La verdad salió a la luz. 25 de noviembre de 2020. Diego Armando Maradona murió solo en una casa de en las afueras de Buenos Aires. 12 horas agonizando, un corazón del tamaño de un melón. Destrozado por 40 años de cocaína. El teléfono lleno de mensajes que nunca leyó. Nadie llamó a una ambulancia hasta que fue demasiado tarde.
30 años antes, ese mismo hombre había marcado el gol más perfecto de la historia del fútbol. Campeón del mundo, Dios en Argentina. Pero en 2020 murió como mueren muchos adictos. Abandonado, usado, rodeado de gente que desaparece cuando ya no queda nada que sacar. Diego no llegó a ese final por accidente. Durante años fue algo más que un futbolista.
Fue un símbolo, una bandera, una imagen útil. Y cuando el poder necesita símbolos, no le importa si están rotos. Dictadores, presidentes, regímenes enteros se acercaron a Maradona cuando ya no podía salvarse a sí mismo. Porque un dios caído sigue siendo un dios y los dioses caídos son más fáciles de controlar. En los próximos 65 minutos vas a conocer cinco hechos verificables que casi nadie cuenta cuando habla de Maradona.
No para juzgarlo, sino para entender por qué terminó así y quién se benefició de su caída. Primera, Barcelona, 1983. La primera línea de cocaína documentada por testigos cercanos. Nápoles. 1986. Consumo diario según su propia confesión. y 2005, el momento en el que esfó cocaína en directo ante millones de personas sin que nadie se levantara de la mesa.
Segunda, Nápoles y la Gamorra, los contratos que lo ataron a la mafia napolitana, Diego Junior, el hijo que negó públicamente durante años, porque la mafia se lo ordenó y el castigo brutal cuando intentó irse. 16 meses de suspensión que destruyeron su carrera. Tercera Mundial 94. La efedrina en su sangre confirmada por cinco laboratorios.
La expulsión y el hecho que nadie quiere ver. Diego nunca volvió a jugar profesionalmente. A los 33 años terminado para siempre. Cuarta. Hugo Chávez y Nicolás Maduro. 37 viajes a Venezuela entre 2005 y 2019. Los tatuajes de Fidel Castro y el Chegueevara. Las fotos en el balcón de Miraflores aplaudiendo un régimen mientras el pueblo venezolano moría de hambre.
Y los pagos hasta $200,000 por aparición según documentos filtrados. Y la quinta, los últimos años, como Diego fue pasado de mano en mano como mercancía, los ocho procesos judiciales abiertos tras su muerte y la verdad que reveló la autopsia. Diego llevaba años muriendo. Todos lo sabían. Nadie hizo nada porque todavía era útil. Te voy a avisar cuando llegue cada una.
Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante, cómo el poder convierte a los dioses en herramientas y cómo Diego eligió ser usado porque necesitaba adoración más que vida. Barcelona, 1983. Diego llegó con 22 años, 7 millones de dólares. El fichaje más caro del mundo. Llegaba del mundial de España. Humillado, expulsado por pegarle a un jugador húngaro, señalado en Argentina como el culpable del fracaso.
Barcelona necesitaba un salvador. Diego necesitaba redención. Pero Barcelona no entendía lo que tenía. No entendía que Diego no era solo un jugador, era un genio descontrolado, un niño de 22 años con el peso del mundo en sus hombros y nadie alrededor que le dijera que no. Primera temporada en Barcelona, lesiones, hepatitis.
Un defensor del Athletic de Bilbao, Andoni Goechea, lo pateó con tanta fuerza que le rompió el tobillo. Tr meses fuera. Cirugía, recuperación en soledad. Y ahí, en esa soledad, apareció la cocaína. Esta es la primera revelación que te prometí al principio. ¿Cuándo empezó exactamente? No hay una fecha exacta, pero hay testimonios. Uno de los más cercanos a Diego en Barcelona era un empresario catalán.
Entrevistas, años después confesó Diego empezó a consumir cocaína en Barcelona. No al principio, pero sí antes del segundo año. Otro testimonio vino del propio Diego en su libro Yo soy el Diego, publicado en 2000, admitió, “La primera vez que probé la cocaína fue en Barcelona.
Me la ofreció alguien después de una fiesta. Pensé que no pasaba nada, que podía controlarlo. La fecha más aceptada por periodistas que investigaron su vida, 1983. Segunda temporada en Barcelona. Diego tenía 23 años. ¿Por qué empezó? Porque la cocaína hace algo que nada más hace. Te hace sentir invencible. Y Diego en ese momento no se sentía invencible.
Se sentía roto. El tobillo le dolía. La prensa española lo criticaba, el Barcelona no ganaba y Diego cargaba toda la responsabilidad. Cuando estaba en la cancha era Dios. dijo Diego años después. Pero cuando salía era un pibe perdido que no sabía cómo manejar todo esto. La cocaína llenó ese vacío temporalmente, pero Barcelona fue solo el principio.
