Las cámaras estaban en vivo. Michele Bachelet habló de derechos humanos y la respuesta de Javier Miley sacudió toda América Latina. Ginebra, Suiza. Cumbre Internacional de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Marzo de 2024. 200 delegados de 80 países, cámaras de todos los medios internacionales. El mundo observando.

Michele Bachelet subió al podio, expresidenta de Chile, exalta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, una figura respetada internacionalmente, una voz que había defendido causas humanitarias durante décadas. Llevaba un traje azul oscuro, perfectamente peinada. La personificación de la diplomacia internacional.

Se acercó al micrófono con la confianza de alguien que había dado mil discursos en escenarios como este y entonces vio a Javier Miley sentado en la primera fila de la sección argentina. El presidente de Argentina. Pelo salvaje, traje negro arrugado, brazos cruzados. Esa mirada penetrante que había desarmado a docenas de políticos antes que ella. Bachelet sonrió.

una sonrisa diplomática, profesional, pero había algo más, un destello de satisfacción, porque lo que estaba a punto de decir había sido cuidadosamente preparado. Su equipo había trabajado durante semanas en este discurso y el objetivo principal era uno solo, poner a Miley en su lugar frente al mundo entero. Señoras y señores, comenzó Bachelet, su voz amplificada por los altavoces del gran salón de la ONU.

Hoy quiero hablar sobre un tema que nos afecta a todos. La protección de los derechos humanos en tiempos de cambio político radical. Hizo una pausa. Dejó que las palabras flotaran en el aire. Los periodistas se inclinaron hacia adelante. Todos sabían a quién se refería. Hemos visto, continuó, como ciertos líderes en nuestra región llegan al poder prometiendo libertad, pero implementando políticas que causan sufrimiento humano.

Prometen prosperidad, pero desmantelan redes de protección social que salvan vidas. Hablan de derechos individuales mientras ignoran los derechos colectivos de los más vulnerables. Las cámaras enfocaron a Miley. Su expresión no había cambiado. Seguía con los brazos cruzados. Inmóvil. Observando, Bachelet continuó ganando confianza.

En Argentina, por ejemplo, hemos observado con preocupación como las políticas de austeridad extrema han afectado a millones de personas, como los recortes en programas sociales han dejado a familias sin recursos, como la retórica de la libertad económica ha resultado en el abandono de los más necesitados. Ahora estaba mirando directamente a Miley. La diplomacia había terminado.

Esto era un ataque directo. Y me pregunto, dijo su voz subiendo ligeramente de volumen, ¿qué clase de libertad es esa? Libertad para quién, para los ricos que pueden permitirse la atención médica privada mientras se desfinancian los hospitales públicos. Para los que tienen educación mientras se recortan las becas universitarias.

Para los que nunca han conocido el hambre mientras los comedores comunitarios cierran sus puertas. El salón estaba en completo silencio. 200 personas conteniendo la respiración. Esto no era un discurso normal, era una ejecución pública. Bachelet respiró profundamente, preparándose para el golpe final.

Señor presidente Miley, si está escuchando, le hago una pregunta directa ante la comunidad internacional. ¿Cómo puede usted hablar de derechos humanos cuando sus políticas están creando una crisis humanitaria en su propio país? Las cámaras giraron inmediatamente hacia Miley y entonces sucedió algo que nadie esperaba. Miley sonrió. No una sonrisa amable.

No una sonrisa diplomática, una sonrisa que decía, “Acabo de esperar exactamente esto.” Se puso de pie. Lentamente, el movimiento captó la atención de todo el salón. Michelle Bachelet, todavía en el podio, sintió un destello de incertidumbre cruzar su rostro. El moderador del panel levantó la vista sorprendido.

Señor presidente Miley, este no es el momento designado para Pido permiso para responder, dijo Miley, su voz cortando el aire como un cuchillo. No gritó, no tuvo que hacerlo. Había algo en su tono, una autoridad absoluta, una determinación feroz que hizo que todo el salón guardara silencio.

El moderador miró a Bachelet, luego de vuelta a Milly. La tensión era palpable. Las reglas del protocolo decían que las respuestas debían esperar, pero algo en este momento había trascendido el protocolo. “Tiene 2 minutos”, dijo el moderador finalmente, su voz apenas audible. Miley caminó hacia el podio, no corrió, no se apresuró, caminó con la confianza absoluta de alguien que sabía exactamente lo que iba a decir.

Cada paso resonaba en el silencio del salón. Bachelet retrocedió del micrófono, pero no abandonó el escenario. Se quedó allí a pocos metros de distancia, con los brazos cruzados en una postura defensiva. Miley llegó al micrófono, ajustó su altura, miró directamente a Bachelet y entonces comenzó a hablar. Pero nadie en ese salón ni nadie viendo desde casa.

