Joan Sebastian murió de cáncer. Eso es lo que nos dijeron, lo que todos aceptamos sin cuestionar, lo que quedó escrito en el acta de defunción oficial. Pero hay algo que no te contaron esa noche del 13 de julio de 2015, algo que sucedió en las últimas horas antes de que el poeta del pueblo cerrara los ojos para siempre en su rancho de Juliantla, algo que su familia decidió guardar en silencio, que los doctores prefirieron no registrar y que las personas más cercanas a él apenas se atreven a mencionar en voz baja, porque la verdad sobre cómo murió realmente Joan Sebastian es mucho más oscura, más dolorosa y más perturbadora de lo que cualquiera podría imaginar.
Y esta noche, por primera vez, vas a escuchar lo que realmente pasó. La madrugada del domingo 12 de julio, aproximadamente a las 4 de la mañana, algo cambió en el rancho Cruz de la Sierra. Los empleados que llevaban años trabajando ahí, los que conocían cada rincón de esa propiedad, los que habían visto a Joan Sebastian en sus mejores y peores momentos, sintieron que algo no estaba bien. No era solo el silencio habitual de la noche guerrerense, ni el viento que bajaba de las montañas arrastrando el olor a pino y tierra mojada.
Era algo más profundo, más visceral, como si la muerte misma hubiera llegado a reclamar lo que era suyo y estuviera esperando pacientemente en algún rincón oscuro del rancho. Los caballos, esos animales que Joan amaba más que a nada en el mundo, comenzaron a comportarse de manera extraña. Relinchaban sin motivo aparente, pateaban las puertas de sus establos, se negaban a comer. Uno de los cuidadores, un hombre llamado Esteban, que llevaba más de 20 años al servicio de la familia Figueroa, juró más tarde que vio algo esa madrugada que nunca podrá olvidar.Vio el caballo blanco andaluz, ese que Joan llamaba el padrino y que había costado $5,000. Parado completamente inmóvil frente a la ventana de la habitación donde dormía el cantante. El animal miraba fijamente hacia el interior como si estuviera vigilando algo, como si supiera algo que los humanos todavía no podían comprender. Y lo más perturbador de todo es que ese caballo, el favorito absoluto de Joan Sebastian, el que había sido su compañero en cientos de presentaciones, había muerto exactamente 5co días antes.
Esteban insiste hasta el día de hoy en que no estaba borracho, que no se había imaginado nada, que vio al padrino ahí tan real como cualquier cosa en este mundo, y que cuando se atrevió a acercarse, el animal simplemente desapareció en la oscuridad. Pero esa no fue la única señal extraña de aquella madrugada. Alrededor de las 3:30, Alina Espino, la última mujer que acompañó a Joan Sebastian durante 19 años, salió corriendo de la habitación principal, gritando que necesitaban un doctor inmediatamente.
Varios empleados la escucharon desde sus cuartos. Decía que Joan había tenido una especie de ataque, que no podía respirar bien, que estaba diciendo cosas sin sentido, nombres que ella no reconocía, palabras en un idioma que no era español. Los trabajadores se miraron entre ellos sin saber qué hacer. El doctor más cercano estaba a más de una hora de distancia por caminos de terracería y llamar a una ambulancia era prácticamente inútil en un lugar tan remoto como Juliantla.
Para cuando llegara ayuda profesional podrían pasar tres o cu horas. Entonces Federico Figueroa, el hermano de Joan, ese mismo hermano que años después sería vinculado con el crimen organizado y acusado de estar relacionado con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzsinapa, tomó el control de la situación, sacó su teléfono celular y comenzó a hacer llamadas. No llamó a hospitales, no llamó a doctores, llamó a números que ninguno de los empleados reconoció, números que no estaban guardados bajo ningún nombre en su agenda, solo una serie de dígitos sin identificación.
habló en voz baja, alejándose de donde estaban los demás, caminando hacia la parte trasera del rancho, donde la señal era más débil, pero donde nadie podía escucharlo. Y cuando regresó 20 minutos después, simplemente dijo que todo estaba bajo control, que ya venía alguien en camino, alguien que sabría exactamente qué hacer. Joan Sebastian había luchado contra el cáncer de huesos durante 16 años. 16 años de quimioterapias, de tratamientos experimentales, de doctores que le daban 6 meses de vida y él los demostraba equivocados una y otra vez.
Pero en esos últimos meses algo había cambiado, no solo en su cuerpo, que ya estaba visiblemente deteriorado, consumido por dentro, con los huesos tan frágiles que cualquier movimiento brusco podía causar una fractura. Había cambiado algo en su mente, en su espíritu. Las personas cercanas a él notaron que se había vuelto más retraído, más silencioso. Ya no componía canciones con la misma frecuencia. Pasaba horas enteras sentado en el ruedo de su rancho, mirando a sus caballos, fumando cigarros que los doctores le habían prohibido terminantemente, bebiendo coñac, aunque sabía que estaba envenenando aún más su cuerpo destruido, y hablaba solo.
