Aparece en pantalla junto a su propia madre. El público alemán enloquece. Una niña con la frescura de Magda y los ojos enormes de su padre. Una promesa. Pero Rosemarie no quiere ser actriz. Quiere estudiar arte. Quiere viajar. Quiere ser libre. Su padrastro decide que va a ser actriz y aquí ocurre algo que nadie prevé, ni siquiera ella.

La niña de 15 años frente a la cámara es luminosa, natural, imposiblemente fotogénica. La industria del cine alemán, que necesita desesperadamente nuevas estrellas tras los años negros del nazismo, encuentra en ella exactamente lo que estaba buscando. Un rostro inocente, un rostro sin culpa. En 1955, cuando tiene apenas 16 años, le proponen el papel que cambiará su vida y la destruirá.

El papel es el de una emperatriz, una emperatriz adolescente, hermosa, ingenua, rebelde, una princesa Bárbara que se casa con el emperador Francisco José de Austria a los 16 años. Una mujer que el público europeo conoce con un solo nombre. Sí. El director Ernst Marishka busca una actriz tan parecida a la verdadera Isabel de Austria que el público no necesite imaginar nada.

La encuentra en Rosemaryie Albach, le cambia el nombre, la rebautiza. A partir de ahora ella se llamará Romy Schneider. La primera película de la trilogía Sisi estrena en la Navidad de 1955 y Europa entera enloquece. En Alemania se rompen récords de taquilla. En Austria, las salas de cine program a la medianoche para satisfacer la demanda.

En Italia, en Francia, en España, en toda América Latina, el rostro de la joven Romy se convierte en el rostro de una época. Y aquí empieza la trampa. Porque mientras Europa la abraza como a la nueva princesa, mientras los carteles de su cara empapelan ciudades enteras, mientras los regalos llegan a su casa por miles, Romy Schneider, a los 17 años ya está empezando a odiar al personaje que la hizo famosa.

Sí, sí era todo lo que ella no era. sumisa, dulce, casi tonta, una emperatriz de cuento que sonreía mientras el imperio se derrumbaba. Pero el público no quiere otra cosa y su padrastro, que ahora administra cada centavo de su carrera, tampoco hacen una segunda película. Más éxito, hacen una tercera. Récord absoluto de taquilla.

Y cuando después de la tercera le proponen una cuarta. Romy Schneider con apenas 19 años hace algo que nadie en su entorno ve venir. Dice que no. Tres palabras que cambian todo. Pero antes de seguir, antes de contarles cómo una emperatriz de pantalla decide huir de su propio reino y cruzar la frontera para encontrarse con el hombre que le rompería el corazón para siempre.
Queremos saber algo de ustedes. ¿Desde dónde nos están viendo? Cuéntenos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Romy Schneider acaba de decir que no a Sisi y Alemania entera no se lo perdona. La prensa se ensaña, la llaman ingrata, caprichosa, la acusan de creerse demasiado para el papel que la hizo famosa.La revista más leída del país publica un editorial brutal. La niña de Heidelberg ha olvidado quién la creó, pero ella ya tomó una decisión. Se va a París. París en 1958 es la capital del cine mundial. Es la ciudad de la novel Bague. Es donde nacen los nuevos lenguajes, las nuevas estrellas, las nuevas formas de filmar. Romy quiere todo eso.

Quiere ser una actriz de verdad, no una postal animada. Y un director italiano exiliado en Francia ha visto algo en ella que nadie más ha visto. Se llama Luchino Visconti. Es uno de los gigantes del cine europeo y le ofrece un papel en una película llamada Christine, una historia de amor, una tragedia romántica.

Romy acepta, vuela a París, llega al rodaje un lunes de invierno y ese lunes su vida se parte en dos porque su pareja en pantalla es un actor francés desconocido fuera de su país. Tiene 22 años. Es atractivo de una manera casi indecente. Tiene los ojos del color del Mediterráneo en un día sin viento y se llama Aline Delon.

La química es instantánea. Visconti, observando desde detrás de la cámara le susurra a su asistente algo que se volverá famoso años después. Estos dos no van a poder separarse aunque quieran. Tenía razón. A medio rodaje, Romy y Aline ya son inseparables. Almuerzan juntos, cenan juntos, pasean por las orillas del Sena hasta que sale el sol.

Ella, una alemana criada en internados católicos. Él, un francés huérfano emocional, hijo de un divorcio brutal, expulsado de tres colegios, exmarino paracaidista en la guerra de Indochina, dos mundos opuestos y un imán que nadie puede explicar. Para los periódicos alemanes, esto es la confirmación de la traición.

Romy Schneider, la pureza nacional, en brazos de un francés y no cualquier francés. Un actor sin clase, sin educación, sin pasado, a ella le da igual. En marzo de 1959, Alan Delon se arrodilla frente a Romy en un café de Roma y le pide matrimonio. Ella dice que sí. Él le pone un anillo de compromiso. Una pequeña esmeralda. Sale en todas las portadas del mundo.

Tienen 20 y 22 años y empieza la mejor época de la vida de Romy Schneider. Se mudan juntos a un departamento en París. Ella lo ayuda con su carrera. Le presenta a productores, le enseña disciplina, le enseña a tomar el cine en serio, a leer los guiones, a no llegar tarde, a respetar a los directores. Mientras tanto, su carrera francesa explota.

