A partir de este momento, tú ya no eres Pedro Infante. Esas fueron las últimas palabras que escuchó antes de que le quitaran la pulsera de oro y se la pusieran a otro hombre. Un hombre de complexión similar, un hombre que subió al avión en su lugar, un hombre que murió 5 minutos después cuando ese avión se estrelló contra el patio de una casa en Mérida.
Un hombre cuyo cuerpo quedó tan calcinado que no se podía reconocer ni la cara, ni las manos, ni nada que permitiera identificarlo. Lo único que quedó intacto fue una placa de platino en el cráneo y una pulsera de oro en la muñeca. La placa y la pulsera de Pedro Infante puestas en otro cuerpo para que todos creyeran que el ídolo de México había muerto.
Antes de que pienses que esto es mentira, antes de que digas que son inventos, escucha la historia completa, porque hay cosas que no se pueden explicar. Y mientras México lloraba, mientras 100,000 personas llenaban las calles de la Ciudad de México para el funeral más grande que el país había visto en décadas, mientras un afán en Venezuela se suicidaba con barbitúricos al escuchar la noticia, mientras el mundo del espectáculo se vestía de luto, Pedro Infante, según su propio nieto, estaba siendo llevado a golpes a una prisión de
la que no saldría en 26 años. Eso es lo que afirma César Augusto Infante, el nieto de Pedro, en una entrevista que dio hace poco. No es un rumor, no es una teoría de un fanático loco, es el testimonio de un familiar directo, de alguien que dice tener pruebas, de alguien que mencionó nombres, fechas, lugares.
Y lo más perturbador no es lo que dice. Lo más perturbador es que hay evidencias que lo respaldan, evidencias que nadie quiso investigar, preguntas que nadie quiso contestar, misterios que conviene mantener enterrados. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian completamente lo que creías saber sobre la muerte de Pedro Infante.
Cuatro revelaciones que nadie te ha contado así. Cuatro verdades que muchos preferirían que siguieran enterradas junto con el ataúd que sellaron sin que nadie pudiera ver lo que había adentro. Primero, ¿quién era el hombre que le regaló avionetas y cadilac? ¿Y qué estaba escondiendo en la carga de esos aviones sin que Pedro lo supiera? Un hombre del que nadie sabe de dónde vino ni cómo hizo su fortuna.
un hombre que cobró 50 millones de dólares el mismo día que Pedro murió. Segundo, ¿qué encontró la esposa de Pedro cuando llegó al hospital horas después del accidente? ¿Y por qué lo que vio la persiguió hasta el día de su muerte? Una imagen que nunca pudo olvidar. Una pregunta que nadie le contestó en 66 años.
Tercero, la conexión entre Pedro Infante, Miss Universo 1953, el hijo del presidente de México, un embarazo que alguien obligó a terminar y una familia que tenía el poder para hacer desaparecer a quien quisiera, el escándalo que nunca se publicó, la humillación que nunca se perdonó. Y cuarto, ¿quién era Antonio Pedro? El hombre idéntico a Pedro Infante, que apareció exactamente 26 años después cantando sus canciones con la misma voz.
¿Y por qué nunca, ni una sola vez en décadas, negó ser él cuando le preguntaban directamente con cámaras grabando? Te voy a avisar cuando llegue cada una. No te las pierdas porque cada una es más impactante que la anterior, pero primero necesitas entender algo. La muerte de Pedro Infante no fue un accidente. Fue el final de una cacería que llevaba años en marcha y el cazador tenía nombre, Antonio Matou.
Nadie sabe exactamente de dónde vino Matou. Nadie sabe cómo hizo su fortuna. Nadie sabe cuáles eran sus verdaderas conexiones. Lo que sí se sabe es que en 1950 este hombre apareció en la vida de Pedro Infante con una propuesta que parecía demasiado buena para ser verdad. Pedro estaba en un lote de autos en la ciudad de México.
Quería un cadilac, el auto más lujoso de la época, pero aunque era el actor más famoso del país, no tenía suficiente dinero para comprarlo. Matu se le acercó. Le dijo que le regalaba el cadilac gratis, sin costo, a cambio de una sola cosa, que lo dejara ser su representante. Pedro aceptó. No sabía que acababa de firmar su sentencia.
Desde ese momento, Matu tomó control de todo. Los contratos de Pedro pasaban por Matuc. Las propiedades de Pedro pasaban por Matuc. El dinero de Pedro pasaba por Matuc. Cada peso que entraba y salía de la vida del ídolo de México tenía que pasar primero por las manos de ese hombre del que nadie sabía nada. Y Matu empezó a regalarle cosas, no solo el cadilac, avionetas, simuladores de vuelo, ropa de las mejores marcas, joyas, todo lo que Pedro quería aparecía como por arte de magia, pero los regalos venían con consejos. No hagas
testamento, Pedro, eres joven, tienes toda la vida por delante. No pongas las propiedades a nombre de nadie. Es más fácil si yo lo manejo todo. Confía en mí, yo me encargo. Pedro confiaba, no preguntaba de dónde salía tantodinero. No investigaba por qué un desconocido estaba tan interesado en llenarlo de regalos.
No se cuestionaba nada y por qué iba a hacerlo. Matuk siempre estaba ahí, siempre sonriente, siempre con una solución, siempre con un regalo nuevo. ¿Quieres una avioneta? Aquí tienes una avioneta. ¿Quieres aprender a volar? Aquí tienes un simulador de vuelo. ¿Quieres un rancho? Ya te lo conseguí. Pedro era el ídolo de México, pero en realidad era un títere y los hilos los manejaba un hombre del que nadie sabía nada.
Lo que Pedro no entendía era que cada regalo era un eslabón más de una cadena que se iba cerrando alrededor de su cuello. Cada avioneta que aceptaba lo ataba más. Cada contrato que firmaba lo hundía más. Cada propiedad que Matou ponía a nombre de Pedro, en realidad quedaba a nombre de Matuc y Pedro ni se daba cuenta porque confiaba, porque estaba ocupado siendo estrella, porque no quería ver lo que estaba pasando delante de sus ojos, hasta que un día, casi por accidente, abrió la carga de su avioneta y encontró algo que no debía encontrar.