Los empleados lo escuchaban mantener conversaciones completas con personas que no estaban ahí. Al principio pensaron que era el efecto de los medicamentos para el dolor, esos opioides potentes que le habían recetado y que él tomaba en cantidades cada vez mayores. Pero después comenzaron a darse cuenta de que no estaba delirando, estaba hablando con sus hijos muertos. Con trigo, ese hijo que había sostenido en sus brazos mientras se desangraba en un estacionamiento de Texas después de recibir un balazo en la cabeza.
con Juan Sebastián, al que le habían disparado en el cuello y el abdomen en un bar de Cuernavaca, y cuyo asesinato había sido reivindicado por un cártel que dejó un narcensaje lleno de acusaciones. Joan les hablaba como si estuvieran ahí, como si pudiera verlos caminando entre los árboles del rancho, montando los caballos, riéndose con esa risa que ya nadie más podía escuchar. Y lo más perturbador de todo es que cuando le preguntaban con quién estaba hablando, él sonreía con una expresión que sus empleados describirían después como completamente en paz, completamente consciente, y simplemente decía, “Están esperándome.
Ya casi es hora. La relación de Joan Sebastián con la muerte nunca fue normal. No después de perder a dos hijos de forma violenta, no después de vivir 16 años sabiendo que el cáncer podía matarlo en cualquier momento. Pero había algo más, algo que se remontaba mucho más atrás en el tiempo, a su infancia en esas montañas de Guerrero. Su abuela materna, una mujer que todos en Juliant la conocían y respetaban, practicaba lo que la gente del pueblo llamaba medicina tradicional, pero que en realidad era algo mucho más profundo y oscuro.
Ella le había enseñado desde pequeño que la muerte no era el final, que los espíritus de los que se van siguen caminando entre nosotros, especialmente en lugares como Juliantla, donde la tierra está empapada de historia y de sangre. le había enseñado a reconocer las señales de cuando alguien estaba por morir, las pequeñas cosas que la mayoría de la gente ignora, pero que para los que saben ver son tan claras como el sol al mediodía. Los pájaros que dejan de cantar, los perros que ahullan sin razón aparente, los relojes que se detienen a la misma hora, las flores que se marchitan de repente.
Y Joan había aprendido bien esas lecciones durante sus 16 años de batalla contra el cáncer. Él mismo había predicho con exactitud espeluznante varios eventos relacionados con la muerte. Tres semanas antes de que su hijo Juan Sebastián fuera asesinado, Joan lo llamó por teléfono y le dijo que tuviera mucho cuidado, que algo malo iba a pasar, que sintiera algo oscuro rondando a la familia. Juan no le hizo caso. Pensó que era la paranoia de un hombre enfermo. Murió exactamente 21 días después de esa llamada, cuando el padrino, su caballo favorito, cayó enfermo de forma repentina y los veterinarios no podían explicar qué le pasaba.
Joan se acercó al animal, le acarició el cuello con una ternura infinita y le susurró al oído, “Ya sé que viniste a acompañarme. Gracias. Nos vamos juntos. El caballo murió cinco días antes que él.” Pero la historia se pone aún más extraña cuando comenzamos a investigar los últimos 6 meses de vida de Joan Sebastian, porque durante ese periodo el cantante hizo cosas que no tienen ningún sentido para alguien que supuestamente está luchando por vivir. Comenzó a regalar sus posesiones más preciadas.No las regaló a sus hijos como cualquiera esperaría. Las regaló a empleados, a amigos. a gente del pueblo que apenas conocía. Su guitarra favorita, esa misma que su padre le había regalado cuando era niño y que había sido el instrumento con el que compuso algunas de sus canciones más emblemáticas, se la dio a un trabajador del rancho llamado Agustín, que había estado a su servicio durante 15 años. Cuando Agustín le preguntó por qué le estaba dando algo tan valioso, Joan simplemente respondió, “Donde voy ya no la voy a necesitar.
Tú cuídala bien y cuando toques, recuerda que cada nota tiene el alma de quien la tocó antes. También comenzó a escribir cartas, montones de cartas escritas a mano en papel que compraba especialmente para ese propósito. Papel grueso, color crema, con su nombre grabado en la parte superior. Nadie sabe exactamente a quién iban dirigidas esas cartas, porque Joan las escribía a solas en su estudio, generalmente de madrugada cuando el resto del rancho dormía. Los empleados lo encontraban ahí a las 5 o 6 de la mañana, rodeado de papeles arrugados, cenizas de cigarro, botellas vacías de coñac, con los ojos rojos, pero completamente enfocado en lo que estaba escribiendo.
Llegó a llenar tres cuadernos completos y cuando murió, esos cuadernos desaparecieron. Alina Espino juró que ella no sabía dónde estaban. José Manuel Figueroa, el hijo mayor, dijo que nunca los había visto. Federico Figueroa se negó a responder preguntas al respecto, pero uno de los empleados que limpiaba el estudio recordó haber visto algo perturbador en una de esas páginas que Joan había dejado sobre el escritorio. Era una lista de nombres. Algunos estaban tachados con línea roja, otros tenían símbolos extraños al lado.
