Cuando Pedro Infante terminó de filmar Tierra sin dueño en septiembre de 1956, supo que acababa de crear algo peligroso. No era una película ranchera más. No era otra comedia musical con charros y serenatas. Era una bomba, una película tan brutal, tan honesta, tan devastadora en su retrato del México rural que el gobierno hizo todo lo posible por enterrarla.
Pero lo que nadie esperaba era que Pedro hubiera guardado una copia secreta escondida en un lugar tan obvio que nadie pensó en buscarlo ahí. Y cuando finalmente se descubrió 40 años después, bueno, eso cambió todo lo que creíamos saber sobre el ídolo de México. Mi nombre es Elena Vargas, tengo 89 años y trabajé como archivista en la Secretaría de Gobernación desde 1954 hasta 1982.
Vi cosas, muchas cosas que el gobierno preferiría que nunca salieran a la luz. Pero hay una historia que me ha perseguido durante 68 años. Una historia que necesito contar antes de morir. La historia de como el gobierno mexicano le robó a Pedro Infante su obra maestra y como luchó hasta su último día por recuperarla. Julio de 1956.
Pedro estaba en su casa de la colonia del Valle, sentado en su estudio privado, rodeado de guiones rechazados por todos los productores de México. Llevaba 6 meses tratando de convencer a alguien, a cualquiera, de que le dejaran hacer una película diferente. Su esposa, María Luisa, entró con café.
Pedro, los estudios llamaron otra vez. ¿Quieren que hagas otra película como nosotros los pobres? Otra historia de barrio, otra comedia con canciones. Pedro no levantó la vista del guion que estaba leyendo. Ya les dije que no. Ya hice esa película tres veces con diferentes títulos, pero es lo que la gente quiere ver.
Es lo que te hizo famoso. Pedro Finalment La Low. Sus ojos tenían esa intensidad que María Luisa conocía bien, esa mirada que significaba que había tomado una decisión y nada lo haría cambiar de opinión. María, ¿sabes cuántas cartas recibo cada semana de gente del campo? ¿De campesinos, de hejidatarios, de familias que viven en la miseria? No sé.
Muchas, supongo, cientos. Y todas dicen lo mismo. Pedro, muéstranos. Muestra cómo vivimos realmente. Muestra la verdad que nadie quiere ver. Se levantó, caminó hacia la ventana que daba al jardín perfectamente cuidado de su casa. Tenemos un país donde el gobierno presume del milagro mexicano, donde construyen rascacielos en la Ciudad de México y hacen desfiles mostrando progreso.

Pero a 200 km de aquí hay comunidades enteras donde la gente no tiene agua potable, donde los niños mueren de enfermedades curables, donde las familias viven en chosas de lodo. Se volteó hacia María Luisa. ¿Y yo qué hago? Canto canciones bonitas en películas que hacen como que ese México no existe. Pedro, entiendo tu frustración, pero no puedes cambiar el país con una película.
No voy a cambiar el país, pero al menos voy a mostrar la verdad, aunque sea una vez en mi vida. María Luisa suspiró. Conocía esa terquedad. Había vivido con Pedro suficientes años para saber que cuando tomaba una decisión no había vuelta atrás. Está bien”, dijo María Luisa. “Finalmente, “Hazla, pero tiene que ser inteligente.
No puede ser un panfleto político. Tiene que ser Pedro Infante. Tiene que tener tu corazón.” Exacto. Vamos a contar una historia tan humana, tan real, que nadie pueda ignorarla. Pasó las siguientes seis semanas escribiendo el guion con un joven escritor llamado Ricardo Garibay, un hombre de Tulancingo que conocía la pobreza rural de primera mano.
La historia era devastadora en su simplicidad. Un hombre llamado Sebastián regresa a su pueblo natal después de 20 años trabajando en la ciudad. Viene con sueños de mejorar la vida de su comunidad, de traer escuelas, agua potable, un dispensario médico, pero se enfrenta a la corrupción del cacique local.
a la indiferencia de las autoridades estatales, a un sistema diseñado para mantener a los pobres pobres y a los poderosos poderosos. No había charros elegantes, no había serenatas románticas bajo balcones, no había finales felices fáciles, era México real, crudo, sin maquillaje. Presentaron el guion a los estudios Churubusco en agosto. Yo estaba ahí.
Trabajaba como archivista junior, organizando documentos, pero ese día me tocó estar presente en la reunión porque necesitaban que alguien tomara notas oficiales. El productor ejecutivo, un hombre llamado Gregorio Bayerstein, leyó el guion en silencio durante 20 minutos. Toda la sala esperaba. Pedro fumaba nerviosamente.
Ricardo se mordía las uñas. Finalmente, Bayerstein cerró el guion. No, perdón, preguntó Pedro. Incrédulo. No, esto no se va a hacer. No en este estudio, no en ningún estudio en México. ¿Por qué? Bayerstein se recargó en su silla. Pedro, tú eres el actor más querido de México. La gente te adora. Vas a los pueblos y te tratan como santo.
