¿Puede un presidente desafiar a la ONU con una sola frase? Michelle Bachelet, exalta comisionada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, se levantó para defender a la organización confiada, segura, con décadas de experiencia diplomática respaldándola. Pero Nayib Bukele, presidente del Salvador, no había venido a escuchar discursos preparados.
había venido a decir la verdad y lo que dijo dejó a Bachelet sin palabras, a la sala en silencio absoluto y al mundo preguntándose si acababa de presenciar el fin de una era. “Presidenta Bachelet”, comenzó Bukele con una calma que contrastaba con la atención del momento. “Usted habla de derechos humanos, pero su organización guarda silencio cuando conviene.
” “¿Dónde estaba la ONU cuando mi pueblo moría en las calles?” La pregunta cayó como un rayo. Bachelet parpadeó, sus manos se tensaron sobre el atril. Nadie esperaba esto. Nadie estaba preparado para lo que vendría después. Pero lo que Bukele dijo a continuación no solo destrozó el argumento de Bachelet, expuso décadas de hipocresía institucional frente a las cámaras del mundo entero.
Ginebra, Suiza, El Palacio de las Naciones, sede europea de la ONU. Un edificio que ha visto innumerables debates, crisis diplomáticas, declaraciones históricas. Pero ese día lo que ocurriría dentro de sus muros sería diferente. No sería un debate, sería una ejecución retórica. La sala estaba repleta. Representantes de más de 50 países, activistas de derechos humanos, periodistas de medios internacionales, todos habían venido a escuchar el informe anual sobre la situación de los derechos humanos en América Latina.
Michele Bachelet, quien había ocupado el cargo de alta comisionada hasta hacía poco, había sido invitada como oradora principal. Su credibilidad era incuestionable, dos veces presidenta de Chile, médica, defensora histórica de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet. Pero en la tercera fila, con los brazos cruzados y una expresión que no dejaba espacio a la duda, estaban allí Pukele, presidente del Salvador, el hombre que había declarado la guerra contra las pandillas más violentas del continente, el líder
que había llenado cárceles con miles de criminales y reducido la tasa de homicidios de su país de manera histórica. y también el presidente más criticado por organismos internacionales de derechos humanos. Bachelet subió al estrado. Su discurso comenzó de manera predecible. Habló de la importancia del multilateralismo, de la necesidad de respetar los estándares internacionales, de cómo ningún país puede actuar unilateralmente sin rendir cuentas.
Y entonces, sin mencionarlo directamente, pero dejando claro a quién se refería, dijo, “Hemos visto en la región medidas que bajo la justificación de la seguridad han violado garantías fundamentales. La ONU no puede permanecer en silencio ante esto.” La sala murmuró. Algunos asentían. Otros miraban hacia Bukele esperando su reacción, pero él no se movió, no frunció el ceño, no mostró ningún signo de molestia.

Solo observaba como un depredador que espera el momento exacto para atacar. Bachelet continuó, “Los derechos humanos no son negociables. No importa cuán grave sea la crisis de seguridad. Existen protocolos, existen estándares internacionales que deben respetarse. La ONU existe precisamente para recordarles a los gobiernos que ningún fin justifica cualquier medio.
Fue entonces cuando Bukele levantó la mano, no esperó su turno, no siguió el protocolo, simplemente se puso de pie y caminó hacia el frente de la sala. El moderador intentó detenerlo, pero Bukele ya tenía el micrófono en la mano. Presidenta Bachelet comenzó con esa voz tranquila, pero letal que caracteriza sus intervenciones públicas.
Permítame hacerle una pregunta. Bachelet lo miró con una mezcla de sorpresa y molestia. No estaba acostumbrada a ser interrumpida, mucho menos de esa forma. Usted habla de derechos humanos continuó Bukele. Habla de estándares internacionales, de protocolos. Pero dígame algo, ¿dónde estaba la ONU cuando 20 salvadoreños morían asesinados cada día? ¿Dónde estaban sus protocolos cuando las pandillas controlaban el 90% de mi país? ¿Dónde estaban sus estándares internacionales cuando las madres salvadoreñas no podían sacar a
sus hijos a la calle sin miedo a que los reclutaran o los mataran? El silencio en la sala fue absoluto. Bachelet abrió la boca para responder, pero Bukelen no había terminado. Durante años, mi pueblo sufrió. Durante años, las organizaciones internacionales guardaron silencio. Nadie vino a salvarnos.
Nadie ofreció soluciones, solo críticas, solo exigencias de que respetáramos procesos que no funcionaban. Y mientras tanto, mi gente moría. Y entonces dijo algo que cambiaría para siempre la forma en que el mundo vería a la ONU. Presidenta Bachelet, usted y su organización tienen un problema. Defienden más a los criminales que a las víctimas.