Y al final de la lista, con letra más grande que el resto, estaba escrito su propio nombre, José Manuel Figueroa Figueroa, seguido de una fecha, 13 de julio de 2015. La noche del sábado 11 de julio, apenas 36 horas antes de su muerte, Joan Sebastian pidió que trajeran a todos sus hijos al rancho. No fue una sugerencia, fue casi una orden. José Manuel estaba en la Ciudad de México preparando una presentación. Sarelea estaba con su familia. Joana Marcelia había viajado a Nueva York, pero él insistió.
Necesito verlos a todos. Ahora, no mañana, ahora. Y había algo en su voz, según contó después José Manuel, algo que no admitía discusión, un tono que no era de súplica, sino de certeza absoluta, como si supiera algo que los demás todavía no podían comprender. Llegaron al rancho en diferentes horarios durante la noche y la madrugada del domingo. Y cuando estuvieron todos reunidos, Joan pidió que los dejaran solos en el ruedo principal, ese mismo ruedo donde había practicado jaripeo durante décadas, donde había caído de caballos más veces de las que podía contar, donde había sentido esa descarga de adrenalina que solo la cercanía con la muerte puede provocar.
Estuvieron ahí reunidos durante casi 3 horas. Nadie más estuvo presente, ni Alina, ni Federico, ni los empleados, solo Joan y sus ocho hijos vivos. Y hasta el día de hoy, ninguno de ellos ha querido contar exactamente qué fue lo que su padre les dijo esa noche. José Manuel, cuando le preguntaron años después en una entrevista, se quedó en silencio durante casi un minuto completo antes de responder. Mi papá nos dijo cosas que teníamos que saber antes de que se fuera, cosas sobre su vida, sobre decisiones que tomó, sobre personas que conoció y cosas que hizo, cosas que algunos preferirían que nunca se supieran.
Y nos hizo prometer que íbamos a cuidarnos entre nosotros, porque él ya no iba a estar para protegernos de lo que venía. Cuando le preguntaron qué era lo que venía, simplemente negó con la cabeza y dijo, “No puedo hablar de eso. Lo que sí sabemos es que después de esa reunión, varios de los hijos salieron llorando. Joana Marcelia estaba visiblemente afectada, temblando y tuvo que ser consolada por su hermana mayor Julián Figueroa, el hijo que había tenido con Maribel Guardia y que moriría apenas 8 años después.
A los 27 años, por un infarto que muchos consideran sospechoso, se apartó del grupo y vomitó detrás de uno de los establos. Sarelea se quedó sentada en el suelo del ruedo durante más de una hora, abrazando sus rodillas, meciéndose hacia adelante y hacia atrás, como si estuviera en shock. Y José Manuel, el hijo mayor y más cercano a su padre, caminó directo hacia donde estaba Federico y tuvieron una discusión acalorada que varios empleados escucharon desde lejos. No pudieron entender exactamente qué decían, porque hablaban en voz baja, casi susurrando, pero la atención era palpable.
José Manuel señalaba a Federico con el dedo acusadoramente, mientras este mantenía los brazos cruzados y una expresión de piedra en el rostro. En un momento, José Manuel le gritó algo que uno de los trabajadores sí alcanzó a escuchar claramente. Si algo de eso es verdad, si papá estuvo involucrado en lo que dijiste, entonces todos estamos en peligro. Federico simplemente respondió, siempre hemos estado en peligro, solo que ahora ya no tenemos a quien nos proteja. Esa última frase es clave para entender lo que realmente sucedió en las horas finales de Joan Sebastian.
Porque la pregunta que nadie se ha atrevido a hacer públicamente es, ¿de qué o de quién necesitaba Joan Sebastian proteger a su familia? El libro de Anabel Hernández, publicado en 2021, 4 años después de su muerte, afirma que Joan Sebastian habría sido socio de los Beltrán Leiva, uno de los cárteles más poderosos y violentos de México. Según testimonios citados en ese libro, su finca en Guliantla habría sido sede de reuniones con Arturo Beltrán Leiva, Edgar Valdés Villarreal, conocido como la Barbie, Joaquín el Chapo Guzmán y Ismael el Mayo Zambada.
Pero aquí hay algo que no cuadra en la narrativa oficial. Si Joan Sebastian realmente tuvo vínculos con el narcotráfico y si esos vínculos eran lo suficientemente profundos como para que su rancho sirviera de punto de reunión para algunos de los criminales más buscados del planeta, entonces, ¿por qué nunca fue arrestado? Nunca fue investigado formalmente, nunca hubo una sola orden de apreensón en su contra? La respuesta más obvia es que no había evidencia. Pero la respuesta más inquietante es que quizás había alguien muy poderoso protegiéndolo, alguien que tenía interés en que ciertas cosas nunca salieran a la luz.