¿Sabes por qué? Porque hago buenas películas. No, porque haces películas que los hacen sentir bien. Películas donde el pobre es noble y digno, donde el amor conquista todo, donde México es hermoso y esperanzador. ¿Haces películas de escape? Pedro apretó los puños. Hago películas honestas, honestas dentro de ciertos límites.
Este guion levantó el papel como si fuera algo contaminado. Esto cruza todos los límites. Esto muestra corrupción gubernamental. Esto muestra abandono sistemático. Esto muestra que el gobierno miente sobre el progreso del país. Porque es verdad, la verdad no vende boletos, Pedro. Y más importante, la verdad no consigue permisos de filmación.
Si te está gustando esta historia del ídolo de México, no olvides suscribirte y darle like. Ricardo Intervino, ¿qué quiere decir con permisos? Bayerstein sonrió con condescendencia. Cualquier película filmada en México necesita permisos de la Secretaría de Gobernación. Sin esos permisos no puedes filmar.
Y créanme, este guion nunca jamás recibirá esos permisos. Pedro se paró bruscamente. Entonces lo haré independiente con mi propio dinero. Sin estudio. Con tu propio dinero. Pedro. Una película cuesta 300,000. ¿Tienes guardados bajo el colchón? Los conseguiré. Aunque los consigas, aunque la filmes, luego, ¿qué? ¿Quién la va a exhibir? Todos los cines en México necesitan licencias de operación que renueva gobernación cada año.
Una palabra del gobierno y tu película se queda pudriéndose en una lata. Salieron de la reunión derrotados, pero no vencidos. En el estacionamiento, Ricardo preguntó, “¿Realmente tienes ese dinero?” “No tengo ni la mitad.” Entonces Pedro encendió un cigarro, miró el cielo de la tarde. Voy a vender cosas, voy a pedir prestado.
Voy a hacer lo que sea necesario. Esta película se va a hacer, Ricardo, aunque tenga que hipotecar mi alma. Pedro, piensa en tu familia. Si pierdes todo. Si no hago esta película, ya perdí todo, porque habré perdido mi dignidad como artista. Esa noche Pedro llegó a casa tarde. María Luisa lo esperaba en la sala. Una mirada a su cara y supo. Rechazaron el proyecto.
Dijeron que nunca conseguiremos permisos de gobernación. María Luisa cerró los ojos. Entonces, tal vez es una señal, Pedro. Tal vez deberíamos, ¿no? La interrumpió Pedro. Se arrodilló frente a ella, tomó sus manos. María, cuando era niño en Mazatlán, mi familia no tenía nada. Vivíamos en un cuarto donde cabíamos apenas todos.
Mi padre trabajaba en la carpintería 14 horas diarias y apenas ganaba para comer. Vi a mi madre llorar de hambre. Vi a mis hermanos enfermarse porque no teníamos dinero para medicinas. Su voz se quebró ligeramente. Salí de esa pobreza por pura suerte, porque alguien me escuchó cantar y me dio una oportunidad.
Pero hay millones de mexicanos que nunca tendrán esa suerte. Millones que van a morir en la misma miseria en la que nacieron. Y una película no va a cambiar eso, Pedro. No va a cambiar el sistema, pero al menos va a hacer que la gente vea. Va a hacer que sea imposible ignorar lo que está pasando. María Luisa lo abrazó. Entonces, hazla.
Vende lo que tengas que vender. Yo te apoyo siempre. A la mañana siguiente, Pedro comenzó a reunir dinero. Vendió su avioneta privada, el Cesna, que adoraba. 80,000 pes. Vendió tres de sus autos de colección. 45,000 pesos. Hipotecó una propiedad en Cuernavaca. 60,000 pesos. Pidió préstamos a amigos, a colegas actores, a cualquiera que confiara en él.
En seis semanas había juntado 310,000 pesos. Pero conseguir el dinero era solo el primer problema. El segundo problema era como filmar sin permisos oficiales. Fue Ricardo quien tuvo la idea. Y si fingimos que estamos filmando otra película. Solicitamos permisos para una película romántica tradicional, pero filmamos lo que realmente queremos.
Pedro lo miró sorprendido. Está sugiriendo que mintamos al gobierno. Estoy sugiriendo que seamos creativos con la verdad. Y eso fue exactamente lo que hicieron. registraron oficialmente una película llamada Amor en el campo, una comedia romántica ligera sobre un cantante de la ciudad que se enamora de una maestra rural.
Conseguir los permisos para esa película fue fácil. Era exactamente el tipo de contenido inofensivo que el gobierno aprobaba sin problemas. Yo procesé personalmente esos documentos en gobernación. Recuerdo haber visto la solicitud, el guion falso, las firmas. Todo parecía normal. Nadie sospechaba nada. Septiembre de 1956, Pedro comenzó a filmar en locaciones rurales de Michoacán.
Oficialmente estaban haciendo amor en el campo. En realidad estaban filmando Tierra sin dueño. El equipo era pequeño, discreto, solo gente en la que Pedro confiaba completamente. El director era Ismael Rodríguez, uno de los pocos directores en México con el valor de hacer cinecial. El cinematógrafo era Gabriel Figueroa, el maestro de la luz.