Estaba preparado para lo que Miley estaba a punto de decir. “Señora Bachelet”, comenzó Miley, su voz tranquila pero cargada de una intensidad devastadora. Agradezco profundamente su preocupación por los derechos humanos. Es un tema noble, importante, y usted tiene razón en plantear estas preguntas. Hizo una pausa. El salón esperó.

Pero antes de que continuemos con este debate sobre mi país, tengo una pregunta para usted. Una pregunta simple, una pregunta que creo que la comunidad internacional merece escuchar respondida. Bachelet cambió de peso de un pie a otro. Sus ojos se entrecerraron ligeramente. Durante su tiempo como Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, usted visitó Venezuela en múltiples ocasiones.

Publicó informe sobre la situación allí. habló con víctimas, documentó violaciones y yo le pregunto, ¿por qué nunca llamó al régimen de Nicolás Maduro por su nombre real? El salón se electrificó. Los periodistas se enderezaron en sus asientos. Las cámaras acercaron el Zoom. ¿Por qué? Continuó Miley. Su voz subiendo ahora.

En todos sus informes oficiales, usted utilizó lenguaje diplomático suave cuando se refería a un régimen que tortura prisioneros políticos. ¿Por qué habló de preocupaciones cuando debería haber gritado crímenes contra la humanidad? Bachelet abrió la boca para responder, pero Miley levantó una mano. No he terminado dijo.

Y había tal autoridad en su voz que Bachelet cerró la boca de nuevo. Porque aquí está la verdad incómoda que usted no quiere enfrentar delante de estas cámaras. Mientras usted ocupaba el cargo más alto en derechos humanos de las Naciones Unidas, millones de venezolanos huían de su país. Millones. La mayor crisis de refugiados en la historia de América Latina.

Y su respuesta fue, ¿qué exactamente? Informes cuidadosamente redactados que evitaban ofender al régimen. El salón estaba completamente silencioso. Se podía escuchar el zumbido de las cámaras, el susurro del aire acondicionado. “Nada más. Permítame recordarle algunos datos”, dijo Miley y ahora había sacado una pequeña tarjeta de su bolsillo, notas que claramente había preparado, esperando exactamente este momento.

Durante su mandato como alta comisionada de 2018 a 2022, la situación en Venezuela se deterioró hasta niveles catastróficos: torturas sistemáticas, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas. Y usted, señora Bachelet, publicó un informe en 2019 que, y cito textualmente, reconocía graves violaciones, pero se negaba a utilizar el término dictadura.

¿Por qué? Bachelet finalmente encontró su voz. Señor presidente, el lenguaje diplomático es necesario para para qué, la interrumpió Miley. Para proteger las relaciones políticas, para evitar ofender a dictadores, para mantener su carrera diplomática intacta mientras millones sufren? La audiencia estalló en murmullos. El moderador intentó intervenir.

“Señores, por favor, mantengamos el decoro.” “No, dijo Miley girándose hacia el moderador, pero manteniendo su dedo apuntando hacia Bachelet. Esto es exactamente el problema con el sistema internacional de derechos humanos que ella representaba. Hablan de derechos cuando es políticamente conveniente, cuando pueden atacar a gobiernos que no les gustan ideológicamente, pero cuando se trata de dictaduras de izquierda, de repente todo se vuelve complicado y matizado y requiere lenguaje diplomático cuidadoso.

Se volvió nuevamente hacia Bachelet, que ahora tenía las mejillas rojas, sus manos apretando los lados del podio. Usted me pregunta sobre crisis humanitaria en Argentina”, dijo Miley, su voz bajando a un tono casi conversacional, pero de alguna manera aún más devastador. Permítame responderle con hechos.

Desde que asumí el cargo hace 6 meses, hemos reducido la inflación del 25% mensual al 13%. Hemos estabilizado la moneda que estaba en caída libre. Hemos empezado a reconstruir reservas internacionales que el gobierno anterior saqueó completamente. Suscríbete y deja un comentario porque la parte más poderosa de esta confrontación aún está por venir.

Fue fácil, continuó Miley. No hubo dolor. Sí. ¿Hay familias sufriendo? Por supuesto que sí. Y cada noche pienso en ellas. Cada decisión difícil me pesa porque a diferencia de los burócratas internacionales que nunca tienen que vivir con las consecuencias de sus recomendaciones de política, yo sí vivo en Argentina.

Yo sí enfrento a la gente todos los días. Yo sí cargo con la responsabilidad de cada decisión. Dio un paso hacia Bachelet. Pero aquí está la diferencia entre usted y yo, señora Bachelet. Yo hablo claro. Yo llamo las cosas por su nombre. Cuando veo una dictadura, la llamo dictadura. Cuando veo tortura, la llamo tortura.