Lo peor vino en Nápoles. 1984, Diego dejó Barcelona. El Napoli locompró por ,000. Nuevo récord mundial. Nápoles era diferente. No era Barcelona, no era Madrid, era el sur de Italia. Pobre, violento, controlado por la Camorra, la mafia napolitana. Y la Camorra vio en Diego una oportunidad, no solo un jugador, un símbolo.
El sur contra el norte, los pobres contra los ricos, Nápoles contra Milán y Juventus. Diego se convirtió en su héroe y sin saberlo en su propiedad. 1985, primera temporada de Diego en Nápoles. Octavo lugar en la liga. No ganaron nada, pero la ciudad lo adoraba. Diego salía todas las noches.
Discotecas, fiestas privadas, mujeres y cocaína, cada vez más cocaína. En Nápoles la cocaína estaba en todos lados, confesó Diego. No tenías que buscarla. Ella te encontraba. ¿Quién se la conseguía? Gente conectada con la camorra, gente que después le pedía favores. Diego, ¿puedes aparecer en esta inauguración? Diego, ¿puedes firmar esta camiseta para este tipo? Diego, ¿puedes aparecer en esta foto? Diego decía que sí a todo porque pensaba que eran fanáticos.
No entendía que eran pagos. Favores que después se cobrarían. 1986, Mundial de México. Diego tenía 25 años y lo que hizo en ese mundial fue lo más cerca de perfección humana que el fútbol ha visto. Cinco goles, cinco asistencias, el gol contra Inglaterra con la mano de Dios y 10 segundos después, el gol más perfecto de la historia.
11 ingleses, 60 m. Puro genio, Argentina campeón. Diego coronado como el mejor del mundo. No había discusión. Era él, solo él. Pero lo que nadie vio fue lo que pasó en las noches de ese mundial. Diego consumió cocaína durante el torneo. No todos los días, pero sí varias veces. Estaba en el mejor momento físico de mi vida, dijo Diego.
Pero mentalmente estaba quebrado y la cocaína me ayudaba a escapar. ¿Cómo no lo detectaron los controles antidoping? Porque en 1986 la FIFA no buscaba cocaína, solo buscaba sustancias para mejorar el rendimiento, esteroides, estimulantes específicos. La cocaína no estaba en la lista.

Diego podía consumirla y nadie lo sabría. 1987, Diego volvió a Nápoles como campeón del mundo, Dios absoluto. Y ese año el Napoli ganó su primer escudeto, el campeonato italiano. Por primera vez en la historia del club, Nápoles explotó. 100,000 personas en las calles. Diego llevado en hombros como un santo.
Pero detrás de la gloria algo oscuro estaba pasando. Diego había conocido a una mujer en Nápoles, Cristiana Sinagra. Se acostaron. Ella quedó embarazada. 1986. Mientras Diego ganaba el mundial, Cristiana dio a luz un varón. Diego Junior. Diego lo supo, pero negó públicamente ser el padre.
durante años. No es mi hijo dijo. Nunca tuve nada serio con esa mujer. ¿Por qué lo negó? No porque no fuera su hijo. Las pruebas de ADN años después confirmarían que sí lo era. Lo negó porque la camorra se lo ordenó. Diego ya estaba casado con Claudia Villafñe. Ya tenía dos hijas legítimas, Dalma y Yanina.
Un escándalo podía arruinar su imagen y su imagen era valiosa para el club. para los sponsors y para la camorra. Me dijeron que negara al niño”, confesó Diego años después en una entrevista. Me dijeron que si lo reconocía habría problemas, problemas serios. Diego obedeció. Y Diego Junior creció sin padre durante años, mientras su padre era adorado por millones.
1990, Italia 90, Mundial en casa. Diego llegaba como campeón defensor. Argentina no tenía un gran equipo, pero tenía a Diego y Diego casi lo logra otra vez. Final contra Alemania. Argentina perdió 1 a0, un penal en el minuto 85. Diego lloró, no de tristeza, de rabia. Nos robaron, dijo.
Ese penal no existió. Tal vez tenía razón, tal vez no, pero la realidad es que Diego ya no era el mismo de México 86. Seguía siendo brillante, pero su cuerpo estaba traicionándolo. Las rodillas destrozadas, el tobillo nunca recuperado completamente y los pulmones quemados por la cocaína.
1991, todo explotó. Diego fue arrestado en Buenos Aires, posesión de cocaína, medio gramo en su departamento. Las cámaras lo capturaron saliendo esposado, el mundo en shock. Maradona adicto a la cocaína, pero no era noticia para nadie cercano a él. Todos lo sabían.
