Michelle Bachelet, alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, acusó a Nayib Bukele de ser un dictador, pero la respuesta de Bukele en 30 segundos la dejó completamente en silencio frente al mundo. El auditorio de la Organización de Estados Americanos en Washington DC estaba lleno.
Más de 200 diplomáticos, periodistas y funcionarios internacionales ocupaban cada asiento. Las cámaras de Sianan, BBC, Telemundo y El Jasera estaban posicionadas estratégicamente. Este era el Foro Regional sobre democracia y derechos humanos en América Latina, uno de los eventos políticos más importantes del año. En el panel principal, sentados detrás de una larga mesa con micrófonos y placas con sus nombres, estaban algunos de los rostros más influyentes de la región y entre ellos Mehao Bachelet, expresidenta de Chile y alta comisionada de las Naciones
Unidas para los Derechos Humanos. Bachelet tenía 72 años y 40 de carrera política. Hija de un general torturado durante la dictadura de Pinochet, ella misma había sido prisionera política. Su historia personal le daba una autoridad moral que pocos podían cuestionar. Cuando hablaba de derechos humanos, el mundo escuchaba.
Y esta mañana tenía un objetivo, Nayib Pukele. El presidente del Salvador estaba sentado tres asientos a su derecha, vestido con su característica chaqueta de cuero sobre camisa blanca, completamente relajado, mientras otros panelistas discutían sobre instituciones democráticas. Sus manos estaban cruzadas sobre la mesa.
Su expresión era neutral, casi aburrida, pero cualquiera que conociera a Bukele sabía que esa calma era engañosa. Detrás de esos ojos tranquilos había un estratega esperando el momento exacto para atacar. Bachelet tomó su micrófono. El moderador le había dado la palabra. Quiero dirigirme directamente al tema que todos evitan mencionar”, comenzó Bachelet, su voz clara y firme.
“Hay líderes en esta región que llegaron al poder prometiendo cambio, pero una vez electos sistemáticamente destruyeron las instituciones democráticas que les dieron ese poder.” Hizo una pausa deliberada. Todos en el auditorio sabían exactamente a quién se refería. Presidente Bukele, dijo girando su cuerpo hacia él, usted envió soldados al Congreso para intimidar a los legisladores, removió magistrados de la Corte Suprema, anuló la prohibición constitucional de reelección para perpetuarse en el poder y ahora mantiene a más de 70,000
personas encarceladas sin juicio bajo su llamado, régimen de excepción. El auditorio quedó en silencio. Las cámaras se movieron para capturar la reacción de Bukele. Él no se movió, ni siquiera parpadeó. Bachelet continuó, su voz ahora más intensa. Estas no son acciones de un demócrata, son las acciones clásicas de un autoritario y la comunidad internacional tiene la obligación de llamar las cosas por su nombre.
Lo que está ocurriendo en El Salvador es un retroceso democrático. Es una violación sistemática de derechos humanos y usted, señor presidente, es responsable. El golpe estaba dado. La acusación formal frente a las cámaras del mundo. Michele Bachelet, con toda su autoridad moral e institucional acababa de llamar dictador a Nayib Bukele sin usar exactamente esa palabra.
Los periodistas en la sala se inclinaron hacia adelante. Los diplomáticos intercambiaron miradas nerviosas. El moderador parecía no saber si intervenir o dejar que esto se desarrollara. Y entonces Bukele sonrió. No fue una sonrisa amistosa, fue la sonrisa de alguien que ha estado esperando exactamente este momento. Lentamente, con movimientos deliberados, levantó su mano y tomó el micrófono.

Comisionada Bachelet comenzó su voz tranquila pero penetrante, con todo respeto a su trayectoria, permítame hacerle una pregunta muy simple. Pero nadie en ese auditorio, ni siquiera Bachelet, estaba preparado para lo que Bukele estaba a punto de decir. Cuando usted fue presidenta de Chile, continuó Bukele.
¿Cuántas personas murieron asesinadas cada año? Recuerda el número. Bachelet parpadeó. Esa no era la respuesta que esperaba. Presidente Bukele, no veo cómo. Responda la pregunta, por favor. interrumpió Bukele, su tono educado pero firme. Chile bajo su gobierno. ¿Cuántos homicidios al año? Bachelet vaciló. Chile tiene una de las tasas de homicidio más bajas de la región, aproximadamente entre 500 y 600 homicidios anuales.
600, repitió Bukele asintiendo. Ahora permítame darle un dato. Cuando yo asumí la presidencia de El Salvador en 2019, mi país registraba más de 3,800 homicidios al año. El año pasado, después de implementar nuestro régimen de excepción, tuvimos menos de 400. dejó que esa cifra flotara en el aire por un momento.