Les importa más el proceso que el resultado. Hablan de derechos humanos. Pero, ¿qué hay del derecho de un niño a caminar a la escuela sin ser extorsionado? ¿Qué hay del derecho de una madre a vivir sin miedo? ¿O esos derechos no cuentan porque no están en sus manuales? La sala estalló. Algunos aplaudían, otros murmuraban indignados.
Bachelet, visiblemente afectada, intentó recuperar la compostura. Presidente Bukele respondió con voz firme, pero temblorosa. Nadie niega la gravedad de la situación que enfrentaba El Salvador. Pero las soluciones no pueden venir a costa de violar los derechos fundamentales de miles de personas. Bukele la miró directamente a los ojos.
violar derechos fundamentales. Presidenta, cuando yo llegué al poder, El Salvador era el país más peligroso del mundo que no estaba en guerra. Hoy es uno de los más seguros de América Latina. ¿Sabe cuántas madres ya no lloran a sus hijos? ¿Sabe cuántos jóvenes ahora pueden soñar con un futuro? Pero claro, a la ONU le preocupa más que hayamos arrestado a pandilleros que el hecho de que hayamos salvado vidas.
Bachelet intentó interrumpir, pero Bukele le elevó la mano. No he terminado. Usted dice que la ONU existe para recordarnos que ningún fin justifica cualquier medio. Permítame recordarle algo a usted. Cuando las víctimas son olvidadas por las instituciones que deberían protegerlas, cuando los criminales tienen más derechos que los inocentes, cuando la burocracia internacional valora más los procedimientos que las vidas humanas, entonces esas instituciones pierden toda legitimidad moral.
Suscríbete ahora y activa las notificaciones para no perderte los momentos que están cambiando América Latina. Dale like si crees que Bukele tiene razón. Bachelet respiró hondo. Era evidente que estaba luchando por mantener la compostura. Presidente Bukele, comprendo su frustración, pero no es frustración, la interrumpió Bukele.
Es claridad, claridad que ustedes en la ONU no tienen. Ustedes viven en oficinas cómodas en Ginebra. escribiendo informes que nadie lee. Mientras tanto, hay líderes como yo que tenemos que tomar decisiones difíciles todos los días, decisiones que salvan vidas y en lugar de apoyarnos nos critican, nos juzgan, nos señalan. Un representante de Human Rights Watch intentó intervenir desde su asiento.
Presidente Bukele, el debido proceso es fundamental. Bukele se giró hacia él. debido proceso. Dígale eso a las 80,000 víctimas de las pandillas en los últimos 20 años. Dígale eso a los empresarios que tuvieron que pagar extorsiones o cerrar sus negocios. Dígale eso a los niños que fueron forzados a unirse a las maras o morir.
¿Dónde estaba su debido proceso para ellos? El representante no supo que responder. Bukele continuó ahora dirigiéndose a toda la sala. Señoras y señores, aquí está la verdad incómoda que nadie quiere decir en voz alta. Las organizaciones internacionales de derechos humanos se han convertido en defensoras de criminales. No porque les importen los criminales, sino porque defender a las víctimas es más complicado, requiere soluciones reales y es más fácil criticar a los gobiernos que enfrentan el problema.
Bachelet intentó retomar el control. Presidente Bukele, creo que está simplificando. Simplificando. La voz de Bukele subió por primera vez. Presidenta Bachelet, con todo respeto, usted nunca tuvo que gobernar un país donde 20 personas morían asesinadas cada día. Nunca tuvo que enfrentar a estructuras criminales que controlaban territorios enteros.
Nunca tuvo que mirar a los ojos de una madre que acaba de perder a su hijo y decirle que no podía hacer nada porque los estándares internacionales no lo permitían. El silencio era ensordecedor. Bachelet apretó los labios. Sabía que había perdido el control de la sala. Buk le dio un paso hacia adelante.
Déjeme decirle algo más. Cuando yo era candidato, prometí que iba a acabar con las pandillas. La gente me eligió porque confiaron en mí. No eligieron a la ONU, no eligieron a Human Rights Watch, me eligieron a mí. Y cuando tomé las medidas necesarias, ¿sabe qué pasó? Mi aprobación subió al 90%. ¿Sabe por qué? Porque el pueblo salvadoreño finalmente sentía que alguien los defendía a ellos, no a los criminales.
Pero nadie en esa sala sabía que Bukele estaba a punto de decir algo que se volvería viral en minutos. Presidenta Bachelet, la ONU tiene una decisión que tomar. Puede seguir siendo la defensora de los manuales, de los protocolos, de los procedimientos que no funcionan. O puede empezar a ser la defensora de las víctimas reales, de las personas que sufren, de los pueblos que necesitan soluciones, no sermones.