Ambos sabían los riesgos y aceptaron de todos modos. Filmaban en pueblos reales con gente real. No eran sets de estudio, era México verdadero. Las chosas de lodo eran reales. Los niños descalzos eran reales. La pobreza era real. Pedro se transformó. No era el galán sonriente de siempre.

Era un hombre consumido por la injusticia, por la rabia contra un sistema que trituraba a los débiles. Kina era Devastador. La escena donde Sebastián llega al pueblo y ve que su escuela de infancia sigue siendo el mismo cuartito de adobe derrumbándose. Filmada en una escuela real en un pueblo llamado Santa Clara del Cobre. La escena donde una madre le ruega que ayude a su hijo enfermo porque el dispensario médico más cercano está a 40 km y no tienen forma de llegar.
Esa madre era una mujer del pueblo, no actriz. Sus lágrimas eran reales. La escena donde el cacique local, interpretado magistralmente por Miguel Inclán, le explica a Sebastián cómo funciona realmente el poder en México. El gobierno no está aquí para ayudar al pueblo. El gobierno está aquí para controlar al pueblo.
Y yo soy el gobierno en este lugar. Cada día de filmación era un riesgo. Si Gobernación descubría lo que realmente estaban haciendo, todo se vendría abajo. Pedro vivía con ansiedad constante. Una noche, después de una jornada especialmente difícil, Pedro y Ricardo se sentaron afuera de una cantina en el pueblo donde estaban filmando.
¿Crees que valga la pena?, preguntó Ricardo. Todo este riesgo, todo este dinero, todo este estrés. Pedro miró las estrellas sobre el pueblo oscuro. Sin electricidad, el cielo se veía completamente diferente. Millones de estrellas que en la ciudad nunca veías. Hace tr días, comenzó Pedro, estábamos filmando la escena del pozo.
¿Te acuerdas? Donde las mujeres tienen que caminar 2 km para conseguir agua. Me acuerdo, una de las mujeres del pueblo, una señora de unos 60 años, se me acercó después de filmar. Me dijo, “Don Pedro, yo he caminado a ese pozo todos los días desde que tenía 7 años, 53 años caminando por agua. Y nadie nunca había puesto una cámara ahí.
Nadie nunca había dicho que esto importa” y empezó a llorar. Pedro se limpió los ojos. me dijo, “Gracias por hacernos visibles.” Entonces, sí, Ricardo De Paina, aunque nos cueste todo. Terminaron de filmar a principios de octubre. Seis semanas de trabajo secreto, clandestino, siempre mirando por encima del hombro.
Pero lo habían logrado. Tenían la película completa. Ahora venía la parte más peligrosa, editar y revelar la verdad. Rentaron un pequeño estudio de edición en las afueras de la Ciudad de México. Trabajaban de noche para evitar atención. Ismael y Gabriel editaban mientras Pedro supervisaba cada corte, cada transición, cada momento.
La película que emergió del cuarto de edición era una obra maestra. 98 minutos de cine honesto, crudo, devastador, sin música manipuladora, sin sentimentalismo solo, ¿verdad? Gabriel Figueroa, que había fotografiado cientos de películas, se quedó en silencio después de ver el primer corte completo. Finalmente habló.
Esta es la mejor película que he fotografiado en mi vida y probablemente la película que va a terminar con todas nuestras carreras. Pedro sonrió tristemente. Entonces morimos haciendo algo que valió la pena. Pero había un problema que no habían anticipado. Para que una película se exhibiera comercialmente en México, necesitaba pasar por un proceso de certificación en la Secretaría de Gobernación.
Necesitaba ser vista, evaluada y aprobada. Y cuando presentaran tierra sin dueño en lugar de amor en el campo, el gobierno sabría que los habían engañado. “Nos van a destruir”, dijo Ricardo. “Van a confiscar la película. Van a multarnos. probablemente van a arrestar a Pedro por fraude. Y si no la presentamos para certificación, sugirió Ismael.
¿Y si simplemente la exhibimos en privado? En privado. ¿De qué sirve una película que nadie ve? Pedro había estado callado durante toda la discusión. Finalmente habló. Hay una persona que puede ayudarnos. Una persona con suficiente poder en gobernación para proteger la película. ¿Quién? Gilberto Figero, el subsecretario de cinematografía.
Gabriel, el cinematógrafo, se tensó. Ese es mi primo. Pero Pedro, él es gobierno. Él es parte del sistema que estamos criticando. También es un hombre que ama el cine, un hombre que entiende el arte. He hablado con él antes en fiestas, en eventos. Sé cómo piensa. Es un riesgo enorme”, advirtió Ricardo.
“Si le mostramos la película y él no está de nuestro lado, puede confiscarla inmediatamente. Es un riesgo que tenemos que tomar, porque sin alguien poderoso protegiéndonos, esta película nunca verá la luz.” arreglaron una reunión privada para el 25 de octubre de 1956 en una sala de proyección pequeña en los estudios Churubusco.
