1989 Sevilla. La boda más cara del año. 300 invitados, políticos, empresarios, gente de la alta sociedad española, un castillo alquilado para la ocasión, flores traídas de Holanda, champán francés. Nada era demasiado para esta boda. Y el entretenimiento principal, Julio Iglesias, $100,000 por una hora de música.
El novio había pagado sin pestañear. Quería impresionar a su futura esposa. Quería la boda perfecta. Julio llegó a las 9 de la noche, traje impecable, sonrisa profesional. Había cantado en cientos de bodas de ricos. Esta era una más, o eso pensaba. El salón estaba lleno. 300 personas esperando. El novio en el altar, nervioso, feliz.Julio subió al pequeño escenario, tomó el micrófono. Buenas noches. Es un honor estar aquí en esta noche tan especial. Aplausos. La música comenzó. Julio empezó a cantar. Su voz llenó el salón. Todo era perfecto. Y entonces las puertas se abrieron. La novia entró vestido blanco, velo de encaje. Caminando lentamente hacia el altar. Julio la vio y dejó de cantar.
La música siguió unos segundos, los músicos confundidos, pero Julio no cantaba. Estaba congelado mirando a la novia. Su cara había cambiado. El color desapareció. Sus manos temblaban, 300 personas mirando. Sin entender, Julio bajó el micrófono, bajó del escenario y caminó hacia la puerta, sin decir una palabra, sin mirar atrás, sin explicar nada.
Salió del castillo, se subió a su coche y desapareció en la noche. La boda quedó en silencio. 300 personas en shock, el novio humillado y la novia. La novia se quedó inmóvil en medio del salón con lágrimas cayendo bajo el velo, como si supiera exactamente por qué Julio se había ido. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué había entre ella y Julio Iglesias esa noche? Nadie lo supo, pero la verdad existía y era más dolorosa de lo que cualquiera podía imaginar.
Para entender esta historia hay que volver atrás. 23 años atrás. 1966, Madrid, Julio Iglesias tiene 23 años. Acaba de recuperarse del accidente que destruyó su carrera de futbolista. Está empezando a cantar. Nadie lo conoce todavía. Una noche, en un bar pequeño del centro, Julio toca la guitarra por unas monedas.El bar está casi vacío, cuatro o cinco personas, pero hay una mujer sentada sola en una mesa del rincón, 21 años, pelo negro, ojos que parecen guardar 1000 secretos. Julio la ve y deja de respirar. es la mujer más hermosa que ha visto en su vida. Termina su canción, se acerca a su mesa. ¿Puedo sentarme? Ella lo mira seria evaluándolo.
¿Por qué? Porque quiero conocer a la mujer que no ha aplaudido en toda la noche. Ella casi sonríe. Siéntate. Se llama Lucía. Esa noche hablan hasta que el bar cierra. Caminan por las calles vacías de Madrid hasta el amanecer. Julio le cuenta todo. El accidente, el dolor, el miedo de no ser nada, el sueño de ser cantante. Lucía escucha, no interrumpe, no juzga, solo escucha.

Cuando sale el sol, Julio sabe que está enamorado y por primera vez en su vida, el sentimiento es mutuo. Los meses que siguieron fueron los más felices de la vida de Julio. Lucía era diferente a cualquier mujer que había conocido. No le importaba su fama, no le importaba su dinero, porque Julio no tenía ni fama ni dinero, lo amaba por lo que era.
Un hombre roto tratando de reconstruirse. Julio le escribía canciones. que cantaba por las noches. Le prometía el mundo, “Un día voy a ser famoso”, le decía, “y te voy a dar todo lo que mereces.” Lucía sonreía. No quiero todo. Te quiero a ti. Hablaban de casarse, de tener hijos, de envejecer juntos. Julio nunca había sido tan feliz, pero la felicidad no dura. Un día.Julio recibió una carta. Una discográfica importante había escuchado su demo. Querían conocerlo, querían ofrecerle un contrato, pero había una condición. Tenía que irse a vivir a América por lo menos 2 años para grabar, hacer promoción, construir una carrera. Julio leyó la carta 10 veces. Era su sueño, todo lo que había deseado, pero significaba dejar a Lucía.
Esa noche se lo contó. Lucía no lloró, solo lo miró. ¿Qué vas a hacer? No lo sé. No puedo dejarte, Julio. Esta es tu oportunidad, la única que vas a tener, pero te amo. Lucía tomó su mano y yo te amo. Por eso quiero que vayas. Ven conmigo. Lucía bajó la mirada. No puedo. Mi madre está enferma. No puedo dejarla.
Entonces, espérame. Dos años. Vuelvo y nos casamos. Lucía lo miró a los ojos. Había algo en su mirada, algo que Julio no entendió. Esperaré”, dijo Julio. Se fue a América. Los dos primeros meses se escribían cartas todos
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