Shakira nunca imaginó que un simple acto promocional con Avianca, la aerolínea que patrocina parte de su gira en Colombia, se convertiría en una pesadilla pública. La barranquillera llegó sonriente al salón VIP del Aeropuerto El Dorado de Bogotá.

Le pidieron posar para unas fotos con un grupo reducido de clientes premium que habían ganado un concurso relacionado con el tour. Todo parecía rutina hasta que un hombre de unos sesenta años, traje impecable y credencial de alto ejecutivo de Avianca, se acercó demasiado.
Primero fue un brazo alrededor de su cintura que duró más de lo necesario. Luego una mano que bajó lentamente hacia su cadera mientras le susurraba al oído: “Podemos hacer una colaboración mucho más profunda, mi reina, algo que nadie más te va a ofrecer”.
Shakira se apartó de inmediato, pálida. Intentó mantener la compostura frente a los demás invitados, pero el hombre insistió en tomarle la mano para otra foto. Ella retiró la suya con brusquedad y abandonó el salón sin decir palabra.
Minutos después, desde su camerino, publicó en Instagram Stories un mensaje que hizo temblar las redes: “No soy el entretenimiento de nadie. Avianca, ¡me niego! ¡No volveré a volar con ustedes nunca más!”. El video la mostraba con los ojos llenos de lágrimas.
La reacción fue inmediata y brutal. El hashtag #AviancaFueraDeMiGira se volvió tendencia mundial en menos de una hora. Miles de fans cancelaron vuelos reservados con la aerolínea para asistir a los conciertos de Medellín, Cali y Barranquilla.
En Argentina, donde Shakira tiene cuatro fechas sold-out en Buenos Aires y Córdoba, Despegar –otro patrocinador– empezó a recibir solicitudes masivas de reembolso de paquetes que incluían vuelos Avianca. La imagen de la aerolínea se desplomaba en tiempo real.

A las 11:17 de la mañana, las acciones de Avianca Group en la Bolsa de Nueva York cayeron un 3 % en cuestión de minutos. Los inversionistas veían cómo un incidente de acoso podía dañar una alianza comercial valorada en millones de dólares.
El departamento de crisis de Avianca entró en pánico. Identificaron al ejecutivo: se trataba de Roberto Salazar, vicepresidente de Alianzas Comerciales para América Latina, un hombre con más de treinta años en la empresa y amigo personal de varios directivos.
A las 2:43 de la tarde, Gabriel Oliva, presidente recién nombrado de Avianca, apareció en vivo desde su oficina en Bogotá. Su rostro reflejaba una mezcla de rabia contenida y vergüenza genuina que nadie esperaba de un alto ejecutivo.
“Señorita Shakira Isabel Mebarak Ripoll”, comenzó, usando su nombre completo con respeto absoluto, “lo que ocurrió hoy es inaceptable, indigno y va contra todo lo que esta empresa quiere representar. Ese hombre ya no trabaja aquí. Fue despedido en el acto”.
Hizo una pausa larga, visiblemente emocionado. “Yo soy padre de dos hijas. Si alguien tocara a una de ellas así, no alcanzaría el mundo para mi dolor. Usted no merece ni una disculpa corporativa fría: merece justicia y respeto humano”.
“Por eso, además de despedir al responsable, Avianca donará íntegramente lo que iba a invertir en publicidad de su gira a la Fundación Pies Descalzos. Y yo personalmente pondré otros 500 millones de pesos colombianos de mi bolsillo”.
“Si usted algún día decide volver a volar con nosotros, será en primera fila y con la tripulación entera puesta a su disposición. Pero si nunca quiere vernos de nuevo, lo entenderé y lo respetaré. Usted no nos debe nada; nosotros sí le debemos todo”.

El video terminó con Oliva inclinando la cabeza en señal de reverencia. En menos de diez minutos, Shakira lo reposteó en sus historias con un solo emoji: una lágrima y un corazón roto que, por primera vez, parecía empezar a sanar.
Esa noche, desde el Estadio Atanasio Girardot de Medellín, antes de cantar “Te Felicito”, Shakira habló al público: “Hoy una empresa me demostró que todavía existen hombres que saben pedir perdón de verdad. Gracias, Gabriel Oliva”.
Y aunque no retiró su decisión de no volver a volar con Avianca, por primera vez sonrió al mencionar el nombre de la aerolínea. A veces, una disculpa sincera vale más que cualquier contrato millonario.
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