Pero no puede ser ambas cosas. Bachelet intentó una última respuesta. Presidente, el estado de derecho. El estado de derecho, la interrumpió Bukele por última vez, existe para proteger a los inocentes, no para proteger a los criminales. Y si su versión del estado de derecho pone a los pandilleros por encima de las víctimas, entonces es una versión que mi pueblo y yo rechazamos.
se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su asiento. Pero antes de sentarse se detuvo y dijo una última frase que resonaría durante semanas en las redes sociales, en los medios de comunicación, en los debates políticos de todo el continente. La ONU perdió su autoridad moral el día que decidió que era más importante defender a los verdugos que llorar con las víctimas.
La sala estalló, unos en aplausos, otros en protestas. Bachelet se quedó de pie en el estrado, visiblemente sacudida, sin saber cómo responder. El moderador intentó retomar el orden, pero era imposible. El evento se había convertido en caos. Reporteros corrían hacia la salida para enviar sus notas. Las cámaras enfocaban a Bukele, quien se había sentado tranquilamente como si nada extraordinario hubiera pasado.
Bachelet finalmente abandonó el estrado, rodeada por sus asesores. No volvió a tomar el micrófono ese día. Afuera del Palacio de las Naciones, los periodistas rodearon a Bukele. “Presidente, ¿cree que sus palabras fueron demasiado duras?”, preguntó un reportero de Sian. Bukele sonrió levemente. No fueron duras, fueron honestas.
Y la honestidad incomoda a quienes han vivido en la mentira durante demasiado tiempo. ¿Tiene miedo de las consecuencias? La ONU podría. Consecuencias. Bukele lo interrumpió. Las únicas consecuencias que me importan son las que afectan a mi pueblo y mi pueblo hoy vive en paz. Esa es la única consecuencia que me interesa.
En las horas siguientes, el video de la confrontación se volvió viral. Almohadilla Bukele versus Bachelet fue tendencia mundial. Los fragmentos más impactantes se compartían millones de veces. Analistas políticos de todo el mundo debatían sobre lo ocurrido en El Salvador. La reacción fue masiva. Miles salieron a las calles a celebrar. No porque odiaran a Bachelet, sino porque finalmente alguien había dicho en voz alta lo que muchos sentían, que las organizaciones internacionales se habían desconectado de la realidad de los pueblos que sufrían. Comparte este video
si crees que alguien necesita ver esto. Comenta abajo qué opinas de la respuesta de Bukele. Tu opinión importa, pero la historia no terminó ahí. En los días siguientes, representantes de varios países latinoamericanos comenzaron a expresar públicamente su apoyo a Bukele, no porque todos estuvieran de acuerdo con sus métodos, sino porque reconocían que había tocado un nervio la desconexión entre las élites internacionales y las realidades locales.
Micheleye Bachelet, por su parte, publicó un comunicado intentando aclarar su posición. “El respeto a los derechos humanos no es incompatible con la lucha contra el crimen”, escribió. Pero para muchos el daño ya estaba hecho. La imagen de Bachelet defendiendo a la ONU mientras Bukele la confrontaba con preguntas incómodas se había convertido en un símbolo de algo más grande, el choque entre el idealismo institucional y el pragmatismo político.
Académicos comenzaron a analizar el fenómeno. Lo que Bukele hizo fue exponer una contradicción fundamental en el sistema internacional de derechos humanos escribió un profesor de relaciones internacionales en Foreign Affairs. Durante décadas, estas organizaciones han operado bajo la premisa de que los procedimientos son más importantes que los resultados.
Bukele les recordó que para las personas que sufren, lo único que importa es el resultado. Otros fueron más críticos. Bukele está justificando el autoritarismo con populismo, argumentaba un columnista en The Guardian. Su retórica es peligrosa porque normaliza la idea de que los fines justifican los medios. Pero en las calles de San Salvador la gente tenía una opinión clara.

Antes no podíamos salir de nuestras casas, decía una madre en una entrevista. Ahora mis hijos juegan en la calle. ¿Qué me importa lo que diga la ONU? Semanas después, Bukele fue invitado a dar una charla en una universidad estadounidense. El auditorio estaba dividido. Algunos estudiantes lo veían como un héroe, otros como un dictador.
Durante la sesión de preguntas, un estudiante le preguntó, “Presidente Bukele, ¿no le preocupa que la historia lo juzgue duramente por sus métodos?” Bukele lo miró fijamente. “La historia juzgará si salvé vidas o no. Eso es todo lo que me importa. Las futuras generaciones de salvadoreños no me juzgarán por si cumplí con los estándares de organizaciones que nunca nos ayudaron.
Me juzgarán por si les di un país donde pudieran vivir sin miedo. Y yo sé cuál será el veredicto. El intercambio con Bachelet había cambiado algo fundamental. Ya no se trataba solo de El Salvador o de Bukele, se trataba de una conversación global sobre quien tiene derecho a definir que son los derechos humanos, quien tiene la autoridad moral para juzgar a los líderes y si las instituciones internacionales aún son relevantes en un mundo donde los problemas locales requieren soluciones locales.