Visconti la dirige en una obra de teatro escandalosa. Una historia de incesto del siglo X. París queda boqui abierto. La niña de Sisi haciendo de hermana incestuosa. Las críticas son extáticas. Coco Chanel la elige personalmente para vestirla en cada estreno. Su rostro aparece en las portadas de Bogu The Life de Paris Match.

En esos años, Romy y Alane son la pareja más fotografiada de Europa, más que Brigit Bardot y Roger Badim, más que Sofía Lauren y Carlo Pontti. Salen en cada portada, aparecen en cada fiesta, se les ve cenando con Picasso en Can, con Brigit Bardau en San Tropé, con Jean Paul Sartre y Simón de Bovois en un café del barrio latino.

Coco Chanel, que adoptó a Romy casi como una hija, le presta vestidos exclusivos cada vez que sale a un estreno. Le regala perlas, le regala consejos, le regala una frase que Romy memoriza para siempre. Una mujer no se viste para los hombres, mi querida. Una mujer se viste para destruir a otras mujeres. Pero hay algo más.

Mientras Romy se convierte en una de las actrices más importantes de Europa, Aline Delon también está ascendiendo. Trabaja con Visconti, con Antonioni, con Clement. Está rodando algo que se llamará Roco y sus hermanos. Está rodando el eclipse, está rodando el gatopardo. Cada vez está menos en casa. Romy lo siente, no dice nada, sigue esperándolo.

A veces él vuelve, a veces no. Hay otras mujeres, hay rumores, hay fotos de él con una Starlett en Kan, con una modelo en Saint Tropé, con una bailarina en Roma. Romy lo perdona una y otra vez, porque ella, dirá años después, era de las que aman para siempre. Y mientras tanto, las traiciones de Alin se vuelven más serias. Hay rumores en 1962.

Hay una actriz alemana llamada Nico, que más tarde se hará famosa con el grupo musical Velvet Underground. Hay un romance no confirmado, pero documentado por varios biógrafos. Y sobre todo, hay una mujer francesa que está empezando a hacer cine. Una mujer divorciada, hermosa, dura. Se llama Natalie Bartelemy, será la futura Natalie Delon y será ella, según los biógrafos serios, la verdadera causa por la que Alin decide cortar definitivamente con Romy.

Pero Romy en México rodando una película mediocre todavía no sabe nada de esto. hacen planes. Quieren casarse en 1963, quieren tener hijos, quieren comprar una casa en el sur de Francia, pero un día, sin previo aviso, todo se rompe. Y tan Romy está rodando en México una película mediocre que aceptó solo por dinero.

Está exhausta, está sola, lo extraña terriblemente. Cada noche le escribe una carta. Cada noche cuenta los días que faltan para volver a verlo. Y entonces una mañana cuando vuelve a su hotel después de un día de rodaje agotador encuentra algo que no esperaba. En la mesa de la entrada hay un ramo enorme, 50 rosas rojas. Junto al ramo, un sobre.

dentro del sobre, una hoja escrita con una letra que ella reconoce inmediatamente. Es de Aline. La carta es corta, apenas unas líneas. Le dice que se ha enamorado de otra, le dice que lo siente. Le dice que ya se ha ido del departamento, le dice que no lo busque, le dice adiós. Romy se queda de pie sosteniendo la carta durante varios minutos.

No llora, no grita, solo se queda inmóvil. Una hora después vomita. Otra hora después vuelve a leer la carta como si no entendiera lo que dice. Otra hora después intenta llamar a un número de teléfono que nadie contesta. Tiene 24 años y le acaban de romper el corazón de la única forma que su corazón nunca podrá repararse.

Vuelve a París en avión. Está delgadísima. No ha comido en 4 días. Cuando entra al departamento que compartían, encuentra que Alen ya retiró todas sus cosas. Solo dejó algo en el centro del living, encima de la mesa. Es la pequeña esmeralda del anillo de compromiso. Romy lo recoge, lo guarda en una caja, lo guardará por el resto de su vida y los que la conocen bien empezarán a notar a partir de ese día algo que ya no la abandonará jamás, algo en la mirada, una tristeza de fondo, como si una parte de ella se hubiera quedado en

ese hotel mexicano para siempre, leyendo una carta que nunca debió haber existido. Tendrá amantes, tendrá maridos, tendrá hijos, tendrá premios. Pero su corazón ya pertenecía a alguien que se había ido. Y aquí es donde la historia de Romy Schneider, que el mundo conoce como un cuento de hadas, empieza a convertirse en otra cosa, algo más oscuro, algo más peligroso, algo que nadie sospecha todavía.

Después de la ruptura con Delón, Romy Schneider se hunde durante dos años. Adelgaza, bebe, trabaja en películas que no le importan, acepta papeles solo para no quedarse sola en su departamento. Acepta el dinero como un narcótico hasta que ocurre algo que nadie habría podido predecir. 1966, Berlín.

Romy está rodando una película de Orson Wells, una adaptación de Kafka, un papel pequeño pero brillante. En el set conoce a un hombre, es alemán como ella. Es director y actor de teatro. Es un intelectual, lleva lentes pequeños, viste con sobriedad, habla en voz baja. Se llama Harry Mayen. Es exactamente lo opuesto de Alan Delon.

Y eso en ese momento de su vida es exactamente lo que Romy necesita. Se enamoran rápido, se casan ese mismo año. En julio, la boda es discreta, casi clandestina. En un pueblito de la Costa Azul, solo ocho invitados, sin prensa. 5co meses después, en diciembre de 1966, Romy da a luz a su primer hijo. Lo llama David Christopher y por primera vez en su vida siente algo que se parece a la paz.

