4:23 de la tarde. Un médico le dice a Diego que su hijo de 7 años tiene 3 horas de vida si no recibe una transfusión de sangre. Diego es anciano de congregación testigo de Jehová. Durante 15 años defendió la doctrina que prohíbe transfusiones, dio discursos, visitó familias en hospitales, enseñó que es mejor morir fiel que vivir desobedeciendo.
Y ahora ese mismo hijo que él entrenó para rechazar sangre está muriendo. A las 5 de la tarde llegan tres ancianos al hospital. No vienen a apoyar, vienen a asegurarse de que Diego no traicione a Jehová. A las 6, Diego entra a ver a su hijo. Sebastián le dice con voz débil, “Papá, no quiero morir. Tengo miedo.
” Cuatro palabras que destruyeron 15 años de adoctrinamiento. Este es el testimonio de Diego Ernesto Salazar Méndez. Eran las 4:23 de la tarde del 17 de junio de 2024. Acababa de llegar al Hospital General de Monterrey corriendo desde mi trabajo. Mi esposa Valeria me había llamado 20 minutos antes con la voz quebrada. Diego, hubo un accidente.
Sebastián está en cirugía. Ven rápido. El médico me encontró en la sala de espera. Era un hombre de unos 50 años con expresión seria. Me llevó a un cuarto privado. Valeria ya estaba ahí con los ojos rojos de llorar. “Señor Salazar”, me dijo el médico sin rodeos. Su hijo tuvo una hemorragia interna severa por el impacto.
Hemos controlado la hemorragia, pero perdió mucha sangre. Necesita una transfusión urgente. Sin ella no sobrevivirá más de 3 horas. Con la transfusión tiene un 95% de probabilidad de recuperación total. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Durante 15 años, como anciano de congregación, había defendido la doctrina de la sangre de los testigos de Jehová.
había dado discursos explicando por qué rechazar transfusiones era obedecer a Jehová. Había visitado a familias en hospitales para fortalecerlas en su decisión de no aceptar sangre. Había enseñado a mi propio hijo desde que era pequeño, que Jehová prohibía tomar sangre y que era mejor morir fiel que vivir desobedeciendo.
Y ahora ese mismo hijo estaba a 3 horas de morir si yo no autorizaba lo que llevaba 15 años enseñando que era pecado. Doctor, le dije con la voz temblorosa, nosotros somos testigos de Jehová. No aceptamos transfusiones de sangre. El médico me miró con una mezcla de incredulidad y frustración. Señor Salazar, su hijo tiene 7 años.
Va a fallecer si no recibe sangre. ¿Lo entiende? Lo entiendo. Respondí, aunque mi voz no sonaba tan segura como quería. Entonces, me está diciendo que prefiere que su hijo fallezca antes que recibir un tratamiento que lo salvaría. No respondí. Valeria tampoco dijo nada. Nos habían entrenado para este momento durante toda nuestra vida.
Habíamos firmado documentos de voluntad anticipada rechazando transfusiones. Habíamos llevado tarjetas en nuestras billeteras identificándonos como testigos que no aceptan sangre. Sebastián mismo llevaba una en su mochila escolar, pero este era mi hijo, mi único hijo, el niño que había nacido después de 5 años de esperar, el niño que me abrazaba cada noche antes de dormir, el niño que quería ser como yo cuando creciera.

“Necesito hablar con mi esposa”, le dije al médico. Él asintió. Tienen 2 horas y media. Después de eso será demasiado tarde. Salió del cuarto. Valeria y yo nos quedamos solos. Ella se lanzó a mis brazos y comenzó a llorar. Diego es nuestro bebé. Soyoso. Es nuestro bebé. Lo sé. Pero si aceptamos la sangre seremos expulsados.
Perderemos todo. Lo sé. ¿Qué hacemos? No tenía respuesta. Me senté en una silla con la cabeza entre las manos. Mi mente era un torbellino. Por un lado estaba la doctrina que había defendido durante 15 años. Por el otro estaba mi hijo muriendo. A las 5 de la tarde llegaron tres ancianos de mi congregación. Alguien les había avisado del accidente.