Solo Ivan Star presents Pedro, Ismael, Gabriel, Ricardo Y Gilberto Figeroa. Yo me enteré de esa reunión porque tuve que procesar la solicitud de uso de la sala de proyección. Era inusual que se hiciera tan tarde a las 10 de la noche y que fuera tan secreta. Mi jefe me dijo que no hiciera preguntas y que no comentara con nadie sobre esa reunión.
La noche del 25, Pedro llegó a Churubusco con los rollos de película en tres latas metálicas. Estaba pálido, nervioso. Había apostado todo a este momento. Gilberto Figueroa llegó puntual. Era un hombre alto, delgado, con lentes gruesos y una expresión perpetuamente seria. Había estudiado cine en Italia y tenía reputación de ser un burócrata culto, alguien que realmente entendía el arte cinematográfico, no solo las políticas.
Pedro saludó formalmente. Me dijiste que tenías algo importante que mostrarme, algo que podría cambiar el cine mexicano. Así es. Pero antes de mostrártelo, necesito que entiendas algo. Pedro respiró profundo. Registramos una película llamada Amor en el campo y conseguimos permisos para filmarla. Lo sé. Procesé personalmente esa solicitud.
Pero no filmamos amor en el campo, filmamos otra cosa. All go complimente. El rostro de Gilberto se endureció. Me estás diciendo que cometieron fraude de permisos. Te estoy diciendo que hicimos la única película que importaba hacer y que necesitábamos hacerlo de esta manera porque sabíamos que nunca nos darían permiso si sabían de que realmente trataba.
Pedro, esto es extremadamente grave. Puedo confiscar la película ahora mismo. Puedo reportarlos a todos por violación de las regulaciones cinematográficas. ¿Puedes hacer eso o puedes ver la película primero y después decidir qué hacer? Gilberto se quedó en silencio largo rato. Finalmente asintió. Muéstramela. Apagaron las luces.
El proyector comenzó a rodar. Durante 98 minutos, Gilberto Figueroa vio Tierra sin dueños, sin decir una palabra, sin hacer un solo sonido. La película era brutal en su honestidad. Desde la primera escena donde Sebastián llega a su pueblo y ve el abandono total hasta la escena final devastadora donde entiende que el sistema está diseñado para mantener las cosas exactamente como están, cada momento era un golpe al estómago.
Había una escena particularmente poderosa. Sebastián va a las oficinas del gobierno estatal para pedir apoyo para su pueblo. Espera 7 horas. Cuando finalmente lo atienden, un burócrata aburrido le dice que llene formularios. Sebastian Lina L formula. El burócrata los revisa y dice, “Faltan firmas de tres autoridades diferentes. Vuelva en dos semanas.
Sebastián vuelve en dos semanas. Otros formularios, otras firmas faltantes, otra espera. Vuelve un mes después.” Le dicen que su solicitud fue rechazada por falta de presupuesto asignado a esa región. ¿Cuándo habrá presupuesto?, pregunta Sebastián. No sabemos, tal vez el próximo año, tal vez en 5 años, tal vez nunca.
Y el burócrata vuelve a su periódico completamente indiferente al hombre frente al que acaba de ver morir todas sus esperanzas. Esa escena duraba casi 8 minutos. Sin música, sin cortes rápidos, solo la cara de Pedro Infante descomponiéndose lentamente mientras entiende que está atrapado en un laberinto burocrático diseñado específicamente para no funcionar.
Era cine perfecto. Er Devastator. Cuando la película terminó, las luces se encendieron. Gilberto seguía sentado en silencio. Su cara no mostraba emoción. Pedro, Ismael, Gabriel y Ricardo esperaban conteniendo la respiración. Pasaron dos minutos completos. Finalmente, Gilberto habló. Señor Infante, acabo de ver la película más importante jamás hecha en México.
Hizo una pausa. También acabo de ver la película más peligrosa jamás hecha en México. ¿Y qué va a hacer con ella? preguntó Pedro con voz temblorosa. Gilberto se quitó los lentes, los limpió lentamente. Tengo dos opciones. La primera es cumplir con mi deber como funcionario de gobernación, confiscar la película, reportarlos a todos, asegurarme de que esto nunca ve a la luz. Proteger la imagen del gobierno.
Se puso los lentes de nuevo. La segunda opción es cumplir con mi deber como alguien que ama el cine. Proteger esta película. ayudarles a exhibirla. Permitir que México vea lo que ustedes crearon. ¿Y cuál opción vas a elegir? Apenas pudo susurrar Pedro. Gilberto se paró. Caminó hacia donde estaban los rollos de película, los tocó con reverencia, como si fueran reliquias sagradas.
Voy a protegerla, pero necesito que entiendan algo. Se volteó hacia ellos. Esta película va a hacer enojar a gente muy poderosa, gente que tiene recursos ilimitados para destruirlos y yo puedo protegerlos solo hasta cierto punto. Entendemos los riesgos, dijo Pedro. No creo que los entiendan completamente, pero de todos modos aquí está lo que vamos a hacer.
Gilberto sacó una libreta, comenzó a escribir. Vamos a certificar la película oficialmente. Yo voy a firmar personalmente los documentos. Eso les dará protección legal para exhibirla. ¿Y el fraude de permisos? Preguntó Ricardo. ¿Qué fraude? Ustedes solicitaron permisos para hacer una película. Hicieron una película. Los detalles del contenido cambiaron durante producción. Eso pasa todo el tiempo.