David tiene los ojos enormes de su madre, tiene la frente despejada de su padre, tiene una sonrisa lenta, tímida, que rara vez muestra. Romy lo adora con una intensidad que asusta a quienes la rodean. Cuando trabaja lo lleva al set. Cuando viaja lo lleva en el avión. Cuando la prensa le pregunta por sus proyectos, ella responde con una sola frase: “Mi único proyecto es David, pero la paz no dura.

Porque Harry Mayen, el hombre tranquilo del que se había enamorado, oculta una herida. Es un sobreviviente del régimen nazi. Cuando era joven, fue internado en un campo de concentración por su origen judío. Lo dejaron salir, pero lo que vivió allí adentro nunca lo abandonó. Tiene depresiones profundas, pasa días enteros sin hablar. Se encierra en su estudio.

Bebe Romy, que cree poder salvar a todo el mundo, intenta salvarlo a él. No puede. En 1969, después de 3 años de matrimonio que se han ido apagando como una vela en un cuarto cerrado, suena el teléfono en el departamento de Romy en París. Es Jack de Ray, un director francés. Le propone protagonizar una película.

Su pareja en pantalla le dice The Ray. Será Alen Delon. Romy mira el teléfono durante un minuto entero antes de contestar. Después dice que sí. La película se llama La piscina. Se rueda en una villa lujosa de San Tropé en pleno verano del 69. 10 días de rodaje, cuatro personajes, una piscina y los dos amantes más famosos de Europa reunidos por primera vez después de 6 años.

Lo que ocurre en ese set se convertirá en leyenda. Hay testigos que cuentan que la primera vez que Romy y Aline se vuelven a ver en el aeropuerto, ella tiembla físicamente, que él la abraza durante un minuto entero sin decir nada, que esa misma noche cenan solos en la villa antes de que llegue el resto del equipo.

Lo que pasa entre ellos durante el rodaje nadie lo dirá jamás, ni él ni ella. Pero las cámaras lo capturan. Las miradas, los silencios, la forma en que él la mira cuando ella sale del agua, la forma en que ella le acaricia la espalda, los besos que parecen demasiado reales. En el set de la piscina hay un episodio que cuenta el director Jack Deray.

Una tarde, después de una toma especialmente larga, Romy se va sola al fondo del jardín de la villa. Alan la sigue. Deray, sin querer los ve a través de una ventana del primer piso. Los dos están sentados en el borde de una fuente. Romy llora. Aline le pasa un brazo por encima del hombro. Hablan durante quizás 20 minutos. Después los dos se levantan, caminan de vuelta al set como si nada hubiera ocurrido y vuelven a sus marcas. La toma siguiente.

La escena en la que sus personajes se reencuentran después de muchos años sale perfecta a la primera. Los espectadores que ven hoy esa escena, sin saber lo que pasó detrás sienten algo. Sienten que ahí hay algo verdadero, algo que las cámaras capturaron por casualidad. Cuando la piscina se estrena en enero de 1969, la película es un éxito masivo en toda Europa.

Pero hay algo más, algo que el público intuye. Hay quien dice que la película no es ficción, que esos dos actores ahí en esa piscina están filmando una despedida y según algunos testimonios, eso es exactamente lo que es. Después del rodaje, Romy y Aline pasan una noche larga juntos en París. Hablan durante horas, se piden perdón, se prometen que serán amigos para siempre.

Cumplen esa promesa hasta el final. La piscina relanza la carrera francesa de Romy Schneider. De repente, los grandes directores la quieren a ella. Claudet la dirige en las cosas de la vida en 1970. Es un éxito enorme. La consagra se vuelve la actriz favorita de Sautet. Hacen cinco películas juntos. César y Rosalía. Mado.

Una historia simple, una mujer sencilla. Romy Schneider, que era una niña bienesa criada para ser estrella alemana, se convierte en una de las actrices francesas más importantes de su generación. En 1976 se crea oficialmente el premio César al mejor actor y a la mejor actriz. Romy gana la primera estatuilla. 3 años más tarde gana la segunda.

Es la primera actriz en la historia en recibir ese premio dos veces. Cloud Sed, que la dirige en cinco películas, dirá años después una frase que define todo. Romy no actuaba. Romy se desangraba en cada toma. Yo solamente la filmaba. La química entre ellos es tan fuerte que algunos críticos empiezan a hablar de un nuevo género de cine francés, el cine Sautet Schneider.

Películas íntimas urbanas sobre mujeres adultas que toman decisiones difíciles. Películas donde no pasa casi nada en la superficie, pero todo pasa por dentro. Películas que hoy se estudian en las escuelas de cine del mundo entero, pero su matrimonio con Harry Mayen está roto. Se separan en 1973, se divorcian 2 años después y aquí, en el medio del divorcio, conoce a otro hombre. Es su secretario personal.

Tiene 22 años, 11 años menos que ella. Se llama Daniel Viasini. es atractivo, callado, eficiente. Romy, que sigue sin poder soportar la soledad, se enamora de él en cuestión de semanas. Se casan en diciembre de 1975. En julio del 77 nace su segunda hija. La llaman Sarah Magdalena. Romy tiene 38 años.

Es la mejor actriz francesa de su tiempo. Tiene dos hijos sanos. Una casa en París, otra en Berlín. un marido joven y guapo. Y sin embargo, los que la conocen empiezan a notar algo. una sombra que crece, bebe demasiado, toma demasiados ansiolíticos, trabaja demasiado, duerme demasiado poco, llora sin razón, se ríe demasiado fuerte en las cenas, algo está mal, algo lleva años, quizás décadas intentando salir.

