¿Recuerdan a este hombre? [música] Se llama Miguel Torres y se jugó la vida con tal de vengar su negocio. El olor a masa quemada todavía flotaba sobre las cenizas cuando Miguel Torres juró que alguien pagaría. No con abogados, no con denuncias que nadie leería, sino con las mismas manos que durante 23 años habían amasado tortillas para medio apatzingán.
Lo que el cártel Jalisco Nueva Generación no calculó fue que este hombre de 52 años conocía cada callejón. Cada ruta de escape, cada escondite de una ciudad que había recorrido en bicicleta repartiendo tortillas desde los 14 años. Tampoco calcularon que tenía acceso a algo más peligroso que cualquier arma, cal viva industrial, la misma que usaba para el nixtamal, mezclada con conocimiento químico que había aprendido de su abuelo molinero.El martes pasado, cuando los federales finalmente lo detuvieron en el mercado municipal, donde había empezado a trabajar de niño, encontraron un cuaderno con 14 nombres tachados y una frase repetida en cada página. El maíz también sabe vengarse. Apatzingán de la Constitución, ciudad de 120,000 almas enclavada en la tierra caliente de Michoacán, donde el termómetro rara vez baja de 30 gr y el aire huele a mango maduro desde marzo hasta junio.
Capital Mundial del Limón, dicen los letreros a la entrada del municipio. Orgullosos de una industria que emplea a miles y exporta a docenas de países. Capital del miedo susurran los que viven ahí cuando están seguros de que nadie más escucha. Cuando las puertas están cerradas y las ventanas tienen las cortinas corridas.
Durante décadas, esta tierra fértil ha sido codiciada por quienes ven en ella no cultivos, sino rutas, no comunidades, sino territorios que conquistar y explotar. Los cárteles han pasado como plagas bíblicas, dejando muerte y destrucción a su paso. La familia michoacana primero con su retórica pseudoreligiosa y sus ejecuciones públicas que pretendían ser justicia divina.
Luego los caballeros templarios, excisión de la anterior, con sus rituales extraños y su control absoluto sobre la economía local durante años que parecieron eternos. Ahora el CJNG, el cártel Jalisco Nueva Generación, disputando cada esquina, cada negocio, cada peso que circula en la región con los restos fragmentados de lo que fue el poder templario.
La violencia en tierra caliente no es noticia, es paisaje. Es el ruido de fondo contra el cual transcurre la vida cotidiana de quienes no tienen opción de irse a otra parte. Los que se quedan aprenden a vivir con ella, como se aprende a vivir con el calor sofocante del verano, no porque les guste, sino porque no hay alternativa real.La tortillería La Esperanza estaba en la calle Morelos número 847, a tres cuadras del mercado municipal Constitución de 1814. No era la más grande de Apatzingán, ni la más moderna, ni la que vendía más barato, pero sí era la más antigua que seguía operando bajo el mismo dueño, la misma familia, la misma receta que había pasado de generación en generación como se pasan las escrituras de una propiedad o los secretos de un oficio.

El abuelo de Miguel, don Cresencio Torres Villaseñor, la había fundado en 1956 con un molino de piedra volcánica traído desde Páscuaro en una carreta que tardó 3 días en recorrer los caminos de terracería que entonces conectaban los pueblos de Michoacán. Crescencio había pagado ese molino con ahorros de 15 años, trabajando en los campos de caña de los ascendados locales, levantándose antes del amanecer para cortar caña, hasta que el sol del mediodía hacía imposible seguir, descansando apenas unas horas antes de volver al trabajo,
hasta que oscurecía. Ese molino representaba la libertad, la posibilidad de ser dueño de algo, de trabajar para sí mismo en lugar de enriquecer a otros. Cresencio no sabía leer ni escribir cuando lo compró, pero conocía el maíz como conocía su propia respiración. Sabía cuánta cal agregar al nixtamal para que la masa saliera perfecta.Sabía cuánto tiempo dejar reposar el grano antes de molerlo. Sabía reconocer por el olor, por la textura, por el color, si la tortilla sería buena o si algo había salido mal en el proceso. El padre de Miguel, Aurelio Torres Mendoza, heredó el negocio en 1972, cuando Cresencio empezó a perder la vista por cataratas que nunca se
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