Vinieron a apoyarnos. Pero yo sabía lo que eso significaba. vinieron a asegurarse de que no aceptáramos la transfusión. El hermano Javier, coordinador del cuerpo de ancianos, me puso una mano en el hombro. Hermano Diego, sabemos que este es un momento difícil, pero Jehová está viendo tu fidelidad.
Esta es tu oportunidad de demostrar que lo amas más que a tu propia vida. El hermano Carlos, que había sido mi amigo desde hacía 10 años, añadió, “Recuerda, Hechos 15:29, abstenerse de sangre es un mandato claro.” Y el hermano Miguel, el más joven de los tres, me recordó, “Si aceptas la transfusión, serás expulsado. Tú lo sabes.
Has estado en comités judiciales. ¿Sabes cómo funciona esto?” Los tres se quedaron ahí en la sala de espera vigilando. No dijeron que estaban vigilando, pero eso era exactamente lo que hacían. Se quedaron para asegurarse de que yo tomara la decisión correcta. A las 5:30, una enfermera me dijo que Sebastián estaba despierto y preguntaba por mí.
Me dejaron entrar a verlo por 5 minutos. Mi hijo estaba en una cama de hospital conectado a tubos y monitores.Su piel estaba pálida, sus labios sin color, pero cuando me vio intentó sonreír. “Papá”, me dijo con una voz débil que apenas podía escuchar. Me arrodillé junto a su cama y tomé su manita. Estaba fría. “Estoy aquí, hijo. Estoy aquí, papá.
No quiero morir”, me dijo. Y sus ojos se llenaron de lágrimas. Tengo miedo. Esas cuatro palabras destruyeron 15 años de adoctrinamiento en un instante. Papá, no quiero morir. Tengo miedo. Mi hijo de 7 años, el niño que yo había criado para ser testigo de Jehová fiel, me estaba diciendo que tenía miedo de morir. Y yo, su padre, el anciano que había enseñado que era mejor morir fiel que vivir desobedeciendo, tenía en mis manos el poder de salvarlo.
“No vas a morir”, le dije besando su frente. “Te lo prometo, no vas a morir.” Salí de la habitación con una claridad que nunca había sentido en mi vida. Los tres ancianos me esperaban en la sala. Valeria también me miraron esperando que les dijera lo que iba a hacer. Voy a firmar la autorización”, dije. El hermano Javier dio un paso hacia mí.
“Diego, piénsalo bien. Si haces esto, ya lo pensé. Serás expulsado. Lo sé. Perderás tu privilegio como anciano. Perderás tu familia. Perderás tu congregación. Perderás todo. No le dije mirándolo a los ojos. Si dejo morir a mi hijo, perderé todo. Esto no es perder nada. Esto es salvar lo único que importa.
El hermano Carlos intentó otro enfoque. Hermano Sebastián puede resucitar. Jehová lo resucitará en el paraíso. Pero si desobedeces ahora, ¿cómo vas a explicarle en la resurrección que lo traicionaste? Esa lógica retorcida me había parecido razonable durante años. Ahora me parecía monstruosa. Si hay un Dios, le respondí, estoy seguro de que prefiere que mi hijo viva ahora que esperar a una resurrección que tal vez nunca llegue.
Me di la vuelta y fui a buscar al médico. Eran las 6:47 de la tarde. Tenía 13 minutos antes del límite de 3 horas. Firmé la autorización con la mano temblando. El médico no perdió tiempo. A las 7:15, Sebastián estaba recibiendo la transfusión. Los tres ancianos se fueron del hospital sin despedirse.
Valeria se quedó conmigo en silencio, agarrando mi mano. No sé si estaba de acuerdo con mi decisión o si solo estaba aterrada de lo que vendría después. Pero se quedó. A las 9 de la noche, el médico nos dijo que Sebastián estaba estable, la transfusión había funcionado. Iba a vivir. Lloré como no había llorado en años. Valeria lloró conmigo.
Nuestro hijo iba a vivir, pero al día siguiente comenzó la pesadilla. Mi nombre es Diego Ernesto Salazar Méndez. Tengo 41 años. Nací en Monterrey, Nuevo León. En una familia de testigos de Jehová de segunda generación, mis padres se convirtieron en los años 80. Me bauticé a los 16. A los 26 fui nombrado anciano de congregación, uno de los más jóvenes de la región.