En el juicio contra Genaro García Luna, celebrado en 2023, 8 años después de la muerte de Joan Sebastian, un testigo protegido, identificado como Sergio Villarreal Barragán, apodado el Grande, declaró bajo juramento que Joan Sebastian había amenizado una fiesta que se realizó después de una reunión entre García Luna, quien era el secretario de Seguridad Pública de México, y miembros de alto nivel del cártel de los Beltrán Leiva. Esa declaración pasó relativamente desapercibida en medio del escándalo mayor del juicio, pero si te detienes a pensar en las implicaciones es absolutamente devastador.
que si es verdad, significaría que Joan Sebastian no solo conocía a narcotraficantes, sino que estaba presente en reuniones donde se negociaban acuerdos entre el crimen organizado y las más altas esferas del gobierno mexicano. significa que tenía información, que sabía cosas, que era testigo de conversaciones que podrían destruir carreras políticas completas y enviar a docenas de personas muy poderosas a prisión. Y eso lo convertía en algo mucho más peligroso que un simple cantante famoso. Lo convertía en un riesgo de seguridad nacional.
Ahora piensa en el momento en que Joan Sebastian murió. Julio de 2015, apenas un mes antes, en junio, había estallado el escándalo de la Casa Blanca, la propiedad que la esposa del presidente Enrique Peña Nieto había adquirido de forma sospechosa. México estaba en plena crisis de credibilidad. El caso de los 43 normalistas de Ayotsinapa seguía sin resolverse casi un año después de los hechos. Había protestas en las calles, había presión internacional y había mucha gente muy nerviosa en posiciones de poder, gente que tenía secretos que proteger, gente que no podía permitirse que ciertas informaciones salieran a la luz justo en ese momento tan delicado.
Joan Sebastian, con su salud deteriorada, con su muerte evidentemente cercana, se estaba convirtiendo en un problema. Porque un hombre moribundo es un hombre que ya no tiene nada que perder. Un hombre moribundo podría decidir que quiere limpiar su conciencia antes de partir. Podría decidir que quiere proteger a sus hijos contando la verdad sobre las cosas en las que estuvo involucrado. podría decidir que es momento de que México sepa realmente quién era José Manuel Figueroa Figueroa y qué había hecho durante todos esos años para mantener a ocho familias, 50 caballos, más de 50 propiedades y un estilo de vida que costaba cientos de miles de dólares al mes.
La madrugada del domingo 12 de julio después de que Federico hizo esas llamadas misteriosas, llegaron al rancho dos hombres que nadie había visto antes. No llegaron en ambulancia, no llegaron en coche particular común y corriente, llegaron en una camioneta blindada negra sin placas, de esas que todos en México reconocen inmediatamente como vehículos del gobierno o de gente muy peligrosa. Los empleados que estaban despiertos los vieron llegar. Vieron como Federico salió a recibirlos personalmente antes de que pudieran tocar la puerta principal.
Vieron cómo entraron directamente a la habitación donde estaba Joan sin siquiera presentarse con el resto de la familia. Y vieron como Alina Espino, que hasta ese momento había estado histérica pidiendo ayuda médica, de repente se calmó completamente en cuanto esos hombres entraron a la casa, como si su sola presencia le hubiera confirmado algo que ella sabía que iba a pasar. Los hombres estuvieron ahí durante aproximadamente 2 horas. Nadie más pudo entrar a la habitación durante ese tiempo.
Ni los hijos, ni los empleados de confianza, nadie. Cuando finalmente salieron, uno de ellos le dijo algo en voz baja a Federico. El empleado que estaba más cerca, ese mismo Esteban que había visto al caballo fantasma, juró haber escuchado claramente una palabra, listo. Y Federico simplemente asintió con la cabeza. Los hombres se fueron tan rápido como habían llegado y aproximadamente 4 horas después, a las 7:15 de la tarde del lunes 13 de julio, Joan Sebastian fue declarado oficialmente muerto.
La causa oficial, complicaciones del cáncer de huesos. El mieloma múltiple finalmente había ganado la batalla después de 16 años. Todos los medios de comunicación reportaron lo mismo. Nadie cuestionó nada. Todos aceptaron la narrativa tal como fue presentada. El poeta del pueblo había muerto en paz, rodeado de su familia en su amado rancho de Juliantla después de una larga y valiente lucha contra la enfermedad. Era una historia hermosa, era una historia triste, pero inspiradora. Era exactamente el tipo de historia que México necesitaba en ese momento de tanto caos y violencia.
Un héroe nacional muriendo con dignidad en su tierra. Pero había detalles que no encajaban. Pequeñas cosas que la gente no notó porque estaban demasiado ocupados llorando al ídolo que acababan de perder. Primero, Joan Sebastian había estado hospitalizado apenas dos semanas antes de su muerte. Los doctores que lo atendieron en ese momento dijeron que aunque su condición era delicada, no había un riesgo inmediato de muerte. Le daban todavía varios meses de vida, quizás incluso un año más, si respondía bien al tratamiento de cemento óseo que le habían aplicado en abril.