Aquí viene lo primero que te prometí. Según el testimonio del nieto de Pedro, cuando el ídolo de México revisó lo que transportaba su propia avioneta, descubrió que no era solo pescado lo que cargaba. Había armas, había joyas de contrabando, había drogas. Pedro infante, sin saberlo, sin quererlo, había sido convertido en mula del narcotráfico. Piénsalo un momento.
El hombre más famoso de México, el que todos conocían, el que todos amaban, volando por todo el país en avionetas que le habían regalado. ¿Quién iba a sospechar de él? ¿Qué policía iba a atreverse a detener el avión del ídolo de México para revisar la carga? ¿Qué aduanero iba a abrir las cajas de pescado que transportaba Pedro Infante.
Nadie. Era la cobertura perfecta. La fama de Pedro era el escudo que protegía el contrabando y él no tenía idea. Volaba feliz, creyendo que transportaba pescado para sus negocios, creyendo que las avionetas eran regalos de admiradores generosos, creyendo que Matuc era su amigo, hasta que abrió una caja que no debía abrir y vio lo que no debía ver.
Cuando Pedro descubrió la verdad, cuando entendió para qué lo habían estado usando durante años, sintió que el mundo se le venía encima. Quiso salirse, fue a hablar con quienes controlaban la operación, fue a decirles que él no quería seguir, que él era artista no criminal, que lo dejaran en paz. Y le dijeron algo que lo Pedro, aquí nada más hay dos salidas, o muerte o cárcel.
Esas fueron las palabras exactas según el testimonio de su nieto, muerte o cárcel. No había opción tres. Si Pedro denunciaba, él también caía. Su nombre estaba en todos los documentos. Él había firmado los papeles de las avionetas. Él había volado los aviones. Su firma estaba en cada manifiesto de carga.

Si lo investigaban, él iba a prisión. Y aunque pudiera probar que no sabía nada, su carrera estaba destruida. ¿Quién iba a creerle? ¿Quién iba a ver sus películas sabiendo que transportaba drogas? Pero si se quedaba callado, si seguía siendo cómplice, tenía que vivir con eso. Tenía que seguir volando esos aviones sabiendo lo que cargaban.
Tenía que mirar a sus fans sabiendo que era parte de algo horrible y si intentaba huir lo encontrarían. Estas no eran personas que dejaban cabos sueltos. Estas eran personas que sabían dónde vivía Pedro, dónde trabajaba, dónde estaban sus tres mujeres, dónde estaban sus hijos. Si huía, morían todos. Pedro Infante, el hombre que cantaba sobre libertad, el hombre que volaba para sentirse libre del peso de su vida complicada, estaba atrapado en una jaula de la que no había escape.
Atrapado por el hombre que le había regalado un cadillac. atrapado por su propia fama, atrapado por firmas que había puesto sin leer. Pero el narcotráfico no era el único problema de Pedro. Había alguien más que quería ver a Pedro destruido, alguien mucho más poderoso que el narcotráfico, alguien que controlaba el gobierno.
Aquí viene lo segundo que te prometí. En 1953 llegó a México la mujer más hermosa del mundo. Se llamaba Cristian Martel. Acababa de ganar el título de Miss Universo. Tenía 21 años. Era francesa, alta, elegante, con una belleza que quitaba el aliento. Cuando entraba a un lugar, todo el mundo dejaba de hablar.
Todo el mundo volteaba a verla. Los hombres se quedaban con la boca abierta. Las mujeres la miraban con una mezcla de envidia y admiración. Era la mujer más hermosa del planeta, literalmente. Un jurado internacional la había declarado así. Llegó a México a hacer carrera como actriz. El cine mexicano estaba en su época dorada y querían a Miss Universo en sus pantallas.
Pero Cristián no llegaba sola, llegaba comprometida. Y su prometido no era cualquier hombre, era Miguel Alemán Velasco, el hijo del expresidente de México, Miguel Alemán Valdés. Para que entiendas lo que esosignificaba en el México de los años 50, tienes que entender quiénes eran los alemán.
Miguel Alemán Valdés había sido presidente de México de 1946 a 1952. Fue uno de los presidentes más poderosos de la historia del país. Controló todo, la política, los negocios, los medios, todo pasaba por él. Y cuando dejó la presidencia, su poder no desapareció. Los expresidentes en México siguen siendo intocables, siguen teniendo influencia, siguen teniendo conexiones, siguen pudiendo destruir a quien se les ponga en frente.
Su hijo Miguel Alemán Velasco era el heredero de ese poder, el príncipe de México, el hombre destinado a continuar la dinastía política más importante de la época. Y ese hombre estaba comprometido con Misuniverso. Era el matrimonio del siglo, la mujer más bella del mundo con el heredero del poder mexicano. Los periódicos hablaban de la boda como si fuera la coronación de una reina.
Todo estaba planeado. Las invitaciones ya estaban listas. Los preparativos ya estaban en marcha. México entero esperaba la boda y entonces Cristian Martel conoció a Pedro Infante. Según el nieto de Pedro, el primer encuentro fue en una reunión de personalidades distinguidas en un centro cultural llamado San Ángel.
Cristián estaba ahí con su prometido. Pedro estaba ahí siendo el ídolo que era. Cuando se vieron, según el testimonio, algo pasó. Pedro quedó impresionado con ella y ella quedó impresionada con él. Empezaron a verse a escondidas un romance secreto entre el ídolo del pueblo y la mujer más hermosa del planeta. Un romance que nadie podía saber porque ella estaba comprometida con el hijo del expresidente de México.
Se veían en lugares discretos. Se comunicaban a través de intermediarios, tomaban precauciones que hoy parecerían de película de espías, pero el amor cuando es real deja huellas. Y Cristián quedó embarazada, no de su prometido, de Pedro Infante. Imagina por un momento lo que eso significaba. La mujer más hermosa del mundo, la prometida del hijo del expresidente, la futura esposa del heredero del poder político mexicano, embarazada del cantante del pueblo.
Si eso salía a la luz, era el escándalo del siglo, la humillación más grande que podía sufrir la familia alemán, el heredero del expresidente, cornudo públicamente por un cantante. podían permitirlo. Lo que pasó después es algo que Cristian Martel nunca ha confirmado públicamente. Hay cosas que las mujeres de esa generación no dicen en voz alta.