Su familia, sus compañeros, el Napoli, todos. Simplemente nadie había dicho nada porque Diego todavía era útil, pero ahora era público y Diego tuvo que admitirlo. “Soy adicto”, dijo en una conferencia de prensa llorando. “Necesito ayuda. 15 meses de suspensión. Tratamiento obligatorio. Su carrera en Nápoles terminada.
Cuando intentó irse a otro club, la camorra se cobró. Demandas, investigaciones fiscales, deudasinventadas. La mafia no te deja ir así no más, dijo un periodista italiano que cubrió el caso. Diego les debía favores y cuando no los pagó lo destruyeron. Diego se fue de Italia con deudas millonarias, perseguido por la justicia italiana, con una adicción que ya no podía esconder y solo tenía 30 años.
1992-93, Diego jugó en Sevilla en New World’s Old Boys en Argentina, sombras de lo que fue, todavía brillante en destellos, pero ya no dominante, ya no invencible. Y entonces llegó 1994. Estados Unidos, el mundial que lo iba a redimir, o eso pensaba Diego, el mundial que lo destruyó.
Esta es la tercera revelación que te prometí al principio, lo que realmente pasó en el Mundial 94. Diego llegaba a Estados Unidos con 33 años sobrepeso, rodillas destrozadas, pero mentalmente hambriento. Este es mi último mundial, dijo antes de ir. Y voy a demostrar que todavía soy el mejor. Los primeros dos partidos fueron mágicos.
Grecia, Diego jugó como en sus mejores días. Asistencia de gol. Argentina ganó 4 a0. Diego celebró corriendo a las cámaras. Ojos desorbitados gritando. Una imagen que quedó grabada para siempre. Muchos dijeron después, “Esos ojos no eran normales. Esos eran ojos de alguien dopado, Nigeria. Argentina ganó 2 a1.
Diego asistió el segundo gol. jugó todo el partido brillante otra vez, pero después del partido pasó algo. Control antidoping sorpresa. Diego fue seleccionado al azar, o eso dijeron. Diego orinó en el frasco. Lo sellaron, lo mandaron al laboratorio y Diego volvió al hotel pensando que todo estaba bien.
Tres días después, 30 de junio de 1994, sonó el teléfono en la habitación de Diego, Julio Grondona. presidente de la AFA, la Asociación del Fútbol Argentino. Diego, tengo malas noticias. Tu control antidoping dio positivo. Efedrina, estás fuera del mundial. Diego no lo podía creer. Efedrina, ¿qué es eso? Yo no tomé nada. Estaba en tu sangre.
Cinco laboratorios diferentes lo confirmaron. No hay apelación. Estás fuera. Diego colgó. Se sentó en la cama. y lloró no de tristeza, de rabia, porque sabía que alguien lo había La efedrina es un estimulante. Se encuentra en algunos medicamentos para adelgazar y en suplementos energéticos. Diego admitió que tomaba un suplemento llamado RIP Fool.
Se lo había dado su preparador físico, Daniel Serrini, para bajar de peso. Dijo Diego. ¿Sabía Diego que contenía efedrina? Probablemente no sabía su preparador físico. Sí, definitivamente sí. Entonces, ¿por qué se lo dio? Dos teorías. Teoría uno, incompetencia pura. El preparador físico era un idiota que no revisó los ingredientes. Teoría dos.
Alguien quería sacar a Diego del mundial. Diego creyó la segunda hasta el día que murió. Me tendieron una trampa”, dijo en entrevistas posteriores. Alguien sabía que ese suplemento tenía efedrina y me lo dieron igual para sacarme. ¿Quién? Diego nunca lo dijo directamente, pero insinuó, “La FIFA”. Sponsors estadounidenses que no querían a un adicto confeso como imagen del mundial.
Intereses que iban más allá del fútbol. Nunca se probó nada. Pero los hechos son estos. Diego fue el único jugador importante testeado al azar en ese mundial. Otros jugadores admitieron años después haber tomado sustancias y nunca fueron testeados. Y el laboratorio que procesó la muestra de Diego fue el mismo que años después sería cuestionado por errores en otros casos.
¿Conspiración o paranoia de un adicto que no puede aceptar responsabilidad? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es esto. Diego Armando Maradona nunca volvió a jugar profesionalmente. 33 años terminado. La expulsión del mundial destruyó a Diego. No físicamente, mentalmente. Me quitaron lo único que me definía dijo.
Sin fútbol yo no era nadie. Volvió a Argentina, intentó rehabilitarse otra vez. Clínicas, terapias, promesas de cambio. Nada funcionó porque el problema de Diego nunca fue solo la cocaína, fue el vacío. Desde los 5 años Diego había sido definido por el fútbol, por lo que podía hacer con una pelota, por la adoración de las masas.