No veo ningún fraude. Gabriel sonríó. Crus Primo, no me agradezcas todavía porque viene la parte difícil. Conseguir que algún sin la exhiba. ¿Por qué sería difícil? Preguntó Ismael. Certific legalment. Porque los dueños de cines no son tontos. Van a ver el contenido, van a entender que es controversial y van a tener miedo de represalias del gobierno.
Pero tú eres el gobierno señaló Pedro. Soy un subsecretario. Hay gente mucho más poderosa que yo. Gente que puede hacer que los Ines pierdan sus licencias de operación con una simple llamada telefónica. Entonces, ¿qué hacemos? Gilberto pensó un momento. Necesitamos un estreno que sea tan importante, tan público, que sea imposible censurarlo sin causar un escándalo mayor.
Necesitamos que la prensa esté presente. Necesitamos que intelectuales, artistas, gente importante vean la película primero. Crear un escudo de protección antes de que lleguen los ataques. Y eso fue exactamente lo que hicieron. organizaron una premiera especial el 15 de noviembre de 1956 en el cine Metropolitan, el cine más prestigioso de la Ciudad de México.
Invitaron a periodistas, críticos de cine, escritores, pintores, músicos. Toda Law Elite Cultural de Mexico. Yo estuve ahí esa noche, no como invitada oficial, sino porque Gilberto necesitaba que alguien de Gobernación estuviera presente para documentar todo oficialmente. Me senté en la parte de atrás con una libreta tomando notas de quien asistía, que decían, “El cine estaba lleno, 800 personas.
” Pedro llegó nervioso saludando a todos tratando de parecer confiado, pero yo lo vi fumando compulsivamente en el hobby antes de que comenzara la proyección. Sus manos temblaban. María Luisa estaba con él sosteniéndole la mano. Pase lo que pase le susurró, estoy orgullosa de ti. Las luces se apagaron. La película comenzó.
Recuerdo que durante los primeros 10 minutos hubo algunas risas. La gente esperaba el Pedro infante de siempre, el galán sonriente, el cantante romántico. Pero las risas se fueron apagando conforme la película avanzaba y la realidad de lo que estaban viendo se hacía clara. Para el minuto 30, el silencio en el cine era absoluto.
No teidos, no mermos, solo atención total. Hubo un momento durante la escena donde Sebastián ve morir a un niño por una enfermedad curable, donde escuché soyosos en la audiencia. Gente llorando abiertamente. Cuando la película terminó, hubo 5 segundos de silencio completo. Entonces alguien empezó a aplaudir, luego otro.
Luego toda la sala se puso de pie en una ovación que duró 7 minutos. Pedro lloraba en su asiento. María Luisa Lzaba. Ismael y Gabriel se abrazaban. Ricardo tenía la cara enterrada en las manos. Después de la proyección, los periodistas rodearon a Pedro. Las preguntas venían rápido. ¿Es verdad que filmaron esto sin permisos oficiales? Tuvimos todos los permisos necesarios, respondió Gilberto interviniendo rápidamente.
No tiene miedo de represalias del gobierno Pedro respiró profundo. Si hacer cine honesto significa sufrir represalias, entonces que vengan las represalias. Ya no puedo hacer películas que mientan sobre mi país. Al día siguiente, todos los periódicos hablaban de Tierra sin dueño. Las críticas eran extraordinarias.
La película más importante en la historia del cine mexicano”, escribió un crítico. “Pedro Infante se transforma de ídolo a artista completo”, decía otro. “Un espejo devastador que México necesitaba verse”, escribió un tercero. Pero no todas las reacciones fueron positivas. En las oficinas de gobernación, mi jefe, el secretario Ángel Carvajal, estaba furioso.
Lo escuché gritar por teléfono esa mañana. ¿Cómo permitiste que esto pasara, Gilberto? ¿Cómo certificaste esta película sin consultarme? No pude escuchar la respuesta de Gilberto, pero la cara de Carvajal se ponía más roja cada segundo. No me importa si es arte, no me importa si es honesta.
Esta película hace que el gobierno se vea incompetente, hace que parezcamos villanos. El presidente Furioso Colgiment me miró. Elena trae el expediente de Tierra sin dueño. Todo el papeleo, todos los permisos, todo. Le llevé el archivo. Lo revisó con furia, buscando algo, cualquier cosa que pudiera usar para detener la película.
Pero Gilberto había hecho su trabajo perfectamente. Todos los documentos estaban en orden. Técnicamente, legalmente, la película estaba completamente certificada. “Esto no se va a quedar así”, murmuró Carvajal. “Si no podemos pararla legalmente, la pararemos de otras maneras.” Esa tarde comenzó la campaña de desprestigio.
Artículos plantados en periódicos pro gobierno. Pedro Infante traiciona al México que lo hizo famoso. La película que divide a los mexicanos. Infante usa la pobreza para ganar dinero. Llamadas anónimas a los dueños de cines. Si exhiben esa película, pueden tener problemas con sus renovaciones de licencias. Tres de los cinco cines que habían acordado exhibir tierra sin dueño cancelaron en 48 horas.