No importa cuántos años pasen, pero múltiples fuentes coinciden en lo mismo. La obligaron a abortar. La familia alemán no podía permitir ese escándalo. No podían permitir que Miss Universo tuviera un hijo de Pedro Infante. No podían permitir que el cantante humillara al heredero del expresidente. El aborto sucedió.
Cristián se casó con Miguel Alemán Velasco como estaba planeado y nunca habló del tema públicamente. Hasta hace poco, cuando un periodista le preguntó sobre Pedro Infante sobre los rumores que durante décadas habían circulado sin confirmarse, ella respondió con una frase que dice todo sin decir nada.
Hay cosas que no se pueden decir, pero tampoco se pueden olvidar. No lo negó. No dijo, eso es mentira. No dijo, nunca pasó nada entre nosotros. Solo dijo que había cosas que no se podían decir, pero que tampoco se podían olvidar. Y alguien en el círculo del poder no olvidó. Alguien recordaba perfectamente que Pedro Infante había tocado lo que no debía tocar, que había cruzado una línea que no se podía cruzar, que había humillado, aunque fuera en secreto, a una de las familias más poderosas de México.
Los alemán no eran gente que perdonaba, los alemán eran gente que esperaba y cuando llegaba el momento actuaba. Tenían el poder para hacer cosas que la gente común no puede ni imaginar. Tenían conexiones en todos los niveles del gobierno. Tenían influencia en la policía, en el ejército, en los tribunales.
Si querían destruir a alguien, podían hacerlo. Y Pedro Infante los había humillado. Ahora Pedro tenía dos enemigos mortales, el narcotráfico, que lo usaba como mula, y una familia política que quería verlo destruido. Pero faltaba un tercero. El 9 de abril de 1957, la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió un fallo.
Pedro Infante fue declarado bígamo, casado con dos mujeres al mismo tiempo. La historia completa de sus tres mujeres ya la conoces si viste el video anterior, pero lo que importa aquí es lo que ese fallo significaba para Pedro. La corte lo declaró culpable de Vigamia. Había falsificado la firma de su primera esposa, María Luisa León, para divorciarse sin su consentimiento.
Había usado esos papeles fraudulentos para casarse con Irma Dorantes en Mérida. Todo era ilegal, todo era un delito y ahora la Suprema Corte lo había confirmado públicamente. El ídolo de México era un criminal, no un asesino, no un ladrón, pero sí un falsificador y un bígamo.
La vigamia enMéxico se castigaba con hasta 5 años de cárcel. 5 años. Pedro Infante, el hombre más famoso del país, el que llenaba cines y estadios, el que hacía llorar a millones con sus canciones, podía terminar en prisión. Y aunque pagara una multa en lugar de ir a la cárcel, su imagen estaba destruida. Ya no era solo el ídolo, era el hombre que había engañado a dos mujeres, el que había falsificado documentos, el que había mentido ante la ley.
Los periódicos publicaron la noticia. Todo México se enteró. Las mismas fans que lo adoraban ahora leían que su ídolo era un mentiroso. Pedro Infante estaba acorralado. Por un lado, el narcotráfico que lo tenía atrapado. Por otro lado, la familia alemán que quería venganza por lo de Misuniverso. Y ahora la justicia mexicana que lo perseguía por vigamia.
Tres frentes, tres enemigos y ninguna salida. Seis días. Eso fue lo que pasó entre el fallo de la corte y la muerte de Pedro. Seis días exactos. ¿Cocidencia? ¿O alguien decidió que era el momento perfecto para actuar? El 15 de abril de 1957, Pedro Infante abordó un avión carguero en el aeropuerto de Mérida. Oficialmente el avión transportaba pescado, pescado fresco rumbo a la Ciudad de México.
Eso era lo que decían los documentos. Eso era lo que estaba registrado en el manifiesto de carga. Pero días después del accidente, cuando el duelo empezaba a calmarse y los periodistas empezaban a hacer preguntas incómodas, los diarios Zócalo y Cine Mundial publicaron algo que sacudió al país. Hablaron de cosas turbias en el accidente.
Hablaron de telas y casimires extranjeros que no estaban registrados en ningún documento. hablaron de contrabando. No era solo pescado lo que transportaba ese avión. Los habitantes de la zona del accidente, la gente común que llegó primero al sitio donde cayó el avión, encontraron esos materiales entre los restos.
Telas finas que no deberían estar ahí, Casimires importados que no estaban declarados, mercancía que no aparecía en ningún manifiesto de carga, mercancía de contrabando. ¿Qué hacía eso en el avión de Pedro Infante? ¿Quién lo había puesto ahí? ¿Era parte de lo que el narcotráfico transportaba usando su fama como cobertura? Aeronáutica civil investigó.
O al menos eso dijeron que hicieron. y emitieron un comunicado que no convenció a nadie que lo leyera con atención. Deslindaron a Pedro diciendo que él desconocía la carga de su propio avión. Desconocía la carga, era su avión. Él era el piloto. ¿Cómo no iba a saber lo que transportaba? Pero lo más extraño no fue esa declaración absurda.
Lo más extraño fue lo que no investigaron. Nunca investigaron quién había puesto esas telas de contrabando. Nunca investigaron si había algo más que telas. Nunca investigaron la conexión con el narcotráfico que el nieto mencionaría décadas después. Nunca investigaron nada de verdad. Cerraron el caso, archivaron los documentos y todo el mundo siguió adelante como si no hubiera pasado nada.
¿Por qué? ¿A quién protegían? ¿Qué no querían que se supiera? El avión despegó a las 7:30 de la mañana. Era un día claro, sin nubes, sin viento fuerte, condiciones perfectas para volar. Pedro había volado cientos de veces. Conocía el cielo como conocía su propia voz. Había sobrevivido a dos accidentes de avión antes de este.
En uno le habían puesto una placa de platino en el cráneo. Los médicos le dijeron que cuidara su cabeza de por vida, pero Pedro nunca dejó de volar. Lo llamaban el inmortal porque había burlado a la muerte dos veces. No sabían que la tercera vez sería diferente. 5 minutos después del despegue, el avión no logró ganar altura.
