El 28 de agosto de 2016, el tiempo se detuvo en México. En una lujosa suite del hotel Four Seasons en Santa Mónica, California, el cuerpo sin vida de un hombre de 66 años fue hallado por el personal. Vestía ropa de alta costura, estaba rodeado de maletas de diseñador y todo el lujo que el dinero puede comprar. Sin embargo, en esa habitación vacía de afecto, no murió “El Divo de Juárez”, sino Alberto Aguilera Valadez, un hombre que, a pesar de haber vendido 200 millones de discos y compuesto el himno del duelo mexicano, “Amor Eterno”, falleció en la misma soledad que lo persiguió desde su infancia.

La historia que México y el mundo adoran es la del genio musical, el compositor de más de 1,800 canciones que llenó Bellas Artes doce veces consecutivas. Pero detrás de esa fachada resplandeciente, existía una sombra de oro: la historia de un niño traumatizado que construyó una leyenda para sobrevivir a una realidad insoportable. Alberto nació en la pobreza extrema de Parácuaro, Michoacán, siendo el menor de diez hermanos. Su padre desapareció en el alcoholismo y la desesperación, dejando a su madre, Victoria Valadez, sola frente a la miseria. Cuando Alberto tenía apenas cuatro años, su madre sufrió una crisis nerviosa severa que la llevó a ser internada en un hospital psiquiátrico. Ese fue el primer y más grande abandono que marcaría el resto de sus días.

A los cinco años, el pequeño Alberto no fue llevado a un hogar acogedor, sino a la Escuela Mejía, un internado para varones en Ciudad Juárez que funcionaba más como una prisión que como un centro educativo. Durante ocho años cruciales, Alberto aprendió que el mundo era un lugar cruel y peligroso. Por su sensibilidad y sus gestos que otros consideraban “femeninos”, fue blanco de burlas, golpes y humillaciones tanto de sus compañeros como de maestros que intentaban “hacerlo hombre” a la fuerza. Allí, en el frío de las literas de metal, nació la lección más destructiva de su vida: su verdadera naturaleza era inaceptable. Para sobrevivir, debía esconderse tras una máscara.

El escape llegó a los trece años, cuando huyó del internado para vivir en las calles de Ciudad Juárez. Entre parques y escaleras de edificios, Alberto cantaba por monedas o sobras de comida. Fue en una de esas cantinas donde conoció a Juan Contreras, el dueño del bar Noa Noa y el primer hombre que lo trató con dignidad. Fue en honor a él y a su padre ausente que Alberto decidió “morir” para que naciera Juan Gabriel. Este nuevo personaje era fuerte, talentoso y capaz de enfrentar al mundo, mientras el verdadero Alberto quedaba enterrado en un lugar oscuro del alma.

Su ascenso a la fama en los años 70 fue meteórico, pero con el éxito llegaron los susurros. En un México profundamente machista, la ambigüedad de Juan Gabriel era un riesgo existencial para su carrera. Él manejó esta situación con una maestría casi sobrenatural, utilizando sus canciones como confesiones disfrazadas. Cada vez que el público cantaba “Se me olvidó otra vez” o “Hasta que te conocí”, estaban entonando, sin saberlo, la autobiografía de un hombre roto. Ante las preguntas directas sobre su sexualidad, su respuesta “lo que se ve no se pregunta” se convirtió en el equilibrio perfecto para mantener su estatus de ícono nacional sin ser cancelado por una sociedad conservadora.

Incluso la llegada de sus cuatro hijos fue vista por muchos como un escudo protector, una prueba de “normalidad” que México necesitaba para seguir amándolo. Aunque Juan Gabriel los proveyó de todo lo material, su incapacidad para ser un padre presente revelaba otra herida: nunca tuvo un modelo de paternidad que seguir. Alberto solo sabía ser el artista; no sabía cómo ser el papá que él nunca tuvo.

A medida que pasaban las décadas, el trabajo se convirtió en su única forma de no enfrentar el vacío. Giras de 200 conciertos al año y una actividad creativa obsesiva eran el mecanismo para no sentir el dolor del abandono original. La muerte de su madre en el año 2000 fue el golpe final. Aunque Juan Gabriel le había comprado casas y joyas, nunca pudo recuperar el amor de madre que le fue arrebatado a los cinco años. El dolor que mostró en su funeral fue el de alguien que pierde una esperanza que mantuvo viva por décadas: la de ser amado sin condiciones.

En sus últimos años, su salud se deterioraba mientras él se negaba a detenerse. Su equipo le suplicaba descanso, pero él sabía que detenerse significaba mirar hacia adentro, donde solo quedaba el niño del internado. Su último concierto en Inglewood, California, fue una despedida profética. Dos días después, su corazón se detuvo.

Hoy, la leyenda de Juan Gabriel es intocable, pero su legado humano nos recuerda que la gloria tiene un precio invisible. Alberto Aguilera Valadez nos regaló la banda sonora de nuestras vidas, nos enseñó a llorar y a bailar, pero él mismo murió prisionero de su propia creación. Al final, quizás solo en la muerte, Alberto pudo finalmente descansar del peso de ser Juan Gabriel, el Divo que conquistó el mundo pero que nunca pudo conquistar su propia libertad.