Eso significa, comisionada Bachelet, que hoy El Salvador es más seguro que Chile durante su gobierno. Un país que usted gobierna con democracia perfecta tenía más asesinatos per cápita que El Salvador hoy. ¿Le parece eso posible? Elauditorio estalló en murmullos. Los periodistas comenzaron a teclear frenéticamente en sus laptops, verificando las cifras.
Bachelet abrió la boca para responder, pero Bukelen no había terminado. Pero hay más, continuó levantando un dedo. Usted mencionó 70,000 personas detenidas. Déjeme darle contexto. ¿Sabe cuántos salvadoreños han sido asesinados por pandillas en los últimos 20 años? Más de 120,000. 120,000 madres que perdieron a sus hijos. 120,000 familias destruidas.
Y durante todo ese tiempo, la comunidad internacional, la ONU, la OEA, todas estas instituciones nos dijeron que dialogáramos con los asesinos, que respetáramos sus derechos humanos mientras ellos descuartizaban a nuestros ciudadanos. Su voz se elevó ligeramente, no en ira, sino en intensidad controlada.
¿Sabe qué pasó cuando seguimos sus consejos? Las pandillas se hicieron más fuertes. Controlaban el 80% del territorio nacional. Cobraban extorsiones a cada negocio, reclutaban niños a la fuerza, violaban mujeres con impunidad y la comunidad internacional guardaba silencio. ¿Por qué? Porque no era su problema.
Ustedes vivían seguros en Ginebra, en Nueva York, en Santiago. Mientras tanto, los salvadoreños vivíamos en un infierno. Bachelet intentó recuperar el control. Presidente Bukele, nadie niega que la violencia era un problema grave. Pero, ¿pero qué? Bukele la interrumpió nuevamente, inclinándose hacia adelante. Pero debíamos seguir muriendo educadamente.
Debíamos respetar el debido proceso mientras los pandilleros no respetaban el derecho a la vida de nuestros ciudadanos. Se recostó en su silla cruzando los brazos. Usted me llama autoritario porque encarcelé a 70,000 criminales, pero no menciona que el 92% de los salvadoreños apoya esas medidas. ¿Sabe por qué? Porque por primera vez en 30 años pueden caminar por sus calles sin miedo.
Las madres pueden enviar a sus hijos a la escuela sabiendo que volverán vivos. Los comerciantes pueden trabajar sin pagar extorsión. Eso es lo que usted llama autoritarismo. Yo lo llamo gobierno. El auditorio estaba completamente silencioso. Ahora cada cámara estaba enfocada en Bukele. Bachelet había perdido el control de la narrativa y lo sabía.
Y sobre remover magistrados, continuó Bukele, su tono ahora casi conversacional. Déjeme recordarle que esos magistrados habían sido nombrados mediante pactos corruptos entre partidos políticos que saquearon mi país durante décadas. Los mismos magistrados que ordenaron liberar a pandilleros asesinos por tecnicismos legales, los mismos que protegieron a políticos corruptos.
Debía yo respetar esa institucionalidad corrupta solo porque llevaba el nombre de democracia. Miró directamente a Bachelet. Comisionada, usted creció bajo una dictadura real. Su padre fue torturado por Pinochet. Con todo respeto a su historia, que admiro profundamente, usted sabe la diferencia entre un dictador y un presidente elegido democráticamente.
Pinochep tomó el poder mediante un golpe militar. Yo fui elegido con el 53% de los votos. Pinochet cerró el Congreso. Yo trabajo con un Congreso elegido por el pueblo. Pinochet torturó opositores políticos. En El Salvador, los periodistas critican mi gobierno libremente todos los días. hizo una pausa dejando que cada palabra aterrizara.
La verdadera pregunta, comisionada Bachelet, no es si soy autoritario. La pregunta es, ¿por qué la comunidad internacional solo se preocupa por los derechos humanos de los criminales y no por los derechos humanos de las víctimas? ¿Por qué hay más reportes de la ONU sobre las condiciones de las cárceles en El Salvador que sobre los 120,000 asesinados en las últimas dos décadas? Suscríbete y deja un comentario porque la parte más poderosa de este enfrentamiento aún está por venir.