Los testigos que lo vieron desde abajo contaron después lo que observaron. El avión se tambaleaba. El motor sonaba mal, algo no estaba bien. El piloto Víctor Manuel Vidal Loreto, trató de controlar la aeronave. Trató de ganar altura. Trató que sabía hacer. No pudo. El avión cayó en espiral. Se desplomó en el patio de una casa en las afueras de Mérida.
El impacto fue brutal. Pedro murió. También murió el copiloto Víctor Manuel Vidal Loreto. También murió el mecánico Marciano Bautista. Tres hombres en el avión, tres muertos, pero no fueron los únicos. En esa casa vivía Ruth Rosel Chan con su familia. Esa mañana Ruth estaba en el patio. Hacía lo que hacía cada mañana.
Tendía ropa mientras su hijo pequeño jugaba cerca de ella. Era un día normal hasta que el cielo se les cayó encima. El avión aterrizó exactamente donde ellos estaban. Una madre y su hijo aplastados por un avión que no debía caer. Dos inocentes que no tenían nada que ver con Pedro Infante, con el narcotráfico, con Missuniverso, con nada de esta historia.
Solo estaban en el lugar equivocado. En el momento equivocado. Murieron sin saber por qué. El cuerpo de Pedro quedó calcinado más allá de todo reconocimiento. El fuego consumió todo. No había cara,no había manos que pudieran usarse para huellas dactilares, no había nada que permitiera identificarlo visualmente.
El cuerpo que sacaron de esos restos no tenía rasgos humanos reconocibles. Era un bulto de carne quemada y huesos carbonizados. Solo dos cosas sobrevivieron al fuego. Una placa de platino que le habían puesto en el cráneo después del accidente de 1949 y una pulsera de oro que Pedro siempre usaba en la muñeca derecha.
Eso fue todo. Una placa y una pulsera. Eso fue lo que usaron para decir, “Sí, este cuerpo es Pedro Infante.” Pero piénsalo un momento. Una placa de platino se puede quitar de un cráneo y poner en otro. Una pulsera de oro se puede quitar de una muñeca y poner en otra. Si alguien quería fingir la muerte de Pedro Infante, lo único que tenía que hacer era conseguir esos dos objetos y ponérselos a otro hombre, a un hombre de complexión similar, a un hombre que nadie iba a examinar de cerca porque el cuerpo estaba irreconocible, a un hombre que subió al
avión mientras Pedro era llevado a otro lugar. Pero, ¿de quién era realmente ese cuerpo? Esa pregunta nunca se respondió porque nadie la hizo, porque todos aceptaron que era Pedro, porque nadie investigó. Aquí viene lo tercero que te prometí. La esposa de Pedro, Irma Dorantes, estaba en la Ciudad de México cuando recibió la noticia.
Había preparado un estofado de conejo, el platillo favorito de Pedro. La casa olía a comida casera. había puesto la mesa, lo estaba esperando para comer juntos. Llamó a la empresa que controlaba los vuelos de Pedro para saber a qué hora llegaba. La voz al otro lado de la línea le dijo algo que la destrozó. El avión había tenido un accidente.
Irma no recuerda bien qué pasó después. Todo fue un borrón de lágrimas y llamadas y gente hablando a su alrededor. Tomó el primer vuelo disponible a Mérida. Durante todo el vuelo, rezó. Rezó para que fuera un error. Rezó para que Pedro estuviera vivo. Rezó para que cuando llegara al hospital lo encontrara sonriendo, diciendo que había sido un susto, pero que estaba bien.
Cuando llegó al hospital donde habían llevado los restos, encontró algo que la marcó para siempre, algo que contó una y otra vez durante los siguientes 66 años de su vida, algo que nunca pudo explicar. Había hombres con caretas, caretas de soldador, de esas que usan los que trabajan con metal caliente. Estaban soldando una caja de lámina.
Irma lo describió así, con sus propias palabras exactas, en múltiples entrevistas a lo largo de más de cinco décadas. En el hospital había hombres con caretas soldando una caja de lámina. ¿Por qué estaban sellando el ataúd antes de que llegara la familia? El accidente había sido esa mañana. Irma llegó horas después.
¿Por qué ya estaban cerrando la caja? ¿Qué había adentro que no querían que nadie viera? ¿Por qué tanta prisa en sellar todo antes de que alguien pudiera mirar? ¿Por qué no le permitieron ver el cuerpo? era su esposa. Aunque el matrimonio había sido anulado días antes, ella seguía siendo la mujer que vivía con él, la madre de su hija, la persona más cercana a Pedro en sus últimos años.
Y no la dejaron ver, no la dejaron despedirse, no la dejaron confirmar con sus propios ojos que ese cuerpo era Pedro. Irma hizo esas preguntas, las hizo en el hospital ese día. Las hizo en los días siguientes, las hizo durante años, las hizo en entrevistas, las hizo hasta el día de su muerte. Nadie le respondió nunca.
El ataúd quedó sellado para siempre y lo que había adentro, lo que esos hombres estaban tan apurados por esconder, nunca se supo. Irma Durantes murió en 2023. Vivió 66 años con esa imagen en la cabeza. 66 años viendo en su mente a esos hombres con caretas, 66 años preguntándose qué había dentro de esa caja de lámina.
Murió sin saber, murió sin respuestas, murió sin poder despedirse del hombre que amó. Pero mientras ella buscaba respuestas que nunca llegaron, otros ya estaban actuando con una velocidad que da escalofríos. Antonio Matuc, el hombre del Cadilac, el que había controlado la vida de Pedro durante 7 años, se movió antes de que el cuerpo llegara a la Ciudad de México.
Antes de que terminara el día del accidente, Matu ya estaba cobrando. Cobró el seguro de vida de Pedro. Se quedó con las ganancias de la última gira por Latinoamérica. puso propiedades a su nombre de manera definitiva. ¿Cómo sabía tan rápido que Pedro había muerto? ¿Cómo tenía todos los papeles listos para cobrar? ¿Cómo pudo moverse tan rápido si no estaba preparado? La velocidad de Matuk solo puede explicarse de dos formas.
o tuvo la suerte más grande del mundo. Y justo tenía todo listo para cobrar en caso de que Pedro muriera. O sabía de antemano que Pedro iba a morir, todo lo que Pedro había ganado en dos décadas de trabajo, las películas, los discos, las giras, los conciertos, los contratos publicitarios, todo eso desapareció en cuestión de horas.50 millones de dólares.