Pero lo que nadie puede prever todavía, lo que nadie ni siquiera puede imaginar, es que la vida de Romy Schneider está a punto de entrar en un capítulo tan oscuro que ni siquiera ella, que siempre se preparaba para lo peor, está preparada para lo que viene. El primer golpe llega en abril de 1979. Es una mañana cualquiera en Berlín.

Romy está rodando una película en París. Suena el teléfono en su camerino. Lo contesta su asistente y luego se queda en silencio y luego cuelga. La asistente entra al camerino con la cara blanca. Romy le dice, “Es Harry.” Harry se mató. El primer marido de Romy Schneider, el padre de su hijo David, el hombre depresivo del que ella había intentado huir 5 años antes, se acaba de ahorcar en su departamento de Hamburgo.

Tenía 54 años. David, el hijo de ambos, tiene 12. La noticia llega al niño una hora después. está en el colegio. Llaman a Romy a la sala del director. Ella vuela a Hamburgo el mismo día. Se encierra con el niño en una habitación de hotel day. Pasan dos días los dos solos, sin comer, sin hablar mucho, solo abrazándose en la oscuridad.

Después, Romy hace algo que no podrá perdonarse jamás. Se culpa. empieza a decirles a sus amigos que ella mató a Harry, que si no se hubiera ido de él, él seguiría vivo, que si hubiera sido más paciente, si hubiera sido más comprensiva, si lo hubiera amado mejor. Sus amigos le dicen que eso es absurdo, que Harry estaba enfermo, que su depresión era anterior a ella, durante ella y posterior a ella, que nadie podría haberlo salvado.

Pero Romy ha encontrado una nueva historia que contarse a sí misma y ya no la suelta. Sus amigos cuentan que en esos meses después del suicidio de Harry, Romy empezó a hacer algo extraño. Empezó a escribir cartas, cartas a personas que ya estaban muertas. Le escribió cartas a su padre, Wolf Albach Ready, que había muerto en 1967.

Le escribió cartas a Edit Piaf, que había sido amiga suya. Le escribió cartas a Harry. En su despacho de París encontraron después de su muerte una caja entera con esas cartas, decenas de páginas, algunas terminadas, otras a medio escribir, como si Romy estuviera empezando a hablar más con los muertos que con los vivos.

Empieza a beber más vino blanco frío durante el día. Whisky en las noches. Su marido, Daniel Viasini la acompaña al principio, después se cansa, después empieza a pasar fines de semana fuera de la casa. Después llegan las primeras infidelidades. Romy la soporta sin decir nada. Se enferma. Le diagnostican problemas serios en un riñón.

Se opera, le extirpan el riñón izquierdo en marzo de 1981. La operación es complicada. La recuperación es larga. Vuelve a casa con una cicatriz enorme, con dolor permanente, con un agotamiento físico que ya no la abandonará, pero sigue trabajando. Acepta una película que se llama El paseo de los cuervos. Después acepta otra dirigida por Bertran Tabernier.

Se mueve de set en set como si correr fuera lo único que la mantiene viva. David, mientras tanto, se está convirtiendo en un adolescente. Tiene 14 años. Es alto, delgado, parecido a su padre fallecido. Tiene los mismos ojos enormes que su madre. Es introvertido, dulce, callado. Adora a Romy de una manera casi fusional.

Cuando ella está triste, lo siente. Cuando ella llora, él aparece sin que nadie lo llame. Sus profesores dicen que es el alumno más sensible de su clase. Romy en una entrevista de esos meses dice algo que después se vuelve insoportable. David es la única razón por la que sigo respirando. Llega el verano de 1981. David quiere pasar unas semanas con sus abuelos paternos en Saint-Germain, en L, a las afueras de París, los padres del padrastro de David, Daniel Viasini, una casa hermosa, con jardín, con piscina, con una verja alta y antigua que rodea

la propiedad. Romy duda, no le gusta separarse de él, pero el niño insiste, quiere ver a sus abuelos, quiere nadar, quiere tener un poco de verano normal. Romy le da permiso. Hay un detalle del 5 de julio de 1980 y uno que rara vez se cuenta. Esa mañana, antes de que David partiera para la casa de los abuelos, madre e hijo desayunaron juntos en el departamento de París.

Romy le hizo huevos revueltos y le sirvió un jugo de naranja recién exprimido. David le pidió que le contara cómo era cuando ella era una niña en los Alpes. Romy se rió y se lo contó. Le habló de la nieve, le habló de los lagos congelados, le habló de su perro de la infancia, un pastor alemán al que llamaba Bobby. David escuchó todo con esa intensidad que le era propia.

Cuando Romy terminó, David le dijo algo que ella jamás olvidaría. Le dijo, “Mamá, cuando yo sea grande, voy a comprar una casa cerca de esos lagos y vamos a vivir ahí los dos. Vos no vas a tener que trabajar más. Yo te voy a cuidar. Romy le dio un beso en la frente. David se fue al auto que iba a llevarlo a Saint Germain en Lay.

Esa fue la última vez que ella lo vio con vida. El 5 de julio de 1980 y uno es un domingo cualquiera. David sale de la casa de los abuelos a media tarde, quiere hacer una pequeña travesura. Ha olvidado las llaves. La verja está cerrada. En vez de tocar el timbre, decide trepar la verja. Lo ha hecho otras veces.