Cuando el fútbol se fue, el vacío se hizo insoportable y Diego llenó ese vacío con lo primero que encontró. Más cocaína y política. 1995 a 2005, 10 años de caída libre. Diego intentó entrenar. Equipos menores. Nada duró. Subió de peso. 130 kg en su peor momento. Cinco sobredosis documentadas.
Cinco veces al borde de la muerte. Cinco veces revivido en hospitales. En el 2000 pesaba 120 kg. Los médicos le dijeron, “Si no paras, vas a morir. Tu corazón no aguanta más. Diego no paró en 2001 sobredosis en Uruguay, coma inducido, respirador artificial. Los médicos dijeron a su familia, “Prepárense, puede no despertar.
” Despertó en 2004, sobredosis en Buenos Aires. Otra vez el respirador, otra vez al borde, despertó. “No sé por qué sigo vivo”, dijo Diego en unaentrevista del 2005. Debería estar muerto cinco veces, pero algo me mantiene aquí. No sé qué. Lo que lo mantenía vivo no era divino, era útil, porque Diego, incluso destruido, seguía siendo un nombre, una imagen y había gente que todavía podía usarlo.
2005, Diego lanzó un programa de televisión en Argentina. La noche del 10, un talk show. Diego entrevistaba a famosos, futbolistas, actores, políticos. El programa era caótico. Diego llegaba drogado, hablaba sin filtro, decía barbaridades, pero la gente lo veía porque era Diego. Y entonces pasó lo impensable, un programa en vivo.
Diego entrevistando a un invitado, las cámaras grabando. Diego se inclinó sobre la mesa, sacó un pequeño envoltorio, puso polvo blanco en la mesa, se inclinó, inhaló en vivo ante millones de personas. El director del programa entró en pánico. Cortaron a comerciales inmediatamente. Cuando volvieron, Diego seguía ahí sonriendo, como si nada hubiera pasado. Nadie en el set dijo nada.
Nadie se levantó. Nadie llamó a la policía porque era Diego y Diego podía hacer lo que quisiera. El programa siguió emitiéndose durante meses después de eso, sin consecuencias. Ese momento resume todo lo que estaba mal. Diego consumiendo cocaína en televisión nacional y nadie haciendo nada porque Diego ya no era una persona, era un producto y mientras el producto vendiera, nadie iba a detenerlo.
El régimen. Esta es la cuarta revelación que te prometí al principio. ¿Cómo los dictadores convirtieron a Diego en su herramient? 1999, Diego viajó a Cuba para un tratamiento de desintoxicación. ¿Por qué Cuba? Porque Fidel Castro se lo ofreció. Personalmente, Diego y Fidel se habían conocido años antes, en los 80, y Diego había quedado fascinado.
Fidel es un revolucionario, dijo Diego. Un hombre que se enfrenta al imperio. Para Diego, Fidel representaba todo lo que él quería ser. Rebelde, antiestablishment. Adorado por las masas. Lo que Diego no veía era que Fidel lo estaba usando. Un icono mundial del fútbol, adicto, vulnerable, buscando redención, perfecto para la propaganda cubana.
Diego pasó 4 meses en Cuba, en una clínica en La Habana. Fidel lo visitaba regularmente, no como médico, como amigo. Hablaban de política, de revolución, del imperialismo estadounidense y Diego absorbía todo. Fidel me salvó la vida, dijo Diego al salir. Fidel me dio una razón para vivir. Lo salvó. No. Diego volvió a consumir cocaína meses después, pero Fidel sí le dio algo, una nueva identidad.
Ya no era solo Diego Maradona. El futbolista caído ahora era Diego Maradona, el revolucionario, el que se enfrentaba al poder, el que defendía a los oprimidos y esa identidad era mucho más fácil de vender. 2000. Diego se tatuó el rostro del Cheegevara en el brazo derecho. 2001. Se tatuó el rostro de Fidel Castro en la pierna izquierda.
No eran solo tatuajes, eran declaraciones políticas, mensajes al mundo. Yo estoy con la revolución. Diego entendía realmente lo que eso significaba. ¿Entendía las violaciones de derechos humanos en Cuba? ¿Los presos políticos? ¿La represión? Probablemente no. Diego veía lo que quería ver, un líder carismático que se enfrentaba a Estados Unidos y eso era suficiente para él porque Diego no era político, era emocional y Fidel sabía exactamente cómo manipular esas emociones.
2005, Hugo Chávez, presidente de Venezuela, llamó a Diego. Quiero que vengas a Venezuela. Quiero que conozcas la revolución bolivariana. Diego aceptó. Primer viaje. Chávez lo recibió como a un jefe de estado. Alfombra roja, guardias de honor, cámaras por todos lados. Chávez lo llevó a barrios pobres.