La fortuna del ídolo de México desvanecida. Pero Matuk no fue el único buitre que llegó a alimentarse del cadáver de Pedro. La familia de Pedro también actuó rápido, demasiado rápido. Los hermanos y sobrinos de Pedro llegaron a Ciudad Infante, la mansión que él había construido en sus mejores años. Era una propiedad impresionante.
Tenía un cine privado donde Pedro veía películas con su familia. Tenía un boliche profesional donde organizaba torneos con sus amigos. Tenía un gimnasio completamente equipado. Tenía jardines enormes. Tenía todo lo que un hombre de su fama y su dinero podía desear. Era el sueño de Pedro hecho realidad.
la prueba de que un muchacho pobre de Sinaloa podía llegar a tener todo. La familia llegó antes de que el cuerpo de Pedro llegara a la ciudad de México. Algunos dicen que llegaron antes de que se confirmara oficialmente la muerte, como si ya supieran, como si estuvieran esperando la noticia. Y cuando llegaron saquearon.
No hay otra palabra para describirlo. Sacaron muebles, sacaron cuadros de las paredes, sacaron ropa de los closets, sacaron joyas de las cajas fuertes, sacaron vajillas, sacaron electrodomésticos, sacaron todo lo que pudieron cargar en camionetas que alguien había conseguido muy rápido, horas después del accidente, con Pedro todavía en Mérida, con el cuerpo todavía caliente.
su propia familia ya se estaba repartiendo sus cosas como si fueran herencia legítima. No esperaron funeral, no esperaron velorio, no esperaron testamento, no esperaron nada, solo tomaron. ¿Qué clase de familia hace eso? ¿Qué clase de duelo es ese? O es que ellos también sabían algo que los demás no sabían. Las mujeres de Pedro quedaron sin nada.

Irma Dorantes y su hija fueron desalojadas de la casa donde vivían con Pedro. El matrimonio había sido anulado seis días antes. Legalmente ella no era nadie. Cuando quiso reclamar algo, Matuk intentó quitarle hasta la casa, una casa que ni siquiera estaba terminada de pagar, porque Pedro nunca dejaba nada resuelto.
Irma tuvo que pagar de su propio bolsillo para quedarse con el lugar donde había sido feliz. María Luisa León, la esposa legal, se quedó con la mitad de los bienes que quedaban por ley, pero para cuando la ley intervino, ya no quedaba casi nada. Matou y la familia ya se habían llevado todo.
Quedaban migajas, 50 millones de dólares convertidos en migajas. Y los hijos de Pedro, los que él había reconocido, los que llevaban su apellido, no recibieron prácticamente nada. El hombre que llenaba estadios, que vendía millones de discos, que era el ídolo de todo un país, murió sin dejarles nada a quienes más amaba, porque confió en el hombre equivocado, porque nunca hizo testamento, porque firmó papeles sin leerlos, porque creyó que tenía toda la vida por delante.
El funeral fue el 17 de abril de 1957. Fue el funeral más grande que México había visto en décadas. Más de 100,000 personas llenaron las calles de la Ciudad de México, desde el hospital donde velaron el cuerpo hasta el panteón jardín donde lo enterraron. Las calles estaban atestadas. La gente se subía a los postes de luz para ver pasar el cortejo.
Se colgaban de los balcones, llenaban las azoteas de los edificios. Era como si todo México hubiera decidido ir a despedir a Pedro al mismo tiempo. Hombres adultos lloraban sinvergüenza en las calles. Mujeres que nunca lo habían conocido gritaban su nombre como si hubieran perdido a un hijo. Niños que habían crecido escuchando sus canciones no entendían por qué todos estaban tan tristes.
Los comercios cerraron, las fábricas pararon, México se detuvo para llorar. Arturo de Córdoba, el actor más respetado de la época, dijo algo en el funeral que resumía lo que sentía todo un país. Pocas veces la muerte de un hombre ha sido llorada por tantos hombres. La madre de Pedro, doña Cuquita, tuvo que ser sostenida por varios familiares.
No podía caminar sola, no podía hablar, solo podía gritar. ¿Por qué, Dios mío, por qué? Ese grito se escuchó por todo el cortejo. El periódico El Nacional publicó una primera plana que decía todo lo que había que decir. Parece que el corazón de los mexicanos hubiera dejado de latir. El féretro iba cerrado, sellado.
Nadie pudo ver el cuerpo. Nadie pudo despedirse de verdad. Solo pudieron llorar frente a una caja que les dijeron que contenía a Pedro Infante. Pero, ¿qué había realmente adentro? La misma pregunta que Irma se hacía, la misma pregunta que nadie quiso contestar. Y mientras México enterraba a su ídolo en Venezuela, a miles de kilómetros de distancia, una joven de 19 años llamada Josefina Baica estaba escuchando la radio en su casa.
Cuando el locutor confirmó que Pedro Infante había muerto en un accidente de avión, Josefina se levantó, fue a su cuarto, cerró la puerta, tomó un frasco de barbitúricos, se los tomó todos. Cuando la encontraron, ya era tarde.Murió. Una fan que nunca había conocido a Pedro Infante en persona, que solo lo conocía por sus películas.
que se había enamorado de él a través de una pantalla de cine. Prefirió morirse antes que vivir en un mundo donde Pedro ya no existía. No fue la única. Hubo otros suicidios reportados en México y Latinoamérica en los días siguientes. La prensa de la época habló de una ola de dolor que cruzó fronteras. Así de grande era Pedro Infante.
Así de profundo era el amor que millones le tenían. Y todo eso terminó en 5 minutos sobre Mérida, cuando un avión que no debía caer se cayó. O al menos eso es lo que todos creyeron durante 26 años. Pero había alguien que no estaba llorando porque sabía la verdad. O al menos eso es lo que afirma el nieto de Pedro. Aquí viene lo cuarto y último que te prometí.
En 1983, exactamente 26 años después de la muerte de Pedro Infante, algo extraño empezó a pasar. Aparecieron rumores, primero en Chihuahua, en el norte de México, después en otros estados, después en todo el país. Había un hombre, un cantante que actuaba en bares, en fiestas privadas, en pequeños eventos donde lo contrataran.