Mi esposa Valeria era pionera regular, su padre era superintendente de circuito. Éramos la familia modelo. Durante 15 años como anciano, participé en docenas de comités judiciales. Ayudé a expulsar a personas por adulterio, por fumar, por cuestionar doctrinas. Di cientos de discursos. Supervisé el ministerio de campo, enseñé estudios bíblicos, defendí cada doctrina de la Watch Tower convicción total, especialmente la doctrina de la sangre.
La organización nos enseña que Jehová prohibió comer sangre en Génesis 9:4. Reiteró la prohibición en Levítico 17:10 y la confirmó en Hechos 15:29 cuando el cuerpo gobernante apostólico ordenó a los cristianos abstenerse de sangre. Según la Watch Tower, esto incluye las transfusiones de sangre. Aceptar una transfusión es violar la ley de Dios.
Es mejor morir fiel que vivir habiendo desobedecido. Yo creía eso, lo predicaba. lo defendía hasta que tocó a mi hijo. Al día siguiente del accidente, el 18 de junio, me citaron a una reunión con el cuerpo de ancianos. No fue una reunión pastoral, fue un interrogatorio. Seis ancianos sentados frente a mí con expresiones de decepción y juicio.
Diego, ¿es verdad que autorizaste una transfusión de sangre para tu hijo?, preguntó el hermano Javier. Sí. ¿Sabes que eso viola directamente el mandato de Hechos 15:29? Hechos 15:29 habla de abstenerse de comer sangre de animales sacrificados. Respondí, no habla de medicina moderna. La organización ha explicado claramente que incluye las transfusiones.
“La organización ha cambiado esa doctrina varias veces.” Dije, “Antes prohibían todas las fracciones de sangre. Ahora permiten algunas. ¿Cuántas personas fallecieron rechazando fracciones que ahora son permitidas? El hermano Javier se puso rígido. No estamos aquí para discutir doctrina. Estamos aquí porque violaste un mandato claro.
¿Te arrepientes? No entiendes que serás expulsado? Sí. y prefiero ser expulsado que enterrar a mi hijo. Me expulsaron esa misma noche. El anuncio se hizo el domingo siguiente en la congregación. Valeria estaba presente. Me contódespués que solo dijeron mi nombre y que ya no era testigo de Jehová. A partir de ese momento, todos debían evitarme completamente.
Mis padres me llamaron al día siguiente. La conversación duró 2 minutos. Diego, tomaste una decisión. Ahora vive con las consecuencias. No vuelvas a llamarnos. Y colgaron. Mis dos hermanos me bloquearon de todos lados. Los padres de Valeria, especialmente su padre, el superintendente, le exigieron que se divorciara de mí.
Le dijeron que yo era un apóstata traidor que había puesto la vida física por encima de la espiritual, que había asesinado espiritualmente a Sebastián al hacerlo tomar sangre. Valeria estaba desgarrada. Durante tres meses vivimos en la misma casa, pero como extraños. Ella seguía asistiendo a las reuniones.
Sebastián, que ya estaba completamente recuperado, la acompañaba, pero yo me quedaba en casa. Una noche, a finales de agosto, Sebastián vino a mi cuarto antes de dormir. Se sentó en la orilla de mi cama con expresión confundida. Papá, ¿por qué ya no vamos juntos a las reuniones? Porque ya no soy testigo de Jehová, hijo. ¿Por qué? porque salvé tu vida y la organización dice que eso estuvo mal.
Sebastián procesó eso en silencio durante un momento. Luego me preguntó algo que nunca olvidaré. Papá, Jehová quería que yo me muriera. No supe qué responder. Según la doctrina que había enseñado durante 15 años, la respuesta era, Jehová quiere obediencia y si eso significa tu muerte, entonces sí. Pero yo no podía decirle eso a mi hijo de 7 años.
No, Sebastián, Dios no quería que murieras. Entonces, ¿por qué los hermanos dicen que hiciste algo malo al salvarme? Porque ellos ponen las reglas de la organización por encima de las personas. Sebastián se quedó pensando, “Papá, yo no quiero volver a las reuniones.” Valeria escuchó esa conversación desde el pasillo. Esa noche, por primera vez en tres meses, vino a hablar conmigo.