La verja tiene 2 m de alto. Termina en puntas de hierro forjado, lanzas afiladas, decorativas. David se sube, salta hacia adentro. Algo falla, quizás resbala. Ah, ah, ah, quizás se le engancha la ropa. Quizás simplemente calcula mal, cae sobre las puntas de la verja. Una de ellas le perfora la arteria femoral y todo lo que viene después ocurre en el peor silencio del mundo.

Los vecinos lo encuentran minutos después. Llaman a una ambulancia. La ambulancia llega rápido, pero no lo suficiente. David muere en el camino al hospital. Tiene 14 años. Romy está en su departamento de París. Cuando recibe la llamada, Daniel se la pasa. Ella no entiende. Le piden que repita, le repiten y entonces algo se rompe dentro de ella, algo que nunca volverá a su lugar.

Llega al hospital corriendo, descalza, entra a la sala, ve el cuerpo de su hijo en una camilla y emite un grito que los enfermeros que estaban ahí esa noche jamás podrán olvidar. Un sonido que no es humano, un sonido animal, el sonido de una madre que acaba de perder a su único hijo. Si esta historia te está impactando, dale like. Ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas.

Lo que ocurre en los días siguientes está en blanco para Romy. Hay un velorio, hay un entierro. Entierran a David en un cementerio pequeño en un pueblito llamado Boy Sans Auar, a una hora de París. Es un cementerio rural casi escondido. Romy quiere que su hijo descanse en paz, lejos de los flashes y de los curiosos.

En el funeral, Romy no llora, camina como una sonámbula. saluda a la gente con una sonrisa rara, casi educada, como si estuviera recibiendo invitados a una cena. Algunos amigos cuentan después que pensaron que se iba a desmayar en cualquier momento, pero no se desmaya, se queda de pie hasta el final.

Y cuando todos se van, cuando los enterradores cubren la fosa con tierra, Romy se sienta sobre la lápida fresca, sola durante horas, habla con su hijo, le cuenta cosas, le pide perdón, le promete que pronto va a estar con él. Esa noche, según el chóer que la lleva de vuelta a París, no dice una sola palabra durante todo el trayecto. Entra a su departamento, cierra la puerta y empieza oficialmente los últimos 10 meses de su vida.

Daniel Viasini, su marido, ya no está. La pareja se ha separado meses antes. Romy está sola con su hija Sara, de 4 años, y con un nuevo compañero al que acaba de conocer, un productor francés llamado Laurent Pettin. Laurent intenta ayudarla, le hace de comer, la sienta al sol, la obliga a dar paseos, pero Romy ya no come.

Bebe vino blanco desde la mañana, toma pastillas para dormir, toma pastillas para despertarse. toma analgésicos para el dolor que le dejó la operación del riñón y sin embargo decide volver a trabajar. Hay una película que estaba programada para empezar a rodarse pocas semanas después de la muerte de David. La dirige Jax Rufio. Se llama La pasante del sin cuidado.

Está basada en una novela de Joseph Kessle. Es una historia sobre una mujer que pierde a un niño y dedica el resto de su vida a vengar esa pérdida. Sus amigos le dicen que no acepte. que es demasiado pronto, que ese papel la va a destruir. Romy acepta y le dice al director una cosa. Quiero dedicarle esta película a David.

Si no rodamos esta película, su muerte no significará nada. El rodaje empieza en septiembre de 1981, apenas dos meses después del accidente. Quien la ve trabajar en ese set cuenta cosas que cuesta creer. Romy llora antes de cada toma. Después se compone, entra en escena, hace su trabajo con una precisión sobrenatural.

Cuando el director grita Corten, vuelve a llorar. Un asistente cuenta que un día Romy se metió en su camerino, cerró la puerta y empezó a hablar en voz alta con alguien que no estaba. Estaba hablando con David, el maquillador del rodaje, cuenta otra escena. En el guion había una secuencia en la que el personaje de Romy debía abrazar a un niño rubio, un actor pequeño de unos 10 años.

Cuando llegó el día de filmar esa escena, Romy se puso pálida en su camerino. No salió durante una hora. Cuando finalmente salió, abrazó al niño una sola vez, dijo el diálogo de un tirón y se encerró otra vez. El director Jack Rufio decidió no pedirle una segunda toma. La que está en la película es la única que ella pudo hacer. Esa película se va a estrenar en abril del 82.

Romy va al estreno, sonríe para los fotógrafos, después vuelve a su departamento. Ya falta muy poco. Las últimas semanas de Romy Schneider están documentadas por algunas de las personas que estuvieron con ella. Sus testimonios, recogidos años después dibujan un retrato devastador. No duerme o cuando duerme son apenas dos o tres horas después de tomar varias pastillas a la vez, no come.

Cuando alguien insiste, prueba un poco de queso, un trozo de pan, después aparta el plato, bebe vino blanco frío casi siempre. A veces bodca, habla poco, pero cuando habla habla de David. Una amiga cuenta que un domingo de marzo del 82 fue a verla. Romy estaba en la cama vestida mirando el techo. Sin moverse, la amiga le preguntó si quería que llamara a un médico.

Romy le respondió, “No necesito un médico, necesito a David.” En esas últimas semanas, Romy empezó a regalar cosas. Le regaló su anillo favorito a una asistente, le regaló un vestido de Chanel a una vecina. Le regaló a su agente una caja entera con cartas viejas. Le regaló a Lauren Pettin un reloj que su padre le había regalado a ella cuando tenía 20 años.