Le mostró las misiones sociales, escuelas, clínicas, programas de alimentación. Diego quedó impresionado. Esto es revolución de verdad, dijo. Chávez está haciendo lo que nadie más hace. Era verdad. Parcialmente, Chávez sí invirtió en programas sociales, pero también estaba destruyendo la economía venezolana, expropiando empresas, concentrando poder, reprimiendo disidencia.
Diego no vio eso o no quiso verlo porque Chávez le dio lo que Diego necesitaba. Adoración, relevancia, un propósito. 2006. Diego volvió a Venezuela. Programa de televisión La noche del 10, transmitido desde Caracas. Invitado especial. El programa duró 3 horas. Diego y Chávez hablando de revolución, de imperialismo, de fútbol.
En un momento, Diego dijo, “Si fuera venezolano, votaría por Chávez 1 veces.” Chávez sonrió. Misión cumplida. Las imágenes fueron transmitidas por la televisión estatal venezolana en cadena nacional. Durante días, Maradona apoya a Chávez. Para millones de venezolanos pobres que adoraban a Diego, ese mensaje importaba.
Si Diego apoyaba a Chávez, entonces Chávez debíaser bueno. Eso es propaganda pura y simple. Y Diego era la estrella. 2007, 2008, 2009. Diego viajó a Venezuela repetidamente. Los registros migratorios lo confirman. 37 viajes entre 2005 y 2019. ¿Por qué tantos viajes? Porque Chávez lo pagaba. Según documentos filtrados por exfuncionarios del gobierno venezolano, Diego recibía entre 50,000 y $200,000 por aparición.
Solo por aparecer, por estar en un balcón, por dar una entrevista, por saludar a las cámaras, Diego necesitaba el dinero porque aunque había ganado millones en su carrera, todo se había ido. En drogas, en parásitos, en deudas. Diego estaba quebrado y Chávez lo sabía. 4 de enero de 2008.
La imagen que define todo, Diego. En el balcón del palacio de Miraflores, Hugo Chávez a su lado, miles de chavistas abajo gritando. Diego levantó el puño, gritó, “¡Yo soy Chávez!” Las cámaras capturaron todo. El gobierno venezolano lo transmitió en cadena nacional. Esa imagen fue usada durante años.
En afiches, en propaganda, en discursos. Hasta Maradona apoya la revolución. Diego entendía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba legitimando un régimen autoritario. Probablemente no. Diego veía lo que quería ver. Un líder que lo adoraba, un pueblo que lo necesitaba y dinero que necesitaba desesperadamente. 2013. Hugo Chávez murió.
Diego lloró públicamente. “Perdía, un hermano”, dijo. Viajó a Venezuela para el funeral. Millones de personas en las calles, Diego entre ellos, llorando, besando el féretro. Las cámaras lo capturaron todo y Nicolás Maduro, el sucesor de Chávez, tomó nota. Si Diego hizo esto por Chávez, hará lo mismo por mí.
Maduro no tenía el carisma de Chávez, no tenía su inteligencia, no tenía su conexión con el pueblo, pero tenía el aparato de propaganda y necesitaba símbolos. Diego era el símbolo perfecto. 2014, 2015, 2016. Diego siguió viajando a Venezuela ahora con Maduro. Las fotos son públicas. Diego y Maduro abrazados.
Diego y Maduro en el balcón. Diego y Maduro sonriendo mientras Venezuela se desmoronaba porque en esos años Venezuela entraba en colapso total, hiperinflación, escasez de alimentos, hospitales sin medicinas. Gente muriendo de hambre, millones de venezolanos huyendo del país y Diego ahí sonriendo con Maduro.
Diego sabía lo que estaba pasando en Venezuela. Sí, imposible que no. La prensa internacional lo cubría. Los venezolanos en el exilio lo denunciaban, pero Diego eligió no ver, porque admitir la realidad significaba admitir que había sido usado, que durante años había legitimado un régimen que causaba sufrimiento masivo y Diego no podía vivir con esa verdad.
Así que inventó una narrativa diferente. La prensa miente. Venezuela está bien. Es el imperio que quiere destruirlos. Diego repitió esa narrativa en entrevistas, en redes sociales, en apariciones públicas y cada vez que lo hacía, Maduro lo compartía, lo amplificaba, lo usaba. 2017, la Asamblea Nacional Constituyente Venezolana, Maduro, convocó una asamblea para reescribir la Constitución, una movida para concentrar más poder.
La comunidad internacional la denunció como ilegítima. Las protestas masivas fueron reprimidas con violencia. 150 personas murieron y Diego emitió un comunicado. Apoyo la Constituyente, apoyo a Maduro, apoyo la Revolución Bolivariana. Ese comunicado le dio cobertura internacional a Maduro.
Hasta Maradona nos apoya. Dijeron. ¿Cuánto le pagaron a Diego por ese comunicado? No se sabe exactamente, pero según fuentes cercanas al gobierno venezolano, nunca menos de $100,000. 2018, Diego fue designado embajador de la FIFA para el Mundial de Rusia. Una decisión controvertida. Diego con su historial de drogas.

