El programa llega a un punto bisagra donde el tono cambia por completo. Si en otros puestos predominaba la burla y el entretenimiento liviano, aquí aparece algo mucho más inquietante: el derrumbe de las parejas “modelo”. En los puestos ocho y siete ya no hay risa, hay incomodidad y miedo, porque lo que se expone es la incapacidad del poder y del dinero para sostener lo esencial: la paz familiar y el equilibrio emocional. Dos historias distintas, pero un mismo trasfondo.

En el puesto número ocho aparece lo que muchos ya llaman el divorcio de la década: Mauricio Macri y Juliana Awada. Durante años vendieron una imagen de perfección republicana, elegancia, familia unida y armonía absoluta. Sin embargo, los medios confirman que la separación no es reciente y que durante al menos un año sostuvieron una puesta en escena pública hecha de sonrisas falsas, fotos cuidadosamente calculadas y apariciones protocolares para proteger una marca personal y política.Lejos de los rumores de terceros en discordia, la causa real sería mucho más profunda y cruda. Según el entorno de Juliana, ella decidió poner un límite definitivo a la política, a su violencia simbólica, a sus campañas interminables y a la suciedad que exige ese mundo. Ella buscaba una vida más tranquila, ligada a la moda, a su hija y a un proyecto personal propio. Macri, en cambio, no quiso ni pudo soltar el poder. Eligió seguir en la guerra política antes que priorizar a su familia.

El caso expone lo que se describe como la enfermedad del hombre moderno adicto al poder. Aun teniéndolo todo —dinero, prestigio, una familia consolidada— Macri habría sacrificado su matrimonio en el altar de su ego político. La política aparece como una trituradora de vínculos, donde no hay espacio para el amor real, solo para la ambición. La familia “perfecta” terminó siendo tan disfuncional como cualquier otra, solo que envuelta en lujo y estética.En el puesto número siete, el escenario cambia del silencio elegante al escándalo público. Martín Demichelis, técnico millonario y ex River, es captado en Punta del Este protagonizando una violenta discusión a los gritos dentro de una camioneta con su nueva pareja. Llanto, intervención de seguridad y una escena impropia de alguien con poder, dinero y estatus. Su intento de minimizarlo como una “discusión normal” resulta poco creíble frente a la gravedad de lo ocurrido.

Según revelaciones periodísticas, el conflicto estaría vinculado al apuro de Demichelis por integrar a su nueva pareja en su entorno familiar, lo que habría generado tensiones, celos y presiones externas, incluso desde su relación anterior. El patrón se repite: un hombre sin control emocional, atrapado entre relaciones tóxicas, sin liderazgo en su vida personal. Tanto el caso Macri como el de Demichelis convergen en la misma conclusión: ni la política ni los millones garantizan felicidad. Pueden comprar prestigio, pero no paz.