Su muerte repentina tomó por sorpresa incluso a su equipo médico. Segundo, el cuerpo no fue llevado a ningún hospital después de su muerte. No hubo autopsia. En México, la ley requiere que cualquier muerte que ocurra fuera de un centro médico sea investigada, especialmente si se trata de una persona famosa. Pero en el caso de Joan Sebastian, el Ministerio Público de Guerrero aceptó inmediatamente la declaración de muerte natural sin exigir ningún tipo de estudio forense. El certificado de defunción fue expedido por un médico local de Taxco que reconoció haber firmado el documento basándose únicamente en el historial médico previo del cantante, sin realizar ningún examen del cuerpo.
Tercero, el velorio fue organizado de una manera extremadamente extraña. El féretro permaneció cerrado durante la mayor parte del tiempo. Solo la familia inmediata pudo ver cuerpo. Y eso únicamente durante las primeras horas después de su muerte. Después el ataúdado y nadie más tuvo acceso. Cuando amigos cercanos y colegas artistas pidieron poder despedirse del cuerpo, se les dijo que no era posible porque la familia quería mantener privacidad. Eso es comprensible. Pero lo que no es comprensible es que tampoco se permitió la entrada de fotógrafos profesionales que habían sido contratados específicamente para documentar el funeral.
Y lo más extraño de todo, no se permitió la entrada al rancho de ninguna persona con teléfono celular. Los guardias de seguridad revisaban a cada visitante en la entrada y confiscaban cualquier dispositivo electrónico que pudiera tomar fotos o grabar video. ¿Por qué tanta paranoia con las cámaras? ¿Por qué tanto miedo a que alguien fotografiara el ataúd o el cuerpo? La explicación oficial fue que la familia quería respetar la dignidad de Joan Sebastián y evitar que circularan imágenes sensacionalistas.
Pero la explicación no oficial, la que corría como pólvora entre los empleados del rancho y la gente del pueblo, era mucho más inquietante. Decían que el cuerpo que estaba dentro de ese ataúdía como debería verse. Decían que había algo raro en su expresión, en la forma en que estaba posicionado, en el color de su piel. Una de las personas que sí logró ver el cuerpo antes de que sellaran el ataúd, una prima lejana que prefirió mantener el anonimato, dio una entrevista años después a un programa de radio local de Guerrero.
Dijo que cuando se acercó al féretro para darle el último a Dios, notó inmediatamente que algo no estaba bien. La cara de Joan estaba muy maquillada, mucho más de lo normal, incluso para un velorio. Y cuando se inclinó para besarle la frente, sintió que la piel estaba extrañamente fría y dura, no con la textura suave que uno esperaría de un cuerpo recién embalsamado, pero lo que realmente la perturbó fue otra cosa. Dijo que vio marcas en el cuello de Joan, marcas pequeñas, pero visibles, como puntos rojos que el maquillaje no había logrado cubrir completamente.
Cuando le mencionó eso a un miembro de la familia que estaba cerca, esa persona la tomó del brazo con fuerza, la alejó del féretro y le dijo en voz muy baja, “Tú no viste nada, ¿entendiste? No viste absolutamente nada.” Los rumores comenzaron a circular casi inmediatamente después del funeral en Juliantla, donde todo el mundo conoce a todo el mundo y los secretos son casi imposibles de mantener, empezaron a surgir versiones alternativas de lo que había pasado. Algunos decían que Joan Sebastian no había muerto de cáncer, sino de una sobredosis de medicamentos.
Otros decían que se había suicidado porque no soportaba más el dolor y la idea de seguir deteriorándose. Los más atrevidos decían que lo habían matado, que su muerte había sido ordenada desde arriba porque sabía demasiado y se había convertido en un peligro. Pero todos estos rumores fueron rápidamente silenciados. Hubo visitantes extraños en el pueblo durante las semanas posteriores a su muerte. Hombres que llegaban en camionetas sin identificación, que hacían preguntas, que tomaban nota de quién estaba hablando de qué.La gente aprendió rápido que era mejor mantener la boca cerrada y los pocos que insistieron en seguir haciendo preguntas incómodas comenzaron a experimentar problemas. Uno de ellos, un periodista local que estaba investigando las circunstancias exactas de la muerte, recibió amenazas anónimas. Otro simplemente dejó el pueblo de la noche a la mañana sin decirle a nadie a dónde iba. Un tercer hombre, un empleado del rancho que había trabajado ahí durante años y que estaba dispuesto a hablar con reporteros sobre lo que había visto aquella madrugaga.
Fue encontrado muerto en un accidente automovilístico en la carretera de Taxco apenas dos meses después del funeral de Joan Sebastian. Las autoridades dictaminaron que había perdido el control del vehículo por exceso de velocidad. Su familia no estuvo de acuerdo con esa versión, pero no tuvo recursos para contratar investigadores privados que pudieran contradecir el reporte oficial. Y luego están las canciones, las últimas canciones que Joan Sebastian escribió antes de morir y que nunca fueron grabadas oficialmente. Se sabe que existían porque él mismo las mencionó en conversaciones con su hijo José Manuel.