En Ginebra, la ONU intentó seguir adelante. Se publicaron más informes, se organizaron más conferencias, pero algo había cambiado. La confrontación con Bukele había expuesto una grieta que ya no podía ignorarse. Y en El Salvador, Bukele continuó gobernando con la misma determinación porque para él la legitimidad no venía de Ginebra, ni de los organismos internacionales, ni de los manuales de derechos humanos.
Venía de su pueblo y mientras su pueblo lo apoyara nada más importaba. La pregunta de Bukele a Bachelet quedó flotando en el aire sin respuesta satisfactoria. ¿Dónde estaba la ONU cuando mi pueblo moría? Y esa pregunta incómoda y directa seguiría resonando mucho después de que las cámaras se apagaran y los diplomáticos regresaran a sus oficinas, porque a veces las verdades más incómodas son las que más necesitan ser dichas.
Y ese día en Ginebra, Nayib Bukele le dijo una que la ONU no estaba preparada para escuchar. Meses después del enfrentamiento, Bachelet fue invitada a un programa de televisión en Chile. El conductor inevitablemente le preguntó sobre el incidente con Bukele. Ella intentó mantener la compostura. Fue un momento difícil, admitió.
Pero creo que el presidente Bukele malinterpretó nuestro trabajo. Pero en las redes sociales la gente no lo veía así. Los salvadoreños compartían estadísticas antes de Bukele, 103 homicidios por cada 100,000 habitantes. Después de sus políticas, menos de ocho. Los números no mentían y para muchos eso era lo único que importaba.
En otros países de la región líderes comenzaron a cuestionar públicamente a los organismos internacionales. Buele tiene razón, dijo un senador brasileño en una entrevista. Durante años nos dijeron qué hacer, pero nunca ofrecieron soluciones reales. La confrontación había abierto una puerta que ya no podía cerrarse.
El debate sobre soberanía nacional versus estándares internacionales se intensificó. ¿Quién tenía el derecho de juzgar? ¿Quién definía que era aceptable y que no? En una conferencia posterior en México, un periodista le preguntó a Bukele si se arrepentía de sus palabras hacia Bachelet. Él sonrió. arrepentirme de decir la verdad jamás.
Lo único de lo que me arrepentiría es de haber guardado silencio cuando mi pueblo necesitaba que alguien hablara por ellos. La respuesta se volvió viral nuevamente, porque en el fondo lo que Bukele había hecho no era solo confrontar a Bachelet. había dado voz a millones de personas en América Latina que sentían que las instituciones internacionales los habían olvidado.
Y mientras los debates continuaban en Ginebra, en Nueva York, en las capitales del mundo, en las calles de San Salvador, la vida había cambiado. Los niños jugaban en los parques, los comerciantes abrían sus negocios sin miedo. Las madres dormían tranquilas. Para ellos no importaba lo que dijera la ONU.
Lo único que importaba era que alguien finalmente los había escuchado y ese alguien era Nayib Bukele. La historia de esa confrontación seguiría siendo contada durante años, no como un momento de diplomacia, sino como el día en que un presidente decidió que la verdad era más importante que la cortesía, el día en que las víctimas tuvieron más peso que los procedimientos, el día en que El Salvador le recordó al mundo que la legitimidad no viene de oficinas en Ginebra, sino de los pueblos que sufren y de los líderes que tienen el coraje de defenderlos.
Años después, cuando le preguntaron a Bukele cuál había sido el momento más importante de su presidencia, no mencionó las reformas económicas ni los proyectos de infraestructura. Mencionó ese día en Ginebra. Fue el día en que dejé claro que mi lealtad no es hacia las instituciones internacionales. Mi lealtad es hacia mi pueblo.
Y si tengo que elegir entre complacer a Ginebra o salvar vidas salvadoreñas, siempre elegiré a mi pueblo. Michelle Bachelet eventualmente dejó su cargo en la ONU. En sus últimas declaraciones públicas, nunca volvió a mencionar el incidente con Bukele. Pero para quienes estuvieron en esa sala ese día, el silencio decía más que 1000 palabras, porque había sido testigo de algo que rara vez ocurre en la diplomacia internacional, un líder que no tenía miedo de decir la verdad sin importar las consecuencias.
En El Salvador, aquel momento se convirtió en parte de la identidad nacional. No porque los salvadoreños odiaran a Bacheleto, a la ONU, sino porque finalmente alguien había defendido su dolor, su sufrimiento, su derecho a vivir sin miedo. Y ese alguien había sido su presidente frente a todo el mundo, sin pedir permiso a nadie.
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