Diego Sebastián no quiere volver a las reuniones, me dijo. Lo sé, lo escuché. ¿Qué vamos a hacer? No sé qué vas a hacer tú. Yo ya tomé mi decisión. Salvé a mi hijo, no me arrepiento. Valeria empezó a llorar. Yo tampoco me arrepiento de que lo salvaras, pero tengo miedo. Toda mi familia es testigo de Jehová. Si me voy, los pierdo a todos. La abracé.
Ya los perdiste. Cuando me expulsaron a mí, te pusieron en una posición imposible. O tu esposo o la organización. Si ellos te amaran de verdad, nunca te habrían puesto en esa situación. Durante las siguientes semanas, algo inesperado comenzó a pasar. Una doctora del hospital, la doctora Patricia Cordero, empezó a visitarnos.
Ella había estado presente el día del accidente. Había visto a los ancianos presionándome. Había escuchado mi decisión de salvar a Sebastián y ahora venía a visitarnos a casa. La doctora Patricia era católica, tenía 45 años, era oncóloga y había tratado a varios pacientes testigos de Jehová que habían fallecido rechazando transfusiones.
Me contó que cada vez que perdía a un paciente por esa razón, le dolía profundamente. Pero cuando vio que yo había elegido salvar a mi hijo, sintió esperanza. Diego me dijo una tarde mientras tomábamos café en mi sala, quiero contarte algo sobre mi fe. En la Iglesia Católica creemos que Dios es el Dios de la vida, no de la muerte.
Jesús vino para que tengamos vida y vida en abundancia. Él sanó en sábado violando la ley judía, porque la vida es más importante que las reglas. Tú hiciste lo mismo. Pusiste la vida de tu hijo por encima de una regla humana. Sus palabras me impactaron. Regla humana. Sí, porque Hechos 15:29 habla de abstenerse de comer sangre de animales sacrificados a ídolos.
Era una regla dietética para los primeros cristianos que vivían entre gentiles. Aplicarlo a medicina moderna es una interpretación humana, no un mandato divino. Le conté que había sido anciano durante 15 años, que había defendido esa doctrina, que había visto familias sufrir por ella. Y ahora le dije, “No sé qué creer. Si la organización mintió sobre esto, ¿en qué más mintió? La doctora Patricia me invitó a asistir a una misa católica.
Solo ven a observar. No tienes que comprometerte con nada. Solo ven a ver cómo adoramos. El 15 de agosto de 2024, a las 11 de la mañana, Valeria, Sebastián y yo fuimos a nuestra primera misa católica juntos. Era la fiesta de la Asunción de María. La parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe estaba llena de familias.
Nos sentamos hasta atrás observando todo. La misa era completamente diferente a nuestras reuniones en el salón del reino. Había cantos, lecturas, incienso, genuflexiones. Y luego llegó la consagración. El sacerdote alzó el pan y dijo, “Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros.” Alzó el cáliz y dijo, “Esta es mi sangre que será derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados.
” Sebastián, que estaba sentado entre Valeria y yo,se inclinó hacia mí y me susurró, “Papá, mira, ese señor tiene una caja dorada.” Estaba señalando el sagrario donde se guarda la Eucaristía. Sí, hijo, es el sagrario. ¿Qué hay adentro? Los católicos creen que Jesús está ahí. Sebastián miró el sagrario con curiosidad.
Luego me dijo algo que me rompió. Papá, aquí siento que Jesús está contento de que yo esté vivo. Me quedé paralizado. Mi hijo de 7 años, que había estado a horas de fallecer dos meses antes, me estaba diciendo que sentía que Jesús estaba contento de que él viviera. Y yo que había pasado 32 años en una religión que le habría dejado morir.
No sabía que responder. Lloré durante toda la misa. Valeria también. No eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de liberación. Después de la misa nos acercamos al sacerdote, se llamaba padre Tomás Reyes. Le contamos nuestra historia completa, que éramos extestigos de Jehová, que yo había sido expulsado por salvar a mi hijo, que estábamos buscando respuestas.