Eran tres canciones, según lo que José Manuel contó años después. Tres canciones que su padre le dijo que eran las más importantes que había escrito en su vida. Una de ellas se titulaba La cuenta final y supuestamente hablaba sobre tener que pagar por los errores del pasado, sobre cómo las decisiones que tomamos cuando somos jóvenes nos persiguen hasta el final. Otra se llamaba Los que no están, pero que la familia decidió no lanzarla porque la letra era demasiado explícita sobre narcotráfico y violencia.
Joan supuestamente había escrito esa canción como una especie de testimonio, mencionando nombres reales, lugares reales, eventos reales que había presenciado durante su vida. Y la tercera canción, de la cual no se conoce el título, era al parecer una disculpa. una disculpa dirigida a sus hijos por las cosas que había hecho y las situaciones en las que los había puesto, sin que ellos lo supieran. José Manuel dijo que su padre le hizo prometer que esperara al menos 10 años después de su muerte antes de considerar publicar esas canciones, y que si en ese momento alguien de la familia sentía que hacerlo podría poner en peligro sus vidas, entonces debían destruir las grabaciones para siempre.
Ahora estamos en 2025. Han pasado 10 años desde la muerte de Joan Sebastian y esas canciones nunca han salido a la luz. José Manuel ha sido preguntado al respecto en múltiples ocasiones durante entrevistas. Su respuesta siempre es la misma. Algunas cosas es mejor dejarlas donde están. Mi papá sabía lo que hacía cuando nos pidió que esperáramos. Y ahora que ha pasado el tiempo, entendemos por qué quería que esperáramos. La situación en México no ha mejorado. Las cosas de las que él hablaba en esas canciones siguen siendo igual de peligrosas ahora que hace 10 años.
Así que no, no vamos a publicarlas. Probablemente nunca lo hagamos. Cuando le preguntaron si eso significa que las acusaciones sobre vínculos de su padre con el narcotráfico eran verdaderas, José Manuel se levantó de la entrevista y se fue sin responder. Pero quizás la evidencia más perturbadora de que algo oscuro sucedió en las últimas horas de Joan Sebastian es lo que pasó con su hermano Federico. Recordemos que Federico es el que hizo las llamadas misteriosas aquella madrugada. el que recibió a los dos hombres que llegaron en la camioneta blindada, el que tuvo la discusión acalorada con José Manuel después de la reunión en el ruedo.
Pues bien, aproximadamente 6 meses después de la muerte de Joan Sebastián, Federico desapareció. simplemente se esfumó, dejó su casa en Guerrero, abandonó sus negocios y nadie en la familia ha querido confirmar su paradero. Cuando le preguntan directamente, dicen que está bien, que está viviendo en otro lugar por razones personales, que prefiere mantenerse alejado de los reflectores. Pero la verdad es que nadie fuera del círculo más íntimo de la familia ha vuelto a ver a Federico Figueroa desde finales de 2015.
No hay fotos recientes de él, no hay registros de movimientos migratorios si es que salió del país. No hay ninguna evidencia de que siga vivo, excepto las vagas afirmaciones de sus familiares que dicen que ocasionalmente hablan con él por teléfono. Un hombre que fue vinculado públicamente con uno de los cárteles más peligrosos de México, simplemente desaparece del mapa y nadie hace preguntas. Eso no es normal. Eso no pasa por casualidad. Y entonces llegas a Julián Figueroa, el hijo que Joan tuvo con Maribel Guardia, el hijo que interpretó a su padre joven en la bioserie, el
hijo que murió el 9 de abril de 2023, apenas 8 años después que su padre, a la misma edad que su medio hermano trigo, 27 años. la causa oficial de muerte, infarto agudo al miocardio. Pero la gente que conocía a Julián dice que era un joven sano, que hacía ejercicio regularmente, que no tenía ningún factor de riesgo conocido para problemas cardíacos. Su muerte fue tan repentina y tan inesperada que incluso los médicos que hicieron la autopsia admitieron estar sorprendidos.
Un infarto masivo a los 27 años en alguien sin historial de problemas de corazón. Estadísticamente posible, sí, pero altamente improbable. Y el momento en que sucedió es perturbador. Julián murió apenas unos meses después de haber dado una entrevista donde mencionó que su padre le había confiado secretos importantes la noche antes de morir, secretos que él había prometido nunca revelar. Cuando el entrevistador le preguntó si alguna vez consideraría romper esa promesa, Julián respondió, “Nunca. Algunas cosas deben morir con la persona que las sabe.
Mi papá me enseñó eso y si yo hablara, estaría traicionando no solo su memoria, sino poniendo en riesgo a mucha gente que quiero. Así que no, nunca voy a decir lo que sé. Tres meses después estaba muerto. Entonces tenemos un patrón aquí que es imposible ignorar. Joan Sebastian muere en circunstancias extrañas, rodeado de secretismo extremo. Su hermano Federico, que fue la última persona en estar con él antes de morir y que organizó la llegada de esos hombres misteriosos, desaparece completamente.