Cuando alguien le preguntaba por qué hacía eso, ella respondía con una sonrisa pequeña, una sonrisa que ya había perdido toda la luz que había tenido alguna vez. Es porque ya no me va a hacer falta, decía. La gente lo escuchaba, pero nadie quería entender. Nadie quería ver lo que era evidente. A finales de abril viaja a Bois y San Sabois y pasa el día entero en el cementerio.

Ahí, junto a la tumba de su hijo, escribe en un cuaderno. Algunos relatos posteriores dicen que escribía cartas para él, cartas largas en las que le contaba lo que había pasado en la semana, cartas que después dejaba en una caja en su escritorio. Cuando vuelve a París, llama por teléfono a una persona que no había llamado en muchos años.

Llama a Alan Delón. La conversación dura más de dos horas. Nadie sabe exactamente lo que se dijeron. Delón, años después, dirás solo una frase. Romy se estaba despidiendo. Yo lo entendí en ese momento, pero no quise creerlo. Delón le ofrece ayuda. Le pide que lo deje verla. le ofrece llevarla a una clínica en Suiza para desintoxicarse.

Romy le dice que sí, que pronto, que la próxima semana. Esa próxima semana nunca llega. A principios de mayo del 82, Romy intenta tomarse unas vacaciones, va con Lauren Pettin a una casa que tienen en el campo, pasea, Lee, mira el horizonte durante horas. Una tarde, una de las hijas pequeñas de Laurent le pregunta por qué nunca sonríe.

Romy le responde con una sonrisa enorme. Porque me olvidé cómo se hace, mi amor, pero contigo voy a aprender de nuevo. La nena queda contenta. Romy esa noche llora hasta el amanecer. El 28 de mayo de 1982, es un viernes. Hace calor en París. Romy ha vuelto a la ciudad esa mañana. se reúne con su agente para hablar de un proyecto nuevo, una película de un joven director francés Cena con una amiga en un restaurante.

La amiga le dice después a la prensa que Romy comió poco, pero estaba relativamente animada. Hablaba de un viaje a Suiza, hablaba de Sara, hablaba del verano que se venía. A las 11 de la noche, Romy llega a su departamento de la Rue Barbet de Yi. Sara está dormida en la habitación de al lado al cuidado de una niñera. Laurent Petting no está.

Se ha quedado en otras ciudades anoche por trabajo. Le ha llamado a Romy a las 9. Le ha dicho que la quería. Rom ha dicho que ella también lo quería y que iba a intentar dormir temprano. Para ataden antes enoche por trabajo. No durmió. A medianoche abrió una botella de vino blanco, se sentó frente a su escritorio, sacó una hoja de papel, empezó a escribir.

Lo que escribió en esa hoja se ha publicado solo en parte y siempre con dudas sobre su autenticidad. Pero según los testimonios cercanos decía algo como esto. David, mi amor, ya no aguanto más. No quiero hacerle daño a Sara. Pero ahí se cortó. A las 5 de la mañana del sábado, según el informe forense, Romy Schneider murió.

La autopsia oficial determinará un paro cardíaco. La familia y los médicos rechazarán cualquier hipótesis de suicidio voluntario, pero los frascos de pastillas vacíos que se encontrarán cerca del escritorio dejarán siempre una sombra de duda. Lo más probable, según los biógrafos serios, es algo más trágico aún que un suicidio.

Un cuerpo que ya no quería vivir. un cuerpo que durante 10 meses había recibido demasiados ansiolíticos, demasiado alcohol, demasiados antidepresivos, demasiados analgésicos, un cuerpo de 43 años que parecía el de una mujer de 60. Un cuerpo que esa noche, después de la última copa de vino, después de la última pastilla, simplemente decidió que ya era suficiente.

Cuando Lauren Peden llega al departamento la mañana del 29, encuentra a Romy inclinada sobre el escritorio, la carta inacabada bajo su mano izquierda, la pluma todavía cerrada bajo sus dedos. La niñera en la habitación contigua no había escuchado nada. Sarah, de pacíficamente, pero lo peor no había llegado todavía.

La noticia explota en los medios franceses a las 10 de la mañana de ese 29 de mayo. Llega a las redacciones del mundo entero antes del mediodía. La reacción es global. En Italia, los noticieros interrumpen su programación. En Alemania, las cadenas pasan la película Sisi en señal de luto. En Estados Unidos, los grandes diarios publican notas tristísimas firmadas por sus corresponsales en París.

En España, las salas de cine que estaban exhibiendo películas de Romy organizes gratuitas en su memoria. En toda América Latina, los locutores de radio leen al aire la noticia con la voz quebrada. Pero la imagen que se quedará grabada en la memoria colectiva es otra. Es la imagen de un hombre esa misma tarde llegando solo a un cementerio pequeñito en las afueras de París.

Alane Delon llega en un auto sin chóer, sin guardaespaldas, sin prensa. Camina entre las tumbas. encuentra la lápida fresca de Romy, recién cubierta con tierra, se arrodilla y se queda ahí durante horas. Esa misma noche, Delon escribe en su casa una carta abierta, una carta dedicada a Romy, una carta que será publicada al día siguiente en una revista francesa famosa.

En esa carta, Aline Delon le dice por primera vez al mundo entero algo que llevaba 20 años guardándose. le dice que la amó, que nunca dejó de amarla, que su ruptura del 63 fue la peor decisión de su vida, que el ramo de 50 rosas y la nota fueron una cobardía que se llevará a la tumba. Le pide perdón.