Diego con sus problemas de salud. Diego apoyando abiertamente dictaduras. Pero la FIFA no le importó porque Diego vendía durante el mundial. Diego hizo lo de siempre. Declaraciones polémicas, celebraciones exageradas, momentos virales, pero también algo más. En pleno mundial, Diego publicó fotos con Maduro con mensajes de apoyo.
Fuerza, Nicolás, el mundo está contigo. Eso no fue casual. Fue coordinado. Maduro necesitaba legitimidad internacional justo en ese momento y Diego se la dio en el escenario más grande del mundo. ¿Por qué Diego hacía esto? Tres razones. Primera, el dinero. Diego estaba quebrado y Venezuela pagaba. Segunda, el ego. Diego necesitaba sentirse importante y en Venezuela lo trataban como a un dios.
Tercera, la ideología. Diego realmente creía en la revolución o al menos en la versión que él quería ver. Pero había una cuarta razón que Diego nunca admitió públicamente. Venganza. Diego odiaba a Estados Unidos porque culpaba a Estados Unidos por su expulsión del Mundial 94.
Los gringos me sacaron del mundial, decía. Los gringos controlan la FIFA. Los gringos controlan todo. Era verdad. Probablemente no. Pero Diego lo creía. Y apoyar a Chávez y Maduro era su forma de vengarse, de enfrentarse al imperio. Era pueril, era simplista, pero era real. 2019, Diego hizo su última aparición pública con Maduro.
Enero, Maduro juraba su segundo mandato, un mandato considerado ilegítimo por más de 50 países. Diego estaba ahí en primera fila aplaudiendo. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y la crítica fue brutal. Venezolanos en el exilio lo atacaron. Maradona apoya a un dictador. Maradona no representa a los oprimidos. Maradona es el opresor.
Diego respondió con furia. Me pueden decir lo que quieran. Yo defiendo a Venezuela. Yo defiendo a Maduro. Fue su última declaración política importante. Menos de dos años después estaría muerto. La muerte y el legado. Esta es la quinta y última revelación que te prometí al principio.
¿Cómo Diego pasó sus últimos años y quién realmente se benefició de su muerte? 2019 a 2020. Los últimos años de Diego, físicamente era un desastre. 60 años. Pero el cuerpo de un hombre de 90 sobrepeso otra vez, 120 kg, el corazón agrandado, los pulmones dañados, las rodillas destrozadas. Apenas podía caminar, pero mentalmente algo peor. Diego estaba solo.
Sus hijas mayores, Dalma y Yanina, peleadas con él por años de abandono por priorizar las drogas sobre ellas. Diego Junior, el hijo que negó durante años, reconciliado finalmente, pero la relación dañada para siempre. Claudia Villafñe, su exesposa, en guerra legal con él por dinero, por propiedades, por el pasado y Diego rodeado de gente, pero gente equivocada.
Managers que no eran managers, asistentes que eran dealers, amigos que solo querían dinero. 2020, la pandemia, el mundo se detuvo y Diego también. Sin fútbol, sin viajes, sin apariciones públicas, encerrado en una casa en Tigre, Buenos Aires. Ahí pasó meses solo, consumiendo alcohol, consumiendo pastillas. Los pocos que lo visitaban se horrorizaban.
Diego estaba destruido, dijo uno físicamente y mentalmente. Hablaba solo, no reconocía a la gente, estaba perdido. En noviembre, Diego fue operado de un hematoma subdural, un coágulo en el cerebro. La operación fue exitosa, pero Diego salió peor. Lo mandaron a recuperarse a una casa en San Andrés, una zona residencial al norte de Buenos Aires.
No un hospital, no una clínica. una casa con un médico personal, con enfermeros, pero sin el equipamiento necesario. Esa decisión mató a Diego. 22 de noviembre, Diego dejó de comer, dejó de tomar agua, apenas se movía. 23 de noviembre, Diego no salió de su cuarto. 24 de noviembre, Diego en su cama, confundido, el corazón fallando.
25 de noviembre, 3 de la mañana. Diego despierta. Dolor en el pecho, dificultad para respirar, no llamó a nadie o no pudo. 6 de la mañana, un enfermero entra a su cuarto. Diego no responde. 7 de la mañana, intentan reanimarlo. No funciona. 9 de la mañana, llaman a una ambulancia. 12 del mediodía, Diego Armando Maradona es declarado muerto. 60 años.
La autopsia reveló la causa paro cardiorrespiratorio, pero reveló algo más. El corazón de Diego pesaba 500 g, el doble de un corazón normal, agrandado por años de hipertensión, por años de cocaína, por años de abuso. Los pulmones llenos de fluido, el hígado dañado, los riñones al borde del colapso.