Problemas técnicos dijeron. Mentous transparence. Solo dos cines mantuvieron su compromiso, el Metropolitan y el cine Chapultepec. Ambos propiedad del mismo dueño, un hombre llamado Francisco Cabrera, que tenía suficiente dinero e influencia para resistir presión gubernamental. La película se estrenó comercialmente el 22 de noviembre de 1956 y pasó algo extraordinario.
La gente hizo filas de cuadras, funciones llenas todo el día. La película era un fenómeno, pero el gobierno no se rendía. Carvajal convocó una reunión especial. Me ordenó estar presente para tomar notas. Señores, les dijo a un grupo de funcionarios que yo no conocía. Tenemos un problema. Esta película está inspirando protestas.
Campesinos están organizándose, están exigiendo servicios que prometimos y no hemos cumplido. Esto es inaceptable. Uno de los funcionarios, un hombre con traje gris que nunca dio su nombre, habló. ¿Cuál es la solución que propone? Necesitamos las copias de la película. Totus, negativos originales, copias de distribución, todo.
Si no podemos pararla legalmente, la paramos físicamente. ¿Está sugiriendo que robemos la película? Preguntó otro funcionario sorprendido. Estoy sugiriendo que protejamos el orden social. Estas son órdenes directas del presidente. Consigan esas copias. No me importa cómo me quedé helada tomando notas. Estaban planeando robar la película de Pedro Infante y yo era la única persona fuera de esa sala que sabía.
Esa noche, después del trabajo, hice algo que podría haberme costado mi empleo o peor. Llamé a los estudios Churubusco desde un teléfono público. Pedí hablar con alguien del equipo de Pedro Infante. Me pasaron con Ricardo Garibay. Habla Alena Vargas. Trabajo en gobernación. No tenemos mucho tiempo. Están planeando confiscar todas las copias de la película. Necesitan esconderlas. Ya.
¿Quién eres? ¿Cómo sé que esto no es una trampa? No lo sabes, pero si no me crees, vas a perder la película. Decide. Colgé. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme. Acababa de traicionar a mi propio gobierno, pero no podía dejar que destruyeran esa obra maestra. No sé si Ricardo me creyó esa noche, pero tres días después me enteré de que algo había pasado.
El 25 de noviembre, agentes de gobernación llegaron a los estudios Churubusco con una orden judicial falsificada para confiscar todas las copias de tierra sin dueño. Pero cuando llegaron a la bóveda donde se guardaban las películas, las copias ya no estaban. Pedro las había movido. Nadie sabía dónde. Carvajal estaba furioso.
¿Cómo supieron? ¿Quién los advirtió? Lanzó una investigación interna. Interrogaron a todos en el departamento. Y Manlockma Action normal. Nunca sospecharon de mí. Durante las siguientes semanas, el gobierno jugó al gato y al ratón con Pedro Infante. Agentes vigilaban su casa, intervenían sus teléfonos. seguían a su equipo, pero Pedro era inteligente.
Había dividido las copias, una estaba con Ismael Rodríguez, otra con Gabriel Figueroa. Los negativos originales estaban en un lugar que solo él conocía. La película continuó exhibiéndose en los dos cines durante cuatro semanas más. Cada función llena. La gente venía de otros estados para verla. se convirtió en un movimiento, pero entonces el gobierno jugó su carta final.
El 20 de diciembre, Francisco Cabrera, el dueño de los cines, recibió una visita. Dos hombres en trajes oscuros llegaron a su oficina. “Señor Cabrera, venimos a discutir las renovaciones de sus licencias de operación. Mis licencias no expiran hasta junio del próximo año. Lo sabemos, pero estamos haciendo una revisión anticipada.
Hemos encontrado varias irregularidades en sus instalaciones. Problemas de seguridad, violaciones de códigos de construcción, documentación incompleta. Cabrera no era tonto, entendió perfectamente. ¿Y qué tendría que hacer para resolver estas irregularidades? Dejar de exhibir cierta película que está causando problemas sociales. Entiendo.
Al día siguiente, ambos sines cancelaron tierra sin dueño. Mantenimiento urgente, dijeron los avisos. Pedro lo supo inmediatamente. Llamó a Cabrera. Francisco, ¿qué pasó? Lo siento, Pedro. Me dieron a elegir entre tu película y mi cines. Tengo 200 empleados que dependen de mí. No puedo perderlo todo. Entiendo. No, no entiendes. Me tortura hacer esto.
Tu película es arte puro, pero tengo familia. Tengo responsabilidades. Lo entiendo, repitió Pedro. Y era verdad. No podía culpar a un hombre por proteger su vida. Sin cines dispuestos a exhibirla, Tierra sin dueño desapareció de la vista pública. Pero Pedro no se rindió. Durante los primeros meses de 1957 organizó proyecciones clandestinas en sindicatos, en universidades, en comunidades rurales.