Pero la frase de la carta que se ha citado mil veces, la frase que Francia entera memorizó esa semana, está casi al final del texto. Después de pedirle perdón por todo, Delón le escribe esto. Ahora estás con tu chiquito, mi muñequita, y por primera vez en muchísimos años espero que estés en paz. Esa palabra muñequita era la forma en que él la llamaba en privado durante los años de su relación.

una palabra íntima, una palabra que al usarla en una carta abierta leída por millones de personas en 30 idiomas, Delon convertía en una declaración. Estaba diciendo, sin decirlo del todo, que ella había sido y seguía siendo el amor de su vida. La carta se traduce a 30 idiomas, se cita en libros, en películas, en obras de teatro, pero a Romy ya no le sirve.

El funeral se celebra el 2 de junio. Está prohibido el acceso a la prensa. Solo familia y amigos cercanos. Magda Schneider, la madre, está ahí. Tiene 72 años. Acaba de enterrar a su única hija. Cuentan que durante la ceremonia se quedó de pie todo el tiempo sin sentarse, mirando el ataúd sin lágrimas. Una imagen casi insoportable.

Llueve esa tarde sobre Bois y Sanvois, una llovisna fina, casi triste, como sacada de una película de la propia Romi. Los pocos invitados se cubren con paraguas negros. El cura del pueblo, un hombre mayor que casi no la conocía, lee unas palabras breves en francés. habla de una mujer que dio mucho, que sufrió mucho, que ahora descansa al lado de su hijo.

Las cuatro o cinco personas que estaban más cerca del personaje real, los amigos íntimos, no dicen nada, no pueden hablar. Magda Schneider, parada al borde de la fosa, mira hacia el cielo gris durante el sermón entero, como si esperara que alguien allá arriba le diera una explicación. Aline Delonba, Daniel Viasini, Laurent Petinba, Sara, la pequeña hija de 5 años no va.

Le dirán que su mamá se fue de viaje. Tardarán años en explicarle la verdad. Romy enterrada en Boasi Sans Abuar junto a David, madre e hijo, exactamente como ella había prometido. Y hay un detalle más que muy pocas personas conocen. Cuando los enterradores cavaron la fosa de Romy en Boasí San Savoir, descubrieron algo que estaba previsto, pero que no estaba en los papeles oficiales.

La tumba de Romi no había sido excavada al lado de la de David, sino encima en el mismo terreno. La idea había sido suya, según le había dicho a Loren Pettin meses antes, que cuando ella muriera la enterraran lo más cerca posible de David, que aunque sus huesos descansaran un metro por encima del cuerpecito de su niño, le hacía falta saber que su cuerpo iba a estar arriba del cuerpo de su hijo, como cuando lo abrazaba en la cama de Chiquito, como cuando lo cubría del frío con su propio cuerpo. Algunos lloraron al saber esto.

Algunos no pudieron seguir leyendo la noticia. Algunos no pudieron seguir leyendo la noticia. Y aquí, en este cementerio rural, a una hora de París, la historia podría terminarse. Pero hay un detalle que casi nadie conoce. Un detalle que solo apareció en una entrevista hecha al sepulturero del cementerio. Años después.

Este hombre, ya retirado, contó algo que estremece. Él contó que durante los años que cuidó las tumbas de Romy y David, vio muchas veces a una mujer mayor venir al cementerio. La mujer venía sola. Llegaba en taxi siempre temprano por la mañana, antes de que abrieran. Esperaba en la puerta, fumando, hasta que el sepulturero le abría.

Después caminaba directamente hacia la tumba de los dos. Se sentaba ahí y leía en voz alta. leía a su nieto y a su hija. A veces eran cuentos infantiles los que David había leído de niño. A veces eran cartas que ella misma había escrito, escenas de viejas películas, recuerdos. El sepulturero contó que una de esas mañanas, sin querer, se acercó por casualidad y escuchó algo.

Magda Schneider, la mujer que había sido la actriz favorita de Hitler, la mujer que había sobrevivido a todos los escándalos políticos, la mujer cuya carrera había nacido de la sangre del siglo XX, le estaba leyendo a su hija muerta el guion de Sisi. El guion que había hecho famosa a Romy.

El guion que Romy había llegado a odiar. Magda lo leía entero, frase por frase, durante horas, frente a las dos lápidas, como si estuviera intentando devolverle a su hija el inicio, como si pudiera arreglar lo que ya no podía arreglar, como si leyendo otra vez ese papel, su hija pudiera volver a ser la niña luminosa de 16 años antes de que el mundo le hiciera todo lo que le hizo.

El sepulturero contó que escuchaba a Magda durante minutos sin moverse y después se iba. Magda Schneider siguió yendo al cementerio durante 14 años hasta su muerte en 1996. La enterraron lejos en Alemania. Su última voluntad, según dijeron sus abogados, era no estar enterrada cerca de su hija. Le tenía miedo al juicio.

Sabía que su sombra siempre había pesado sobre Romy. Sabía que ese internado, ese padrastro empresario, esa carrera empujada cuando su hija quería estudiar arte, ese personaje de Sisi que la persiguió toda la vida, todas esas decisiones empezaban en ella. Y al final, al final de todo, Magda eligió no estar al lado.

Eligió dejar a Romy con su hijo. Solos los dos, por fin en paz. Han pasado más de 40 años desde la muerte de Romy Schneider y sin embargo, su rostro sigue apareciendo cada año en las portadas, en los homenajes, en los carteles de los cineclubes, en los museos del cine. Su filmografía sigue creciendo en relevancia. Las generaciones nuevas descubren las cosas de la vida y se quedan sin palabras.

