
Regresemos a 1959.
El cine mexicano comenzaba a despedirse de su época de oro y Fernando Almada pisaba por primera vez un set de filmación con Milagros de San Martín de Porres.No había balas ni caballos desbocados, solo un joven disciplinado que entendía la actuación como un oficio que debía aprenderse con rigor.
Fernando observaba, escuchaba, estudiaba.
Para él, el cine no era un atajo a la fama, sino una responsabilidad.
Mientras tanto, su hermano menor, Mario Almada, se movía como un animal inquieto detrás de cámaras.
Su temperamento no tardó en empujarlo frente al lente.
Donde Fernando era método, Mario era instinto.
Donde uno planeaba, el otro se lanzaba sin red.
Esa diferencia, lejos de separarlos, se convirtió en el motor de una de las sociedades más intensas del cine nacional.
En los años setenta y ochenta, los Almada se consolidaron como el rostro del western y del cine de acción mexicano.
Películas como El nido del águila o La banda del Carro Rojo no solo llenaron salas: construyeron un imaginario.
Héroes ásperos, comunidades olvidadas, justicia improvisada.Bajo los disparos había una mirada social que muchos críticos minimizaron, pero que conectó profundamente con el público.
Fernando construía personajes con contención quirúrgica.
Mario vivía cada escena como si fuera la última.
Esa tensión se sentía real porque lo era.
En privado discutían, chocaban, se retaban.
En público, funcionaban como una maquinaria perfecta.
Décadas después, Fernando admitiría que sí hubo rivalidad, pero nunca rencor.
Una competencia silenciosa que los obligaba a ser mejores.
Con el tiempo, Fernando encontró su verdadera voz en la escritura y la dirección.
En 1978, El conjuro del pantano marcó un quiebre: ambigüedad moral, sombras, decisiones incómodas.
Mientras Mario filmaba sin descanso por todo México, Fernando desaceleraba, corregía guiones, ajustaba planos milimétricamente.
“Mario persigue el relámpago”, decía.“Yo espero la tormenta”.
Los años ochenta y noventa fueron crueles con el cine mexicano.
Crisis, abandono institucional, pantallas dominadas por Hollywood.
Los Almada resistieron.
Detrás de la imagen ruda hubo hospitales, pérdidas familiares y noches de ansiedad.
Fernando fue el sostén silencioso cuando la madre enfermó.
Mario, el empuje cuando todo parecía derrumbarse.
La vida personal de Mario estuvo marcada por turbulencias discretas.
Divorcios, batallas legales, heridas que nunca fueron titulares.
Fue Fernando quien cuidó a su hija, mantuvo rutinas, protegió una intimidad que el público jamás conoció.
Ahí nació la confesión más potente de Fernando, la que soltó años después, ya sin máscaras.
En entrevistas de radio modestas, lejos de homenajes grandilocuentes, Fernando comenzó a hablar del hombre detrás del mito.
Dijo que Mario, el forajido más temido de la pantalla, era en realidad tímido, amable, incómodo con los reflectores.
Que su verdadera fortaleza no estaba en la violencia, sino en la decencia.
En cómo trataba a la gente cuando nadie miraba.
Esa revelación sacudió a los fans.
El héroe de puño de hierro era, según Fernando, el hombre más bondadoso que había conocido.
Y quizá esa contradicción fue el acto final de la leyenda Almada: recordarnos que la dureza cinematográfica escondía una ternura profundamente humana.
Mario murió en 2016, en silencio.
Fernando lo sobrevivió siete años.
Para 2023, su cuerpo era frágil, pero su mente seguía afilada.

Rodeado de fotografías y guiones, dijo con serenidad: “Ya conté mis historias”.
El 30 de octubre, la Asociación Nacional de Actores confirmó su muerte.
Las redes se llenaron de imágenes en blanco y negro, de polvo detenido en el tiempo.Hoy, en 2025, los Almada siguen vivos.
Sus películas se proyectan en escuelas de cine, resurgen en plataformas de streaming y dialogan con nuevas generaciones.
Murales en Sonora los muestran de espaldas, armas bajas, como si finalmente descansaran.
No fueron solo estrellas de acción.
Fueron narradores de un México áspero, digno y olvidado.
La confesión final de Fernando no derriba el mito.
Lo humaniza.
Nos recuerda que detrás de cada leyenda hay un lazo familiar, una rivalidad que impulsa y un amor que no necesita aplausos.
Los Almada no solo dispararon balas en la pantalla.
Dispararon verdades que aún resuenan.
Y esa, quizá, es su herencia más poderosa.
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