Llegaba con un proyector portátil, montaba una pantalla improvisada y mostraba la película. Yo me enteraba de estas proyecciones a través de reportes que llegaban a Gobernación. Carvajal se ponía furioso cada vez. ¿Por qué no pueden atraparlo? porque se mueve rápido, proyecta y desaparece antes de que lleguemos. Pedro vivía como fugitivo, protegiendo su película como si fuera su hijo, porque en cierto sentido lo era, era su legado más importante.
Pero el gobierno no se había olvidado del objetivo principal, conseguir todas las copias y destruirlas. Carvajal asignó un equipo especial para encontrarlas. Ofrecieron dinero a cualquiera que diera información. presionaron a todos los que habían trabajado en la película. Ricardo Garibay fue el primero en ceder, no por dinero, sino por miedo.
Lo amenazaron con arrestarlo por actividades subversivas. Tenía una familia joven. No podía arriesgarse a ir a prisión. Les dijo donde Ismael guardaba su copia. La confiscaron en febrero de 1957. Gabriel Figueroa resistió más tiempo, pero finalmente, después de que auditores de Hacienda encontraran problemas en sus impuestos que lo podían llevar a la cárcel, también entregó su copia.
Ahora solo quedaban los negativos originales, los que solo Pedro sabía dónde estaban. Carvajal lo llamó personalmente. Pedro, ¿sabes que eventualmente vamos a encontrar esos negativos? ¿Por qué no me los entregas ahora? Te pagaremos bien. Te dejaremos en paz. Nanka. Pedro, se razonable. Ya ganaste. La película fue vista. Tuvo su momento. Ahora déjala ir.
Esa película es más importante que mi carrera, es más importante que mi vida. Espero que no tengas que probar esa última parte. La amenaza era clara. Pedro vivía con miedo constante. María Luisa le rogaba que entregara la película. No vale la pena morir por esto. Si entrego la película, una parte de mí muere de todos modos.
Marzo de 1957. Pedro continuaba haciendo proyecciones secretas, pero cada vez era más difícil. El gobierno había infiltrado informantes en los grupos que organizaban las proyecciones. Cada vez que planeaba un evento, agentes gubernamentales aparecían y lo cancelaban. Pedro estaba exhausto, física y emocionalmente agotado. Había perdido peso.
Fumaba dos cajetillas al día. Dormía apenas tres o cu horas por noche. Su salud se deterioraba, pero seguía luchando. El 14 de abril de 1957, Pedro tenía que volar a Mérida para un compromiso de trabajo, una presentación musical, algo rutinario. María Luisa no quería que fuera. Estás agotado, Canella Ly. Hh. No puedo. Necesito el dinero.
He gastado todo en proteger la película. La película te está matando, Pedro, entonces que me mate, pero no voy a rendirme. Esa fue la última conversación que tuvieron. Pedro abordó su avión privado esa tarde. A las 7:45 de la mañana del 15 de abril, el avión se estrelló cerca de Mérida. Pedro Infante murió instantáneamente.
Tenía 39 años. La noticia devastó a México. Millones lloraron. Era como si el país entero hubiera perdido a un miembro de su familia. Los periódicos publicaron ediciones especiales. La radio transmitió programas especiales durante días. El funeral fue uno de los más grandes en la historia de México, pero en las oficinas de gobernación había otra conversación ocurriendo.
Una conversación que yo escuché por accidente porque estaba archivando documentos en la oficina de al lado. Era Carvajal hablando por teléfono. Sí, fue trágico. Muy trágico. No, no hay evidencia de nada irregular. Los negativos deben estar en algún lugar de su casa o en su oficina. Necesitamos encontrarlos antes de que la familia los encuentre. Excellent. Proceed. Colgo.
Yo me quedé helada. ¿Qué había escuchado exactamente? ¿Estaban implicando que el accidente no fue un accident? No podía creerlo. No quería creerlo. Dos días después del funeral, mientras la familia de Pedro todavía estaba en duelo, agentes de gobernación llegaron a su casa con una orden de cateo. Dijeron que estaban buscando documentos relacionados con asuntos fiscales pendientes.
María Luisa, destrozada por el dolor, no pudo detenerlos. Revisaron cada habitación, cada armario, cada rincón de la casa y encontraron lo que buscaban. En el estudio privado de Pedro, detrás de una pared falsa que solo él conocía, estaban las latas con los negativos originales de Tierra sin dueño. Se los llevaron.
María Luisa no pudo hacer nada. Esa noche, Carvajal convocó una reunión especial. Yo tuve que estar presente para documentar oficialmente la disposición de materiales confiscados. Trajeron las latas al sótano del edificio de gobernación. Había un incinerador grande ahí. usado normalmente para destruir documentos clasificados.
¿Están seguros de que quieren hacer esto?, preguntó uno de los asistentes. Esta película es parte de la historia del cine mexicano. Esta película es un problema de seguridad nacional, respondió Carvajal firmemente. El presidente ordenó su destrucción completa. Abrieron las latas. Los rollos de película brillaban bajo las luces fluorescentes.