Se hacía llamar Antonio Pedro. Al principio nadie le prestó mucha atención. México estaba lleno de imitadores de Pedro Infante. Cualquier cantante con bigote y voz decente se subía a un escenario a cantar Amorcito Corazón para ganarse unos pesos. Pero Antonio Pedro era diferente. Cantaba canciones de Pedro Infante con la misma voz, no parecida, la misma, las mismas inflexiones, los mismos matices, la misma forma de sostener las notas, la misma emoción que hacía llorar a la gente hace 26 años.
Pero eso no era lo más perturbador. Lo más perturbador era su cara. Antonio Pedro era físicamente idéntico a Pedro Infante, no similar, no parecido, idéntico. La misma estructura facial, el mismo porte al caminar, la misma forma de mirar a la cámara, la misma manera de mover las manos cuando cantaba, la misma sonrisa, los mismos ojos.
Era como si Pedro Infante hubiera envejecido 26 años y hubiera vuelto de donde sea que estuviera. Cuando la televisora TV Azteca hizo un reportaje sobre él, todo México quedó helado. Las imágenes mostraban a un hombre que podría haber sido Pedro Infante, no un doble, no un imitador, el hombre mismo. Los periodistas le preguntaron directamente, múltiples veces en cámara, con las luces encendidas, mirándolo a los ojos. “Usted es Pedro Infante.
” Él nunca lo negó. Nunca dijo, “No, no soy él.” Nunca dijo, “Eso es ridículo. Pedro Infante murió hace décadas.” Nunca dijo, “Soy solo un imitador que se parece mucho.” Nunca aclaró quién era realmente, solo sonreía cuando le preguntaban. Solo miraba a la cámara con esos ojos que parecían los de Pedro.
Solo cantaba otra canción. Solo dejaba que la gente creyera lo que quisiera creer. ¿Por qué un simple imitador no negaría ser Pedro Infante? ¿Qué ganaba con el misterio? ¿Por qué nunca, ni una sola vez dijo claramente, “No soy él?” 1983. El mismo año que murió el expresidente Miguel Alemán Valdés. El padre de Miguel Alemán Velasco, el suegro de Miss Universo, el hombre cuya familia supuestamente quería destruir a Pedro Infante por el escándalo del embarazo.
26 años exactos después del accidente. El mismo año que murió el hombre más poderoso de esa familia. Coincidencia o no, la fecha no pasa desapercibida. En 1990, el Washington Post, uno de los periódicos más importantes de Estados Unidos, publicó un artículo que sacudió a quienes lo leyeron. El artículo afirmaba que Pedro Infante seguía vivo.
Afirmaba que la política mexicana estaba implicada en su desaparición. un periódico estadounidense serio, respetable, diciendo que el ídolo de México no había muerto en 1957. ¿Sabes cuántos medios mexicanos le dieron seguimiento a esa nota? Ninguno. Silencio absoluto, como si el artículo no existiera. El nieto de Pedro, César Augusto Infante, dio entrevistas donde afirmó lo que parece imposible, pero lo dijo con nombres.
con fechas, con detalles. No era un rumor vago, era una acusación directa. Dijo que Pedro Infante no murió el 15 de abril de 1957. Dijo que el accidente fue un montaje planificado, ejecutado por gente con poder para hacerlo. Dijo que el cuerpo calcinado que sacaron de ese avión no era su abuelo, era otra persona, alguien de complexión similar.
que pusieron ahí para que todos creyeran que Pedro había muerto. Dijo que la placa de platino y la pulsera de oro fueron quitadas de Pedro y puestas en ese otro hombre. Por eso pudieron identificar el cuerpo, porque tenía los únicos dos objetos que podían vincularlo con Pedro. Según César Augusto, esto es lo que pasó realmente en el aeropuerto de Mérida esa mañana.
Cuando Pedro llegó al aeropuerto, lo estaban esperando. Hombres armados lo interceptaron antes de que pudiera subir al avión. Le dijeron, “A partir de este momento, tú ya no eres Pedro Infante.”Le quitaron la pulsera de oro de la muñeca. Se la pusieron a otro hombre. un hombre de complexión similar que habían llevado para eso.
Ese hombre subió al avión. Ese hombre murió cuando el avión se cayó. Ese hombre es el que está enterrado en la tumba de Pedro Infante. Y Pedro, el verdadero Pedro, fue llevado a golpes a otra parte. A él se lo llevaron a golpes, dijo el nieto en la entrevista. Estuvo encerrado en Lecumberry, en las Islas Marías, en la Castañeda en Michoacán y en una prisión de Sonora.
Lecumberry era la cárcel más famosa y temida de México. Las Islas Marías era una colonia penal en medio del océano. La Castañeda era un hospital psiquiátrico donde encerraban a quienes el gobierno quería desaparecer. Según el nieto, Pedro pasó por todas. 26 años encerrado, 26 años torturado, 26 años borrado del mundo mientras México seguía llorándolo.
El público se lo creyó, dijo César Augusto. Mucha gente lloró, mucha gente se suicidó porque había muerto su ídolo Pedro Infante, pero no fue así. Esas fueron sus palabras exactas. Y dijo algo más. Dijo que había famosos que sabían la verdad. Armando Manzanero sabía que Pedro estaba vivo. Silvia Pinal sabía.
Antonio Aguilar sabía. Tintan sabía. Cantinflas sabía, los Tigres del Norte sabían. Según el Nieto, muchos de los más grandes artistas de México sabían que Pedro Infante no había muerto en ese accidente y todos callaron. Durante décadas todos guardaron el secreto. ¿Por qué callarían? por miedo, por amenazas o porque sabían que hablar significaba terminar como Pedro.
Antonio Pedro murió en 2013 en Chihuahua, según su identificación oficial, se llamaba José Antonio Hurtado Borjón y tenía 82 años. Si hubiera sido Pedro Infante, habría nacido en 1931. Pedro Infante nació en 1917. Las fechas no cuadran. Pero si alguien fue capaz de secuestrar al ídolo de México, de fingir su muerte, de mantenerlo preso 26 años, de controlar la información durante décadas, también fue capaz de darle documentos con fechas falsas.