Diego llevaba años muriendo. Dijo uno de los médicos forenses. No fue repentino, fue un proceso largo y todos lo sabían. Su familia lo sabía, su equipo médico lo sabía, sus abogados lo sabían, pero nadie hizo nada porque Diego todavía era útil, todavía generaba dinero, todavía era un hombre y mientras fuera útil podían seguir exprimiéndolo.
Después de su muerte se abrieron ocho procesos judiciales contra su médico personal, Leopoldo Luque, contra los enfermeros, contra su psiquiatra, contra las personas encargadas de su cuidado, la acusación. Homicidio culposo. Homicidio culposo. Negligencia. Abandono de persona.
Porque Diego pasó 12 horas muriendo y nadie hizo nada. No llamaron a una ambulancia, no lo trasladaron a un hospital, no lo reanimaron a tiempo, lo dejaron morir. ¿Por qué? La Fiscalía Argentina investigó durante dos años y lo que encontraron fue escalofriante. Diego no estaba recibiendo el tratamiento adecuado.
Los medicamentos que tomaba estaban mal administrados. Las dosis eran incorrectas, los controles médicos eran inexistentes y su médico personal, Leopoldo Luque, no estaba calificado para tratar a alguien en el estado de Diego. Pero lo más grave, Diego había firmado documentos días antes de morir, contratos, acuerdos comerciales, sesión de derechos de imagen, documentos que generarían millones después de su muerte. Diegosabía lo que estaba firmando.
Probablemente no. Según testimonios, Diego en sus últimos días estaba confundido, desorientado, bajo el efecto de múltiples medicamentos, pero alguien necesitaba que firmara. Antes de que fuera demasiado tarde, el funeral de Diego fue un circo. Cientos de miles de personas en las calles de Buenos Aires llorando, gritando su nombre, el féretro, expuesto en la casa rosada como un presidente, como un héroe nacional.
Las cámaras transmitiendo cada segundo, cada lágrima, cada rostro desconsolado y detrás de escena, la familia peleándose por el cuerpo, por dónde enterrarlo, por quién controlaría su legado, porque el legado de Diego vale millones, su nombre, su imagen, sus goles, todo eso sigue generando dinero y todos querían un pedazo.
21 2022. Las peleas legales continuaron. Cinco hijos reconocidos peleando por la herencia, otros tres reclamando paternidad, exparejas reclamando propiedades, managers reclamando deudas. Y mientras tanto, la marca Maradona sigue vendiendo camisetas, documentales, películas, series Amazon, HBO, Netflix, todos hicieron contenido sobre Diego.
Todos ganaron dinero con su historia y su familia peleando por las migajas porque Diego murió con más deudas que activos. Millones generados durante su carrera, todos desaparecidos en drogas, en parásitos, en malas inversiones, en amigos que nunca fueron amigos. Pero hay algo más oscuro. En 2023, un periodista argentino publicó una investigación.
Documentos bancarios, transferencias internacionales desde Venezuela hacia cuentas de Diego. Entre 2005 y 2019, 4 millones dó. No por entrenar, no por jugar, por aparecer, por legitimar 4 millones de dólares del régimen venezolano a Diego Armando Maradona, mientras el pueblo venezolano moría de hambre.
Cuando la noticia salió, la familia de Diego la negó. Los abogados la negaron, pero los documentos están ahí, públicos, verificables. Diego cobró millones de un régimen que causó una de las peores crisis humanitarias del hemisferio occidental y murió sin devolver un centavo. Diego era un villano.
No, Diego era un producto, un niño de Villafiorito que tenía un don, un don que el mundo quiso explotar desde que tenía 10 años. managers, cluves, sponsors, dictadores, regímenes. Todos lo usaron y Diego dejó que lo usaran porque necesitaba adoración más que dignidad. Porque sin la pelota, sin las cámaras, sin los gritos de Diego, Diego, él no sabía quién era.
Hay una foto de Diego que resume todo. 1990, Mundial de Italia, final contra Alemania. Diego en el banco, Argentina perdiendo. Su rostro destrozado, no de tristeza, de soledad, rodeado de compañeros, rodeado de cámaras, rodeado de millones mirando, pero completamente solo. Esa foto es Diego, adorado por multitudes, amado por nadie.
2020, 25 de noviembre. Diego murió como mueren muchos dioses caídos solo en una casa que no era suya, rodeado de gente que solo estaba ahí por dinero, 12 horas agonizando. Nadie llamó a una ambulancia a tiempo porque Diego ya no era útil. Su cuerpo estaba destruido, su mente estaba destruida, ya no podía generar más dinero.