El padre Tomás nos escuchó sin interrumpir. Cuando terminamos nos dijo, “Diego, Valeria, Sebastián, lo que hiciste fue lo más cristiano que pudiste hacer. Pusiste el amor por tu hijo por encima de una regla humana. Eso es exactamente lo que Jesús habría hecho. Y él te está esperando aquí en la Eucaristía con los brazos abiertos.
nos invitó a las clases de catecismo para adultos. Durante los siguientes meses estudiamos la fe católica. Aprendimos sobre la Eucaristía, la presencia real de Cristo. Aprendimos sobre la confesión, los sacramentos, María, los santos. Aprendimos sobre los padres de la Iglesia que confirmaban todas estas doctrinas desde el año 100 después de Cristo.
Y sobre todo aprendimos algo que nunca nos habían enseñado en los testigos de Jehová, que Dios nos ama incondicionalmente, que no tenemos que ganarnos su amor con obras, con horas de predicación, con obediencia ciega a una organización, que Jesús ya pagó todo en la cruz, que la salvación es un regalo, no un salario. El 8 de diciembre de 2024, fiesta de la Inmaculada Concepción, Sebastián y yo fuimos recibidos en la Iglesia Católica.
Sebastián hizo su primera comunión ese mismo día. Ver a mi hijo de 7 años, recibir a Cristo en la Eucaristía, ver cómo cerraba sus ojos en paz, ver cómo sonreía después de comulgar. Fue el momento más hermoso de mi vida. Valeria se quedó en las clases de catecismo 3 meses más. Tenía miedo. Su familia la estaba presionando brutalmente.
Su padre, el superintendente, la amenazó con muerte espiritual si se hacía católica. Pero el 8 de marzo de 2025, 3 meses después de que Sebastián y yo fuimos recibidos, Valeria también se convirtió. Ese día perdió a toda su familia. Sus padres le dijeron que estaba muerta para ellos. Sus hermanos la bloquearon, pero ganó algo más valioso. Ganó paz.
Mi vida hoy no es fácil. Perdí a mis padres, mis hermanos, mis amigos de 30 años. Perdí mi negocio de construcción porque el 60% de mis clientes eran testigos de Jehová. He tenido que empezar de cero económicamente. Durante los primeros 5 meses después del accidente, tenía pesadillas recurrentes donde veía a Sebastián muriendo mientras yo obedecía a los ancianos.
Pero tengo a mi hijo vivo, tengo a mi esposa conmigo, tengo a Cristo en la Eucaristía, tengo una iglesia que valora la vida, no la muerte. Tengo paz con mi conciencia. Hace dos semanas, Sebastián, que ahora tiene 8 años, me dijo algo mientras manejábamos a casa después de misa. Estábamos escuchando música en el auto y de repente me preguntó, “Papá, ¿te arrepientes de haberme salvado?” “¿Qué? Hijo, ¿por qué me preguntas eso? Porque perdiste a tus papás, perdiste tu trabajo, perdiste todo.
Detuve el auto en el estacionamiento de un supermercado. Me di la vuelta para mirarlo a los ojos. Sebastián, escúchame bien. Tú eres mi hijo. Eres lo más importante que tengo en este mundo. Si tuviera que tomar esa decisión mil veces, mil veces elegiría salvarte. No perdí todo, gané todo porque tú estás vivo.
Sebastián me abrazó desde el asiento trasero. Gracias, papá. Esa noche, después de acostar a Sebastián, me arrodillé frente al pequeño altar que tenemos en casa. Tenemos una imagen del Sagrado Corazón, un crucifijo y un rosario que la doctora Patricia nos regaló. Y oré por primera vez en mi vida sin miedo de estar equivocado, sin miedo de decir algo que la organización no aprobaría. Señor, oré.
Gracias por darme el valor de salvar a mi hijo. Gracias por mostrarme que tú eres el Dios de la vida, no de la muerte. Gracias por traernos a la iglesia y perdóname por los años en que defendí una doctrina que pudo haberle costado la vida a mi hijo. Sentí paz, una paz profunda que nunca había sentido en 32 años como testigo de Jehová.
Mi nombre es Diego Ernesto Salazar Méndez. Tengo 41 años y estoy agradecido de haberme convertido al catolicismo. Perdí una organización quevaloraba más las reglas que las vidas, pero gané una iglesia que me enseñó que Dios es amor, no ley. Las historias reales tienen el poder de transformar vidas. La que acabas de escuchar puede ser el inicio del cambio en la vida de alguien más.
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