Bachelet intentó recuperar terreno. Su rostro mostraba una mezcla de frustración y determinación. Presidente Bukele, el fin no justifica los medios. Las detenciones masivas sin debido proceso son ¿Qué? Bukele la interrumpió. Son peores que dejar que las pandillas sigan asesinando. Déjeme hacerle otra pregunta.
comisionada. Si su hija, y espero que esto sea solo hipotético, fuera secuestrada por una pandilla, ¿esperaría usted que el Estado respetara escrupulosamente cada procedimiento legal mientras los secuestradores deciden si la matan o no? ¿O esperaría acción inmediata? Bachelet abrió la boca, pero no salió sonido inmediatamente.
Era una trampa retórica perfecta y ella lo sabía. “Mire”, continuó Bukele, su tono suavizándose ligeramente. “Yo entiendo su posición. Usted representa instituciones internacionales que deben defender principios universales y esos principios son importantes. Pero también debe entender mi posición. Yo no gobierno desde Ginebra.
Yo gobierno un país que estuvo al borde del colapso. Un país donde niños de 12 años eran reclutados forzosamente por pandillas, donde mujeres eran violadas sistemáticamente,donde comerciantes cerraban sus negocios porque no podían pagar las extorsiones. Se inclinó hacia el micrófono. Cuando asumí el poder, tuve que elegir.
podía seguir las recomendaciones de organismos internacionales, recomendaciones que habían fracasado durante 30 años o podía escuchar a mi pueblo. Elegí a mi pueblo y sí tomé medidas extraordinarias, pero fueron medidas temporales, con supervisión legislativa y con resultados medibles. Levantó tres dedos. Tres cosas, comisionada.
Primero, la violencia bajó 90%. Segundo, el 92% de los salvadoreños apoya estas medidas. Tercero, prometí que esto sería temporal y cumpliré esa promesa cuando las estructuras criminales estén desmanteladas. Bajó la mano. Usted me puede llamar autoritario. Los medios internacionales pueden titular que soy un dictador, pero ninguno de ustedes tiene que vivir con las consecuencias de la inacción.
Ninguno de ustedes tiene que explicarle a una madre porque su hijo fue asesinado mientras esperábamos que el debido proceso funcionara. Yo sí. Bachelet finalmente recuperó su voz. Presidente Bukele, entiendo la frustración, pero entiende. Bukele la interrumpió una vez más y esta vez su voz llevaba un filo que no había estado ahí antes.
Con todo respeto, comisionada, no creo que entienda. Si entendiera, la ONU habría condenado con la misma fuerza a las pandillas que condenó mi gobierno. Si entendiera, habría habido misiones de observación cuando los pandilleros controlaban el territorio, no solo ahora que los hemos encarcelado. Se puso de pie.
No era parte del protocolo, pero a Bukele nunca le importó mucho el protocolo. Déjeme decirle algo que tal vez no aparece en los reportes que llegan a su oficina. El mes pasado, una abuela de 75 años me detuvo en la calle. Tenía lágrimas en los ojos. ¿Sabe qué me dijo? Me dijo, “Gracias, presidente. Por primera vez en 20 años pude visitar la tumba de mi hijo sin tener miedo de que me robaran o me mataran en el camino.
” Su voz se quebró ligeramente, pero se recompuso rápidamente. Esa abuela no me preguntó si respeté el debido proceso. No me preguntó si la ONU aprobaba mis métodos. me preguntó si su país finalmente era seguro y pude decirle que sí. Por primera vez en décadas pude decirle que sí. Miró alrededor del auditorio haciendo contacto visual con varios diplomáticos y periodistas.
Ustedes pueden escribir sus reportes, pueden condenar mis métodos, pueden decir que soy autoritario, populista, dictador, lo que quieran. Pero cuando regresen a sus casas seguras en países seguros, recuerden esto, ustedes tienen el lujo de discutir teorías políticas porque viven en sociedades donde el Estado funcionó, donde las instituciones se desarrollaron gradualmente durante siglos.
El Salvador no tuvo ese lujo. El Salvador tuvo guerra civil. narcotráfico, pandillas transnacionales y 30 años de fracaso institucional. Volvió a sentarse, pero mantuvo su mirada fija en Bachelet. Así que sí, comisionada Bachelet, tomé medidas duras, pero fueron las medidas que mi pueblo necesitaba. Y si para usted eso es autoritarismo, entonces pregúntele a los salvadoreños si prefieren mi autoritarismo o la democracia que teníamos antes, donde 120,000 personas fueron asesinadas mientras la comunidad internacional nos
daba lecciones de derechos humanos. El silencio en el auditorio era ensordecedor. Nadie se movía. Las cámaras seguían rodando. Los periodistas estaban congelados con sus manos sobre los teclados. Im Bacholé, la expresidenta de Chile, la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, la mujer que había enfrentado a dictadores reales y había sobrevivido prisión política, no tenía respuesta inmediata porque Bukele no había defendido autoritarismo, había defendido resultados.