Descubren la piscina y entienden por primera vez qué es la química real entre dos actores. Descubren una mujer sencilla, la administradora, la pasante del sincuidado, y comprenden que estaban frente a una de las actrices más grandes que tuvo el cine europeo. En Francia, en 1984, 2 años después de su muerte, se crea oficialmente el premio Romy Schneider.

Es uno de los premios más importantes del cine francés para actrices jóvenes. Sigue otorgándose cada año. Carteles enormes con su rostro decoran cada ceremonia. Su nombre se ha convertido en un sinónimo. Un sinónimo de talento, de fragilidad, de coraje. Su hija Sara Magdalena Viasini, hoy adulta, también es actriz y escritora.

Hace pocos años escribió un libro hermoso y desgarrador sobre su madre. Un libro en el que cuenta lo que es crecer sin recordar a la mamá que el mundo entero recuerda. En ese libro, Sarah dice algo que conmueve. Dice que cuando la gente le pregunta por su madre, ella siempre responde lo mismo.

Yo no tengo recuerdos de ella, tengo recuerdos de las películas, tengo recuerdos de las fotos, pero la mamá que me dio el biberón a los 3 años, esa ya nadie me la puede devolver. Es la frase que resume mejor toda esta historia. Romy Schneider perdió mucho antes que el mundo. Perdió a un padre que casi no tuvo.

Perdió a una madre que nunca supo amarla bien. Perdió al hombre de su vida cuando tenía 24 años. Perdió a su primer marido en una soga. perdió a su único hijo en una verja de hierro forjado y al final perdió la batalla contra una tristeza que llevaba casi cinco décadas creciéndole adentro, pero algo no perdió. No perdió su huella.

Hoy, cuando una actriz joven en cualquier parte del mundo se prepara para un papel difícil, hay quienes dicen en los camerinos una frase rara, una frase que ya nadie sabe de dónde viene exactamente. Hay que ponerle el alma de Romy. Es decir, hay que entregar todo sin reservas. Hay que arriesgarse a romperse, hay que estar dispuesta a sufrir como ella sufría para que nada quede falso en la pantalla.

Cineastas tan distintos entre sí como Pedro Almodóar, Wong Car White o François Ozon han citado a Romy Schneider como una influencia decisiva. Almodovar dijo en una entrevista que cuando dirigía a Penélope Cruz en Bolber le pidió que viera tres veces seguidas una historia simple que ahí estaba todo. La forma en que una mujer en pantalla puede llorar sin llorar, sufrir sin sufrir, romper a un público sin levantar la voz.

En Francia, en cada festival de cine, en cada retrospectiva, en cada lista de las mejores actrices europeas del siglo XX, su nombre aparece siempre, no como una nostalgia, como una referencia viva. Las nuevas generaciones de actrices que ni siquiera nacieron cuando ella murió hablan de Romy Schneider como si la hubieran conocido, como si todavía estuviera ahí en algún plano cercano de alguna película que vieron una noche y que las marcó para siempre.

Hay un detalle que casi nadie cuenta. En el departamento donde murió, en la Red Barbet de Yui, la nueva inquilina que se mudó años después contó algo extraño. Decía que a veces en el escritorio de la sala encontraba pequeños objetos que ella no había puesto ahí. Una pluma, una hoja en blanco doblada en cuatro, un alfiler dorado.

Cosas mínimas, cosas que una mujer que escribía cartas habría podido dejar olvidadas. Probablemente no significa nada. Probablemente solo es la imaginación de una persona que sabía quién había vivido antes en esas paredes. Pero a veces los lugares guardan a quienes los amaron y a quienes sufrieron en ellos. Y aquí, mirando hacia atrás esta vida que parece, capítulo por capítulo, una tragedia griega, hay una pregunta que es imposible no hacerse.

¿Cuántas veces puede romperse una persona antes de que ya no pueda seguir? ¿Hasta dónde podemos cargar el peso de los muertos sin dejar de respirar nosotros? Y nosotros, ustedes que nos están viendo ahora mismo, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestros sueños? ¿Por la fama? ¿por el amor de un hombre? ¿Por hacer feliz a alguien que quizás no querríamos hacer feliz si nos atreviéramos a escucharnos a nosotros mismos? Romy Schneider no eligió. Sis.

Romy Schneider no eligió a Line Delon. Romy Schneider noigió perder a su hijo, pero pasó toda su vida cargando esas decisiones que otros habían tomado por ella. Quizás ese sea el verdadero peligro de su historia. No la fama, no el éxito, no la tragedia, sino lo que les pasa a los seres luminosos cuando otros deciden por ellos demasiadas veces, demasiado pronto, durante demasiados años.

Romy Schneider tenía 43 años cuando murió. Si estuviera viva hoy, hubiera cumplido 87. Hubiera podido ver a su hija convertirse en escritora, hubiera podido conocer a sus nietos. Hubiera podido descubrir que quizás la felicidad también existía para ella en algún capítulo lejano que la vida le robó antes de tiempo, no la dejaron llegar hasta ahí.

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También tuvo todas las riquezas del mundo. También fue traicionada por las personas que decían amarla, pero su tragedia, aunque parezca imposible, fue todavía más oscura que la de Romy Schneider. Una tragedia que durante décadas la familia más rica del planeta intentó borrar de la historia.