Un acta de nacimiento falsa no es difícil de conseguir para quien tiene el poder de desaparecer personas. Hay fanáticos que hasta el día de hoy peregrinan a la tumba de Antonio Pedro en Chihuahua. No van a la tumba oficial de Pedro Infante en el Panteón Jardín de la Ciudad de México. Van a Chihuahua, van a rezar, van a cantar, van a llorar, creyendo que ahí, en esa tumba modesta, está enterrado el verdadero Pedro Infante, el que no murió en 1957.
El que fue secuestrado por el poder, el que sobrevivió 26 años de tortura, el que volvió cuando murió el hombre que lo tenía cautivo, el que cantó una vez más antes de morir de verdad. Es verdad, es mentira. Nadie puede probarlo, pero nadie puede desmentirlo tampoco. Y la historia no termina ahí porque la muerte siguió persiguiendo a la familia infante durante décadas.
En 2009, Pedro Infante Junior, el hijo que Pedro tuvo con Lupita Torrentera, murió. Tenía 59 años. Había vivido toda su vida a la sombra de su padre. Había sido músico. Había intentado hacer carrera, pero nunca pudo escapar del peso de ser el hijo de Pedro Infante. El reporte oficial dice que se suicidó con 12 puñaladas en el estómago. 12.
No, una, no dos, no tres. 12 puñaladas. Su hermana, Lupita Infante Torrentera, dijo algo en una entrevista que nadie ha podido refutar. Es ilógico que tú tengas el valor de hacerte una cosa así 12 veces. Tiene toda la razón. Piénsalo un momento. Una apuñalada duele. Duele más de lo que puedes imaginar.
El cuerpo entra en shock, los músculos se contraen, el dolor es insoportable y alguien se va a dar 12 puñaladas a sí mismo. 12 veces va a agarrar el cuchillo, levantarlo y clavárselo en el estómago. Es imposible. Después de la primera, tal vez la segunda, el cuerpo ya no responde. El dolor es demasiado.
Las manos tiemblan, no hay fuerza. 12 puñaladas no es un suicidio. 12 puñaladas es un asesinato. Pero nadie investigó. Cerraron el caso como suicidio. Igual que cerraron el caso del contrabando en el avión de Pedro. Igual que nunca investigaron por qué el ataúd estaba sellado antes de que llegara la familia, igual que nunca investigaron quién se quedó con los 50 millones de dólares, igual que nadie le dio seguimiento al artículo del Washington Post, igual que nadie explicó por qué Antonio Pedro nunca negó ser Pedro Infante.
Demasiados casos cerrados, demasiadas preguntas sin respuesta, demasiado silencio conveniente, como si alguien quisiera que todo esto quedara enterrado, como si alguien tuviera el poder para cerrar investigaciones, como si alguien pudiera controlar lo que se dice y lo que no se dice. Lupita Torrentera, la mujer que le dio su juventud a Pedro cuando tenía 14 años, que lo esperó 7 años para que se divorciara de María Luisa, que le dio tres hijos, que nunca recibió lo que le prometieron. Murió en abril de 2025.
Tenía 93 años. murió en un asilo enCuernavaca, sola, lejos de las luces, lejos de la fama, lejos del mundo del espectáculo, que una vez la conoció como la madre de los hijos del ídolo de México. Murió sin haber recibido nunca lo que Pedro le prometió. Murió sin justicia, murió sin respuestas. Murió esperando algo que nunca llegó.
Y el legado de Pedro, sus películas, sus canciones, todo lo que creó durante su vida, todo lo que debería pertenecer al pueblo mexicano que lo amó tanto, terminó en manos de Carlos Slim, el hombre más rico de México, el hombre más rico de Latinoamérica, uno de los hombres más ricos del mundo. compró los derechos perpetuos de las películas de Pedro Infante.
Hoy, si quieres ver nosotros los pobres o Ustedes los ricos o Pepe el Toro o cualquiera de las películas que hicieron de Pedro una leyenda, solo puedes hacerlo en claro video. La plataforma de Slim. El hijo del director Ismael Rodríguez, el hombre que filmó las películas más importantes de Pedro, lo resumió con una frase que duele cada vez que la lees.
Santo que no es visto, no es adorado. Pedro Infante, el ídolo del pueblo, el hombre que pertenecía a todos los mexicanos, ahora pertenece a una corporación. Si quieres ver sus películas, tienes que pagar. Si quieres escuchar sus canciones completas, tienes que pagar. Si quieres recordarlo, tienes que pasar por la caja de registradora de Carlos Slim.
Hasta su memoria tiene dueño. El ídolo del pueblo terminó siendo propiedad privada y la pregunta sigue ahí, flotando sobre todo la pregunta que nadie ha podido responder en casi 70 años. ¿Qué pasó realmente el 15 de abril de 1957? ¿Por qué un avión que despegó correctamente se cayó 5 minutos después? ¿Quién saboteó el motor? ¿Quién puso el contrabando en la carga? ¿Por qué Aeronáutica Civil cerró el caso tan rápido? ¿Por qué Matu cobró el seguro de vida antes de que el cuerpo llegara a México? ¿Cómo tenía todos los papeles
listos si no sabía que Pedro iba a morir? ¿Por qué la familia llegó a saquear la mansión antes de que confirmaran la muerte? ¿Cómo sabían tan rápido? ¿Por qué sellaron el ataúd antes de que llegara Irma? ¿Qué había adentro de esa caja de lámina que no querían que nadie viera? ¿De quién era realmente ese cuerpo calcinado? Si era Pedro, ¿por qué tanto secreto? Si no era Pedro, ¿dónde estaba él? ¿Por qué Antonio Pedro apareció exactamente 26 años después? ¿Por qué apareció justo cuando murió el expresidente alemán? ¿Por qué nunca ni
una sola vez negó ser Pedro Infante? ¿Qué ganaba con el misterio si era solo un imitador? ¿Por qué tantos famosos supuestamente sabían que Pedro estaba vivo y ninguno habló? ¿Por qué Pedro, Infante Junior, murió con 12 puñaladas que llamaron suicidio? ¿Quién lo mató? ¿Por qué? ¿Qué sabía que no debía saber? Son demasiadas preguntas, demasiadas coincidencias, demasiados cabos sueltos.