Y en política los resultados son el argumento más difícil de refutar. El moderador, sintiendo que necesitaba intervenir antes de que esto se convirtiera en algo aún más explosivo, tomó su micrófono. Creo que creo que este es un buen momento para un breve receso. Retomaremos en 15 minutos. Pero nadie se movió.
Todos sabían que acababan de presenciar algo extraordinario, no un debate político ordinario, sino un choque de dos visiones completamente diferente sobre qué significa gobernar, qué significa democracia y quién tiene el derecho moral de juzgar a quién. Bukele se recostó en su silla, cruzó los brazos y esperó.
Su expresión era tranquila nuevamente, como si acabara de discutir el clima y no de desmantelar públicamente los argumentos de una de las figuras más respetadas en derechos humanos. Bachelet, por su parte, estaba reorganizando papeles en su carpeta, evitando el contacto visual, claramente procesando cómo había perdido el control de una confrontación que ella misma había iniciado.
Pero lo que nadie en ese auditorio sabía todavía era que esta confrontación tendría consecuencias que irían mucho más allá de ese día. Duranteel receso, los pasillos del edificio de la OEA se llenaron de conversaciones susurradas. Diplomáticos de diferentes países discutían en grupos pequeños. Los periodistas llamaban frenéticamente a sus editores.
Los videos del intercambio ya estaban circulando en redes sociales. En Twitter, el clip de Bukele confrontando a Bachelet se volvió tendencia en minutos. Almohadilla Bukele versus Bachelet alcanzó más de medio millón de mensiones en la primera hora. Los comentarios estaban divididos, como era de esperarse, pero incluso los críticos de Bukele admitían que había ganado el intercambio retórico..

“No importa si estás de acuerdo con él o no”, escribió un analista político colombiano. Bukele acaba de dar una clase maestra de comunicación política. Un periodista mexicano twiteó, “Bachelet llegó preparada con argumentos legales. Bukele llegó preparado con argumentos emocionales y en política moderna la emoción siempre gana.
Pero no todos estaban impresionados. Organizaciones de derechos humanos emitieron comunicados reiterando sus preocupaciones sobre El Salvador. Académicos escribieron hilos de Twitter explicando por qué los argumentos de Bukele eran demagogia populista disfrazada de pragmatismo. Sin embargo, algo había cambiado.
Bukele había logrado algo que pocos líderes latinoamericanos habían conseguido, convertir una acusación internacional en una plataforma para su narrativa. no se había defendido, había contraatacado. En una sala privada durante el receso, el equipo de Bukele lo rodeó. Su director de comunicaciones sonreía ampliamente.
Presidente, eso fue, eso fue perfecto. Bukele le negó con la cabeza. No fue perfecto, pero fue necesario. ¿Cree que Bachelet responderá cuando reanudemos? Probablemente, pero ya no importa. El daño está hecho. Daño para quién Bukele lo miró. Para el discurso de que democracia y resultados son incompatibles. Ese es el discurso que ellos quieren mantener, que o gobiernas democráticamente y fracasas o gobiernas efectivamente y eres autoritario.
Acabo de demostrar que esa es una falsa dicotomía. Uno de sus asesores intervino. Los medios van a decir que fuiste agresivo con Bachelet. Que lo digan. Mi audiencia no son los periodistas de Washington o Ginebra. Mi audiencia son los salvadoreños que ahora pueden dormir sin escuchar balaceras. Y esos salvadoreños vieron que su presidente no se arrodilló frente a la comunidad internacional que los abandonó durante décadas.
Cuando la sesión se reanudó, la dinámica había cambiado completamente. Bachelet optó por una estrategia diferente, pero el daño estaba hecho. Su autoridad moral había sido desafiada públicamente y Bukele había convertido una acusación en una plataforma. Al final del día, Bukele caminó fuera del edificio rodeado de periodistas.
Una reportera le gritó, “¿Se arrepiente de cómo confrontó a la comisionada Bachelet?” Bukele se detuvo y sonrió. No me arrepiento de defender a mi pueblo. Nunca lo haré. Esa noche el video del intercambio alcanzó 50 millones de vistas. En El Salvador las plazas se llenaron de celebraciones espontáneas. En Ginebra, las oficinas de la ONU permanecieron en silencio.
Michele Bachelet nunca volvió a mencionar públicamente a Bukele en esos términos. Inayibukele añadió otro capítulo a su leyenda, el presidente, que no se arrodilló ante nadie. La pregunta quedó flotando. ¿Quién realmente había sido expuesto ese día?
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