Su hijo Julián, que sabía los secretos que Joan le había confiado, muere repentinamente de un infarto a los 27 años. Las últimas canciones que Joan escribió, canciones que supuestamente contenían información explosiva, nunca ven la luz y la familia se niega a hablar de ellas. Las personas que intentaron investigar las circunstancias de su muerte fueron amenazadas o tuvieron accidentes. Y todo esto sucede en el contexto de un México donde los vínculos entre el entretenimiento, la política y el crimen organizado son un secreto a voces, pero del que nadie habla abiertamente, porque hacerlo es ponerse en peligro.
La pregunta entonces no es si algo extraño sucedió la noche que Joan Sebastian murió. La pregunta es, ¿qué tan profundo es el agujero que se abre cuando empiezas a jalar ese hilo? Porque cada vez que intentas encontrar respuestas sobre lo que realmente pasó, te encuentras con más preguntas, más inconsistencias, más silencios sospechosos. ¿Por qué el gobierno de Guerrero aceptó tan rápido la causa de muerte? sin exigir una investigación apropiada. ¿Por qué el rancho fue rodeado por seguridad tan intensa durante el funeral?
¿Por qué la familia destruyó o escondió evidencia que podría haber clarificado muchas dudas? ¿Por qué nadie en la industria del entretenimiento mexicana, una industria donde todos conocen a todos y los rumores corren como fuego, se ha atrevido a hablar públicamente sobre lo que realmente saben de Joan Sebastian y sus conexiones. Hay una última pieza de este rompecabezas que necesitas conocer. Aproximadamente un año antes de su muerte, Joan Sebastian tuvo una reunión privada con Vicente Fernández en el rancho Los Tres Potrillos.
Esta reunión fue documentada porque Vicente mismo la mencionó en entrevistas posteriores. Los dos hombres, que habían tenido una relación complicada, llena de peleas y reconciliaciones, finalmente habían hecho las paces y planeaban trabajar juntos en un nuevo proyecto musical. Pero durante esa reunión, según contó Vicente años después, Joan le dijo algo que lo dejó profundamente perturbado. Le dijo que si algo le pasaba, si moría de forma repentina o en circunstancias extrañas, Vicente debía prometer que cuidaría de sus hijos, que se aseguraría de que estuvieran protegidos de personas que podrían querer lastimarlos.
Vicente le preguntó de qué estaba hablando, quién podría querer lastimar a su familia. Y Joan simplemente respondió, “Hay gente muy poderosa que preferiría que ciertas historias nunca se cuenten. Yo he sido testigo de cosas que podrían destruir carreras y enviar a mucha gente a prisión. He guardado esos secretos durante años porque me conviene guardarlos. Pero si llega el momento en que alguien decida que soy más peligroso vivo que muerto, necesito saber que mis hijos van a estar protegidos.
Vicente le prometió que lo haría. Y cuando Joan murió, Vicente cumplió su palabra. Llamó personalmente a cada uno de los hijos de Joan, les ofreció su apoyo financiero y legal y les dijo que si alguna vez necesitaban algo, cualquier cosa, él estaría ahí. José Manuel agradeció el gesto públicamente, pero en privado le dijo a Vicente algo que este nunca olvidaría. Mi papá tenía razón, sobre todo. Ahora entendemos por qué nos advirtió. Y vamos a hacer exactamente lo que él nos dijo que hiciéramos.
mantenernos callados, cuidarnos entre nosotros y nunca, nunca hablar de las cosas que sabemos. Vicente Fernández murió en diciembre de 2021, 6 años después que Joan Sebastian y con él se fue otro testigo de secretos que probablemente nunca conoceremos, porque esa es la verdad sobre lo que realmente pasó con Joan Sebastian. No es que no haya evidencia de que algo oscuro sucedió, es que toda la evidencia está guardada celosamente por personas que saben que revelarla podría costarles la vida.
Es que todos los que saben algo están muertos, desaparecidos o aterrorizados en el silencio. Es que en México hay ciertas historias que simplemente no se cuentan porque contar esas historias es firmar tu propia sentencia de muerte. Y entonces volvemos a esa madrugada del domingo 12 de julio de 2015. Joan Sebastián está acostado en su cama en el rancho Cruz de la Sierra. Su cuerpo está destrozado por 16 años de cáncer. Sabe que le queda poco tiempo, pero también sabe algo más.
sabe que hay gente esperando a que muera para poder seguir adelante con cosas que no pueden hacer mientras él esté vivo. Sabe que hay secretos que él mantiene bajo llave y que su muerte liberará o enterrará para siempre dependiendo de las decisiones que tome su familia. Sabe que cada hora que sigue vivo es una hora más de peligro para las personas que ama. Así que cuando su hermano Federico entra a la habitación y le dice que ya están ahí, que llegó el momento, quizás Joan Sebastian no estaba asustado, quizás estaba aliviado, quizás pensó que finalmente,
después de tantos años cargando con el peso de todo lo que sabía, todo lo que había visto, todas las personas con las que había tenido que negociar para mantener a salvo a su familia, finalmente iba a poder descansar. Los dos hombres entran, cierran la puerta y lo que pasa en esa habitación durante las siguientes dos horas es algo que solo cuatro personas saben. Joan, Federico y esos dos hombres. Cuando salen, Joan Sebastian ya no puede contar su versión de la historia y los otros tres nunca lo harán.