¿Quién lo quería muerto? La respuesta está clara. Todos. el narcotráfico que lo usaba como mula y que no podía dejarlo hablar porque sabía demasiado. Si Pedro hablaba, caían muchos con él. La familia alemán que no podía olvidar la humillación de Miss Universo. El hijo del expresidente cornudo por un cantante. El embarazo que obligaron a terminar, la vergüenza que nunca pudieron lavar.
Matou, que tenía todo preparado para quedarse con su fortuna, que lo había convencido de no hacer testamento, que tenía los papeles listos para cobrar, que ganaba más con Pedro muerto que vivo, la justicia mexicana que lo perseguía por vigamia, que lo había declarado criminal seis días antes de que muriera, que iba a mandarlo a la cárcel o a destruir su imagen para siempre.
Todos tenían razones, todos tenían motivos, todos ganaban con Pedro fuera del camino. Y el 15 de abril de 1957 alguien consiguió lo que quería. O eso creyeron. Porque si el nieto de Pedro tiene razón, si las teorías son ciertas, si Antonio Pedro era realmente él, entonces Pedro Infante tuvo la última palabra. Sobrevivió. aguantó 26 años de encierro, 26 años de tortura, 26 años viendo como el mundo lo lloraba mientras él seguía vivo.
26 años esperando. Y cuando finalmente salió, cuando murió el hombre que lo tenía cautivo, volvió. Volvió a cantar. Volvió a pararse en un escenario. Volvió a hacer llorar a la gente con su voz mientras Matuk disfrutaba el dinero que le había robado, mientras los alemán celebraban su supuesta victoria, mientras la justicia mexicana cerraba el caso, mientras todos los que lo traicionaron creían que habían ganado.
Pedro Infante seguía vivo, cantando, esperando, teniendo la última palabra sin que nadie lo supiera. Y cuando finalmente murió en 2013, según el nieto, murió en libertad, no en un avión en llamas, no en una prisión, no torturado en libertad, habiendo cantado una última vez, habiendo visto a muchos de los que lo traicionaron morir antes que él, habiendo sobrevivido a todos losque quisieron destruirlo.
¿Verdad? ¿Es mentira? ¿Es una fantasía de un nieto que quiere creer que su abuelo no murió tan joven? ¿O es la verdad que nadie se atrevió a contar durante décadas? Nadie puede probarlo, pero nadie puede desmentirlo tampoco. Y esa es la historia que nadie te había contado. Esa es la verdad que todos querían que olvidaras.
Pero tú ya la conoces y la próxima vez que escuches su voz cantando Amorcito corazón o 100 años o corazón corazón, vas a recordar todo esto. Vas a recordar a Matuuk y el Cadilac que costó 50 millones de dólares. Vas a recordar a Miss Universo y el embarazo que nadie puede olvidar. Vas a recordar el fallo de la corte 6 días antes de la muerte.
Vas a recordar el ataúd sellado y los hombres con caretas. Vas a recordar a Antonio Pedro, el hombre que cantaba igual, que se veía igual y que nunca negó ser quien todos pensaban que era. Y vas a preguntarte lo que millones se han preguntado durante casi 70 años. ¿Murió Pedro Infante el 15 de abril de 1957 o simplemente dejó de ser Pedro Infante? La respuesta sigue ahí afuera, en algún documento que nadie ha encontrado, en algún testimonio que nadie ha escuchado, en alguna verdad que alguien todavía guarda, esperando a que alguien la encuentre,
esperando a que alguien se atreva a contarla. Si esta historia te movió, si te hizo pensar, si te dejó con más preguntas que respuestas, dale like a este vídeo. Suscríbete para no perderte lo que viene, porque hay más historias como esta. Historias de ídolos que fueron cazados por los que decían protegerlos, de fortunas que desaparecieron en manos de los que menos las merecían, de misterios que nunca se resolvieron porque a nadie le convenía resolverlos.
de preguntas que nadie quiso contestar durante décadas, de ataúdes que se sellaron antes de que alguien pudiera ver lo que había adentro, de hombres idénticos que aparecieron cuando ya nadie los esperaba, de muertes que llamaron suicidios, aunque tuvieran 12 puñaladas, de verdades que permanecen enterradas esperando a que alguien las desentierre hasta ahora.
Pedro infante, el ídolo que todos querían muerto y la pregunta que nadie ha podido responder, ¿lo mataron o solo lo hicieron desaparecer?
News
Tras años de especulación, César Antonio Santis decide hablar a los 79 y enfrenta el rumor de una pareja secreta, revelando una verdad íntima que reordena su historia personalb
A los 79 años, César Antonio Santis decidió hacer algo que sorprendió incluso a quienes lo han seguido durante toda una vida…
Tras su divorcio: Fernando González revela por fin su nueva y feliz vida amorosa
Fernando González revela cómo cambió su manera de amar después del divorcio: una confesión honesta sobre segundas oportunidades, equilibrio emocional…
Quince años después de su divorcio, Tania Rincón finalmente dice lo que muchos intuían desde hace tiempo, provocando sorpresa, reflexión y un renovado interés por su historia fuera de cámaras.
Quince años después de su divorcio, Tania Rincón finalmente dice lo que muchos intuían desde hace tiempo, provocando sorpresa, reflexión…
A los 85 años, Alberto Vázquez demuestra que la verdadera sorpresa no está en la fama pasada, sino en la forma serena y consciente en que decidió vivir su presente
A los 85 años, Alberto Vázquez demuestra que la verdadera sorpresa no está en la fama pasada, sino en la…
Después de una vida marcada por la distancia, Liliana Rodríguez confirma a los 58 años que logró reconciliarse con su padre José Luis “El Puma” Rodríguez, cerrando una de las historias familiares más comentadas
Después de una vida marcada por la distancia, Liliana Rodríguez confirma a los 58 años que logró reconciliarse con su…
Detrás del mito: una investigación periodística revela historias incómodas, dinámicas de poder y secretos nunca aclarados en el entorno de Julio Iglesias
Detrás del mito: una investigación periodística revela historias incómodas, dinámicas de poder y secretos nunca aclarados en el entorno de…
End of content
No more pages to load