Cuando veo violaciones de derechos humanos, no las escondo detrás del lenguaje diplomático diseñado para proteger mi próxima posición en alguna organización internacional. Bachelet finalmente encontró su voz completa. Señor presidente, ¿está simplificando? Simplificando, Miley la interrumpió, su voz subiendo ahora con indignación genuina, simplificando.

Dígale eso a los venezolanos que caminaron miles de kilómetros para escapar del infierno en su país mientras usted publicaba informes suaves. Dígale eso a las madres que perdieron hijos por desnutrición mientras el régimen de Maduro importaba armas y usted se negaba a llamarlo genocidio. Dígale eso a los prisioneros políticos torturados en el Elicoide mientras usted negociaba el lenguaje de sus informes con los mismos torturadores.

El salón había estallado. Ahora delegaciones enteras de pie, algunos aplaudiendo, otros gritando objeciones, el moderador golpeando su martillo. Orden. Orden en el salón. Pero Miley no había terminado. Levantó su voz sobre el caos y ahora gritó. Ahora que ya no tiene ese cargo, ahora que ya no tiene que preocuparse por las sensibilidades diplomáticas, usted viene aquí a darme lecciones sobre derechos humanos.

Usted que tuvo el poder para hacer algo real sobre Venezuela y eligió no hacerlo. Usted que priorizó su carrera sobre la verdad. Usted que es cómplice por su silencio de uno de los peores regímenes de nuestra generación. Bachelet estaba pálida ahora, sus manos temblando visiblemente. Usted no tiene derecho a Tengo todo el derecho.

La interrumpió Mile y una vez más. Porque Argentina ha recibido a cientos de miles de refugiados venezolanos. Mi país, a pesar de nuestra crisis económica, ha abierto sus puertas a personas que huían de la pesadilla que usted se negó a nombrar. Así que no me venga a hablar de derechos humanos cuando mi pueblo está cargando con las consecuencias de su fracaso moral.

El caos en el salón era total. Ahora delegados gritando, cámaras moviéndose frenéticamente, el equipo de seguridad de la ONU acercándose al escenario, pero entonces Miley hizo algo completamente inesperado. Se detuvo, respiró profundamente y cuando habló de nuevo, su voz era tranquila, casi gentil, pero de alguna manera más devastadora que todos los gritos anteriores.

“Señora Bachelet”, dijo mirándola directamente a los ojos. ¿Hay una razón por la que los tiranos la amaban? ¿Hay una razón por la que usted pudo viajar libremente a países donde los periodistas son asesinados y los disidentes desaparecen? Porque ellos sabían que usted nunca representaría una amenaza real.

Porque sabían que su defensa de los derechos humanos siempre se detendría exactamente donde comenzara a ser políticamente incómoda para usted. Hizo una pausa, dejando que esas palabras se hundieran. Yo no tengo ese lujo continuó. No puedo esconderme detrás de informes cuidadosamente redactados. No puedo usar lenguaje diplomático suave cuando la verdad es dura.

Porque gobernar no es publicar informes. Gobernar es tomar decisiones imposibles sabiendo que serás odiado por la mitad del país sin importar lo que hagas. Gobernar es cargar con el peso de cada madre que no puede alimentar a su hijo y saber que la decisión que tomaste ayer podría ser la razón hoy. Se giró hacia la audiencia, hacia las cámaras, hacia el mundo que observaba.

Así que sí, mis políticas son duras. Sí, hay dolor, pero son honestas. No estoy pretendiendo que hay soluciones fáciles. No estoy prometiendo que puedo arreglar en 6 meses lo que tomó décadas destruir. Y sobre todo, no estoy culpando a otros por mis decisiones. Cada recorte, cada reforma, cada política difícil, yo las defiendo, yo las explico, yo cargo con las consecuencias.

Se volvió una última vez hacia Bachelet. Eso es liderazgo, señora Bachelet. No informes, no diplomacia, no lenguaje cuidadoso diseñado para ofender a nadie. Liderazgo real significa tener el coraje de decir la verdad, incluso cuando esa verdad destruya su reputación entre las élites internacionales que la aplaudieron durante años mientras ignoraba los gritos de los oprimidos.

Miley recogió sus notas del podio, se alejó del micrófono y caminó de regreso a su asiento en completo silencio. El salón estalló, pero lo que nadie en ese teatro ni nadie viendo desde casa esperaba era lo que sucedió después. Michelle Bachelet todavía estaba de pie en el escenario, visiblemente temblando. El moderador estaba gritando por orden.