4 horas después, el poeta del pueblo es declarado oficialmente muerto. México llora. Se escriben artículos hermosos sobre su legado. Se hacen homenajes emotivos. Se cantan sus canciones en cada rincón del país y nadie, absolutamente nadie, en los medios de comunicación convencionales se atreve a hacer las preguntas que deberían hacerse. Nadie pregunta por qué no hubo autopsia. Nadie pregunta por los hombres de la camioneta blindada. Nadie pregunta por las marcas en el cuello. Nadie pregunta por las canciones perdidas.
Nadie pregunta por Federico, nadie pregunta por la muerte de Julián. Porque hacer esas preguntas es demasiado peligroso, porque las respuestas podrían llevarte a lugares donde ni los periodistas más valientes se atreven a ir. Y así Joan Sebastián pasa a la historia como el cantante romántico que murió de cáncer después de una batalla valiente, el poeta del pueblo que compuso 1000 canciones de amor, el rey del jaripeo que montaba caballos hasta el final. Pero la verdad, la verdad real sobre quién fue José Manuel Figueroa Figueroa, qué hizo con quién se relacionó, qué presenció, qué secretos guardaba
y cómo murió realmente, esa verdad está enterrada en algún lugar entre las montañas de Juliantla junto con su cuerpo y probablemente nunca la conozcamos porque hay demasiadas personas poderosas que tienen demasiado que perder si Esa verdad sale a la luz, porque México es un país donde los secretos se entierran junto con los que los guardan. Y porque al final del día a nadie le conviene recordar que su ídolo, el hombre cuyas canciones todavía suenan cada fiesta y cada cantina, el poeta que escribió versos hermosos sobre el amor y la vida.
Ese mismo hombre quizás sabía demasiado, vio demasiado y pagó el precio más alto por estar en lugares donde nunca debió estar y conocer a personas que nunca debió conocer. Su último caballo murió 5co días antes que él. Su hijo murió 8 años después, guardando los mismos secretos. Su hermano desapareció sin dejar rastro. Y sus últimas palabras, esas que pronunció minutos antes de morir, según el testimonio de las pocas personas que estuvieron presentes, fueron, perdónenme, no tuve otra opción.
Cuídense entre ustedes, porque ahora sí están solos y díganle a mi pueblo que lo amé hasta el final. Eso fue todo. Joan Sebastian cerró los ojos por última vez y con él se fue una verdad que México nunca conocerá. O quizás sea mejor decir una verdad que México prefiere no conocer. Porque a veces las leyendas son más importantes que los hechos y a veces es mejor seguir cantando las canciones y recordar al poeta que descubrir que el poeta era también algo mucho más oscuro de lo que cualquiera pudo imaginar.
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A los 62 años, María Elena Saldaña confiesa la verdad que ocultó por décadas: cómo La Güereja la hizo famosa, pero también la encerró en una identidad de la que casi no pudo escapar
María Elena Saldaña nació en Veracruz con una vocación clara: el teatro. Se formó profesionalmente, estudió actuación con disciplina y…
Así es la vida real de Raúl de Molina en 2026: mansiones en las alturas, autos de lujo, viajes imposibles y la razón secreta por la que no puede retirarse
La historia de la riqueza de Raúl de Molina no comenzó entre alfombras rojas ni oficinas ejecutivas. Empezó en la…
A los 60 años, Catherine Fulop rompe décadas de silencio y confirma la verdad incómoda sobre su matrimonio con Fernando Carrillo, un romance de telenovela que escondía traición, humillación y una herida que nunca cerró
La historia comenzó como empiezan todas las leyendas televisivas. Catherine Fulop, recién salida del mundo de los concursos de belleza…
A los 76 años, Jean Carlo Simancas rompe el silencio y admite la verdad que persiguió toda su vida: el amor que lo marcó para siempre, la tragedia que lo quebró y el vacío que nunca logró llenar
La historia comienza con un amor tan intenso como breve. Maye Brand no era solo Miss Venezuela 1980.Era juventud, fragilidad…
Amó al hombre más famoso de México en silencio y pagó el precio sola: la trágica vida de Charito Granados, la actriz que tuvo un hijo secreto con Cantinflas y jamás pidió nada
Rosario Granados nació el 12 de marzo de 1925 en Buenos Aires. El arte corría por su sangre. Su padre,…
William Levy: Un viaje desgarrador a los 44 años: luchando contra crisis de salud, el duelo por pérdidas y enfrentando una separación impactante mientras sus fanáticos se unen para apoyarlo y esperar su resiliencia y su regreso a la fama en medio de los desafíos insoportables de la vida.
William Levy, el famoso actor mexicano, atraviesa un momento crítico en su vida personal. A sus 44 años, enfrenta graves…
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