
Vicente Fernández: El ASQUEROSO Secreto que lo Unía a Antonio Aguilar… Nadie Debía Saberlo Jamás
17 de febrero de 1940, o en Titán, el Alto, Jalisco. Afuera del hospital, el barrio huele a tierra mojada y a leña. El ranchero José Ramón Fernández Barba se sienta en un banco de madera y espera. Adentro, María Paula Gómez Ponce da a luz a su hijo, un niño al que van a llamar Vicente. un niño que nace en uno de los rincones más olvidados de Guadalajara, en un pueblo pegado a la barranca, donde el polvo en verano lo cubre todo y el frío en enero entra por las rendijas de las paredes.
Nadie en ese cuarto, ni la partera, ni el padre, ni la madre exhausta, podía saber que ese niño iba a terminar siendo la voz más reconocible de México en el siglo XX. Pero mientras ese niño daba sus primeros gritos en Gen Titán, el Alto, en otro rincón del país, otro hombre ya llevaba 21 años de vida. 21 años de ventaja de canciones de nombre forjado.
Su nombre era José Pascual Antonio Aguilar Márquez Barraza. Había nacido el 17 de mayo de 1919 en Villanueva, Zacatecas. Había crecido en una hacienda de Tayua, la casa grande, construida en 1596, donde los caballos eran parte del paisaje igual que el viento. Ese hombre ya sabía montar, ya sabía cantar. Y en 1940, mientras Vicente Fernández abría los ojos por primera vez, Antonio Aguilar ya estaba en Hollywood estudiando canto. Guarda esta imagen.
Un niño en Gen Titán el Alto y un hombre en Hollywood, 21 años de distancia. Los dos iban al mismo lugar y ese camino compartido décadas después iba a terminar en algo que ninguno de los dos pudo anticipar. ¿Qué fue exactamente lo que unió a estos dos hombres durante décadas frente a las cámaras? ¿Qué fue lo que los distanció en privado mientras el mundo los celebraba juntos? ¿Por qué Pepe Aguilar salió a decir con su padre recién enterrado que su papá y Vicente Fernández nunca fueron amigos? ¿Y cuál es el secreto que Vicente cargó solo
desde el 19 de junio de 2007, el día que Antonio Aguilar murió en la Ciudad de México y que ninguna entrevista oficial tocó jamás? En este video vas a descubrir cuatro cosas. La primera, cómo Vicente Fernández construyó su imagen de charro. usando una pieza que pertenecía a Antonio Aguilar y lo que eso desató.
La segunda, la competencia silenciosa por un título que los dos querían y que los dos usaron y que hizo que sus fanáticos se odiaran durante generaciones. La tercera, lo que ocurrió en el funeral de Antonio Aguilar en 2007, la incomodidad que nadie quiso describir en cámara y lo que Pepe Aguilar dijo después.
Y la cuarta, y esta es la que cambia todo, la que ningún medio de comunicación te ha contado completa. El peso que Vicente Fernández cargó en sus últimos años de vida después de la muerte de Antonio, el que sus cercanos conocían y el que él nunca articuló en público. Si cierras este video antes de llegar al final, esa revelación se te va y es la que explica por qué la relación entre estas dos familias todavía hoy no está resuelta.
Antes de llegar ahí hay que ir al polvo, al polvo de Wen Titán. Wen Titán El Alto, 1954. Vicente Fernández tiene 14 años y una voz que ya no cabe en el cuerpo de un niño. Su padre, José Ramón trabaja la tierra. Su madre, María Paula, lleva la casa. La familia no tiene holg. Lo que hay alcanza para comer, para vestir, para sobrevivir. Un día más.Vicente vende lechuguillas de agena, para tener algo de dinero propio. Las vende en la calle, de puerta en puerta, con el sol de Jalisco encima y canta mientras camina. Siempre canta. Ese año 1954, Vicente se para frente a un concurso de aficionados en Guadalajara. Gana el primer lugar. Es la primera vez que una sala llena de desconocidos lo escucha y aplaude.
Tiene 14 años y ya sabe que eso, esa sensación es lo único que quiere el resto de su vida. Empieza a cantar en restaurantes, en bodas, en reuniones de familia que no son la suya, por lo que le den. Guarda esta fecha, 1954, el año en que Vicente Fernández gana su primer concurso en Guadalajara. Porque ese mismo año, a 600 km de distancia, Antonio Aguilar ya tiene 35 años, ya tiene nombre en la radio, ya tiene el cine esperándolo.
El año siguiente, 1955, Aguilar Filma La cucaracha. Para 1960, cuando Vicente apenas empieza a cantar en televisión local, ganando 35 pesos por aparición en la calandria musical, Antonio Aguilar ya es una figura nacional con cartel propio. Dos hombres en el mismo género, en el mismo país, con el mismo traje de charro. La diferencia era de 21 años y de un mundo entero de distancia.
Pero en 1960 algo cambia en la historia de Vicente Fernández. Ese año decide que Guadalajara ya no alcanza. Se va a la ciudad de México con lo que tiene, que no es mucho. Trabaja como mesero, como lavaplatos, como bolero, como cajero, lo que salga. Canta por las noches en el restaurante El amanecer tapatío, mientras de día hace cualquier cosa que pague la renta.
Y ahí, en ese circuito de cantinas y mariachis de la Ciudad de México, Vicente empieza a conectar con algo más grande. Se une al mariachi amanecer de Pepe Mendoza, después al mariachi de José Luis Aguilar. llega a las emisoras de radio y la voz empieza a abrirse camino, lo que vendría después mostraría una cara del personaje que no aparece en ningún homenaje oficial.
Y la persona que más influyó en ese giro todavía no había aparecido directamente en su historia, porque en 1965 CBS México le ofrece a Vicente Fernández su primer contrato discográfico. El primer álbum se llama El fabuloso Vicente Fernández. Sale en 1965. Al año siguiente, en 1966, ocurre algo que ninguno de los dos planeó, pero que los dos van a sentir.
Javier Solís muere el 19 de abril de 1966, a los 34 años en una operación de vesícula en la ciudad de México. Solís era uno de los pilares del bolero ranchero. Su muerte deja un hueco, un hueco que la industria busca llenar de inmediato. Y Vicente Fernández está ahí con voz, con contrato, con hambre. El hueco lo jala hacia arriba como si fuera una corriente.
En 1972, con el álbum Arriba Wen Titán y la canción Volver, Volver, Vicente deja de ser una promesa, se convierte en un fenómeno. Y ahí, exactamente ahí es cuando el problema con Antonio Aguilar empieza a tomar forma, porque los dos eran charros, los dos cantaban ranchero, los dos usaban sombrero, traje bordado, mariachi atrás.
Y los dos querían el mismo título, el que Antonio Aguilar ya tenía, el Charro de México, el que Vicente Fernández estaba a punto de reclamar con otro nombre, el suyo propio, el charro de Wen Titán, dos charros, un solo trono y un sastre en el medio que nadie esperaba. Sin que nadie lo supiera todavía, esa disputa tenía un costo que ninguna de las dos familias ha terminado de pagar.
Hay algo que la gente no entiende del todo cuando habla de la música ranchera de los años 70. No era solo un género, era una declaración de identidad nacional. México llevaba una década en plena crisis de modernidad. Las ciudades crecían, los jóvenes se iban al norte, el campo se vaciaba y en ese momento de fractura, la música ranchera era el cordón umbilical que unía al mexicano con lo que había dejado atrás.
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