Era hermosa esa película. virgen con todas esas imágenes grabadas en ella. El último testimonio de la visión artística de Pedro Infante. Comenzaron a alimentar el incinerador. Rollo por rollo, la película se quemaba. El olor era horrible, químico y dulce al mismo tiempo. Me dieron ganas de vomitar. Me tomó toda mi fuerza no gritar, no rogarles que se detuvieran.
Pero yo era solo una archivista junior. No tenía voz, no tenía poder. Tardaron dos horas en quemar todo. Cuando terminaron, solo quedaban cenizas. Documentado oficialmente como destrucción de material no autorizado, dijo Carvajal. Nadie habla de esto con nadie. Entendido. Todos asintieron. Yo también asentí, aunque por dentro estaba gritando.
La historia oficial fue simple. Pedro Infante murió en un trágico accidente. Su última película, Tierra sin dueño, se perdió después de su muerte. Las copias desaparecieron. Los negativos nunca se encontraron. Una tragedia artística, además de la tragedia humana. México lloró a su ídolo, pero nunca supo la verdad completa.
Nunca supo que su gobierno había destruido deliberadamente la obra maestra final de Pedro. Nunca supo que había pasado sus últimos meses luchando contra ese mismo gobierno. Duranty Decadas Guard Stay Secreto. Era demasiado peligroso hablarlo. Demasiadas personas poderosas estaban involucradas. Pero conforme pasaron los años, conforme esas personas fueron muriendo o perdiendo poder, el peso del secreto se volvió insoportable.
En 1997, 40 años después de la muerte de Pedro, me jubilé de gobernación. Para entonces era archivista senior. Había guardado el secreto toda mi vida adulta, pero el peso era demasiado. Comencé a escribir todo lo que recordaba. Cada detalle, cada conversación, cada documento que había visto.
Lo escribí en cuadernos que guardaba escondidos en mi casa. Un día, en 1999, un joven historiador de cine llamado Alberto Ramírez llegó a mi puerta. Estaba investigando películas perdidas del cine mexicano. Alguien le había mencionado que yo había trabajado en gobernación durante la época de Pedro Infante.
Señora Vargas, ¿es cierto que usted trabajó en el departamento de cinematografía en los años 50? Sí. ¿Alguna vez escuchó algo sobre una película que Pedro Infante hizo llamada Tierra sin dueño? Mi corazón se aceleró. Después de 42 años, alguien finalmente preguntaba, “Pasa tengo mucho que contarte. Con to do Le mostré mis cuadernos, los nombres, las fechas, los eventos.
Al principio no me creyó. Era demasiado cinematográfico, demasiado dramático para ser real. Necesito pruebas. Documentos.” destruyeron todos los documentos oficiales, pero hay algo que tal vez todavía existe. Le conté sobre Gilberto Figueroa, el subsecretario que había ayudado a Pedro. Le dije que Gilberto tenía reputación de guardar copias secretas de documentos importantes.
Alberto Investig. Gilberto había muerto en 1985, pero su viuda todavía vivía. Alberto la encontró. Ella tenía cajas llenas de documentos que su esposo había guardado y ahí estaba el guion completo de tierra sin dueño, los permisos originales, fotografías del rodaje y algo más, una carta que Gilberto había escrito en 1970 describiendo exactamente lo que había pasado con la película y como el gobierno la había destruido.
Alberto publicó su investigación en el año 2000. El escándalo fue enorme. Los periódicos publicaron artículos. Documentales fueron hechos. La historia de Pedro Infante y su película perdida finalmente salió a la luz. Pero había una última sorpresa. En 2003, un coleccionista privado en Guadalajara contactó a Alberto.
Había comprado una colección de películas viejas en los años 80. Entre ellas había una lata sin etiqueta. La abrió y la digitalizó. Era un fragmento de 12 minutos de tierra sin dueño. No toda la película, pero suficiente para ver el genio de Pedro. La escena del niño muriendo. La escena del pozo. Fragmentos de la brillantez que el gobierno había intentado borrar.
Esos 12 minutos fueron restaurados y exhibidos en el festival de cine de Guadalajara en 2004. Yo estuve ahí. Tenía 77 años. Vi esos fragmentos en pantalla grande por primera vez en 47 años. Lloré durante toda la proyección, no solo por la belleza de lo que Pedro había creado, sino por todo lo que se perdió. Los otros 86 minutos que nunca volveremos a ver.
El arte que fue sacrificado por miedo político. Después de la proyección, periodistas me entrevistaron. Me preguntaron si pensaba que valió la pena todo el sufrimiento de Pedro. Pedro sabía que probablemente perdería esta batalla, les dije. Pero la peleó de todos modos porque creía que algunas verdades necesitan ser dichas, aunque cuesten todo. Hoy tengo 89 años.
Pedro Infante ha estado muerto 68 años, pero su historia finalmente se conoce, su lucha finalmente se reconoce. Y aunque perdimos la película completa, no perdimos la lección. Hay verdades que valen la pena luchar por ellas. Hay arte que vale la pena proteger y hay voces que no pueden ser silenciadas para siempre, sin importar cuánto poder use el gobierno para intentarlo.
La película de Pedro Infante fue robada y destruida, pero su legado, su valentía, su negativa a mentir sobre su país, eso sobrevivió y eso al final fue suficiente.
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