La mitad de la audiencia estaba de pie aplaudiendo. La otra mitad estaba de pie gritando objeciones. Y entonces, desde la sección de la delegación venezolana, desde el fondo del salón, una voz cortó el caos. Tiene razón. Todo el mundo se giró. Un hombre joven, quizás 30 años, de pie en la sección venezolana.

Lágrimas corriendo por su rostro. “Tiene razón, sobre todo”, gritó el hombre, su voz quebrándose. “Mi hermano está muerto. Murió en prisión en Venezuela y ella apuntó hacia Bachelet. Ella visitó esa misma prisión dos meses antes de que él muriera y no hizo nada.” Publicó un informe que decía que había preocupaciones, pero no hizo nada.

Los guardias de seguridad comenzaron a moverse hacia él, pero otros delegados de la sección venezolana se pusieron de pie también bloqueándolos. “Déjenlo hablar”, gritó otro. “El mundo necesita escuchar esto.” El moderador estaba golpeando su martillo desesperadamente. Esta sesión está suspendida. Esta sesión está, pero era demasiado tarde.

Otros venezolanos en la audiencia, refugiados, exiliados, personas que habían logrado entrar a esta cumbre de alguna manera, estaban poniéndose de pie ahora mostrando fotografías, gritando nombres. María Rodríguez, torturada en el Elicoide mientras usted estaba en Caracas. José Martínez, ejecutado tres días después de que su informe lo llamara detenido.

Luisa Fernández, mi madre, murió de hambre mientras usted hablaba de desafíos nutricionales. El caos era total. Las cámaras captando cada segundo. Michele Bachelet, la poderosa diplomática internacional paralizada en el escenario mientras los nombres de los muertos resonaban en el salón de la ONU. Miley permanecía sentado inmóvil. Observando, su rostro, no mostraba triunfo, no mostraba satisfacción, solo una tristeza profunda y antigua.

Finalmente, después de 5 minutos de caos total, la seguridad de la ONU logró despejar el salón. Todos fueron escoltados afuera. La sesión terminó oficialmente, pero el video ya estaba en todas partes, porque lo que había sucedido en ese salón no era solo un debate político, era algo que la arquitectura entera del Sistema Internacional de Derechos Humanos había intentado evitar durante décadas la verdad sin filtrar, sin diplomacia, sin el lenguaje cuidadoso diseñado para proteger carreras y reputaciones.

Y esa verdad tenía un nombre, la hipocresía de una élite internacional que hablaba de derechos humanos desde la seguridad de oficinas cómodas mientras ignoraba los gritos reales de los oprimidos cuando nombrar esa opresión se volvía políticamente inconveniente. Share and subscribe, asegúrate de que esta historia nunca sea olvidada.

Tres horas después de la confrontación, Mea Pachá publicó un comunicado. Era breve, casi defensivo. El presidente Miley malinterpretó mis comentarios y mi historial. Siempre he defendido los derechos humanos en todas partes, incluida Venezuela. El discurso diplomático no significa complicidad. La respuesta en redes sociales fue inmediata y devastadora.

Venezolanos de todo el mundo publicaron capturas de pantalla de sus informes oficiales, resaltando el lenguaje suave, las omisiones deliberadas, los momentos en que pudo haber dicho dictadura, pero eligió decir gobierno con desafíos democráticos. Periodistas comenzaron a investigar su historial como alta comisionada.

Artículos emergieron sobre reuniones secretas con el régimen de Maduro, sobre presión de gobiernos de izquierda para suavizar el lenguaje, sobre cómo su oficina había deliberadamente la publicación de informes sobre tortura. El video de la confrontación obtuvo 50 millones de visualizaciones en 48 horas.

No por el drama, sino porque Miley había dicho en voz alta lo que millones habían pensado en silencio durante años, que el Sistema Internacional de Derechos Humanos se había convertido en un teatro diplomático donde las carreras importaban más que las víctimas. Dos semanas después, Bachelet canceló su participación en tres conferencias internacionales programadas.

Su oficina citó razones de salud. M nunca mencionó el incidente de nuevo. No tuvo que hacerlo. El momento había hablado por sí mismo. Pero en toda América Latina algo había cambiado. Los refugiados venezolanos finalmente se sintieron escuchados. Los disidentes cubanos encontraron nueva esperanza.

Los nicaragüenses exiliados vieron que alguien nombraba su dolor, porque a veces la verdad más poderosa es la más incómoda y a veces se necesita a alguien que no le tema a destruir su reputación entre las élites para decirla en voz alta. Ese día en Ginebra, Javier Miley no ganó amigos en la ONU, pero ganó algo más importante, el respeto de millones que estaban cansados del silencio diplomático ante la tiranía.