
Desde principios de la década de 1930, el cine mexicano vio surgir a una generación de actores infantiles que llenaron las pantallas con ternura y carisma.
Algunos crecieron junto a la industria; otros desaparecieron sin dejar rastro.Entre todos ellos, hubo un rostro que destacó por su profundidad emocional y una madurez impropia de su edad: Narciso Busquets.
Nacido en Orizaba, Veracruz, entre 1929 y 1931 según distintas fuentes, Narciso creció en un entorno profundamente artístico.
Era hijo del actor Joaquín Busquets Padrosa y de Enriqueta Sárate.
Desde pequeño mostró talento para el dibujo, la lectura y la expresión escénica.
Su llegada al cine fue casi accidental.
Cuando apenas era un bebé, fue llevado al set donde su padre filmaba Águilas frente al sol.
La actriz Hilda Moreno sugirió improvisar una escena con el niño en brazos.
Ese instante selló su destino.
La actuación dejó pronto de ser un juego.
Narciso creció entre estudios, guiones y reflectores, observando con atención y aprendiendo disciplina.
La relación con su padre se volvió central, especialmente después de la separación de sus padres.Enriqueta se marchó con su hija, y Narciso se quedó con Joaquín.
Lo que parecía una elección circunstancial se transformó en una carga emocional enorme.
La salud de Joaquín comenzó a deteriorarse gravemente.

Durante años se creyó que había quedado ciego por la exposición a los reflectores, pero en realidad sufría una enfermedad no tratada.
Narciso, aún niño, se convirtió en su cuidador.
Lo guiaba físicamente, lo acompañaba emocionalmente y al mismo tiempo continuaba trabajando frente a las cámaras.
Era actor por profesión y adulto por obligación.
A pesar de todo, su carrera no se detuvo.
En 1937 apareció en La gran cruz, seguido por Luz en mi camino y La revancha.
A comienzos de los años cuarenta, Narciso ya era una figura reconocida.
En Ay, Jalisco, no te rajes compartió escena con Jorge Negrete y Gloria Marín.Poco después, en Historia de un gran amor, interpretó la versión infantil del personaje que más tarde encarnaría Negrete.
Su actuación fue tan sólida que recibió el reconocimiento del Sindicato de Periodistas Cinematográficos de México.
Entre los siete y los catorce años apareció en 57 películas.
A lo largo de su vida participaría en más de cien producciones.
Pero detrás de ese ritmo brutal de trabajo, la tragedia avanzaba.
En diciembre de 1942, Joaquín Busquets murió.
Narciso tenía apenas doce años.
Huérfano de padre, con su madre ausente y su hermana lejos, el niño quedó solo.
Tras el funeral se fue a vivir con su tía Mercedes.
Los sets seguían ahí, pero la figura que lo había guiado ya no.
Aun así, regresó al cine bajo la dirección de Julio Bracho, demostrando que su talento no dependía de la infancia ni de la ternura.
Era ya un actor serio, contenido, disciplinado.La escuela tradicional nunca formó parte de su vida.
Como muchos niños actores de la época, recibió clases particulares cuando fue posible.
Lo que realmente lo formó fue la lectura.
Narciso devoraba novelas y guiones, afinando una comprensión profunda del carácter humano que más tarde sería clave en su carrera.
Con el tiempo, su rostro fue apareciendo menos en pantalla, pero su voz comenzó a estar en todas partes.

La radio primero, y luego el doblaje, se convirtieron en su territorio natural.
En XEW se consolidó como una de las voces más reconocibles del radioteatro mexicano, trabajando junto a figuras legendarias.
El doblaje fue el espacio donde Narciso alcanzó plena madurez artística.
Prestó su voz a innumerables personajes y fue, en la práctica, la voz real de Emilio “El Indio” Fernández en varias de sus películas.
También dobló a actores internacionales como Toshiro Mifune, acercando el cine mundial al público hispanohablante.
En ese mundo encontró también el amor.
Se casó primero con Carmen González, actriz y voz de Samantha en Hechizada, con quien tuvo tres hijos.
Más tarde contrajo matrimonio con Tena Curiel, actriz, locutora y heredera de una sólida tradición musical.
Con ella compartió una vida estable, lejos del escándalo.
Narciso trabajó sin pausa durante más de cinco décadas.
Teatro, televisión, doblaje y algunas telenovelas marcaron sus últimos años, entre ellas La casa al final de la calle en 1988.
Un año después, se retiró discretamente.
Narciso Busquets murió el 14 de diciembre de 1988, a los 59 años.
No hubo grandes homenajes ni titulares estridentes.
Solo el reconocimiento silencioso de quienes sabían que su voz había acompañado generaciones enteras.
Vivió con modestia, trabajó sin descanso y dejó un legado que muchos reconocen sin saber su nombre.
Fue un niño al que la fama le robó la infancia, pero también un hombre que transformó el dolor en oficio y la tragedia en permanencia.
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