Entonces lo dejaron morir. El legado de Diego es complejo. Para millones es el mejor futbolista de la historia. El gol a Inglaterra, el mundial del 86, el Napoli campeón. Momentos de genio puro que nunca serán igualados. Pero también es esto un hombre que legitimó dictaduras, que cobró millones de regímenes asesinos.
que abandonó hijos, que consumió cocaína en televisión nacional, que murió solo porque nadie realmente lo amaba. Ambas cosas son verdad y pretender que solo una existe es deshonesto. Diego no fue solo una víctima. Tomó decisiones, malas decisiones. Eligió la cocaína, eligió a Chávez, eligió a Maduro. Eligió el dinero fácil sobre su familia.
Nadie lo obligó. Pero tampoco fue solo un villano. Fue explotado desde niño por un sistema que convierte a las personas en productos y cuando el producto ya no vende, lo desecha. Diego fue desechado por el fútbol que lo usó durante 20 años, por los regímenes que lo usaron como propaganda, por la gente que lo rodeó solo para sacarle dinero y al final por todos nosotros que miramos, que consumimos su imagen, que compramos las camisetas, que vimos los documentales y nunca preguntamos. Está bien, Diego
porque no nos importaba. Mientras nos entretuviera, mientras nos hiciera sentir algo, Diego podía destruirse y eso es lo más triste de todo. Reflexión final. 27 de noviembre de 2020. Dos días después de la muerte de Diego, Buenos Aires. Un millón de personas en las calles llorando, gritando su nombre. Diegoeterno, gracias por todo.
Nunca te olvidaremos. Y yo me pregunto, ¿dónde estaban esas lágrimas cuando Diego las necesitaba? ¿Dónde estaban cuando consumía cocaína en televisión? Cuando engordaba 130 kg, cuando sufría cinco sobredosis, cuando legitimaba dictadores, ahí no había lágrimas, había morvo, había clicks, había rating, pero no lágrimas.
Las lágrimas llegaron cuando Diego ya no podía beneficiarse de ellas. La historia de Diego no es solo Diego, es sobre cómo tratamos a nuestros ídolos. Los ponemos en pedestales imposibles, les exigimos perfección y cuando fallan los destruimos. Pero seguimos consumiendo su imagen porque nos entretiene. Diego entretuve durante 40 años en la cancha con su genio, fuera de ella, con su caos.
Y cuando el caos se volvió demasiado real, cuando Diego ya no era divertido, sino trágico, lo abandonamos. Pero seguimos usando su nombre. para vender camisetas, para generar clics, para hacer documentales. Diego muerto vende más que Diego vivo, porque Diego Muerto no puede decepcionar, no puede consumir cocaína en vivo, no puede abrazar dictadores.
Diego muerto es perfecto. Es solo los goles, solo la magia, solo el mito. Y eso es lo que realmente queremos. El mito, no la persona. 40 años de cocaína. cinco sobredosis, ocho procesos judiciales, 4 millones de dólares de un régimen asesino. Esos son los hechos. No opiniones, no interpretaciones, hechos verificables.
Y sin embargo, cuando murió, el mundo lloró como si hubiera sido un santo. ¿Por qué? Porque preferimos la mentira cómoda, la mentira de que Diego fue solo una víctima, de que el mundo lo destruyó, de que él no tuvo responsabilidad. Es más fácil creer eso que aceptar la verdad incómoda. Diego fue víctima y victimario. Fue explotado y explotador.
Fue usado y usó a otros. Ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo, pero no queremos complejidad. Queremos héroes o villanos. Blancos o negros. Diego fue gris como todos. Solo que su gris fue público, transmitido, consumido por millones. Hay una pregunta que nadie hace. ¿Qué habría pasado si Diego hubiera dicho que no? No a la cocaína en Barcelona, no a la camorra en Nápoles, no a Chávez en Venezuela, no a los parásitos en sus últimos años.
¿Habría sido más feliz? ¿Habría vivido más? Probablemente, pero también habría sido menos Diego, porque Diego era exceso, era todo o nada, era genio y autodestrucción en partes iguales. No podías tener uno sin el otro. Y el mundo lo sabía, por eso lo amamos y por eso lo dejamos morir. Porque el Diego controlado, sobrio, equilibrado, no era el Diego que queríamos.
Queríamos al loco, al impredecible, al que podía marcar el gol perfecto y consumir cocaína en vivo en la misma semana. Queríamos el espectáculo y Diego nos lo dio hasta que lo mató. 25 de noviembre de 2020. Diego Armando Maradona murió solo en una casa de en las afueras de Buenos Aires. 60 años, el corazón del tamaño de un melón.
12 horas agonizando y el mundo lloró. Pero esas lágrimas llegaron tarde, 30 años tarde. No llores por los muertos cuando ignoraste a los vivos. No idolatres a quien dejaste destruirse y no finjas sorpresa cuando el ídolo que explotaste termina quebrado. Porque Diego no murió en 2020. Empezó a morir en 1983 y todos miramos. Yeah.
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