos nuevos.
Luis Donaldo Colosio Murrieta, 10 de febrero de 1950. Magdalena de Quino, Sonora. 23 de marzo de 1994. Lomas Taurinas, Tijuana, 44 años. Dos hijos, una esposa que lo sobrevivió 8 meses. Un discurso que cambió el rumbo de la historia, aunque él no viviera para verlo. Y una pregunta que lleva 32 años esperando respuesta. La historia de Colosio no terminó esa tarde en la barranca de Tijuana.
La historia de Colosio terminará el día que alguien en una sala de justicia diga en voz alta y bajo juramento: “Así fue. Esto fue lo que pasó. Estos son los responsables. Ese día todavía no ha llegado, pero el 8 de noviembre de 2025, cuando se firmó la orden de arresto contra Jorge Antonio Sánchez Ortega, ese día se acercó un poco más.
Y mientras ese día llega, mientras el expediente sigue avanzando, mientras los testigos que todavía viven deciden si van a hablar o no, vale la pena recordar algo. Hubo un hombre en Magdalena de Quino que de niño dijo que quería que las cosas fueran justas, que pasó su vida entera intentándolo, que cuando llegó el momento de decir la verdad, la dijo sabiendo quizás el precio que iba a pagar.
Hay cosas que valen más que el poder. La dignidad es una de ellas. La historia de Luis Donaldo Colosio es la historia de un hombre que eligió la dignidad en un sistema donde esa elección costó la vida y que 32 años después todavía no ha sido completamente contada. Pero el archivo que nadie debería haber visto, que el sistema cuidó durante décadas, está abierto esperando que alguien tenga el valor de leerlo completamente y de actuar sobre lo que dice. Sí.
News
CAZZU RESPONDE A NODAL CON ELEGANCIA BRUTAL Y ÁNGELA AGUILAR PIERDE EL CONTROL EN REDES
Ay, ay, ay. Pero qué cosa tan maravillosa les traigo el día de hoy, mis comadres queridas. Siéntense bien en…
Guerra legal en el regional mexicano: Christian Nodal demanda a Cazzu por supuesto fraude y obstrucción en la crianza de su hija Inti
La industria del entretenimiento se ha visto sacudida por un nuevo y explosivo capítulo en la turbulenta relación entre el…
Cazzu rompe el silencio y deja en evidencia a Pati Chapoy: La implacable batalla judicial que estremece a la farándula internacional
El mundo del espectáculo internacional se encuentra inmerso en una de las tormentas mediáticas y legales más intensas de los…
El Triunfo de Cazzu y el Declive de los Aguilar: Crónica de una Crisis de Imagen y el Karma en el Escenario
En el volátil mundo de la música latina, donde la fama se construye con la misma rapidez con la que…
El HORRIBLE FINAL de Ángela Aguilar: Nepotismo, Traición y Fracaso
Hay finales que se sienten injustos y otros que se sienten inevitables. Lo de Ángel Aguilar es distinto. Es un…
Ana Martín en 2026: El triunfo de la mujer que eligió la libertad sobre la tradición y construyó un imperio de dignidad
El legado inquebrantable de una estrella que desafió al tiempo y a la sociedad En el panorama del espectáculo mexicano,…
End of content
No more pages to load






